Capítulo 16
Victoria
Me desperté desnuda.
Esa fue la primera sensación consciente: la ausencia de tela sobre mi piel, la brisa del aire acondicionado rozando mi espalda, la suavidad de las sábanas de algodón egipcio contra mi cuerpo dolorido.
Cada músculo, cada fibra de mi ser gritaba de una manera que no recordaba haber sentido nunca.
Era un dolor delicioso, una sensación de haber sido usada, consumida, completamente deshecha y reconstruida durante la noche.
Abrí los ojos lentamente, parpadeando ante la luz que se filtraba por las cortinas entreabiertas.
El camarote estaba en penumbra, pero suficientemente iluminado como para confirmar que estaba sola en la cama.
La enorme cama King size, que ahora parecía demasiado grande sin su ocupante, estaba revuelta, las sábanas arrugadas y manchadas con la evidencia de nuestra pasión.
Escuché el sonido del agua corriendo. Provenía del baño, un murmullo constante que me indicaba que Gabriel estaba allí, detrás de esa puerta cerrada, probablemente bajo la ducha con el agua caliente cayendo sobre ese cuerpo esculpido que aún sentía grabado en mi memoria.
Cerré los ojos de nuevo y suspiré profundamente, dejando que los recuerdos de la noche anterior me invadieran como una marea cálida e insistente.
Recordé cada beso, cada caricia, cada embestida.
Recordé la forma en que me había tomado contra la barandilla de la terraza, con el océano como único testigo de nuestro abandono.
Recordé su lengua sobre mi piel, sus manos en mis caderas, su voz ronca susurrando obscenidades al oído que me hacían estremecer de deseo.
Pero sobre todo, recordé cómo me había sentido. Liberada. Viva. Deseada de una manera que trascendía lo físico. Gabriel no solo me había tocado el cuerpo; había tocado algo más profundo, algo que creía petrificado bajo capas de hielo y resentimiento.
Pensé en el Gabriel de los tribunales, en ese hombre arrogante y competitivo que se enfrentaba a mí con una determinación que rozaba lo obsesivo. Ese hombre llevaba trajes impecables, hablaba con precisión quirúrgica, me miraba con ojos desafiantes mientras destruía mis argumentos uno a uno.
Y luego estaba este otro Gabriel, el que había descubierto anoche.
El que gemía mi nombre con desesperación, el que me miraba como si fuera el único oasis en un desierto interminable, el que me hacía temblar hasta las pestañas y me llevaba al orgasmo más veces de las que podía recordar.
Eran dos personas distintas y, sin embargo, la misma.
Y esa dualidad me resultaba tan excitante como aterradora.
Esto es un error, pensé, removiéndome entre las sábanas. Un error monumental. No debería haber pasado. No debería haberme entregado así, sin reservas, sin defensas. No debería haberle permitido verme tan vulnerable, tan necesitada, tan... suya.
Y, sin embargo, mientras me estiraba y sentía el dolor placentero entre mis muslos, descubrí que no me arrepentía.
Ni un ápice. Por primera vez en seis años, me sentía viva de verdad.
No era la fiscal Sinclair, no era la hija fuerte, no era la ex novia herida.
Era simplemente una mujer que había sido amada con una pasión que la había consumido por completo.
El sonido del agua se detuvo en el baño, y un instante después, mi teléfono móvil vibró sobre la mesilla de noche. Alcancé a tientas el aparato, todavía medio dormida, y vi el nombre de Charlotte iluminando la pantalla.
—Dime —respondí, mi voz saliendo ronca, sin dormir, usada por los gritos de la noche anterior.
—¡Vicky! —la voz de Charlotte resonó alegre—. ¿Cómo va el crucero? ¿Ha sobrevivido tu familia al impacto de Gabriel Knight como falso novio? ¿O ya ha huido nadando hacia la costa más cercana?
Resoplé, incorporándome en la cama y acomodando la almohada contra la cabecera.
—Les ha caído a todos genial —respondí, intentando que mi tono sonara casual—. Mi madre está encantada con su supuesto yerno. Ayer en la cena no paraba de mirarnos con esos ojos de «Por fin mi hija tiene vida sentimental».
Charlotte se rio al otro lado de la línea.
—Te lo dije. Eleanor debe estar en el séptimo cielo. Y dime, ¿cómo va la actuación? ¿Convence a la audiencia?
—Demasiado —murmuré, más para mí misma que para ella.
—¿Perdona?
—Nada —me corregí rápidamente—. Digo que sí, convence. Es un actor nato.
—Vicky —la voz de Charlotte cambió, adquiriendo ese tono de hermana mayor que tanto detestaba—, antes de que acaben esas dos semanas, tu madre estará planeando la boda. Apuesto mi bonus anual a que ya está mirando vestidos en internet.
Me eché a reír, una carcajada genuina que me sorprendió a mí misma.
—Vete a la mierda —dije, aunque la sonrisa permanecía en mis labios—. Esto es temporal, Char. Dos semanas y vuelta a la realidad. A los tribunales. A ser enemigos.
—Si tú lo dices...
En ese preciso momento, la puerta del baño se abrió.
El vapor salió primero, envolviendo la habitación con una humedad cálida que olía a jabón y a algo más, algo indefiniblemente masculino. Y luego apareció él.
Gabriel.
Llevaba una toalla blanca enrollada alrededor de sus caderas, nada más.
Su torso desnudo brillaba con gotas de agua que resbalaban por la definición de sus músculos, delineando cada plano, cada curva, cada sombra de su anatomía perfecta.
El vello oscuro de su pecho formaba un camino tentador que desaparecía bajo la toalla, y sus piernas, fuertes y musculosas, parecían capaces de sostener el mundo.
Si por la noche, en penumbra y bajo la luz de la luna, ese hombre parecía esculpido por los dioses griegos, de día era aún más impresionante.
La luz natural que entraba por los ventanales bañaba su piel con un tono dorado, resaltando las cicatrices que ya conocía, esa de la operación de apéndice cerca del ombligo y otra más pequeña en el hombro, y haciendo que su cabello negro, todavía húmedo, brillara con reflejos azulados.
Me quedé muda, el teléfono olvidado en mi mano, mientras él caminaba hacia el armario con una naturalidad que me resultaba insultante.
¿Cómo podía alguien verse así de recién levantado?
¿Cómo podía moverse con esa elegancia felina, como si estuviera en una pasarela en lugar de en un camarote de crucero?
—Buenos días —dijo, y su voz, grave y ronca por la mañana, me hizo estremecer.
—Buenos días —respondí, intentando recuperar la compostura y olvidando por completo que Charlotte seguía al otro lado de la línea.
—¿Vicky? —la voz de mi amiga sonó distante, irreal—. ¿Sigues ahí?
—Eh... sí —tartamudeé, sin poder apartar la mirada de Gabriel, que se había detenido junto a la cama—. Tengo que dejarte, Char. Te llamo luego.
Colgué sin esperar respuesta, justo cuando Gabriel se arrodillaba sobre el colchón.
Estaba a mi altura, tan cerca que podía oler el jabón de su piel limpia, podía ver las gotas de agua que pendían de sus pestañas.
Sus ojos azul oscuro me examinaron con una intensidad que me hizo querer cubrirme con las sábanas, consciente de mi desnudez y de la luz del día que la exponía sin piedad.
—Has dormido bien —dijo, y no era una pregunta.
—Más o menos —respondí, frunciendo el ceño automáticamente ante su cercanía.
Él sonrió. Esa sonrisa lenta, peligrosa, que había aprendido a temer y a desear en partes iguales.
—No se te ocurra protestar —murmuró, acercándose hasta que nuestros alientos se mezclaron—. Anoche hicimos mucho más que compartir unos pocos besos, princesa. Creo que hemos superado la fase de formalidades.
Y entonces me besó.
Fue un beso suave, casi tierno, completamente diferente a la voracidad de la noche anterior. Pero, aun así, sentí que el calor se acumulaba en mi vientre, que mi cuerpo respondía a su contacto con una traición que me resultaba vergonzosa.
—Voy a darme una ducha —dije, apartándome con más brusquedad de la que pretendía—. Necesito... necesito despejarme.
Gabriel se apartó, aunque vi la decepción pasar fugazmente por sus ojos. Se levantó de la cama, ajustándose la toalla con un gesto que me resultó obscenamente sexy.
—Por supuesto —dijo, recuperando su compostura habitual—. Yo tengo que hacer una llamada de trabajo. Un caso que no puede esperar.
Asentí, intentando no mirar el contorno de su erección que la toalla apenas disimulaba. Me levanté de la cama, consciente de mi propia desnudez, y caminé hacia el baño con la cabeza alta, sintiendo su mirada clavada en mi espalda con cada paso que daba.
El baño estaba envuelto en vapor, el espejo empañado, el suelo todavía húmedo por su ducha anterior. Cerré la puerta con llave, una precaución ridícula, pero necesaria para mi cordura, y me metí en la cabina de ducha de mármol.
El agua caliente cayó sobre mí como una bendición, masajeando los músculos doloridos, limpiando la evidencia de nuestra pasión nocturna. Cerré los ojos y dejé que el agua corriera por mi cabello, por mi rostro, por mi cuerpo.
Y entonces, inevitablemente, volví a recordar.
La noche anterior se reprodujo en mi mente con una claridad que me hizo morder el labio.
Recordé sus manos sobre mí, su boca en mi cuello, la forma en que me había tomado contra la barandilla con una urgencia que me había hecho sentir...
¿amada? No, eso era demasiado, demasiado pronto.
Pero sí deseada. Profundamente, salvajemente, completamente deseada.
Sentí que el calor se acumulaba entre mis muslos, una excitación que no tenía nada que ver con el agua caliente y todo que ver con los recuerdos. Me mordí el labio, conteniendo un gemido, y mis manos descendieron involuntariamente por mi vientre.
—No puedes evitarlo, ¿verdad?
La voz me sobresaltó tanto que casi resbalo en la ducha. Giré bruscamente, con el corazón martilleando contra mis costillas, y allí estaba él.
Gabriel.
Estaba completamente desnudo, había entrado en la ducha sin que yo me diera cuenta, y ahora ocupaba el espacio reducido con una presencia que me robaba el aliento. Su erección era evidente, imponente, apuntando hacia mí con una demanda que no podía ignorar.