Capítulo 25
Gabriel
Llevábamos casi una semana en el crucero.
Siete días desde que subimos a esa embarcación pensando que sería un simple viaje de placer, una farsa cómoda para sobrellevar una boda familiar.
Siete días que se habían convertido en una montaña rusa emocional de la que no podía bajar, una sucesión de momentos intensos que me habían dejado exhausto, pero extrañamente vivo.
Desde la tormenta y todo lo que había ocurrido alrededor de Alexander e Isabelle, Victoria estaba transformada.
No en el sentido físico —seguía siendo la misma mujer de ojos verdes y porte imperial— sino en su estado anímico.
Estaba nerviosa, permanentemente en alerta, viendo culpables en cada uno de los invitados a la boda con una suspicacia que rozaba la paranoia.
Durante el desayuno, observaba a los demás comensales como si fueran sospechosos en un juicio por asesinato.
Durante las excursiones —esas salidas breves a puertos intermedios que Alexander organizaba para mantener entretenidos a sus invitados—, se quedaba atrás, examinando comportamientos, memorizando rostros, construyendo teorías en silencio.
Durante las conversaciones familiares, respondía con monosílabos, distraída, con la mente claramente en el misterio que acechaba entre nosotros.
Todo era peor. Mucho peor.
Y para rematar la situación, Ethan parecía haber decidido convertirse en una presencia constante.
Aparecía en cada comida, en cada actividad, en cada rincón del barco donde Victoria decidiera detenerse.
No se acercaba directamente, no intentaba hablar con ella de nuevo después del rechazo en la cubierta, pero estaba ahí.
Observando. Esperando. Recordándome a mí —y presumiblemente a ella— que el pasado nunca desaparece del todo.
Estábamos llegando a Santorini. Podía ver la isla ya en la distancia, emergiendo del horizonte como una promesa de calma blanca y azul.
Esperaba que allí, en esa isla que parecía sacada de un sueño, Victoria se sintiera más calmada y relajada.
Que el cambio de escenario, de la claustrofobia del barco a la amplitud del Egeo, le permitiera bajar la guardia.
Porque yo necesitaba que bajara la guardia. Necesitaba hablar con ella, necesitaba resolver lo que habíamos dejado pendiente, necesitaba...
Necesitaba admitir que me estaba enamorando de Victoria Sinclair mucho más de lo que había pensado que ocurriría nunca.
Esa certeza me había golpeado durante la tormenta, cuando creí que Isabelle podía haber muerto, cuando vi a Victoria temblando de frío y rabia y miedo.
En ese momento de vulnerabilidad absoluta, había entendido que ya no podía fingir que esto era solo un juego.
Que ya no podía mantener la distancia emocional que me había prometido mantener.
Y cuanto más intentábamos ignorar lo ocurrido entre nosotros —la discusión, las palabras hirientes, las lágrimas contenidas— más conscientes éramos el uno del otro.
Cada mirada duraba un segundo de más. Cada contacto accidental de nuestras manos provocaba una corriente eléctrica.
Cada silencio compartido estaba cargado de cosas no dichas que gritaban por ser escuchadas.
Durante el almuerzo, nos sentamos en extremos opuestos de la mesa, fingiendo interés en conversaciones ajenas, pero yo la sentía.
Sentía su presencia como un imán que tiraba de mí constantemente.
Durante las excursiones, caminábamos separados, pero mis ojos la buscaban inconscientemente cada pocos minutos.
Durante las conversaciones familiares, nuestras miradas se encontraban por encima de los hombros de los demás, y en esos segundos fugaces pasaban universos enteros de significado.
Era insoportable. Era delicioso. Era una tortura.
Aquella tarde la encontré observando el mar desde una zona tranquila de la cubierta trasera, un rincón poco frecuentado donde las sombrillas rotas por la tormenta aún no habían sido reemplazadas. Estaba de espaldas a mí, con los hombros tensos y el cabello suelto ondeando con la brisa marina.
Pero no estaba sola. Ethan estaba con ella. Hablando.
Estaba demasiado lejos como para escuchar la conversación, lo cual fue un alivio porque no quería hacerlo. No quería saber qué le decía, qué excusas inventaba, qué promesas rotas intentaba revivir. Pero tampoco podía apartar la mirada.
Vi cómo Ethan gesticulaba, cómo se acercaba un paso a ella, cómo su mano se levantaba como si quisiera tocar su brazo, pero se detenía a mitad de camino.
Y vi cómo Victoria se mantenía rígida, cómo daba un paso atrás casi imperceptible, cómo cruzaba los brazos sobre el pecho en esa postura defensiva que ya conocía demasiado bien.
Algo dentro de mí reaccionó de todos modos. Una sensación incómoda, caliente, que se instaló en mi pecho y se extendió hasta mis puños cerrados. Era territorial. Irracional. Primitiva.
Eran celos.
—Esto es absurdo —murmuré para mí mismo, intentando razonar con esa parte de mí que quería bajar corriendo e interponerme entre ellos.
—Lo es —respondió una voz femenina a mi lado.
Giré la cabeza bruscamente. Rebecca estaba junto a mí, apoyada en la barandilla con una copa de vino blanco en la mano, observando la misma escena que yo.
—Al menos eres consciente —añadió, sin mirarme.
Solté una pequeña risa amarga.
—No sé de qué hablas —mentí.
—Claro que lo sabes —respondió ella, y su tono era seco, casi divertido—. Estás aquí, con los puños apretados y la mandíbula tensa, mirando a tu... ¿cómo lo llamáis? ¿Novia? Como si quisieras asesinar a Ethan con la mente. Es patético y entrañable a la vez.
—No estoy preocupado —insistí, forzando mis manos a relajarse.
—Y yo soy astronauta —replicó, finalmente girándose para mirarme con una ceja levantada.
Aquello consiguió arrancarme una sonrisa genuina, a pesar de todo.
Rebecca suspiró, y su expresión cambió, volviéndose más seria, más reflexiva. Por un momento vi a la mujer que debió ser antes de convertirse en la esposa infiel de Ethan, antes de destruir mi relación con Victoria, antes de toda esta historia de errores.
—Por si sirve de algo —dijo, volviendo su mirada hacia la pareja que discutía a lo lejos—, Ethan cometió el mayor error de su vida cuando la perdió. Y lo sabe. Cada día lo sabe un poco más.
Volví la vista hacia Victoria. Ella estaba escuchando algo que Ethan decía, con atención educada, pero nada más. No sonreía. No parecía feliz. No parecía interesada en lo más mínimo. Simplemente parecía educada, impaciente, deseando que la conversación terminara.
Y aquella diferencia, aquella falta de conexión emocional que se notaba incluso desde la distancia, fue suficiente para tranquilizarme. Al menos un poco.
—No tiene nada que temer de mí —dije, más para mí mismo que para Rebecca.
—Lo sé —respondió ella—. Y ella tampoco debería temerle a él. Pero el pasado es un fantasma pesado, ¿no crees?
No respondí. Porque tenía razón.
Horas después, cuando el crucero comenzó a aproximarse a Santorini, encontré a Victoria sola contemplando el horizonte desde la proa. La isla aparecía ya en la distancia, emergiendo del mar como un milagro geológico, blanca y luminosa e impresionante.
Las casas encaladas se amontonaban sobre los acantilados volcánicos, creando un paisaje que parecía irreal, pintado por un artista obsesionado con el contraste entre el blanco de la cal y el azul intenso del cielo y el mar.
Las cúpulas de las iglesias ortodoxas brillaban bajo el sol de la tarde como joyas dispersas.
—Parece irreal —dije, deteniéndome a su lado, manteniendo una distancia prudente pero presente.
Ella sonrió. Y fue diferente de todas las sonrisas que le había visto durante los últimos días. No era forzada, no era educada, no era una máscara para ocultar el estrés. Era auténtica, luminosa, casi tan deslumbrante como la isla que contemplábamos.
—Es preciosa —respondió, y su voz tenía una calidez que hacía días no escuchaba.
—Me alegra que hayas venido —dije, y las palabras salieron más sinceras de lo que pretendía.
Victoria me miró. Y por primera vez desde nuestra discusión, desde ese momento en la cubierta donde las palabras hirientes habían destrozado nuestra tregua, su sonrisa fue completamente auténtica. Sin reservas. Sin defensas.
—A mí también —respondió.
Ninguno de los dos mencionó que ya no estábamos hablando del viaje.
Que ese «me alegra que hayas venido» no se refería a Santorini, ni al crucero, ni a ningún destino geográfico.
Se refería a nosotros. A este momento. A la posibilidad de que, después de todo, pudiéramos encontrar el camino de vuelta el uno al otro.
El barco se acercaba lentamente al puerto, y mientras observábamos juntos la isla que se hacía cada vez más grande, más real, más tangible, sentí que algo dentro de mí se acomodaba. Que la tormenta emocional por la que habíamos pasado empezaba a calmarse.
Santorini nos esperaba. Y con ella, una semana más para descubrir quién amenazaba a Isabelle, para resolver el misterio que nos había unido profesionalmente, y quizás, solo quizás, para reparar lo que habíamos roto personalmente.
—Vamos —dije, ofreciéndole mi mano—. Tenemos una isla que conquistar.
Victoria miró mi mano durante un segundo que duró una eternidad. Luego, lentamente, entrelazó sus dedos con los míos.
—Juntos —dijo, y la palabra resonó con un significado que ambos entendíamos.
Juntos. En la investigación. En la isla. En lo que fuera que esto se convirtiera.
Juntos.