Dos semanas para enamorarte Capítulo 17
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Capítulo 17

Gabriel

El salón comedor del crucero era un espectáculo de luz y elegancia marina.

Grandes ventanales de cristal curvado dejaban entrar la luz del sol mediterráneo, creando reflejos dorados sobre las mesas vestidas con manteles blancos inmaculados y cubiertos de plata que brillaban con un brillo casi cegador.

El aroma a café recién hecho, croissants calientes y fruta tropical impregnaba el aire, mezclándose con el sonido distante del océano y las risas de los comensales.

Entramos tomados de la mano, una posesión que había empezado a resultarme tan natural como respirar.

Victoria caminaba a mi lado con esa elegancia suya que parecía desafiar la gravedad, aunque noté la rigidez en sus hombros, esa tensión que solo yo parecía percibir cuando estábamos a punto de exponernos al escrutinio familiar.

—Buenos días, cariños —exclamó Eleanor desde nuestra mesa habitual, levantándose para abrazar a su hija con esa efusividad maternal que tanto contrastaba con la frialdad profesional de Victoria.

—Buenos días, mamá —respondió Victoria, y vi cómo se relajaba ligeramente en los brazos de su madre, aunque solo fuera por un segundo.

La mesa estaba ocupada por el clan Hart al completo.

Olivia, radiante con un vestido de verano amarillo, tomaba café junto a Nathan, que revisaba discretamente su teléfono mientras fingía interés en la conversación.

Pero fueron las gemelas, Emma y Sophie, quienes monopolizaron mi atención.

Las dos niñas de siete años estaban sentadas frente a frente, con sus cabellos pelirrojos recogidos en coletas desordenadas y sus ojos brillando con la energía contenida de quienes han desayunado demasiados dulces.

—¡Gabriel! —gritaron al unísono cuando me vieron, levantándose de sus asientos con una familiaridad que me conmovió.

—Buenos días, señoritas —respondí, inclinándome para besar sus coronillas pelirrojas—. ¿Habéis sido buenas o habéis causado estragos en el barco?

—Estragos —respondió Emma con orgullo—. Ayer convencimos a un camarero de que nos diera cuatro helados cada una.

—Cuatro —repetí, arqueando una ceja y mirando a Olivia con fingida severidad—. Eso suena a un caso de soborno infantil. Creo que debería llevar este asunto a juicio.

Todos se rieron. Nathan dejó su teléfono a un lado y me estrechó la mano con firmeza.

—Gabriel, buenos días —dijo—. Espero que hayas dormido bien. El mar está en calma hoy, perfecto para actividades al aire libre.

Intercambié una mirada rápida con Victoria y vi cómo un rubor subía por su cuello. Dormir bien había sido exactamente lo que no habíamos hecho, entre otras cosas.

—He dormido... suficiente —respondí con una sonrisa que solo Victoria entendió, viendo cómo ella fruncía el ceño en advertencia.

Tomamos asiento y el desayuno transcurrió con una ligereza que me sorprendió. Eleanor nos sirvió café con una dedicación que rozaba la adoración, mientras Olivia nos contaba anécdotas sobre los preparativos de la boda de Isabelle.

—La pobre está histérica con el vestido —dijo Olivia, mordiendo un cruasán—. Ayer descubrió que el encaje tiene un defecto y ha estado llamando a la diseñadora desde las seis de la mañana.

—Eso es normal en novias —intervino Eleanor—. Yo estuve tres días sin dormir antes de casarme con tu padre, Vicky. Quería que todo fuera perfecto.

—Y lo fue —dijo Victoria suavemente, y vi algo melancólico cruzar su rostro.

Emma y Sophie, aburridas de la conversación adulta, comenzaron a patear las patas de la mesa con ese ritmo constante y monótono propio de los niños con energía acumulada.

—Mamá —dijo Emma de repente, agarrando el brazo de Olivia—, ¿podemos ir a la piscina? Por favor. Dijiste que hoy podíamos.

—Sí, por favor —añadió Sophie, uniéndose a la súplica con ojos de cachorrito abandonado—. Nos prometiste.

Olivia suspiró, pasándose una mano por el pelo con gesto agotado.

—Cariños, no puedo —dijo con pesar—. Tengo que ayudar a la tía Isabelle con unas cosas de última hora para la boda. Es una emergencia de protocolo.

—¿Qué tipo de emergencia? —preguntó Victoria, siempre la fiscal, siempre buscando detalles.

—Algo sobre los centros de mesa y una disputa con el florista —respondió Olivia, poniendo los ojos en blanco—. No preguntes. Solo sé que si no voy, Isabelle tendrá un ataque de nervios y Alexander tendrá que sedarla.

Nathan carraspeó, mirando su teléfono con una expresión de culpabilidad.

—Yo tampoco puedo, niñas —dijo, y su voz sonó genuinamente arrepentida—. Tengo una videollamada de trabajo en media hora. Una fusión de empresas que no puede esperar.

Las gemelas hicieron un puchero simultáneo. Fue un espectáculo teatral de labios fruncidos, cejas arqueadas y ojos brillantes de lágrimas contenidas. Parecían dos actrices de método que hubieran ensayado el gesto durante semanas.

—Pero nos prometisteis —dijo Emma, y su voz tembló perfectamente.

—Es que siempre trabajáis —añadió Sophie, cruzándose de brazos con un dramatismo que habría engañado a cualquier jurado—. Nunca tenéis tiempo para nosotras.

La culpa flotó sobre la mesa como una nube oscura. Olivia y Nathan se miraron con expresiones de derrota, mientras Eleanor observaba la escena con esa sonrisa maternal que significaba que estaba tramando algo.

—Victoria —dijo Eleanor, girándose hacia su hija con una dulzura sospechosa—, ¿por qué no las acompañas tú a la piscina? Seguro que Gabriel no tiene inconveniente en echarte una mano con las niñas.

Vi cómo Victoria se tensaba. Su mano, que hasta ese momento había estado relajada sobre la mesa, se cerró en un puño disimulado.

—Mamá, tenía pensado trabajar un poco en el camarote —dijo, y su voz adoptó ese tono profesional que usaba para rechazar invitaciones—. Tengo unos informes que revisar, unos casos pendientes...

—Victoria Eleanor Sinclair —interrumpió su madre, y el uso del nombre completo hizo que todos nos calláramos—, por una vez en tu vida, deja el trabajo a un lado.

Estás en un crucero de lujo por el Mediterráneo, a punto de asistir a la boda de tu prima, y tienes al hombre más guapo de Manhattan a tu lado.

¿No crees que es momento de disfrutar de unos días de descanso?

La mesa quedó en silencio. Incluso las niñas dejaron de hacer pucheros para observar el enfrentamiento materno-filial con interés genuino.

Victoria abrió la boca para protestar, pero yo me adelanté. Sentí que era mi momento de intervenir, de demostrarle a ella —y a su familia— que esto no era solo una farsa, que me importaba de verdad.

—Eleanor tiene razón —dije, y mi voz salió firme, convincente—. Deberías dejar de trabajar, al menos por hoy.

Victoria me miró con sorpresa, y luego con sospecha. Sus ojos verdes me interrogaban sin palabras, preguntándome qué demonios estaba tramando.

—Además —continué, volviéndome hacia las niñas con una sonrisa—, irán dos adultos responsables con ellas a la piscina. Victoria y yo. ¿Qué os parece, señoritas? ¿Nos dejáis ser vuestros salvavidas personales?

El efecto fue explosivo. Las gemelas saltaron de sus asientos con chillidos de alegría que atrajeron la atención de medio comedor.

Emma y Sophie corrieron hacia nosotros, abrazando a Victoria por un lado y a mí por el otro, hablando simultáneamente con una velocidad que hacía imposible entender ni una sola palabra.

—¡Sí, sí, sí! —gritaban—. ¡Vamos a la piscina, vamos a la piscina!

Sonreí, genuinamente disfrutando de su entusiasmo contagioso. Cuando levanté la vista hacia Victoria, ella me miraba con el ceño fruncido, aunque detecté un destello de diversión en sus ojos que intentaba disimular.

—Esto no era lo que habíamos acordado —murmuró ella, lo suficientemente bajo para que solo yo lo oyera.

—Improvisa, fiscal —respondí, igual de bajo—. Eso es lo que hacemos los abogados cuando el caso cambia de rumbo.

Media hora después, estábamos de vuelta en el camarote. El desayuno había terminado con promesas de encontrarnos con las niñas en la piscina principal en cuarenta y cinco minutos, lo que nos dejaba justo el tiempo necesario para cambiarnos y prepararnos.

Victoria entró primero en la habitación, dejando su bolso sobre la cómoda con un gesto de cansancio teatral.

—No puedo creer que me hayas metido en esto —dijo, aunque su voz carecía de la irritación genuina que pretendía proyectar—. Dos horas con dos niñas de siete años hiperactivas. Es mi definición personal del infierno.

—Será divertido —respondí, cerrando la puerta tras nosotros—. Además, Emma y Sophie te adoran. Es evidente.

—Me adoran porque les compro dulces y les dejo hacer lo que quieren —murmuró ella, abriendo el armario para buscar su traje de baño.

Me senté en el borde de la cama, observándola. Había algo fascinante en ver a Victoria Sinclair en modo desenfadado, con el pelo suelto cayendo sobre sus hombros, sin el traje de fiscal que normalmente la armaba contra el mundo.

Ella sacó un bikini de su maleta, uno que no había visto antes. Era de color azul marino, sencillo pero elegante, y por la forma en que lo sostuvo, supe que era uno de sus favoritos.

—Voy a cambiarme al baño —dijo, girándose hacia mí.

—No hace falta —respondí, y mi voz salió más ronca de lo que pretendía—. Ya me has visto desnudo. Varias veces. Muy de cerca.

Victoria me miró con una mezcla de exasperación y diversión.

—Eso no significa que vaya a desvestirme delante de ti como si nada —dijo, aunque no se movió hacia el baño.

—Como prefieras —me encogí de hombros, intentando parecer indiferente aunque mi corazón latía con fuerza.

Ella dudó un segundo, luego, con un gesto de resignación que me resultó adorable, comenzó a desvestirse allí mismo.

Fue un espectáculo que me dejó sin aliento.

La forma en que se desabrochó la blusa, dejando ver su sostén de encaje blanco.

La manera en que se bajó la falda, revelando unas bragas a juego.

La elegancia con la que se inclinó para recoger el bikini del suelo, ofreciéndome una vista de su trasero que hizo que mi boca se secara.