Dos semanas para enamorarte Capítulo 20
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Capítulo 20

Gabriel

El concurso de parejas fue idea del crucero. Una de esas actividades organizadas por el equipo de animación para mantener entretenidos a los pasajeros durante las horas de navegación, cuando el océano se extendía monótono hasta el horizonte y el sol obligaba a refugiarse bajo sombrillas.

Yo estaba en la barra de la piscina, tomando un café mientras revisaba unos documentos que Mia me había enviado por correo electrónico, cuando escuché el anuncio por el sistema de megafonía del barco.

Una voz excesivamente alegre invitaba a todas las parejas a participar en el «Gran Concurso del Amor», con premios que incluían una cena romántica en el restaurante exclusivo del capitán y una sesión de fotos profesional.

Victoria estaba sentada a mi lado, con un libro abierto sobre las rodillas que fingía leer mientras observaba a Emma y Sophie construir un castillo de arena con una dedicación que habría envidiado cualquier arquitecto.

—Nos apuntaré —dije, cerrando el Tablet con un golpe decidido.

Victoria levantó la vista de golpe, con una expresión de horror que habría sido cómica de no ser porque conocía perfectamente su capacidad para llevar a cabo amenazas de violencia física.

—Ni se te ocurra —siseó, marcando la página del libro con un dedo tembloroso—. Ni en sueños, Knight.

—Demasiado tarde —respondí, levantando la mano para llamar la atención de uno de los animadores que pasaba cerca—. Ya he decidido que vamos a participar.

—Knight —dijo ella, y su voz adoptó ese tono glacial que usaba en los tribunales para destruir testigos.

—Sinclair —repliqué, imitando su tono con una sonrisa.

—Voy a matarte —afirmó, y por la forma en que apretó el libro, supe que no estaba del todo bromeando.

—Después del concurso —concedí, mientras el animador se acercaba con una sonrisa de comercial de televisión—. Preferiría morir habiendo ganado una cena romántica gratis.

El animador, un joven llamado Marco según su placa, tomó nuestros nombres con entusiasmo y nos entregó un número: el 14. Victoria lo miró como si fuera una sentencia de muerte.

—Esto es un error —murmuró cuando Marco se alejó—. Una catástrofe anunciada.

—Es una oportunidad —corregí, tomando su mano entre las mías e ignorando su intento de retirarla—. Para demostrarle a tu familia, a Ethan, a todo el barco, que somos la pareja más sólida que existe.

—Pero no somos una pareja real —susurró ella, aunque sus dedos se entrelazaron con los míos casi involuntariamente.

La miré a los ojos, buscando algo que no supe identificar. ¿Era cierto eso? ¿Seguíamos siendo una farsa? Porque cada día que pasaba, cada noche que compartíamos, cada risa que arrancaba de ella, me resultaba más difícil recordar que esto había empezado como un acuerdo de conveniencia.

—Entonces fingiremos —dije finalmente, aunque la palabra me supo amarga en la boca—. Somos abogados, Victoria. Fingir es lo que mejor sabemos hacer.

El concurso resultó ser exactamente lo que esperaba: una competición absurda diseñada para entretener a turistas aburridos.

Se celebraba en la cubierta principal, bajo una carpa blanca que protegía del sol implacable, con un escenario improvisado y un presentador que parecía haber bebido demasiado café.

Las pruebas eran ridículas. Preguntas sobre la pareja que incluían desde el color de ojos favorito hasta la fecha del primer beso.

Pruebas de coordinación donde debíamos transportar pelotas con los pies atados.

Retos de memoria donde teníamos que recordar detalles de nuestra historia de amor ante la mirada expectante de otros pasajeros.

Lo peor —o lo mejor— fue que resultamos sorprendentemente buenos. Demasiado buenos.

Conocíamos las respuestas a las preguntas con una precisión que me asombró incluso a mí. ¿Cuál era el restaurante de nuestra primera cita? El italiano de la Tercera Avenida. ¿Cuánto tiempo llevábamos juntos? Tres meses, el tiempo perfecto para estar en una relación seria de pareja.

Recordábamos la historia falsa que habíamos construido en el camarote con una naturalidad alarmante.

Los detalles que habíamos inventado —el perro Golden retriever llamado Abogado, la discusión sobre política en nuestra primera pelea, las flores blancas que supuestamente le había regalado para reconciliarnos— fluían de nuestras bocas como si fueran recuerdos reales, vividos, queridos.

Y discutíamos. Dios, cómo discutíamos. Con esa química particular que nos caracterizaba, con ese tono de «odio que te amo» que hacía reír al público.

Discutimos sobre quién de los dos era más terco, sobre si el café debía tomarse solo o con azúcar, sobre quién había dicho te quiero primero en nuestra historia inventada.

La multitud nos adoraba. Se reían de nuestras réplicas afiladas, aplaudían cuando nos besábamos para demostrar puntos discutidos, vitoreaban cuando ganábamos cada prueba con una ventaja que parecía profesional.

Victoria, por su parte, intentaba mantener su máscara de fiscal irritada. Fruncía el ceño cuando el público aplaudía, suspiraba exageradamente cuando yo hacía algún comentario romántico, cruzaba los brazos con una resignación teatral.

Pero yo la conocía. Veía cómo sus ojos brillaban cuando ganábamos, cómo se mordía el labio para contener una sonrisa, cómo sus mejillas se sonrojaban cuando la tomaba de la mano o la besaba en la mejilla ante la ovación de la multitud.

No estaba actuando del todo. Y eso me daba esperanzas.

El problema llegó durante la prueba final.

Cada pareja debía subir al escenario, donde el presentador nos vendaba los ojos con pañuelos de seda negra. Luego, debíamos identificar a nuestra pareja únicamente por el tacto, guiados por el público que gritaba indicaciones contradictorias.

Cuando llegó nuestro turno, Victoria me miró con una mezcla de pánico y determinación.

—Si me tocas donde no debes delante de toda esta gente, te juro que...

—Shhh —la interrumpí, dejando que el animador me vendara los ojos—. Confía en mí, Sinclair.

La oscuridad fue instantánea y absoluta. El ruido de la multitud se amplificó, con gritos de «¡A la izquierda!», «¡No, a la derecha!», «¡Esa es otra!» que me desorientaban. Pero entonces, entre todo ese caos, la encontré.

Fue el perfume primero. Esa mezcla cítrica y amaderada que ya había memorizado, que se había grabado en mi mente como su firma personal. Luego, cuando mis manos rozaron varias personas —manos sudorosas, brazos desconocidos, hombros que no eran los suyos— finalmente la toqué.

Reconocí la forma de su mano inmediatamente. Los dedos largos y elegantes, las uñas cuidadas pero no excesivamente, la suavidad de su piel que contrastaba con la dureza de su carácter. Pero sobre todo, noté cómo contenía la respiración cuando mis dedos se cerraron sobre los suyos.

Era un gesto que había aprendido a identificar durante nuestras noches juntos.

Cuando estaba excitada, pero intentaba disimularlo, cuando estaba nerviosa, pero quería parecer controlada, cuando mis manos recorrían su cuerpo y ella intentaba no gemir...

siempre contenía la respiración durante un segundo, un instante de vulnerabilidad que solo yo parecía notar.

—Eres tú —dije, y mi voz salió firme, segura, sin lugar a dudas.

El público estalló en aplausos cuando confirmé mi elección. Sentí cómo me quitaban la venda, cómo la luz del sol me golpeaba los ojos, cómo el mundo volvía a enfocarse.

Y entonces nuestras miradas se encontraron.

Victoria me miraba con algo que no supe interpretar. Había sorpresa en sus ojos, sí, pero también algo más profundo. Algo que parecía... esperanza. O miedo. O ambos mezclados en una emoción demasiado grande para nombrar.

Durante un instante el ruido desapareció. La multitud, los aplausos, el presentador gritando algo sobre nuestro amor verdadero, todo se desvaneció hasta que solo quedamos ella y yo, conectados por una mirada que decía más que todas las palabras que habíamos intercambiado durante dos días.

—Lo sabías —dijo ella, y no era una pregunta.

—Siempre lo sabré —respondí, y en mi voz no había broma, no había fingimiento, solo la verdad más honesta que había pronunciado en años.

Estábamos a punto de besarnos, a punto de cruzar esa línea invisible entre la farsa y la realidad delante de cientos de desconocidos, cuando el mundo se estrelló contra nosotros.

Alexander apareció junto al escenario con un teléfono en la mano. Su expresión había cambiado por completo, transformada de la sonrisa relajada del anfitrión a una máscara de preocupación que nunca le había visto.

—¿Qué ocurre? —preguntó Isabelle, que había estado observando el concurso desde la primera fila con una sonrisa de orgullo.

Alexander guardó silencio durante unos segundos que se hicieron eternos. Su mandíbula se tensó, sus ojos oscurecieron, y cuando finalmente habló, su voz sonó diferente. Más dura. Más fría.

—Han vuelto a hacerlo —dijo, y esas cuatro palabras contenían más ira de la que habría creído posible en él.

La sonrisa desapareció del rostro de Isabelle como si nunca hubiera existido. Su mano voló a su boca, sus ojos se llenaron de lágrimas que intentó contener.

—¿Otra vez? —susurró, y su voz se quebró—. Alexander, ¿qué han hecho ahora?

Victoria y yo intercambiamos una mirada. En sus ojos vi la misma alarma que sentía yo, la misma certeza de que algo grave estaba ocurriendo. Bajo del escenario, arrastrando a Victoria conmigo, y nos acercamos a la pareja.

—¿Qué pasa? —preguntó Victoria, poniendo una mano en el hombro de su prima—. Isabelle, ¿qué ocurre?

Isabelle no respondió. Estaba mirando a Alexander con una mezcla de miedo y desesperación que me resultó desconcertante. ¿Qué podía ser tan grave como para que una novia a punto de casarse perdiera el color de su rostro de esa manera?

—El pastel —dijo Alexander finalmente, y su voz salió entre dientes—. Han envenenado el pastel. O eso intentaron. El pastelero descubrió algo extraño en el glaseado esta mañana. Análisis químicos. No era azúcar.

—¿Quién? —pregunté, acercándome más—. ¿Quién haría algo así?

Alexander me miró, y en sus ojos vi algo que me heló la sangre. No era solo preocupación. Era sospecha. Era la certeza de que estábamos ante algo más que una broma pesada, más que un sabotaje inocente.

—No lo sé —respondió—. Pero esto ya no es una coincidencia. Primero los centros de mesa destruidos, luego el músico sobornado, ahora esto. Alguien está intentando sabotear la boda. Alguien que quiere que no se celebre.

Victoria apretó mi mano con fuerza. Su palma estaba fría, sudorosa, y sentí que temblaba ligeramente.

—¿Has llamado a la policía? —preguntó ella, y su voz adoptó automáticamente el tono profesional de fiscal—. ¿Hay seguridad revisando las cámaras?

—Estamos en medio del océano —respondió Alexander, frustrado—. La seguridad del barco está haciendo lo que puede, pero hasta que lleguemos a Santorini no podemos hacer mucho más que vigilar.

Isabelle sollozó entonces, un sonido ahogado que rompió la compostura que había mantenido hasta ese momento. Victoria la abrazó, murmurando palabras de consuelo mientras me miraba por encima del hombro de su prima con ojos que decían claramente: «Esto es grave».

Y lo era. Por primera vez desde que comenzó el viaje, apareció una amenaza real.

No era Ethan, con sus miradas de arrepentimiento.

No era Rebecca, con sus confesiones incómodas.

Era algo más oscuro, más peligroso, algo que iba a complicar mucho más las cosas de lo que ninguno de nosotros había previsto.

Alguien quería destruir la boda de Isabelle. Y estaban dispuestos a llegar lejos para conseguirlo.

—Vamos a averiguar quién es —dije, y mi voz salió más firme de lo que me sentía—. Victoria y yo nos encargamos. Es lo que hacemos: descubrir la verdad.

Victoria asintió, separándose de Isabelle, pero manteniendo una mano en su hombro.

—Gabriel tiene razón —dijo—. No dejaremos que arruinen tu boda. Quien sea que esté detrás de esto, lo encontraremos.

Alexander nos miró, y por primera vez vi algo de alivio en su expresión.

—Gracias —dijo, y su voz sonó genuina—. No sé qué haría sin vosotros.

Mientras la multitud del concurso se dispersaba confundida, mientras el presentador intentaba mantener el ambiente festivo con chistes forzados, Victoria y yo nos quedamos allí, tomados de la mano, unidos por una nueva misión que no habíamos solicitado pero que íbamos a cumplir.

Porque ahora no solo se trataba de fingir ser una pareja. Se trataba de proteger a la familia de Victoria. Se trataba de descubrir quién quería destruir la felicidad de Isabelle.

Y mientras miraba a la mujer que tenía a mi lado, con su determinación de acero y su corazón de hielo que empezaba a derretirse, supe que haría cualquier cosa por ella. Incluso enfrentarme a un enemigo desconocido en medio del océano.

El concurso de parejas había terminado. Pero el verdadero desafío acababa de comenzar.