Dos semanas para enamorarte Capítulo 19
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Capítulo 19

Victoria

Llevábamos dos días en el crucero.

Dos días que se habían convertido en una burbuja fuera del tiempo, un universo paralelo donde las reglas de Manhattan no aplicaban, donde la fiscal más temida del distrito podía reírse hasta que le doliera el estómago, y donde el abogado que había sido mi enemigo jurado ahora compartía mi cama cada noche.

Dos días de desayunos prolongados bajo el sol mediterráneo, donde el café sabía mejor porque él me lo servía con esa sonrisa suya que derretía el hielo.

Dos días de comidas familiares donde mi madre no dejaba de mirarnos con ojos brillantes, donde Olivia me hacía señas disimuladas de aprobación desde el otro lado de la mesa, donde Isabelle suspiraba con envidia cada vez que Gabriel me tocaba la mano o me besaba la mejilla con una naturalidad que ya ni siquiera fingíamos.

Dos días de cenas elegantes donde Gabriel lucía esmoquin como si hubiera nacido vestido de etiqueta, donde sus manos se deslizaban por mi espalda desnuda bajo la mesa mientras conversaba amablemente con mi tío sobre el mercado inmobiliario, donde sus ojos me decían cosas que no podían verbalizar delante de mi familia pero que me mantenían excitada durante todo el postre.

Pero sobre todo, dos días de noches.

Noches en las que el camarote se convertía en nuestro santuario, en nuestro campo de batalla, en nuestro paraíso privado.

Noches en las que me dejaba llevar por él de maneras que nunca había imaginado posibles, en las que el sexo no era solo un acto físico sino una conversación sin palabras, una declaración de intenciones que ninguno de los dos se atrevía a pronunciar en voz alta.

Y no eran solo las noches. Las mañanas también habían adquirido un ritual propio, una rutina que había pasado de ser sorprendente a ser indispensable.

Las duchas matutinas ya no eran solo para lavarse.

Eran para besos bajo el agua caliente, para caricias enjabonadas, para encuentros rápidos y fogosos que nos dejaban sin aliento antes de que el día comenzara oficialmente.

Era adictivo. Era peligroso. Era lo más delicioso que había experimentado en años.

Pero las verdaderas amenazas del crucero no eran Ethan, que seguía apareciendo en cada esquina con esa mirada de arrepentimiento que intentaba ignorar.

Ni Rebecca, que me había saludado civilmente esa mañana en el pasillo como si no hubiera sido la mujer que había destruido mi vida.

Ni siquiera los misteriosos problemas relacionados con la boda de Isabelle, que incluían un pastelero en huelga y un músico que amenazaba con no tocar si no le pagaban el triple.

No.

Las verdaderas amenazas eran Emma y Sophie.

Las gemelas habían decidido, en su infinita sabiduría de siete años, que Gabriel Knight era el hombre perfecto para mí. Y aquello era un problema. Un problema enorme.

—Tía Victoria.

Estaba tumbada en una hamaca junto a la piscina, intentando leer un informe legal que había logrado rescatar de mi maleta antes de que Gabriel me convenciera de otra cosa.

El sol calentaba mi piel, el sonido del agua chapoteando era hipnótico, y por un momento había olvidado que estaba en un barco lleno de familiares entrometidos y un ex que no sabía mantener las distancias.

Levanté la vista hacia las dos niñas que me miraban con expresiones sospechosamente inocentes.

—No —dije inmediatamente, antes de que pudieran continuar.

—Todavía no hemos preguntado nada —protestó Emma, con ese tono de voz que utilizaba cuando estaba tramando algo.

—Precisamente por eso —respondí, marcando la página del informe y cerrándolo—. Conozco esa mirada. Es la misma que ponéis cuando queréis convencerme de que el helado es una cena válida nutricionalmente.

Las niñas intercambiaron una mirada cómplice que me puso de los nervios. Sophie se mordió el labio intentando contener una risa, mientras Emma asentía con una seriedad que habría engañado a cualquier otro adulto.

—Vamos a preguntarle a Gabriel —anunció Emma de repente.

—¿Qué? —me incorporé demasiado rápido, casi cayendo de la hamaca.

—Es solo una pregunta —dijo Sophie, encogiéndose de hombros con un gesto que imitaba perfectamente a su madre.

Antes de que pudiera detenerlas, corrieron hacia el otro lado de la piscina, donde Gabriel estaba sentado en una tumbona, con gafas de sol y un Tablet donde revisaba lo que parecían documentos legales.

Llevaba bañador azul marino y nada más, y el sol brillaba sobre su pecho desnudo de una manera que incluso desde la distancia me resultaba distractora.

Supe inmediatamente que algo terrible iba a ocurrir.

—Gabriel —llamó Emma, llegando primero a su lado.

—Hola, monstruos —respondió él, sin levantar la vista del Tablet—. ¿Habéis venido a hacerme compañía o a tirarme al agua con la ropa puesta?

—Hemos venido a preguntarte algo —dijo Sophie, posicionándose frente a él con las manos en las caderas en una pose que me recordó demasiado a mí misma en los tribunales.

Gabriel levantó la vista, y por la forma en que sonrió, supe que estaba disfrutando de la situación. Me senté en la hamaca, demasiado lejos para intervenir pero lo suficientemente cerca como para oír cada palabra. Mi corazón comenzó a latir con fuerza contra mis costillas.

—¿Vas a casarte con nuestra tía? —preguntó Emma sin preámbulos.

Gabriel tosió. Fue una tos violenta, ahogada, que le hizo doblarse sobre sí mismo mientras golpeaba su pecho con el puño. Yo, por mi parte, me atraganté con el agua que estaba bebiendo, provocando un ataque de tos que me dejó los ojos llorosos y la dignidad por los suelos.

Las niñas esperaron pacientemente, con la inmovilidad zen de quienes saben que tienen el control de la situación.

—Creo que es un poco pronto para eso —logró decir Gabriel finalmente, recuperando el aliento y quitándose las gafas de sol para limpiarse los ojos.

—¿Por qué? —preguntó Sophie, inclinando la cabeza con genuina curiosidad.

—Porque... —Gabriel dudó, mirándome por encima del hombro de las niñas. Nuestros ojos se encontraron, y vi algo en su mirada que me dejó sin aliento—. Porque llevamos poco tiempo juntos. Las personas necesitan conocerse bien antes de casarse.

Emma reflexionó durante unos segundos, con el ceño fruncido en una concentración que habría sido adorable de no ser porque estaba destrozando mi vida.

—Papá dice que cuando encuentras a la persona correcta no hace falta esperar mucho —citó finalmente, con la seguridad de quien repite una verdad absoluta.

Al otro lado de la piscina, Nathan, que hasta ese momento había estado disfrutando tranquilamente de un cóctel, se llevó una mano a la cara en un gesto de derrota absoluta. Olivia, sentada junto a él, no podía parar de reír, con la mano sobre el estómago y los ojos brillantes de diversión.

Y Gabriel... Gabriel estaba disfrutando demasiado. Vi cómo una sonrisa lenta se extendía por su rostro, cómo sus ojos brillaban con malicia, cómo se recostaba en la tumbona con una comodidad que me resultó insultante.

—Tu padre es un hombre inteligente —dijo Gabriel, volviéndose hacia las niñas con una seriedad que no lograba disimular su diversión.

—Entonces sí te casarás con ella —concluyó Emma, como si acabara de resolver la ecuación más compleja del universo.

—¡Basta! —intervine, levantándome de la hamaca y caminando hacia ellos con paso decidido—. Emma, Sophie, basta de preguntas incómodas. Gabriel no se va a casar conmigo. No estamos... no es...

—¿No es qué? —preguntó Emma, inocente como un ángel caído del cielo.

—No es el momento —terminé, sintiendo cómo el calor subía a mis mejillas.

Las gemelas me miraron, luego se miraron entre ellas, y finalmente miraron a Gabriel. Y entonces hicieron algo que me dejó completamente desarmada: me ignoraron. Por completo. Como si no existiera.

—Gabriel —dijo Sophie, volviéndose hacia él y bloqueándome físicamente con su pequeño cuerpo—, ¿nos invitarás a la boda? Queremos llevar vestidos iguales. Rosa. Con lazos.

—Y queremos tirar arroz —añadió Emma—. Mucho arroz. Y comer pastel. Dos trozos cada una.

—Tres —corrigió Sophie.

—Tres —accedió Emma.

Gabriel se echó a reír, una carcajada profunda y sonora que resonó contra el agua de la piscina. Era una risa genuina, desinhibida, llena de una alegría que me resultaba contagiosa a pesar de mi mortificación.

—Si alguna vez hay boda —dijo, limpiándose una lágrima de la risa—, vosotras seréis las primeras en la lista de invitados. Y tendréis todo el pastel que queráis. Incluso cuatro trozos.

—¡Sí! —exclamaron las niñas, chocando sus manos en un gesto de victoria.

—¡No hay boda! —protesté, pero mi voz se perdió entre sus gritos de celebración.

Por supuesto que me ignoraron. Tenían siete años. Y ninguna intención de obedecer.

Esa tarde, algo cambió.

No fue un momento específico, no fue una frase concreta, no fue un evento particular. Fue una acumulación de pequeños instantes que se fueron sumando hasta que, de repente, me encontré riéndome.

Estábamos en la cubierta trasera del barco, en una zona reservada para los invitados de la boda donde habían instalado hamacas y sombrillas.

Gabriel estaba intentando enseñar a las niñas a hacer pompas de jabón gigantes con un aparato que había comprado en la tienda del crucero, y el resultado era un desastre glorioso.

Las pompas estallaban antes de despegar, o se estrellaban contra el suelo húmedo, o peor aún, explotaban en sus propias caras dejándolas cubiertas de espuma.

Y cada fracaso era recibido con gritos de alegría, con carcajadas incontenibles, con una diversión que no requería de lograr el objetivo, sino simplemente del intento.

—¡Otra vez! —gritaba Emma, cubierta de espuma hasta las cejas.

—¡Esa casi salió! —mentía Sophie, mientras una pompa se desintegraba a escasos centímetros de su nariz.

Gabriel se esforzaba con una dedicación que habría sido conmovedora de no ser tan cómica. Su pelo estaba empapado, su camisa mojada, y tenía una mancha de jabón en la mejilla que le daba un aspecto de niño grande que me resultó irresistible.

Y entonces, sin que pudiera evitarlo, solté una risa.

Fue una risa pequeña al principio, contenida, casi sorprendida. Pero luego se convirtió en otra, y otra, hasta que estaba riendo a carcajadas, con la mano sobre el estómago, sintiendo cómo los músculos se contraían de la forma más deliciosa.

Era la primera vez en años que me reía así. Desde Ethan. Desde la traición. Desde que había decidido que la felicidad era un lujo que no podía permitirme.

Y lo peor, o lo mejor, era que Gabriel estaba a mi lado cuando ocurrió.

Se había detenido en medio de su intento de crear la pompa perfecta, y me miraba con una expresión que no supe interpretar. Había algo de asombro en sus ojos, algo de ternura, algo que parecía sospechosamente a amor, aunque sabía que era demasiado pronto para esa palabra.

—¿Qué? —pregunté, intentando recuperar la compostura, secándome las lágrimas de la risa.

—Nada —respondió, sonriendo con una suavidad que me desarmó—. Solo que nunca te había visto reír así.

—¿Cómo?

—Así —repitió, haciendo un gesto vago en mi dirección—. Sin reservas. Sin control. Como si realmente estuvieras disfrutando del momento.

Las niñas habían dejado de jugar con las pompas y nos observaban con curiosidad, pero por una vez decidí ignorarlas. Decidí ignorar a todo el mundo excepto al hombre que tenía frente a mí.

—Estoy disfrutando del momento —admití, y la verdad de mis palabras me sorprendió a mí misma.

Gabriel se acercó, dejando el aparato de pompas sobre una mesa cercana. Estaba tan cerca que podía oler el jabón en su piel, el sol en su cabello, algo indefiniblemente suyo que me resultaba más adictivo que cualquier perfume caro.

—Entonces deberíamos tener más momentos así —dijo, tomando mi mano entre las suyas sin importarle que las niñas nos observaran, sin importarle que mi familia estuviera a escasos metros, sin importarle nada excepto nosotros.

Asentí, porque no confiaba en mi voz. Porque tenía miedo de que si hablaba, dijera algo que no podía retractar. Algo sobre cómo se sentía estar con él, sobre cómo me hacía olvidar el pasado, sobre cómo empezaba a imaginar un futuro que incluía más mañanas como esta.

—Tía Victoria —interrumpió Emma, apareciendo entre nosotros con su timing perfecto de niña de siete años—, ¿por qué estás llorando?

Me toqué la cara, sorprendida, y descubrí que tenía razón. Había lágrimas en mis mejillas, aunque eran de risa, de alivio, de una emoción que no sabía nombrar.

—Porque estoy feliz, monstruo —respondí, limpiándome con el dorso de la mano—. A veces la gente llora cuando está feliz.

Emma me miró con escepticismo, luego miró a Gabriel, y finalmente se encogió de hombros.

—Los adultos sois raros —declaró, antes de correr hacia su hermana para continuar con su guerra contra las pompas de jabón.

Gabriel y nos reímos juntos, una risa compartida que nos unió de una manera que ningún sexo, por intenso que fuera, podía lograr. Y en ese momento, con el sol poniéndose sobre el Mediterráneo y pintando el cielo de naranjas y rosas, supe que estaba en problemas.

Porque dos días no eran suficientes para enamorarse. Eran suficientes para darse cuenta de que podrías estarlo. Y eso era mucho más aterrador.