Capítulo 24
Gabriel
La tormenta llegó poco antes de medianoche. Y llegó con fuerza.
El crucero llevaba horas atravesando aguas agitadas, un vaivén constante que había convertido la cena en un ejercicio de equilibrio y que había obligado a muchos pasajeros a refugiarse en sus camarotes temprano.
Pero nadie esperaba que el temporal empeorara tan rápido, que el cielo despejado se transformara en una masa negra de nubes tormentosas, que el viento pasara de molesto a peligroso en cuestión de minutos.
Yo me encontraba en nuestro camarote, ese al que Victoria no había vuelto desde nuestra discusión, revisando unos documentos que Mia me había enviado.
Había estado intentando concentrarme durante horas, pero mi mente volvía una y otra vez a la expresión de Victoria cuando se marchó.
A esas lágrimas contenidas que nunca llegaron a caer pero que me destrozaron más de lo que cualquier grito habría podido hacer.
El sonido de la alarma de seguridad me sobresaltó de golpe.
Era un pitido agudo, intermitente, completamente diferente de la música ambiental que sonaba habitualmente por los altavoces. Dejé los papeles sobre la mesa y salí al pasillo inmediatamente, instintivamente alerta.
El caos me recibió.
Pasajeros y tripulación corrían en distintas direcciones, algunos en pijama, otros con abrigos de emergencia, todos con expresiones de pánico contenido.
Oía fragmentos de conversaciones mientras avanzaba contra la corriente: «...
cerrar cubiertas...», «...vientos de más de cien kilómetros... », «...el capitán ordena...».
El viento golpeaba los ventanales del pasillo con una fuerza que hacía vibrar el cristal.
El barco se inclinó ligeramente hacia estribor, lo suficiente como para que tuviera que agarrarme a la barandilla para no perder el equilibrio.
Los motores gemían bajo la presión, un sonido que nunca había escuchado en los dos días anteriores de navegación tranquila.
Y entonces escuché un grito.
Un grito femenino, agudo y desgarrado, que cortó el aire como un cuchillo. Lo reconocí inmediatamente, aunque nunca la había oído gritar así. Isabelle.
Corrí. Las piernas me respondieron antes que la mente, llevándome hacia la cubierta exterior antes de que pudiera procesar el peligro. Pasé junto a miembros de la tripulación que intentaban detenerme, que gritaban que era peligroso salir, que debía refugiarme en mi camarote. Los ignoré.
Empujé la puerta que daba a la cubierta principal y el viento me golpeó con una violencia que me dejó sin aliento.
La lluvia caía en diagonal, casi horizontal, golpeando mi rostro con gotas que parecían agujas.
La oscuridad era casi total, interrumpida solo por los relámpagos que iluminaban el océano enfurecido cada pocos segundos.
—¡Isabelle! —grité, pero mi voz se perdió en el estruendo del temporal.
Avancé tambaleándome, agarrándome a cualquier superficie fija, sintiendo cómo el barco se movía bajo mis pies de una manera que no era natural, que era violenta y peligrosa. Y entonces la vi.
Alexander ya estaba allí, arrodillado junto a su prometida, intentando levantarla del suelo mojado. Isabelle estaba sentada, temblando, con el vestido de noche empapado y adherido al cuerpo, el pelo deshecho cayendo sobre su rostro pálido como una cortina.
—¡Isabelle! —grité de nuevo, acercándome a ellos con dificultad.
Cuando llegué, vi lo que había ocurrido.
Una de las barandillas decorativas que bordeaban la zona de observación había cedido.
El metal retorcido colgaba hacia el exterior, dejando al descubierto un hueco de más de dos metros donde debería haber protección.
El océano enfurecido se veía a través de ese vacío, llamando con su rugido oscuro.
No debería haber ocurrido. No en un barco de aquel nivel. No en una embarcación que costaba millones de dólares y que se jactaba de tener los más altos estándares de seguridad. Las barandillas estaban diseñadas para soportar huracanes, no solo temporales mediterráneos.
—¿Está bien? —pregunté, arrodillándome junto a ellos, protegiéndolos lo que podía del viento con mi cuerpo.
—Sí —respondió Isabelle temblando, su voz apenas audible entre el estruendo—. He resbalado. Estaba... estaba tomando aire fresco cuando empezó la tormenta, y he resbalado. He intentado agarrarme a la barandilla, pero...
—Pero cedió —terminé por ella, examinando la estructura dañada con ojos entrenados para detectar irregularidades.
Algo no encajaba.
Me acerqué más, arriesgándome a caer por el borde del precipicio, y toqué los anclajes que quedaban.
El metal no estaba oxidado, no mostraba signos de desgaste natural.
Pero sí tenía marcas. Marcas frescas, recientes, que parecían haber sido hechas con alguna herramienta.
Como si alguien hubiera aflojado deliberadamente los anclajes, debilitando la estructura hasta que el peso de una persona, el empuje del viento, cualquier cosa hubiera sido suficiente para romperla.
—Gabriel... —la voz de Victoria llegó desde detrás de mí, segundos después.
Me giré y la vi. Estaba empapada, con un impermeable que alguien le había dado a medio abrochar, el pelo pegado a la cara, los ojos brillando con una mezcla de miedo y determinación que me resultó dolorosamente familiar.
—¿Está bien? —preguntó, acercándose hasta nosotros, ignorando el viento que amenazaba con arrastrarla.
—Físicamente, sí —respondí, y nuestras miradas se encontraron sobre la cabeza de Isabelle.
No necesitamos hablar.
Ella observó la barandilla dañada, los anclajes marcados, la forma en que el metal se había roto no por el óxido sino por estrés estructural inducido.
Vi cómo sus ojos se estrechaban, cómo su mandíbula se tensaba, cómo su mente de fiscal procesaba la evidencia con la velocidad que yo había aprendido a admirar.
Ambos llegamos a la misma conclusión simultáneamente. Aquello no había sido un accidente.
—Tenemos que sacaros de aquí —dije, levantando la voz para que me oyeran sobre el viento—. Alexander, ayúdame con ella. Victoria, ve delante y asegúrate de que el camino esté despejado.
Para mi sorpresa, ella no discutió. Asintió y se adelantó, abriéndonos paso entre los escombros y el agua acumulada, guiándonos hacia la puerta interior con una eficiencia que contrastaba con el caos que reinaba a nuestro alrededor.
Entre Alexander y yo logramos levantar a Isabelle, que caminaba tambaleándose, todavía en shock, con los dientes castañeteando por el frío y el susto.
La llevamos hacia el interior del barco, donde la temperatura subió diez grados en cuanto cerramos la puerta tras nosotros, aislándonos del temporal.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Isabelle cuando recuperó algo de color—. ¿Por qué has mirado así la barandilla, Gabriel?
Intercambié otra mirada con Victoria. Esta vez fue ella quien habló.
—Creemos que alguien manipuló la estructura —dijo, y su voz era firme, profesional, aunque noté que temblaba ligeramente—. Los anclajes tenían marcas de herramientas. No ha sido un accidente, Isabelle. Alguien intentó hacerte daño.
La novia palideció aún más, si eso era posible, y se aferró a Alexander con fuerza.
—¿Quién? —susurró—. ¿Quién haría algo así?
—Eso es lo que vamos a averiguar —respondí, y mi voz salió más dura de lo que pretendía.
La tormenta terminó obligando al capitán a cerrar varias zonas del barco por seguridad.
A través de los altavoces, una voz autoritaria pero nerviosa anunció que las cubiertas exteriores quedaban prohibidas hasta nuevo aviso, que ciertos camarotes de la zona de estribor debían ser evacuados por precaución, y que los pasajeros afectados serían redistribuidos temporalmente en otras instalaciones.
Victoria y yo nos miramos cuando el anuncio mencionó específicamente nuestra sección del barco.
—Nuestro camarote está en la zona de evacuación —dijo ella, y su voz tenía un deje de resignación que no supe interpretar.
Los pasajeros fueron redistribuidos temporalmente, llevados a cabinas de emergencia en las cubiertas superiores, espacios más pequeños pero seguros, lejos de las zonas dañadas por el temporal.
Y mientras observaba cómo la tripulación organizaba el traslado de equipajes y personas, mientras veía a Victoria intentar mantener la compostura a pesar de estar empapada y temblando, supe que el destino acababa de preparar la situación más complicada de todo el viaje.
Porque nosotros, que llevábamos horas sin hablarnos, que habíamos dejado una conversación inconclusa llena de heridas y malentendidos, íbamos a tener que compartir un camarote de emergencia. Uno solo. Con una sola cama.
Y no habría sofá.
El camarote de emergencia era diminuto, una caja de madera y metal que hacía que nuestra anterior suite pareciera un palacio. Una cama estrecha, un lavabo básico, una pequeña ventana que mostraba el temporal rugiendo fuera, y nada más.
Victoria entró primero, dejando su bolsa de emergencia en el suelo con un gesto de derrota.
La seguí, cerrando la puerta tras nosotros, y de repente el espacio pareció encogerse aún más.
Estábamos solos. Realmente solos. Sin distracciones, sin familia cerca, sin excusas para evitar la conversación que ambos sabíamos que teníamos que tener.
—Gabriel... —empezó ella, sin girarse.
—No —la interrumpí, y mi voz sonó cansada, agotada—. Aquí no. Ni ahora. Primero necesitamos secarnos, calentarnos, procesar lo que acaba de pasar.
Ella asintió lentamente, aceptando la tregua temporal.
Nos cambiamos en silencio, usando la ropa seca que habíamos podido rescatar.
Yo me puse unos vaqueros y una camiseta, ella un pantalón de chándal y una sudadera grande que le quedaba absurdamente grande.
Parecíamos dos refugiados de una guerra, no dos abogados de élite en un crucero de lujo.
Cuando terminamos, nos sentamos en la cama, uno en cada extremo, con una distancia prudente entre nosotros que sin embargo parecía insignificante en ese espacio reducido.
—No fue un accidente —dijo ella finalmente, rompiendo el silencio.
—No —confirmé.
—Alguien quiere impedir esta boda. Y está dispuesto a matar para conseguirlo.
Asentí, mirando mis manos. Tenía las manos de Isabelle todavía impresas en la camisa, húmedas y frías.
—Victoria, sobre antes... —empecé, pero ella levantó una mano.
—También puede esperar —dijo, y su voz era suave, diferente de la dureza que esperaba—. Ahora estamos en esto juntos. Alguien atacó a mi familia. Y no voy a descansar hasta descubrir quién.
La miré, realmente la miré, y vi algo que me dio esperanzas. No era el perdón, no era el olvido, pero era una tregua. Una alianza. Una promesa de que resolveríamos esto juntos antes de enfrentarnos a nuestros propios demonios.
—Juntos —repetí, y extendí la mano hacia ella.
Ella dudó un segundo, luego entrelazó sus dedos con los míos. Su mano estaba fría, temblorosa, pero firme.
—Juntos —confirmó.
Fuera, el temporal rugía con fuerza renovada, golpeando la pequeña ventana como si quisiera entrar.
Pero dentro, en ese camarote diminuto, con una cama estrecha que tendríamos que compartir y una tregua frágil que tendríamos que mantener, sentí que quizás, solo quizás, habíamos dado un paso hacia algo mejor.
Hacia la verdad. Hacia la confianza. Hacia nosotros.