Capítulo 23
Victoria
La discusión comenzó por culpa de una mujer. Por supuesto.
Una rubia espectacular. Alta, con unas piernas interminables que parecían haber sido esculpidas por un artista obsesionado con la proporción áurea. Perfecta, con una sonrisa blanca y simétrica que habría engañado a cualquier hombre con pulso. Y lo peor de todo: claramente interesada en Gabriel.
La vi acercarse durante una fiesta en la cubierta principal, una de esas recepciones formales que Alexander organizaba cada dos noches para mantener entretenidos a sus invitados.
Había música suave, champán francés circulando en bandejas de plata, y la élite de Manhattan mezclándose con el glamour europeo en un baile social que normalmente habría encontrado insoportablemente aburrido.
Pero esa noche no podía apartar la mirada de ellos.
No debería haberme importado. Repetí eso mentalmente como un mantra mientras observaba desde mi posición junto a la barra, con una copa de vino blanco que no recordaba haber pedido.
Gabriel no era realmente mi novio. Todo aquello era una mentira.
Una actuación. Una farsa elaborada para sobrevivir a una boda familiar sin morir de vergüenza ante mi ex.
Entonces, ¿por qué me molestaba tanto?
La mujer, de la que no supe el nombre ni me importaba averiguarlo, se acercó a Gabriel con una confianza que solo poseían quienes sabían que eran hermosos.
Llevaba un vestido plateado que parecía haber sido pintado sobre su cuerpo, y su pelo rubio caía en ondas perfectas sobre unos hombros que habrían hecho suspirar a cualquiera.
Tocó el brazo de Gabriel. Un gesto casual, íntimo, que duró un segundo de más. Él sonrió, educado, profesional, y respondió algo que la hizo reír. Una risa que resonó incluso desde donde yo estaba, mezclándose con el murmullo de la fiesta.
Volvió a tocarle el brazo. Esta vez para enfatizar un punto, para mantener su atención, para marcar territorio de una manera que cualquier mujer reconocería inmediatamente.
Apreté tanto la copa entre mis dedos que casi la rompo. Sentí cómo el cristal templado crujía bajo la presión, cómo mis nudillos se blanqueaban, cómo mi mandíbula se tensaba hasta que pensé que podría romperse.
—Vaya —murmuré para mí misma, aunque nadie me escuchaba.
Media hora después, media hora de tortura viéndolos hablar, reír, inclinarse el uno hacia el otro con la intimidad de quienes compartían secretos a diario, Gabriel apareció a mi lado.
Llevaba esa sonrisa suya, la de depredador satisfecho, como si no hubiera estado coqueteando descaradamente con una diosa nórdica durante treinta minutos enteros.
—¿Qué? —preguntó, tomando una copa de la bandeja de un camarero que pasaba.
—Tu admiradora parece encantadora —respondí, y mi voz salió más aguda de lo normal, cargada de un veneno que intenté disimular y fallé estrepitosamente.
Gabriel arqueó una ceja. Esa ceja perfecta que tanto me irritaba, la que utilizaba para indicar sorpresa, diversión, o esa mezcla peligrosa de ambas que significaba que estaba a punto de provocarme.
—¿Celosa? —preguntó, y su tono era demasiado ligero, demasiado divertido.
—No —respondí inmediatamente, demasiado rápido, demasiado fuerte.
—Claro —dijo, y esa palabra contenía siglos de escepticismo.
—No me importa —insistí, girándome para mirarle directamente a los ojos—. Puedes hablar con quien quieras. Coquetear con quien quieras. Incluso... —hice una pausa, tragando saliva—. Incluso llevártela al camarote si te apetece. No es asunto mío.
Gabriel reconoció inmediatamente el tono que estaba utilizando. Era exactamente el mismo que él empleaba cuando discutíamos en los tribunales, ese tono de «soy completamente inocente y tú estás exagerando» que me volvía loca durante nuestros enfrentamientos legales.
Y me irritó. Muchísimo.
—Ve con ella entonces —dije, señalando con la cabeza hacia donde la rubia seguía esperando, observándonos con una curiosidad que intentaba disimular—. Parecía interesada. Muy interesada, de hecho. Seguro que te lo pasas mejor con ella que conmigo.
—¿Perdón? —Su expresión cambió, pasando de la diversión a la confusión genuina.
—Has oído bien —continué, y ahora era yo quien avanzaba, quien invadía su espacio personal, quien dejaba que la rabia que llevaba acumulada desde hacía treinta minutos brotara sin control—.
Parecía interesada. En ti. En tu sonrisa.
En tu... —busqué la palabra con desesperación—. En tu encanto de abogado estrella.
—No tanto como tú —respondió, y su voz se volvió más grave, más peligrosa.
—No estoy interesada —mentí, y ambos supimos que lo era.
—Claro que lo estás —insistió, dando un paso hacia mí, reduciendo la distancia hasta que casi nos tocábamos—. Si no te importara, no estarías ahora mismo temblando de rabia. No habrías apretado esa copa hasta casi romperla. No me mirarías como si quisieras asesinarme con la mirada.
—Esto es absurdo —intenté retroceder, pero mi espalda chocó contra la barra, atrapándome.
—Es la verdad —continuó, y su voz bajó hasta convertirse en un susurro que solo yo podía oír—. Y yo también estoy interesado. En ti. Solo en ti. Esa mujer podría ser la más hermosa del mundo, Victoria, y seguiría prefiriendo discutir contigo sobre leyes y procedimientos a sonreírle una sola vez.
Debería haberme calmado. Debería haber aceptado sus palabras como la victoria que eran, como la declaración de intenciones que necesitaba. Pero algo en mí, algo roto y herido que llevaba seis años sin reparar, no podía aceptar la paz.
—Entonces, ¿por qué la has dejado tocarte? —pregunté, y mi voz se quebró apenas—. ¿Por qué le sonreíste? ¿Por qué parecías...?
—¿Parecía qué? —insistió, acercándose aún más.
—Parecías disfrutarlo —susurré, y la admisión me costó más de lo que quería reconocer.
Gabriel me observó durante unos segundos que se me hicieron eternos. Sus ojos recorrieron mi rostro, buscando algo que no supe identificar. Y entonces habló. Y cometió un error.
—Al menos yo no sigo pendiente de mi ex —dijo.
El silencio fue inmediato. Un vacío denso que se expandió entre nosotros como una explosión en cámara lenta.
Me quedé inmóvil, paralizada, sintiendo cómo esas palabras golpeaban exactamente donde más dolía.
En la herida que creía cerrada. En el orgullo que intentaba reconstruir.
En el corazón que había jurado no volver a entregar.
—¿Eso crees? —pregunté finalmente, y mi voz sonó extraña, distante, como si viniera de muy lejos.
—Victoria... —empezó a decir, y vi el pánico aparecer en sus ojos demasiado tarde.
—¿Eso crees de verdad? —repetí, más fuerte esta vez, y sentí que algo se rompía dentro de mí—. ¿Crees que estoy aquí contigo porque todavía estoy enamorada de Ethan? ¿Que te utilizo para olvidarle? ¿Que cada vez que me tocas, en realidad estoy pensando en él?
Gabriel comprendió demasiado tarde lo que acababa de hacer. Su rostro palideció, su mano se levantó en un gesto de súplica que no pudo completar.
—Escucha... —dijo, pero ya era tarde.
—No —corté, y mi voz tembló, traicionando la emoción que intentaba contener—. No quiero escuchar. No quiero oír cómo me comparas con esa rubia de opereta, ni cómo insinúas que todavía anhelo a un hombre que me destruyó. No tienes ni idea de lo que estás diciendo, Gabriel. Ni puta idea.
Me levanté, furiosa, dolida, sintiendo cómo el mundo se tambaleaba bajo mis pies. Y entonces ocurrió algo que no había sucedido en seis años. Algo que me avergonzaba más que cualquier otra cosa.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
No llegaron a caer. Mantuve el control con una fuerza de voluntad que me costó cada gramo de dignidad que me quedaba. Pero estaban allí, brillando en mis ojos, amenazando con desmoronar la imagen de mujer fuerte que había construido durante tanto tiempo.
—Yo no sigo enamorada de Ethan —dije, y cada palabra salió como un latigazo—. No lo estuve desde la noche en que me dejó. No lo he estado en seis años. Y si crees que cada vez que me besas estoy pensando en él, entonces eres más estúpido de lo que pensaba.
—No he dicho eso —intentó defenderse, pero su voz sonó débil.
—Lo has insinuado —repliqué, señalándole con un dedo tembloroso—. Has insinuado que mi... que mi reacción ante esa mujer, ante vuestra coquetería descarada, tiene que ver con Ethan. Que estoy proyectando. Que no puedo dejar ir el pasado.
Guardó silencio. Porque era cierto. Porque acababa de descubrir algo importante que no tenía nada que ver con la rubia ni con los celos.
Aquello no era una herida de amor. Era una herida de traición.
Una diferencia enorme. Y yo no estaba dolida porque amara a Ethan, sino porque temiera volver a confiar.
Porque cada vez que Gabriel sonreía a otra mujer, cada vez que parecía disfrutar de la atención ajena, sentía que volvía a caer en el mismo patrón.
En la misma mentira. En la misma destrucción.
Me marché.
No corrí, no quise darle esa satisfacción.
Caminé con la espalda recta, la cabeza alta, la mirada fija en algún punto del horizonte que no veía.
Pasé junto a la rubia, que me observó con una mezcla de sorpresa y satisfacción que no pude procesar.
Pasé junto a mi madre, que me llamó preocupada pero a la que ignoré.
Pasé junto a todo el mundo, hasta llegar al ascensor que me llevaría a mi camarote, a mi soledad, a mi fortaleza de hielo.
Cuando las puertas se cerraron, me apoyé contra la pared y dejé que una sola lágrima cayera. Una. Luego la sequé con rabia, maldiciendo mi debilidad, maldiciendo a Gabriel, maldiciendo a Ethan por haberme convertido en esta mujer rota que no sabía confiar.
Mientras tanto, él se quedó observando el mar. Lo supe porque cuando salí a la cubierta superior, horas después, todavía estaba allí. Inmóvil, con las manos apoyadas en la barandilla, con la mirada perdida en el océano oscuro.
Tenía la desagradable sensación de haber arruinado algo que empezaba a ser muy valioso. Lo vi en su postura derrotada, en la forma en que sus hombros se habían hundido, en la expresión de arrepentimiento que no pude ver pero que imaginé perfectamente.
Pero no bajé a hablar con él. No podía. Porque por primera vez desde que comenzó el viaje, la tensión entre nosotros no tenía nada que ver con el falso noviazgo.
Tenía que ver con algo mucho más personal.
Con miedos reales. Con heridas abiertas.
Con la posibilidad de que esto, lo que sea que estuviéramos construyendo, fuera más real de lo que cualquiera de los dos estaba preparado para aceptar.
Y esa posibilidad me aterrorizaba más que cualquier otra cosa.
Aquí terminaba la primera gran crisis emocional entre nosotros. Y no sabía si habría reconciliación, o si simplemente habíamos llegado al final de nuestra farsa compartida.