Dos semanas para enamorarte Capítulo 26
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Capítulo 26

Victoria

Santorini me robó el aliento desde el primer segundo.

Cuando el barco se aproximó a la isla y vi aquel espectáculo blanco y azul colgando de los acantilados volcánicos, sentí que el pecho se me apretaba de una manera que no tenía nada que ver con el miedo ni con la ansiedad.

Era belleza pura, brutal, el tipo de paisaje que te hace sentir pequeña e insignificante ante la grandeza del mundo.

Las casas encaladas brillaban bajo el sol mediterráneo como si estuvieran hechas de azúcar glasé, amontonadas unas sobre otras en un desafío a la gravedad.

Las cúpulas de las iglesias ortodoxas, pintadas en un azul cobalto intenso, parecían gemas dispersas sobre un manto de nieve eterna.

Y el mar Egeo... Dios, el mar Egeo era un espejo de cristal turquesa que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, fundiéndose con el horizonte en una línea tan perfecta que resultaba hipnótica.

Pero nada de eso se comparaba con el hotel.

Alexander había cerrado una pequeña ciudad entera para nosotros.

No era un hotel convencional, sino un complejo de villas privadas construidas en la ladera, conectadas por senderos de piedra blanca y jardines colgantes que desafiaban la aridez del terreno volcánico.

Cada villa tenía su propia piscina infinita, su terraza con vistas y su personal de servicio discreto que aparecía y desaparecía como fantasmas eficientes.

—Esto es una locura —murmuré mientras bajábamos del transporte privado que nos había recogido en el puerto, con la boca abierta como una turista vulgar.

—Una locura muy cara —respondió Gabriel a mi lado, y su voz tenía ese tono seco que utilizaba cuando intentaba no mostrarse impresionado y fallaba estrepitosamente.

Levanté la vista hacia él. Llevaba gafas de sol oscuras y una camisa de lino blanco que se movía con la brisa marina, y por un momento pareció más un modelo de revista de viajes que el abogado más temido de Manhattan.

Nuestros ojos se encontraron por encima del borde de las gafas, y algo pasó entre nosotros, un recuerdo de la noche anterior en el camarote, de piel contra piel y confesiones susurradas al oído que aún me hacían estremecer.

—¿Nosotros...? —empecé a preguntar, señalando hacia las villas.

—Villa número siete —intervino Alexander, apareciendo de repente con su eficiencia habitual, aunque noté que sus ojos estaban enrojecidos y que llevaba el cabello más revuelto de lo habitual—.

La más grande. Tiene dos dormitorios principales y una terraza privada con jacuzzi.

Pensé que... —hizo una pausa incómoda—. Pensé que preferiríais privacidad, considerando todo lo que ha pasado.

Sentí que el calor subía a mis mejillas. Todo el mundo asumía que Gabriel y yo éramos una pareja real, y después de la noche anterior, ya ni yo misma sabía dónde terminaba la farsa y dónde empezaba la verdad.

—Gracias, Alexander —dijo Gabriel, tomando mi mano entre las suyas con una naturalidad que me desarmó—. Apreciamos el detalle.

Las familias fueron distribuyéndose entre las distintas villas.

Mi madre se instaló en la número tres, junto a Olivia y Nathan, que parecían encantados con la idea de tener una niñera privada para las gemelas.

Isabelle y Alexander ocupaban la villa principal, una construcción espectacular en la cima de la ladera que parecía un palacio blanco flotando sobre el abismo.

Cuando entré en la nuestra, dejé escapar un suspiro de alivio.

El espacio era luminoso, minimalista, con suelos de mármol blanco y muebles de diseño escandinavo que contrastaban con la rusticidad de las paredes de piedra volcánica.

Las puertas correderas de cristal daban a una terraza donde el jacuzzi humeaba suavemente, invitador, tentador.

—Por fin —dije, dejando caer la bolsa sobre el sofá—. Un poco de tranquilidad.

Gabriel se quitó las gafas y me miró con una expresión que no supe interpretar.

—¿Crees que la tendremos?

—Deberíamos —respondí, caminando hacia la ventana para contemplar la vista—. Estamos en una isla griega, en un hotel privado, lejos del barco y de... —hice una pausa—. De todo. Quizás aquí podamos respirar.

Me equivocaba.

Apenas había tenido tiempo de deshacer la maleta y darme una ducha rápida para quitarme el salitre del viaje, cuando sonó el teléfono de la villa. Una voz tensa de recepción me informó que Alexander solicitaba nuestra presencia en la sala de conferencias de la villa principal, urgentemente.

—¿Qué crees que pasa? —pregunté mientras nos vestíamos apresuradamente, tirando de un vestido de algodón blanco que había comprado en Mykonos durante una escala.

Gabriel se abrochaba la camisa con movimientos bruscos, su mandíbula tensa.

—No es buena señal —dijo—. Alexander no parece de los que alarman sin razón. Si nos convoca así...

No terminó la frase. No hacía falta.

Caminamos por los senderos de piedra bajo el sol implacable del mediodía, pasando junto a buganvillas que explosionaban en colores fucsia y naranja contra el blanco impoluto de las paredes. El contraste entre la belleza idílica del entorno y la tensión que crecía en mi pecho era casi surrealista.

La sala de conferencias era una estancia circular con ventanales que daban a trescientos sesenta grados de paisaje insular.

Isabelle estaba sentada en un sillón de mimbre, pálida como la cal de las paredes, con las manos entrelazadas sobre el regazo de forma que los nudillos se le habían puesto blancos.

A su lado, Rebecca —sorpresivamente presente— mantenía una expresión de preocupación contenida.

Nathan y Olivia estaban de pie junto a la barra de café, en silencio.

Incluso Ethan estaba allí, apoyado contra una columna con los brazos cruzados, con una expresión que intentaba ser neutral pero que delataba inquietud.

Alexander estaba al centro, con un sobre marrón en las manos. Su rostro... Dios, su rostro era una máscara de derrota contenida. Había envejecido diez años en una noche.

—Gracias por venir —dijo, y su voz sonó ronca, gastada—. Sé que acabáis de llegar. Sé que deberíais estar disfrutando de la isla. Pero... —hizo una pausa, tragando saliva con dificultad—. Ha vuelto a ocurrir.

Isabelle dejó escapar un sollozo ahogado. Se llevó una mano a la boca, temblando.

—¿Qué ha pasado? —pregunté, dando un paso adelante, instintivamente en modo fiscal.

Alexander no respondió de inmediato. Simplemente dejó caer el sobre sobre la mesa de centro de mármol. El sonido fue seco, definitivo, como el cierre de una tumba.

—Esto llegó hace una hora —dijo—. Lo dejaron en recepción. Sin remitente. Sin huellas.

Miré el sobre. Era ordinario, de papel kraft, del tipo que se compra en cualquier papelería. Pero mi mano tembló ligeramente cuando lo alcancé. Lo abrí con cuidado, usando las uñas para no destruir posibles pruebas, aunque sabía que la policía local ya habría hecho lo suyo.

Dentro había una única fotografía.

La saqué lentamente, sintiendo cómo el corazón me golpeaba las costillas con fuerza.

Era una imagen a color, de buena calidad, impresa en papel fotográfico brillante.

Mostraba el lugar exacto donde se celebraría la ceremonia de bodas al día siguiente: una terraza abierta en el acantilado, decorada con arcos de flores blancas y sillas de madera dispuestas en semicírculo frente a un altar minimalista.

El mar Egeo brillaba al fondo, impresionante, testigo mudo de lo que debía ser el día más feliz de Isabelle.

Pero no era la belleza del escenario lo que hizo que se me helara la sangre.

Sobre la fotografía, escrita con tinta roja —un rojo brillante, intenso, que parecía sangre fresca—, alguien había trazado una frase con letra irregular, como si la hubiera escrito a propósito con la mano izquierda para ocultar la caligrafía:

«La boda no llegará a celebrarse.»

El silencio fue inmediato y absoluto. Pesado. Denso. Como si el aire se hubiera vuelto sólido en la habitación.

Nadie habló durante varios segundos. Solo se oía el zumbido lejano de un avión cruzando el cielo azul y el susurro del viento contra los cristales.

Gabriel fue el primero en moverse. Se acercó a mí, tomó la fotografía entre sus dedos con una delicadeza que contrastaba con la dureza de su expresión, y la examinó contra la luz. Su mandíbula se tensó. Un músculo palpitó en su sien.

—Esto ya no es una broma —dijo, y su voz era un gruñido bajo, peligroso.

—Nunca lo fue —respondí, y mi tono salió firme, profesional, aunque por dentro sentía que todo se desmoronaba—. Desde la barandilla del barco, desde los mensajes anteriores... Esto es acoso. Y ahora es amenaza explícita.

Alexander asintió lentamente, con la mirada perdida en el horizonte azul.

—La policía local ya está informada —dijo—. Vienen de camino. Pero... —se pasó una mano por el rostro—. Pero no sé qué más hacer. No sé quién puede odiarme tanto como para querer destruir esto.

—¿Quién tiene acceso a los detalles del evento? —preguntó Gabriel, volviéndose hacia el grupo—. ¿Quién sabe dónde se celebrará exactamente la ceremonia?

Alexander soltó una risa amarga, desprovista de humor.

—Demasiadas personas —dijo—. El wedding planner , el personal del hotel, los proveedores, los invitados... Cualquiera de vosotros podría haber tomado esta foto. Cualquiera podría haberla dejado en recepción.

Sentí que las miradas se cruzaban en la habitación, sospechosas, incómodas. Ethan se enderezó, ofendido. Rebecca frunció el ceño. Nathan y Olivia se miraron entre ellos con preocupación.

—No somos nosotros —dijo Ethan, y su voz salió aguda, nerviosa—. Por Dios, Alexander, somos familia.

—La familia es capaz de peores cosas —murmuré, sin poder evitarlo, pensando en traiciones pasadas, en secretos guardados, en el daño que podían hacer los seres queridos cuando se sentían traicionados.