Capítulo 18
Gabriel
La piscina principal del crucero era un oasis de azul turquesa que brillaba bajo el sol mediterráneo con una intensidad casi irreal. El agua cristalina reflejaba el cielo despejado, creando un escenario idílico que contrastaba con la agitación que sentía en mi interior desde que habíamos llegado.
Emma y Sophie estaban en su elemento. Las dos niñas chapoteaban y gritaban con una energía que habría agotado a un atleta profesional, y yo me encontraba en medio de ese caos controlado, intentando mantenerme a flote mientras ellas me lanzaban agua con las manos con una precisión sorprendente.
—¡Gabriel, mira! —gritó Emma, trepándose a mi espalda con la agilidad de un mono—. ¡Soy un pirata y tú eres mi barco!
—¡No, es mi barco! —protestó Sophie, agarrándose a mi otro hombro—. ¡Yo llegué primero!
Me reí, genuinamente divertido por su entusiasmo contagioso.
Era imposible no sonreír con ellas, con su inocencia desbordante, con su capacidad para encontrar alegría en cada momento.
Me sentía como un niño otra vez, liberado de las tensiones del trabajo, de la competencia, de la vida adulta que tanto pesaba sobre mis hombros.
Pero lo mejor de todo era ver a Victoria.
Estaba sentada al borde de la piscina, con los pies sumergidos en el agua y un libro abierto sobre sus rodillas que fingía leer.
Pero yo sabía que no estaba leyendo. Cada pocos minutos, levantaba la vista y sonreía al ver nuestras payasadas, una sonrisa tan genuina, tan despreocupada, que me dejaba sin aliento.
Era la sonrisa más bonita que había visto en mi vida.
No exagero. Había visto sonreír a muchas mujeres, había presenciado expresiones de felicidad en rostros de todo tipo.
Pero la sonrisa de Victoria Sinclair en ese momento, con el sol iluminando su cabello castaño, con sus ojos verdes brillando de diversión, con la tensión habitual de su mandíbula completamente ausente...
era algo único. Algo que quería guardar en mi memoria para siempre.
—¡Victoria, ven! —gritó Emma, notando que la observábamos—. ¡El agua está calentita!
—En un rato —respondió ella, aunque su sonrisa se amplió—. Estoy leyendo.
—¡Mentira! —canturreó Sophie—. ¡Estás mirando a Gabriel! ¡Mamá dice que eso es de novios!
Victoria se ruborizó, un color rosado que subió por su cuello hasta sus mejillas, y yo me reí con ganas, disfrutando de su incomodidad. Era adorable verla así, fuera de control, vulnerable, humana.
—Voy a por vosotras, piratas —amenacé, zambulléndome bajo el agua y agarrando a las dos niñas por la cintura.
Gritaron de alegría mientras las levantaba en el aire, una en cada brazo, y luego las dejaba caer suavemente sobre el agua con un chapoteo que nos empapó a todos. El sol brillaba, las risas resonaban, y por un momento, un breve momento, todo parecía perfecto.
Hasta que no lo fue.
La vi antes de que Victoria la notara. Una figura familiar que emergió del ascensor de cristal que daba acceso a la zona de piscinas. Ethan Brooks, con su esposa Rebecca y sus dos hijos, caminando con esa naturalidad de quien no sabe que está a punto de destruir un momento perfecto.
Victoria estaba distraída, secándose las manos con una toalla, sonriendo todavía por algo que Emma acababa de decir.
No vio cómo Ethan se detenía al verla, cómo su expresión cambiaba, cómo sus ojos recorrían su figura con una mezcla de arrepentimiento y deseo que me hizo querer salir del agua y plantarle una patada en la mandíbula.
Pero entonces Victoria levantó la vista.
El cambio fue instantáneo. La sonrisa desapareció como si nunca hubiera existido, reemplazada por una máscara de hielo que reconocía demasiado bien.
Sus hombros se tensaron, su espalda se enderezó hasta volverse rígida, y sus manos se aferraron a la toalla con una fuerza que hizo que sus nudillos se blanquearan.
Vi el dolor en sus ojos. Vi cómo retrocedía mentalmente, cómo se encerraba en esa fortaleza de piedra que había construido durante seis años. Y odié a Ethan Brooks con una intensidad que me sorprendió.
No pensé. Simplemente actué.
Salí del agua con dos zancadas, dejando a las niñas chapoteando detrás de mí. Caminé hacia Victoria con determinación, ignorando el agua que goteaba de mi cuerpo, ignorando las miradas curiosas de los demás pasajeros, ignorando todo excepto a ella.
Llegué justo cuando ella bajaba la vista, tratando de ocultar la emoción que amenazaba con desbordarse.
—Gabriel, yo... —empezó a decir, su voz temblorosa.
La besé.
Fue un beso intencionado, profundo, una declaración de guerra silenciosa contra el pasado que acababa de irrumpir en nuestro presente.
La agarré por la cintura con una mano, mientras con la otra le acariciaba la mejilla, obligándola a mirarme, a centrarse en mí, en nosotros, en lo que estábamos construyendo.
Cuando nos separamos, sus ojos estaban llenos de emociones contradictorias. Vi duda, tristeza, miedo... pero también algo más. Algo que parecía gratitud mezclada con deseo.
—Haz como que no está —murmuré contra sus labios, manteniendo mi mano en su mejilla—.
Simplemente ignora su presencia y estate aquí, conmigo y con esas niñas.
Métete en el papel de novia enamorada y hazle ver que has seguido adelante.
Que el pasado ya no duele, que solo forma parte de una época que nunca más volverá.
Ella me miró con esos ojos verdes que parecían océanos en tormenta, y durante un segundo pensé que iba a apartarme, que iba a dejar que el hielo volviera a reclamarla.
Pero entonces algo cambió. Una determinación nueva cruzó su rostro, y asintió casi imperceptiblemente.
—Bésame otra vez —susurró, y su voz salió firme, desafiante—. Haz que se arrepienta de haberme dejado ir.
No necesitaba más invitación. La besé de nuevo, esta vez con más pasión, más posesión, más intención de hacer que el mundo entero, y especialmente Ethan Brooks, entendiera que Victoria Sinclair era mía.
Sentí cómo ella se relajaba entre mis brazos, cómo sus manos subían para rodear mi cuello, cómo sus dedos se enredaban en mi cabello mojado.
Y luego, con un movimiento que me sorprendió, saltó ligeramente y enrolló sus piernas alrededor de mi cintura, apretándose contra mí con una urgencia que me dejó sin aliento.
La sostuve por debajo de los muslos, sintiendo su peso contra mi cuerpo, sintiendo su calor a pesar del agua fría que aún goteaba de mi piel. El beso se prolongó, se hizo más profundo, más desesperado, una performance para los espectadores que no sabían que era completamente real por mi parte.
Cuando finalmente nos separamos, ambos estábamos jadeando. Victoria tenía las mejillas sonrojadas y los labios hinchados, y nunca la había visto más hermosa.
—Mejor será que dejemos los besos para la noche —dije, mi voz saliendo ronca, cargada de deseo—. Porque si seguimos así, acabaré follándote aquí mismo, y no es plan con niñas presentes y tu ex mirando.
Ella abrió los ojos, y vi cómo se oscurecían, cómo la pupila se dilataba hasta casi eclipsar el verde del iris. Ese brillo que apareció en su mirada era una mezcla perfecta de deseo, miedo y excitación, una combinación embriagante que me hizo querer cumplir mi amenaza aquí mismo.
—Ese brillo —murmuré, sonriendo con satisfacción—. Esa mezcla de querer y temer. Me vuelves loco, Victoria Sinclair.
Ella tragó saliva, todavía aferrada a mí, todavía con las piernas alrededor de mi cintura.
—Nunca... —empezó, luego hizo una pausa y negó con la cabeza.
—¿Nunca qué? —pregunté, curioso.
—Nunca he tenido sexo con gente alrededor sin que supieran lo que hacía —confesó, casi en un susurro, como si le diera vergüenza admitirlo.
Sonreí, una sonrisa lenta y peligrosa que hizo que ella se estremeciera entre mis brazos.
Me incliné hasta que mi boca rozó su oreja, hasta que pude sentir el pulso acelerado en su cuello.
—En este crucero —susurré, dejando que mis palabras vibraran contra su piel—, el día menos pensado, será la primera vez.
La sentí estremecerse violentamente, un escalofrío que recorrió todo su cuerpo. Por un segundo pensé que iba a dejarme llevar, que iba a olvidar dónde estábamos y sucumbir a la tentación.
Pero entonces llamaron las niñas.
—¡Gabriel! ¡Victoria! —Gritaron Emma y Sophie desde la piscina—. ¡Venid a jugar!
Victoria bajó las piernas lentamente, deslizándose por mi cuerpo con una fricción que me torturó. Cuando sus pies tocaron el suelo, parecía tambalearse ligeramente, desorientada, excitada.
Me quedé un momento observándola, observando cómo se sentaba de nuevo al borde de la piscina, cómo las niñas se acercaban a ella con sonrisas radiantes, cómo ella intentaba recuperar la compostura. Luego me sumergí en el agua y nadé hacia ellas con brazadas largas y pausadas.
—¿Por qué besabas a Victoria? —preguntó Emma con la curiosidad desenfadada de los siete años—. ¿Es porque sois novios?
—Exacto —respondí, agarrándome al borde de la piscina junto a ellas—. Los novios se besan. Es una regla.
—Mi mamá dice que los novios también se casan y tienen bebés —intervino Sophie, nadando en círculos alrededor de mí—. ¿Vosotros os vais a casar y a tener bebés?
Me eché a reír, una carcajada sonora y genuina que resonó contra el agua.
—No creo que Victoria acepte casarse conmigo —dije, y la honestidad de mis palabras me sorprendió a mí mismo—. Es muy... complicada. Pero lo intentaré. Eso sí que lo voy a intentar.
Las niñas intercambiaron una mirada que me resultó sospechosamente madura para su edad.
—Nosotras te ayudamos —dijo Emma de repente, con una seriedad que me conmovió.
—¿Sí? —pregunté, arqueando una ceja.
—Sí —confirmó Sophie—. Podemos decirle cosas bonitas de ti. Como que eres divertido y que nos caes bien. A las tías les gusta cuando los novios son divertidos.
Me reí de nuevo, encantado con su lógica infantil pero efectiva.
—¿Sabéis qué? —dije, acercándome a ellas con una conspiración teatral—. Voy a proponeros un juego. Un juego divertido que durará todo el resto del viaje, hasta el último día en Santorini.
Las niñas se iluminaron, acercándose con ojos brillantes de emoción.
—¿Qué juego? —preguntaron al unísono.
—Se trata de hacer que Victoria se enamore aún más de mí —susurré, mirando hacia atrás para asegurarme de que ella no nos escuchaba—. Para que cuando le pida que se case conmigo, ella diga que sí.
Las niñas sonrieron ampliamente, mostrando esos huecos donde les faltaban dientes de leche.
—¡Sí! —exclamaron—. ¡Queremos jugar!
Levanté las manos y las choqué con las suyas, una palmada triple que resonó contra el agua.
—Perfecto —dije, haciéndoles un guiño—. A partir de ahora sois mis aliadas. Tenemos dos semanas para enamorar a la fiscal.
Se rieron por lo bajo, tapándose la boca con las manos como si compartieran el secreto más grande del mundo. Su entusiasmo era contagioso, y por un momento me sentí como un niño otra vez, planeando una estrategia para conquistar a la chica que me gustaba.
—¿Qué conspiráis? —preguntó una voz detrás de nosotros.
Nos giramos bruscamente. Victoria estaba de pie al borde de la piscina, con los brazos cruzados y una ceja levantada, observándonos con sospecha.
Las niñas me miraron con pánico contenido, y yo me encogí de hombros con la naturalidad que podía fingir.
—Nada —dijeron Emma y Sophie al unísono—. Gabriel nos ha contado una cosa muy divertida. Sobre... sobre un pez que hablaba.
—Un pez que hablaba —repitió Victoria, claramente incrédula, mirándome fijamente.
—¿Qué puedo decir? —respondí, levantando las manos en señal de inocencia—. A veces soy algo más que el abogado del diablo. Suelo ser un payasete con los niños.
Victoria me observó durante un largo momento, y vi algo cambiar en su expresión. No era sospecha, ni enfado, ni siquiera diversión. Era algo más suave, más vulnerable. Era... ¿ternura?
Esa mirada me gustó. Me gustó más de lo que podía expresar con palabras. Porque en esos ojos verdes, bajo todas esas capas de hielo y sarcasmo, vi algo que me hizo querer aún más conseguir mi objetivo.
Vi la posibilidad de que Victoria Sinclair, la mujer cuyo corazón de hielo seguía latiendo bajo todas esas defensas, pudiera realmente enamorarse de mí.
Y en ese momento, con el sol brillando sobre nosotros, con las risas de las niñas resonando en el aire, y con el fantasma de su ex observando desde la distancia, supe que no me rendiría hasta lograrlo.
—Ven —dije, extendiendo la mano hacia ella—. Vamos a enseñar a estas piratas quién manda en alta mar.
Victoria dudó un segundo, luego sonrió. Esa sonrisa que me había enamorado hacía apenas una hora. Y cuando tomó mi mano y saltó al agua junto a mí, supe que estábamos un paso más cerca de algo que ninguno de los dos había previsto.
Algo que parecía sospechosamente a felicidad.