Capítulo 22
Gabriel
Aquella noche Alexander reunió a un pequeño grupo de personas en una de las salas privadas del crucero, lejos de las miradas curiosas de los demás pasajeros y del bullicio de las actividades nocturnas.
Era una sala de conferencias situada en la cubierta ejecutiva, con ventanales que daban al océano oscuro y mobiliario de caoba que olía a pulimento y a secretos bien guardados.
Victoria y yo estábamos entre los convocados. También Nathan, que había dejado a las niñas con una niñera de confianza del barco. Y, sorprendentemente, Rebecca Brooks.
La presencia de la mujer de Ethan me desconcertó al principio.
La miré con recelo cuando entramos, preguntándome qué demonios hacía allí, cómo se había ganado un lugar en este círculo de confianza.
Pero entonces recordé que Rebecca era abogada corporativa, que tenía conexiones en el mundo empresarial, y que Alexander no era hombre de dejar piedra sin remover cuando se trataba de proteger lo suyo.
Alexander estaba sentado a la cabecera de la mesa, con el cabello revuelto y una expresión que nunca le había visto: derrota. El magnate hotelero, el hombre que parecía controlar el mundo con un chasquido de dedos, estaba visiblemente agotado, con ojeras que denotaban noches sin dormir.
Isabelle estaba a su lado, con la mano entretejida en la suya, pálida como la cera. Su sonrisa habitual de novia radiante había desaparecido, reemplazada por una tensión que hacía que pareciera mayor, más vulnerable.
—Gracias por venir —dijo Alexander, y su voz sonó ronca, usada—. Sé que esto no es lo que esperabais de un crucero de lujo, pero necesito ayuda. Ayuda de gente que sepa pensar con claridad.
Sobre la mesa había varias hojas impresas, extendidas como un mosaico de amenazas. Correos electrónicos con remitentes anónimos. Mensajes de texto capturados en pantallas. Cartas escaneadas con letra cortada de periódicos como en películas de suspense barato.
Me acerqué a la mesa y comencé a leer uno a uno.
Su expresión fue endureciéndose con cada línea.
—¿Desde cuándo ocurre esto? —pregunté, levantando una hoja donde alguien detallaba la rutina diaria de Isabelle con una precisión escalofriante—. ¿Y quién más sabe de esto?
—Hace dos meses —respondió Alexander, pasándose una mano por el rostro—. Al principio eran solo correos extraños. Comentarios sobre la boda, sobre la empresa, cosas que parecían bromas de mal gusto.
Isabelle parecía cada vez más nerviosa, jugueteando con el anillo de compromiso.
—Pensamos que era alguien gastando una broma —dijo, y su voz tembló—. Un empleado descontento, un competidor celoso... No le dimos importancia hasta que empezaron a volverse... personales.
Victoria negó lentamente, acercándose a la mesa para examinar los documentos con los ojos de fiscal que yo conocía tan bien.
—Esto no parece una broma —dijo, y su tono profesional cortó el aire como una navaja—. Esto es acoso. Y potencialmente peligroso.
Los mensajes eran demasiado concretos para ser obra de un bromista casual.
Demasiado personales. Alguien conocía detalles íntimos de la boda: el nombre de la diseñadora del vestido, el menú exacto que se serviría en Santorini, incluso la marca de champán que Alexander había reservado para el brindis.
Pero lo más inquietante era que también conocían detalles de la empresa hotelera: números de cuentas bancarias, nombres de inversores, proyectos de expansión que aún no habían sido anunciados públicamente.
—Esto es información privilegiada —murmuró Victoria, señalando un correo que mencionaba una fusión pendiente—. Esto no lo sabe nadie fuera del consejo directivo. ¿Estáis seguros de que no hay filtraciones en vuestra empresa?
Alexander asintió con pesadez.
—He revisado a todo el mundo. Mi equipo de seguridad ha hecho análisis de polígrafo. Nada.
—Entonces es alguien del exterior con acceso interior —intervino Nathan, que hasta ese momento había permanecido en silencio—. Alguien que conoce a alguien.
—O alguien que está muy cerca —añadió Rebecca de repente, y todos nos giramos hacia ella.
Se encogió de hombros, con una elegancia fría que me recordó a Victoria en sus momentos más defensivos.
—Trabajo con casos de espionaje industrial —explicó—. A veces el enemigo está en casa. En la propia familia.
Intercambié una mirada con Victoria. Aquello activó automáticamente nuestros instintos profesionales, esa sinergia que habíamos desarrollado durante años de enfrentarnos en los tribunales pero que ahora canalizábamos hacia un objetivo común.
—¿Habéis informado a la policía? —pregunté, volviéndome hacia Alexander.
Asintió.
—Están investigando. Pero hasta que lleguemos a Santorini, hasta que tengamos acceso a recursos terrestres, hay poco que puedan hacer. Estamos en aguas internacionales, en un barco privado. Las jurisdicciones se complican.
—¿Y sospechosos? —preguntó Victoria, cruzando los brazos sobre el pecho—. ¿Tenéis alguna idea de quién puede estar detrás de esto?
Alexander suspiró, y su respiración sonó como el final de una esperanza.
—Demasiados —respondió—. Competidores hoteleros que querían comprar mi empresa y se negué. Ex empleados despedidos por causas justificadas. Inversores que perdieron dinero en proyectos fallidos. La lista es... extensa.
Aquella respuesta no ayudaba. Significaba que estábamos buscando una aguja en un pajar lleno de agujas, en medio del océano, con el tiempo en nuestra contra.
Mientras continuábamos analizando la situación, mientras Victoria organizaba los documentos cronológicamente y Rebecca tomaba notas con una precisión metódica, yo observaba a Victoria.
Era fascinante verla trabajar.
La misma mujer que podía parecer fría e inaccesible cuando caminaba por los pasillos del juzgado, que construía muros de hielo a su alrededor para protegerse del mundo, se transformaba completamente cuando se enfrentaba a un problema que requería su intelecto.
Su postura cambiaba, volviéndose más erguida, más alerta.
Sus ojos adquirían un brillo particular, una intensidad que hacía que fuera imposible apartar la mirada de ella.
Era brillante, intuitiva e incansable. Cuestionaba cada detalle, encontraba conexiones donde los demás solo veíamos caos, proponía teorías que eran audaces pero sólidas. Era como ver a un cirujano en plena operación, o a un director de orquesta llevando a la sinfonía a su clímax.
Y cada día me gustaba más. Lo cual empezaba a convertirse en un problema serio.
Porque no podía permitirme distraerme. No cuando había una amenaza real, cuando Isabelle estaba en peligro, cuando alguien en ese barco —o fuera de él— quería destruir la felicidad de esta familia que, para mi sorpresa, había empezado a importarme.
—Gabriel —llamó Victoria, sacándome de mis pensamientos—. ¿Estás con nosotros?
—Siempre —respondí, y mi voz salió más suave de lo que pretendía.
Ella me miró un segundo más de lo necesario, y en ese intercambio silencioso pasaron mil cosas. Compromiso. Promesa. Algo que se parecía sospechosamente al afecto.
—Entonces opina —dijo finalmente, señalando un correo específico—. ¿Crees que esto es obra de una sola persona o de un grupo organizado?
Me acerqué a la mesa, obligándome a concentrarme en el problema tangible en lugar de en la mujer intangible que tenía a mi lado.
—Una sola persona —respondí, señalando el patrón lingüístico—. El vocabulario es consistente. Los errores gramaticales se repiten. Y hay un... gusto por el dramatismo que sugiere una mente individual, no un comité.
—De acuerdo —asintió Victoria, y vi que anotaba mi observación con una satisfacción que me halagó—. Entonces estamos buscando a alguien con acceso a información privilegiada, conocimiento íntimo de la familia, y una obsesión personal con Alexander o Isabelle.
—O con ambos —añadió Rebecca, y su tono helado hizo que todos la miráramos—. A veces el odio se extiende. No se queda en un objetivo.
La sala quedó en silencio. El océano se extendía oscuro más allá de los ventanales, indiferente a nuestros problemas, mientras nosotros intentábamos desentrañar un misterio que prometía volverse más oscuro antes de aclararse.
—Entonces tenemos trabajo que hacer —dijo Victoria finalmente, y su voz sonó firme, decidida, absolutamente imparable.
Y mientras asentía, mientras me preparaba para ayudarla a resolver este caso, supe que estaba perdido.
Porque había caído enamorado de ella no a pesar de su fortaleza, sino porque de ella.
Porque la mujer que tenía frente a mí, brillante e incansable, era exactamente la que quería a mi lado para siempre.