Capítulo 17 #2
Pero fue cuando se puso el bikini cuando realmente perdí la capacidad de pensar con claridad.
El azul marino contrastaba perfectamente con su piel clara, realzando las curvas de sus pechos, la estrechez de su cintura, la longitud de sus piernas.
Era un bikini modesto comparado con otros que había visto, pero en ella, con su porte natural y su elegancia innata, resultaba más erótico que cualquier lencería excesiva.
—Deja de mirarme así —dijo ella, notando mi expresión.
—¿Cómo? —pregunté, mi voz ronca.
—Como si fueras a devorarme —respondió, ajustándose la parte inferior del bikini—. Tenemos que ir a la piscina. Con niñas presentes. Niñas impresionables.
Me levanté de la cama, acercándome a ella con paso lento, deliberado. Vi cómo se tensaba, cómo sus manos dejaban de ajustar la tela para quedarse inmóviles a los costados.
—Es inevitable —dije, deteniéndome a escasos centímetros de ella—. No desearte. Mirarte y querer arrancarte ese bikini con los dientes. Llevarte de vuelta a la cama y olvidarnos de la piscina, del crucero, de todo.
Victoria tragó saliva, y vi cómo sus ojos oscurecían, cómo su respiración se aceleraba.
—Gabriel... —advirtió, aunque su voz carecía de convicción.
—Más vale que controles a tu amiguito —dijo ella, bajando la vista hacia mi entrepierna, donde la evidencia de mi deseo era inconfundible—. O lo vas a pasar mal en la piscina. Los niños se dan cuenta de estas cosas. Son como perros, huelen el... interés.
Sonreí, acercándome aún más hasta que nuestros cuerpos casi se rozaban.
—Entonces —murmuré contra su cuello, besando la piel sensible detrás de su oreja—, necesito hacer algo antes de salir. Para poder controlarme.
—¿El qué? —jadeó ella, y sentí cómo se estremecía bajo mis labios.
No respondí con palabras. La agarré por la cintura y la giré bruscamente hasta que quedó de espaldas a mí, apoyada contra la cómoda de caoba.
—Gabriel, no tenemos tiempo... —empezó a protestar, pero la interrumpí tomando sus manos y colocándolas sobre la superficie de madera.
—Tendremos que ser rápidos —gruñí contra su oído, desabrochándome los pantalones con una urgencia que no podía disimular—. Rápidos pero intensos. Explosivos.
Sentí cómo ella se arqueaba contra mí, ofreciéndome su trasero con una provocación que sabía que no era consciente, pero que me volvía loco de todos modos. Bajé el bikini con un tirón brusco hasta sus rodillas, dejando su trasero expuesto ante mí.
—Joder, Victoria —murmuré, acariciando la curva de sus nalgas con una mano mientras con la otra me liberaba de los pantalones—. Eres perfecta. Tan jodidamente perfecta.
Ella jadeó cuando mis dedos encontraron su humedad, cuando comprobé que estaba tan excitada como yo, a pesar de sus protestas. Estaba lista para mí, caliente, receptiva, necesitada.
—Ahora —suplicó ella, mirándome por encima del hombro con ojos vidriosos—. Por favor, ahora.
No necesitaba más invitación. La penetré de una sola embestida profunda, y ambos gemimos al unísono. Era diferente de las otras veces, más urgente, más salvaje, más desesperada. Estábamos de pie, con ella apoyada en la cómoda y yo detrás de ella, y el ángulo era perfecto, profundo, intenso.
—Más fuerte —gimió ella, agarrándose al borde de la cómoda con fuerza—. No pares, Gabriel. Fóllame rápido.
Obedecí. Comencé a moverme con un ritmo frenético, cada embestida empujándola contra el mueble, el sonido de nuestras carnes chocando resonando en la habitación junto con nuestros gemidos ahogados. Era un sexo rápido, explosivo, sin preliminares ni delicadezas, pura necesidad animal.
—Dios, sí, así —jadeó con la cabeza echada hacia atrás, su pelo despeinado cayendo sobre sus hombros—. No pares, no pares...
La agarré por las caderas con fuerza, aumentando el ritmo hasta volverme desenfrenado. Podía sentir que estaba cerca, que su cuerpo se tensaba alrededor de mí, que sus gemidos se volvían más agudos, más desesperados.
—Vamos, preciosa, córrete conmigo —ordené, mi voz saliendo como un gruñido.
El orgasmo nos golpeó simultáneamente, una explosión corta pero intensa que nos dejó a ambos temblando, jadeando, agarrándonos el uno al otro para no caer. Me vacié en ella con fuerza, sintiendo cómo ella se estremecía alrededor de mí, cómo sus uñas se clavaban en la madera de la cómoda.
Cuando terminamos, nos quedamos así durante unos segundos, recuperando el aliento, nuestros cuerpos todavía unidos, el sudor pegando nuestras pieles.
—Eso ha sido... —empezó ella, jadeando.
—Rápido —terminé por ella, besando su hombro—. Pero intenso. Y explosivo. Como prometí.
Me aparté lentamente, dejando que saliera de mí con una sensación de pérdida que intenté ignorar. Nos vestimos en silencio, aunque el ambiente entre nosotros había cambiado, cargado de una intimidad que trascendía lo físico.
Victoria se ajustó el bikini, intentando recuperar la compostura, aunque vi que sus manos temblaban ligeramente. Yo me subí los pantalones, observándola con una mezcla de satisfacción y hambre renovada.
—Ese ha sido rápido —dije, acercándome a ella y tomando su rostro entre mis manos—. Pero por la noche me tomaré mi tiempo. Y no es ninguna amenaza, Victoria. Es una promesa.
Ella me miró con ojos brillantes, confundidos, excitados, asustados. Vi cómo se estremecía entre mis brazos, cómo sus labios se separaban ligeramente en una invitación que no podía resistir.
La besé. Un beso profundo, lento, lleno de todas las promesas que no podía verbalizar. Sabía a café y a algo más, algo dulce y exclusivamente suyo.
Cuando nos separamos, ambos estábamos sin aliento. La miré, realmente la miré, y vi algo que me dio esperanzas. Vi que sus muros, esos muros de hielo y acero que había construido durante seis años, estaban empezando a mostrar grietas. Grietas por las que asomaba una mujer vulnerable, deseosa, viva.
Victoria Sinclair, la fiscal de hielo de Manhattan, empieza a dejar que esos muros se derritan —pensé, y la idea me llenó de una alegría que no podía disimular—. Y yo estaré ahí cuando caigan por completo.
—Vamos —dije, tomando su mano y entrelazando nuestros dedos—. Las niñas nos estarán esperando. Y tu madre nos matará si llegamos tarde.
Ella asintió, todavía un poco aturdida, y me permitió guiarla hacia la puerta.
—Gabriel —dijo de repente, justo cuando estábamos a punto de salir.
—¿Sí?
—Esto sigue siendo un error —dijo, aunque su voz sonó más suave de lo habitual—. Pero... gracias. Por la piscina. Por... todo.
Sonreí, besando su mano con una galantería que parecía sacada de otra época.
—El placer es mío, fiscal Sinclair. Todo mío.
Salimos del camarote, tomados de la mano, listos para enfrentarnos al sol, al agua, y a dos niñas de siete años que sin saberlo estaban ayudando a derretir el corazón de la mujer más terca de Manhattan.
Y mientras caminábamos hacia la piscina, supe que cada minuto que pasaba con ella me acercaba más a algo que no me atrevía a nombrar. Algo que parecía sospechosamente a felicidad.