Capítulo 16 #2
—¿Cómo has...? —empecé a preguntar, confusa, recordando que había cerrado la puerta con llave.
—Tengo mis métodos —sonrió, acercándose hasta que su cuerpo casi rozaba el mío—. Además, no podía resistirme. Verte desnuda bajo el agua... es demasiada tentación, Victoria. Mi cuerpo reacciona a ti de formas que no puedo controlar. Mi amiguito se ha puesto en pie de guerra nada más verte.
Miré hacia abajo, hacia su miembro erecto que pulsaba entre nosotros, y luego volví a mirarle a los ojos. Había algo salvaje en su mirada, algo que me asustaba y excitaba por igual.
—Gabriel, esto es...
—¿Un error? —terminó por mí, acercando sus manos a mi cintura—. Quizás. Pero es el error más delicioso que he cometido nunca.
Y entonces me besó.
El agua caía sobre nosotros, caliente e insistente, mientras su boca reclamaba la mía con una urgencia que me dejó sin aliento. Sus manos recorrieron mi cuerpo mojado, acariciando mis pechos, mis caderas, bajando hasta el centro de mi placer con una destreza que me hizo jadear contra su boca.
—Joder, estás mojada —gruñó contra mi cuello, sus dedos encontrando mi humedad que nada tenía que ver con el agua—. Y no es solo el agua de la ducha, ¿verdad?
—Gabriel... —gemí, agarrándome a sus hombros para no caer.
—Shhh —murmuró, besando mi mandíbula, bajando por mi cuello, deteniéndose en mis pechos para capturar un pezón entre sus labios—. Déjame saborearte. Otra vez.
Me empujó suavemente contra la pared de la ducha, el mármol frío contrastando con el calor de su cuerpo. Cayó de rodillas ante mí, un gesto que me resultó increíblemente erótico, y separó mis piernas con sus manos.
Cuando su lengua encontró mi centro, grité. El sonido resonó contra las paredes de mármol, amplificado por el espacio cerrado. Era insoportable, la combinación del agua caliente cayendo sobre mí y su boca trabajando con una devoción que me volvía loca.
Lamió, succionó, penetró con su lengua, alternando entre mi clítoris y mi entrada con una precisión que me hacía ver estrellas. Mis manos se aferraron a su cabello mojado, tirando de él, guiándolo, pidiendo más.
—Así, por favor, así... —jadeé, sin reconocer mi propia voz—. No pares, Gabriel, no pares...
Introdujo dos dedos en mi interior mientras su lengua seguía torturando mi clítoris, y sentí que me deshacía. El placer se acumuló en mi vientre como una tormenta eléctrica, cada embestida de sus dedos, cada lamida de su lengua, acercándome al borde del abismo.
—Córrete, princesa, córrete como sé que necesitas —ordenó, su voz vibrando contra mí—. Quiero saborear tu placer.
Y entonces me encontré. El orgasmo me golpeó con una fuerza que me dobló sobre mí misma, que me hizo gritar su nombre una y otra vez mientras él seguía moviéndome, prolongando mi éxtasis hasta que pensé que perdería el conocimiento.
Cuando volví a la realidad, ya estaba de pie, besándome con una urgencia que reflejaba la mía. Sentí su erección presionando contra mi vientre, dura, insistente, demandante.
—Necesito estar dentro de ti —gruñó contra mis labios—. Ahora.
—Sí —suspiré, envolviendo una pierna alrededor de su cintura—. Por favor, sí.
Me levantó contra la pared, y en un movimiento fluido, me penetró.
El grito que escapó de mi garganta fue estrangulado por la intensidad de la sensación. Era profundo, profundísimo, llenándome completamente mientras el agua caía sobre nosotros. Comenzó a moverse con fuerza, con urgencia, cada embestida empujándome contra el frío mármol.
—Joder, Victoria —gruñó, sus caderas golpeando contra las mías con un ritmo frenético—. Eres perfecta. Tan apretada, tan caliente, tan jodidamente perfecta.
—Más fuerte —gemí, mis uñas clavándose en su espalda—. Fóllame, Gabriel. Fóllame como si me odiaras.
—Te deseo —corrigió, aumentando el ritmo hasta volverse salvaje—. Te deseo tanto que me duele. Te deseo más de lo que he deseado nada en mi vida.
Nos movíamos juntos, encontrando un ritmo primitivo, una sincronía que parecía imposible para dos personas que se suponía que eran enemigas. El agua salpicaba a nuestro alrededor, el vapor nos envolvía, y solo existíamos él y yo, unidos en la pasión más cruda.
Sentí que el segundo orgasmo se acercaba, una ola imparable que crecía con cada golpe de sus caderas.
—Voy a... —jadeé, mi cabeza echada hacia atrás contra la pared.
—Espera —gruñó, su voz tensa, desesperada—. Espera un segundo...
Aumentó el ritmo, volviéndose desenfrenado, casi violento en su necesidad. Y cuando sentí que se tensaba, que su cuerpo se endurecía sobre mí, que su respiración se volvía entrecortada, me dejé ir.
—Así, preciosa, así. Córrete, córrete ahora y di mi nombre —exigió, y lo hice.
El orgasmo nos golpeó simultáneamente, una explosión de placer cegador que nos unió en una convulsión compartida.
Sentí cómo se vaciaba en mí, caliente, profundo, mientras mi propio placer me desgarraba en espasmos interminables.
Nos quedamos así, jadeando, temblando, sostenidos únicamente por la pared y el uno por el otro, mientras el agua seguía cayendo sobre nosotros indiferente.
Cuando terminamos, Gabriel se apartó lentamente, dejando que saliera de mí con una sensación de pérdida que intenté ignorar. Nos quedamos mirándonos bajo el agua, ambos sin aliento, ambos con los ojos brillantes de algo que no nos atrevíamos a nombrar.
—Será mejor que nos vayamos —dijo finalmente, su voz ronca, usada—. Si no llegamos al desayuno, tu madre pensará que estamos disfrutando de nuestra luna de miel anticipada.
Resoplé, intentando recuperar algo de normalidad, de sarcasmo, de la Victoria Sinclair que solía ser.
—No esperes que nos casemos nunca, Knight —dije, aunque mi voz carecía de convicción—. Esto es temporal. Un arreglo. Una farsa.
Él me miró con una intensidad que me hizo contener la respiración. Sus ojos recorrieron mi rostro, mi cuello, mi cuerpo todavía temblando, y luego volvieron a encontrar los míos.
—Si tú lo dices —murmuró, y no pude determinar si era sarcasmo o sinceridad.
Se acercó y me besó, un beso suave, casi reverente, completamente diferente a la pasión salvaje de momentos antes. Cuando se apartó, vi algo en sus ojos que me aterró más que cualquier otra cosa: esperanza.
—Vamos —dijo, saliendo de la ducha y extendiendo una toalla hacia mí—. Antes de que decida que prefiero quedarme aquí contigo todo el día.
Cogí la toalla, envolviéndome en ella, intentando ignorar el hecho de que mi corazón latía con una fuerza que no tenía nada que ver con el sexo recién terminado.
Mientras me secaba el cabello y observaba cómo él se vestía con esa elegancia natural que tanto me irritaba, supe que estaba en problemas. Grandes problemas.
Porque mientras más tiempo pasaba con Gabriel Knight, más difícil me resultaba recordar por qué no debía enamorarme de él.