Dos semanas para enamorarte Capítulo 21
60%

Capítulo 21

Victoria

Ganar el concurso fue humillante.

Absolutamente humillante.

No porque el premio no fuera atractivo —una cena romántica con el capitán y una sesión de fotos profesional que incluía un álbum encuadernado en piel— sino porque toda la familia parecía convencida de que aquello demostraba algo.

Algo que yo no estaba preparada para admitir, algo que se resistía a morir a pesar de que yo intentaba estrangularlo cada noche antes de dormir.

Que Gabriel y yo estábamos hechos el uno para el otro.

—Sois adorables —dijo Olivia por enésima vez mientras abandonábamos la zona del concurso, con las manos entrelazadas y el número 14 todavía pegado a mi espalda con cinta adhesiva.

—No lo somos —respondí, intentando liberar mi mano de la suya sin éxito.

—Muchísimo —insistió ella, ignorando mi negativa con la obstinación característica de los Hart.

—Olivia —advertí, y mi voz adoptó ese tono glacial que normalmente funcionaba con testigos hostiles.

—Muchísimo —repitió, y esta vez sonrió con esa expresión de hermana mayor que conocía demasiado bien—. Vicky, has visto las fotos. Parecéis una pareja de anuncio de perfume. Todo el barco está comentando lo bien que os lleváis.

Quise argumentar que era nuestra profesión, que fingir era lo que hacíamos, que naturalmente íbamos a ganar un concurso de compatibilidad porque habíamos inventado nuestra historia con el mismo rigor que preparábamos un juicio.

Pero las palabras se atascaron en mi garganta cuando vi a mi madre acercándose con el álbum de fotos del concurso en las manos y una expresión de éxtasis maternal que me aterraba.

—Cariño, tenéis que ver esto —exclamó Eleanor, abriendo el álbum con dedos temblorosos de emoción—. La fotógrafa del barco me ha dicho que nunca había visto tanta química entre una pareja. Ha dicho que parecéis... —hizo una pausa—. ¡Recién casados!

Miré por encima de su hombro y mi estómago se contrajo.

Allí estaba, inmortalizada en papel fotográfico de alta calidad, la prueba de mi derrota emocional.

Gabriel riendo con la cabeza echada hacia atrás, mostrando ese perfil perfecto que parecía esculpido por Miguel Ángel.

Yo sonriendo, realmente sonriendo, con una expresión de felicidad que no reconocía como mía.

Y los dos abrazados durante la prueba de la cuerda, con mi pierna enrollada alrededor de su cintura y su mano en mi trasero de una manera que en cualquier otro contexto habría denunciado como acoso.

Aquello era un desastre. Un desastre de proporciones bíblicas.

—Mamá, por favor —susurré, intentando cerrar el álbum—. Son solo fotos. No significan nada.

—Significan que estás feliz —respondió ella, y su voz se suavizó hasta volverse casi vulnerable—. Y eso es todo lo que una madre puede pedir.

Quise decirle que no estaba feliz, que estaba fingiendo, que todo esto era una farsa elaborada para sobrevivir a una boda familiar sin morir de vergüenza.

Pero entonces vi la esperanza en sus ojos, la misma esperanza que había visto durante seis años cada vez que me preguntaba si había conocido a alguien nuevo, cada vez que intentaba disimular su preocupación por verme sola.

Así que guardé silencio. Y eso fue peor.

Logré escapar de mi familia con la excusa de necesitar refrescarme, aunque en realidad necesitaba alejarme antes de cometer un crimen.

Antes de arrancar ese álbum de las manos de mi madre y lanzarlo por la borda.

Antes de gritarles a todos que dejaran de mirarnos como si fuéramos la pareja perfecta, porque no lo éramos, porque nunca lo seríamos, porque...

Porque cada día que pasaba, me costaba más recordar por qué no podíamos serlo.

Caminé hacia la proa del barco, donde el viento era más fuerte y había menos gente. Necesitaba aire. Necesitaba espacio. Necesitaba que mi corazón dejara de latir con esa fuerza desconocida cada vez que pensaba en él.

Pero no estaba sola.

—Victoria.

La voz me heló la sangre. Era una voz que había amado durante cinco años, que había odiado durante seis, y que ahora me producía una mezcla de náuseas y curiosidad que me resultaba repulsiva.

Me giré lentamente. Allí estaba Ethan, apoyado contra la barandilla con una pose que pretendía ser casual pero que sabía calculada.

Llevaba gafas de sol de diseño y un polo blanco que realzaba su bronceado, y por un segundo vi al hombre que había conocido a los veinticinco años.

El que me había perseguido con flores y promesas.

El que me había destruido con una frase.

—¿Podemos hablar? —preguntó, quitándose las gafas para mirarme a los ojos.

Apreté la mandíbula hasta sentir dolor.

—No —respondí, y mi voz salió firme, inquebrantable.

—Solo cinco minutos —insistió, dando un paso hacia mí—. Te lo debo. Te debo una explicación, una disculpa, algo...

—No —repetí, retrocediendo hasta que mi espalda chocó contra la barandilla opuesta—. No te debo nada, Ethan. Ni mi tiempo, ni mi atención, ni cinco minutos de mi vida.

—Victoria... —su voz se quebró, y por un segundo vi algo que parecía genuino arrepentimiento—. Por favor. He cometido el mayor error de mi vida. Te lo dije esa noche, te lo repito ahora. Necesito que me escuches.

Durante unos segundos creí que iba a insistir. Que iba a acortar la distancia entre nosotros, a tocarme el brazo, a intentar esa táctica de vulnerabilidad que siempre había funcionado conmigo cuando éramos jóvenes e ingenuos.

Pero entonces Ethan miró por encima de mi hombro, y su expresión cambió.

Sentí su presencia antes de verla. Esa sensación de calor que irradiaba cuando estaba cerca, ese cambio en la presión del aire que me había vuelto adicta durante cuatro días.

No necesitaba girarme para saber que Gabriel se acercaba, que había visto la escena desde lejos, que venía a rescatarme o a protegerme o simplemente a marcar territorio.

—¿Hay algún problema? —preguntó Gabriel, deteniéndose a mi lado con una naturalidad que me resultó reconfortante.

Su mano encontró la mía, entrelazando nuestros dedos con una posesión que no fingí del todo. Sentí su calor contra mi piel fría, su fuerza contra mi temblor contenido, y por primera vez desde que Ethan había aparecido, pude respirar.

Ethan miró a Gabriel, luego a nuestras manos entrelazadas, y algo cruzó su rostro. No era celos exactamente, aunque había un destello de eso. Era más bien la certeza de que había perdido. De que su ventana de oportunidad —si es que alguna vez existió— se había cerrado definitivamente.

—Otro momento entonces —dijo finalmente, y su voz sonó derrotada, casi patética.

Se marchó, arrastrando los pies como si llevara el peso del mundo sobre los hombros.

Parte de mí —esa parte pequeña y mezquina que todavía guardaba rencor— se alegró de verle así.

Pero otra parte, más grande de lo que quería admitir, simplemente sintió...

nada. Indiferencia. Como si hubiera sido un extraño al que nunca hubiera amado.

Gabriel observó cómo se alejaba, con una mirada que no supe interpretar.

—No parece muy feliz —comentó, y su tono era neutro, casi casual.

—No es mi problema —respondí, intentando liberar mi mano de la suya.

—¿Seguro? —preguntó, y esta vez su voz tenía un deje diferente. Un filo de... ¿celos? ¿Inseguridad?

Giré la cabeza bruscamente para mirarlo. Sus ojos azul oscuro me examinaron con una intensidad que me hizo sentir expuesta, como si pudiera ver a través de todas mis máscaras hasta llegar al núcleo de mis verdaderos sentimientos.

—¿Qué se supone que significa eso? —pregunté, y mi voz salió más aguda de lo que pretendía.

—Nada —respondió, encogiéndose de hombros, pero su mandíbula se tensó—. Solo pregunto.

Mentira.

Era una mentira flagrante y ambos lo sabíamos. Significaba algo. Significaba que le importaba, que le preocupaba que yo todavía sintiera algo por Ethan, que la idea de que pudiera haber una parte de mí que no se hubiera cerrado completamente a mi ex lo aterraba.

Y esa posibilidad, esa vulnerabilidad en él, me desarmó por completo.

Nos quedamos allí, en la proa del barco, con el viento agitando nuestros cabellos y el océano extendiéndose infinito ante nosotros. La tensión entre nosotros era palpable, pero era diferente de todo lo que habíamos experimentado antes.

No era la tensión de rivales en un tribunal, de enemigos que se enfrentaban con argumentos legales. No era la tensión de desconocidos fingiendo ser amantes, de extraños que jugaban un juego peligroso.

Era algo más personal. Algo que tenía que ver con el hecho de que me conocía mejor de lo que nadie lo había hecho nunca.

Que había visto mi vulnerabilidad, mi dolor, mis miedos, y seguía ahí.

Que cada noche compartíamos algo que iba más allá del sexo, aunque ninguno de los dos se atreviera a nombrarlo.

—Gabriel —empecé, pero no supe cómo continuar.

—No digas nada —interrumpió, y su voz salió ronca—. No digas que esto no es real, porque ya no sé qué es real y qué es ficción. No digas que no sientes nada, porque te conozco lo suficiente como para saber cuándo mientes.

Me quedé muda, paralizada por su honestidad. Porque tenía razón. Cada palabra que habría dicho para negar lo que estaba ocurriendo entre nosotros habría sido mentira. Y ya estábamos hartos de mentiras.

—¿Qué estamos haciendo? —susurré finalmente, y la pregunta sonó más a súplica que a interrogatorio.

Gabriel se giró hacia mí, tomando mi otra mano entre las suyas. Nos miramos a los ojos, y vi en sus pupilas dilatadas el reflejo de mi propia confusión, mi propio deseo, mi propio miedo.

—No lo sé —admitió, y su sinceridad me golpeó con más fuerza que cualquier declaración de amor—. Pero sé que no quiero parar. Sé que cada día que paso contigo, cada noche que comparto tu cama, cada vez que te oigo reír... no quiero que termine.

—Cuando lleguemos a Santorini —empecé, pero él me interrumpió con un beso.

Fue un beso suave, casi reverente, completamente diferente de la pasión salvaje que habíamos compartido en el camarote. Era un beso que pedía paciencia, que suplicaba tiempo, que prometía que encontraríamos una respuesta juntos.

Cuando nos separamos, ambos estábamos sin aliento. El viento había amainado, o quizás solo lo percibía así porque todo mi enfoque estaba en él, en nosotros, en este momento suspendido entre el pasado y el futuro.

—Vamos —dijo finalmente, entrelazando nuestros dedos y tirando suavemente de mí—. Tenemos una cena con el capitán que ganamos. Y una sesión de fotos que tu madre probablemente ya ha enmarcado mentalmente.

—Odio las fotos —murmuré, pero me dejé guiar.

—Lo sé —sonrió—. Por eso te haré reír durante toda la sesión. Para que salgas con los ojos cerrados y tengamos que repetirla.

—Eres insoportable.

—Y tú me adoras.

No respondí. No pude. Porque mientras caminábamos hacia el interior del barco, con el sol poniéndose sobre el Mediterráneo y pintando el cielo de colores imposibles, me di cuenta de que tenía razón.

No quería que esto terminara. No quería volver a ser enemigos. No quería imaginar mi vida sin su sonrisa, sin su voz, sin su cuerpo junto al mío.

Y eso era lo más aterrador de todo. Porque por primera vez en seis años, estaba cayendo. Y no sabía si había un final feliz esperando al final de esa caída, o solo el dolor de estrellarme contra el suelo.