Dos semanas para enamorarte Capítulo 15
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Capítulo 15

Gabriel

La sentí temblar en mis brazos, su respiración aún agitada contra mi pecho, su piel cubierta de una fina capa de sudor que brillaba bajo la luz tenue del camarote. El olor a sexo, a nosotros, impregnaba el aire, una mezcla embriagadora de deseo satisfecho y promesas no cumplidas.

No podía dejar de mirarla. Victoria Sinclair, la fiscal más temida de Manhattan, la mujer de hielo que destruía oponentes en los tribunales con una mirada, yacía desnuda en mis brazos, completamente vulnerable, completamente mía.

Y era precisamente eso lo que me aterraba. Porque mientras acariciaba su espalda desnuda, sintiendo el ritmo de su corazón calmándose poco a poco, sabía que esto había trascendido el sexo. Esto había trascendido el juego, la farsa, el acuerdo de negocios que supuestamente nos unía.

—No me arrepiento —dijo ella, y su voz, ronca por los gritos, me hizo estremecer.

La miré a los ojos, buscando la mentira que esperaba encontrar. Pero no había engaño en su mirada. Solo honestidad cruda, una entrega que no había visto en ninguna otra mujer desde Sarah.

—Yo tampoco —respondí, y la atraje más hacia mí, necesitando sentir su calor, su peso real contra mi cuerpo—. Y si me dejas, lo haré de nuevo. Y otra vez. Hasta que estés tan agotada que no puedas caminar.

—Promesas, promesas —bromeó, aunque vi cómo sus ojos se oscurecían, cómo su cuerpo respondía a mis palabras a pesar del agotamiento.

—No son promesas —murmuré, besando su frente, su sien, cualquier centímetro de piel que pudiera alcanzar—. Son amenazas.

Se quedó quieta en mis brazos, y por un momento pensé que se había dormido. Pero cuando levanté la vista hacia los ventanales, vi que el océano brillaba bajo la luna, y una idea me asaltó con una urgencia que no pude ignorar.

—Ven conmigo —dije, apartándome suavemente.

—¿Adónde? —preguntó ella, confundida.

—A la terraza. Quiero hacerte el amor bajo las estrellas.

La terraza del camarote era un espacio íntimo, rodeada de barandillas de acero pulido y muebles de exterior cubiertos con cojines blancos. El aire marino, fresco y salado, nos golpeó la piel desnuda cuando salimos, y Victoria se estremeció.

—Uf, qué frío —dijo, frotándose los brazos.

—Yo te calentaré —prometí, acercándome a ella por detrás.

La agarré por la cintura y la guie hasta la barandilla. El océano se extendía infinito ante nosotros, oscuro y misterioso, mientras la luna bañaba nuestra piel con una luz plateada que nos hacía parecer etéreos, irreales.

La posicioné frente a la barandilla, con las manos apoyadas en el frío metal, y me situé detrás de ella. Su espalda desnuda brillaba bajo la luz lunar, cada curva, cada sombra, una invitación que no podía resistir.

—Gabriel... —empezó a decir, pero la interrumpí besando su cuello, su hombro, bajando por su espina dorsal.

Mis manos recorrieron su cuerpo, acariciando sus pechos, su vientre, bajando hasta el centro de su placer. Ella jadeó cuando mis dedos encontraron su humedad, cuando comencé a moverlos en círculos lentos, torturantes.

—Te deseo —gruñí contra su oído, sintiendo cómo se estremecía—. Te deseo de nuevo. Ahora. Aquí. Que el océano sea testigo de lo que te hago sentir.

—Sí —suspiró ella, arqueando la espalda para ofrecerme más acceso—. Sí, por favor...

Me posicioné detrás de ella, guiando mi erección hasta su entrada. Estaba lista para mí, caliente, húmeda, perfecta. La penetré de una sola embestida profunda, y ambos gemimos al unísono, nuestros cuerpos uniéndose una vez más.

—Joder, Victoria —gruñí, agarrando sus caderas con fuerza—. Eres increíble. Tan perfecta. Tan mía.

—Tuya —repitió ella, y la palabra sonó como una promesa, como una entrega completa.

Comencé a moverme con fuerza, con urgencia, con la necesidad de poseerla completamente. Cada embestida la empujaba contra la barandilla, y ella se agarraba con fuerza, recibiéndome, pidiendo más.

—Más fuerte —gemía ella, su voz llevada por el viento marino—. No pares, Gabriel. No pares nunca.

Aumenté el ritmo hasta volverme frenético. El sonido de nuestras carnes chocando resonaba en la noche, mezclado con nuestros gemidos y el murmullo del océano. Era primitivo, salvaje, completamente desinhibido.

La giré ligeramente para poder ver su rostro, y la besé con una pasión que me consumía. Nuestras lenguas se enredaron mientras mis caderas seguían moviéndose, encontrando un ángulo perfecto que la hacía gemir contra mi boca.

—Voy a... —jadeó ella, interrumpiéndose cuando el placer se volvió demasiado intenso.

—Espera —pedí, aunque sabía que era casi imposible—. Espera un segundo...

La levanté en mis brazos, manteniéndola unida a mí, y la apoyé contra la barandilla de espaldas al océano. Ella envolvió sus piernas alrededor de mi cintura, y la penetré desde esa posición, más profundo que antes, hasta que gritó mi nombre al cielo estrellado.

—Así, justo así —gruñí, moviéndome con fuerza, sintiendo cómo sus uñas se clavaban en mis hombros—. Dime de quién eres, princesa.

—Tuya —gimió ella, su cabeza echada hacia atrás, su cuerpo arqueado en éxtasis—. Solo tuya, Gabriel.

El orgasmo nos golpeó simultáneamente, una explosión de placer que nos desgarró en convulsiones compartidas. La apreté contra mí, vaciándome en ella con una fuerza que me dejó sin aliento, mientras ella se estremecía en mis brazos, sujetándose a mí como si fuera su único ancla en el mundo.

Cuando terminamos, nos desplomamos en el sofá de la terraza, nuestros cuerpos enredados, nuestra respiración entrecortada. La sentí temblar contra mí, y la atraje más cerca, cubriéndola con mi cuerpo para protegerla del frío nocturno.

Acaricié su brazo con movimientos despreocupados, trazando patrones invisibles sobre su piel, memorizando cada centímetro de ella. El silencio entre nosotros era cómodo, íntimo, lleno de cosas que aún no podíamos decir en voz alta.

—No bromeaba —dijo ella de repente, su voz sonando somnolienta—. Cuando dije que me dejarías tan agotada que no podría caminar.

Me aparté ligeramente para mirarla, y vi que sonreía, una sonrisa satisfecha de gata que acaba de comerse el canario.

—¿No? —pregunté, arqueando una ceja.

—No siento las piernas —confesó, y había un deje de orgullo en su voz—. Literalmente. No siento las piernas, Gabriel.

Me eché a reír, una risa profunda y genuina que resonó en la noche. La besé en la frente, en la nariz, en los labios.

—No te preocupes —dije, acariciando su mejilla—. Si tengo que cargarte en brazos durante todo el crucero y en Santorini, lo haré. Será mi placer.

—Estás loco —murmuró, pero sus ojos brillaban con algo que parecía sospechosamente a ternura.

—Por ti —confirmé—. Definitivamente.

Nos quedamos mirándonos fijamente, y en ese momento sentí que el mundo se reducía a sus ojos verdes, a su respiración, a su presencia en mis brazos.

Pensé en lo mucho que había cambiado mi vida en apenas unos días.

Pensé en Sarah, y en cómo habría querido que fuera feliz.

Pensé en que tal vez, solo tal vez, estaba empezando a cumplir esa promesa.

Le acaricié la mejilla con ternura, sintiendo la suavidad de su piel bajo mis dedos.

—Será mejor que nos vayamos a la cama y durmamos un poco —dije suavemente—. O mañana pareceremos dos zombies con resaca, y todo el día con gafas de sol para esconder las ojeras.

Ella se rio, un sonido cristalino que me hizo sonreír.

—Espera que duermas bien en el sofá —dijo, y su tono era travieso—. Porque es donde dormirás todo el viaje.

Arqueé la ceja, sorprendido por sus palabras.

—¿Perdona? —pregunté.

—Mi camarote, mis reglas —respondió ella, intentando sonar severa pero fallando estrepitosamente—. Tú duermes en el sofá, Knight.

Se levantó del sofá, desnuda, gloriosa, perfecta. La luz de la luna iluminó cada curva de su cuerpo, y sentí cómo mi miembro respondía de inmediato, despertando de nuevo a pesar del agotamiento.

—Victoria... —advertí, mi voz baja, peligrosa.

Ella caminó hacia la puerta del camarote, moviendo las caderas con una deliberada provocación que sabía exactamente lo que me estaba haciendo.

—Buenas noches, Gabriel —dijo, sin volverse.

Me levanté del sofá en dos zancadas. La alcancé antes de que llegara a la puerta, la giré bruscamente y la cogí en brazos. Ella soltó un pequeño grito de sorpresa, pero enseguida rodeó mi cuello con sus brazos, sonriendo como la gata que se come al canario.

—Olvídate de dormir en el sofá —gruñí contra su cuello, caminando hacia la cama—. Y olvídate de dormir unas horas.

—¿Por qué? —preguntó ella, aunque la sonrisa en sus labios decía que ya sabía la respuesta.

—Porque tu cuerpo me vuelve loco —respondí, dejándola sobre la cama y posicionándome entre sus piernas—. Y me cuesta mantener a mi amiguito en reposo cuando estás cerca.

Ella miró hacia abajo, hacia mi erección que pulsaba contra su vientre, y se mordió el labio. Cuando volvió a mirarme, sus ojos brillaban con una luz peligrosa, hambrienta, excitante.

—Princesa, esa mirada es peligrosa —advertí, mi voz ronca de deseo—. ¿Qué estás tramando?

Ella sonrió, una sonrisa lenta y perversa que me hizo estremecer.

—Que como diría Charlotte —murmuró, deslizándose hacia abajo en la cama hasta quedar a la altura de mi cintura—. Voy a rezar de rodillas un poquito antes de dormir.

Se arrodilló ante mí, desnuda, hermosa, completamente entregada a su propia seducción. Me miró fijamente mientras tomaba mi erección en su mano, acariciándola con una lentitud torturante que me hizo jadear.

—Joder, Victoria...

—Shhh —murmuró, y luego se llevó la punta a los labios, saboreándola con la lengua.

El contacto fue eléctrico. La vi cerrar los ojos por un segundo, disfrutando de mi sabor, y luego me miró de nuevo, manteniendo ese contacto visual mientras me tomaba profundamente en su boca.

Gruñí, mis manos aferrándose a sus hombros, a su cabello, necesitando anclarme a algo mientras ella me consumía con su boca. Era un espectáculo erótico indescriptible, verla arrodillada ante mí, sus ojos verdes fijos en los míos, su lengua trabajando con una destreza que me volvía loco.

—Así, princesa, justo así —jadeé, sintiendo cómo se acercaba el placer—. Dios, eres increíble. Perfecta.

Ella aumentó el ritmo, moviéndose sobre mí con una urgencia que reflejaba la mía. Podía sentir su excitación, podía ver cómo se frotaba contra sus propias piernas mientras me devoraba, buscando su propio placer mientras me daba el mío.

—Victoria, voy a... —intenté advertirle, pero ella solo me miró con esos ojos desafiantes y me tomó más profundo.

Y entonces ocurrió. El orgasmo me golpeó con una fuerza que me hizo gritar su nombre, que me dobló sobre ella, que me dejó temblando y sin aliento mientras ella seguía moviéndose, tragando cada gota, prolongando mi éxtasis hasta que pensé que perdería la consciencia.

Cuando terminó, ella se apartó lentamente, lamiéndose los labios con una satisfacción que me hizo quererla de nuevo inmediatamente. Se recostó sobre la cama, extendiendo los brazos sobre su cabeza con una postura de total abandono.

La miré, esta mujer que había pasado de ser mi enemiga a ser mi obsesión en cuestión de días. Esta mujer que me desafiaba, que me excitaba, que me hacía sentir vivo de una manera que creía perdida para siempre.

Y mientras me desplomaba a su lado, atrayéndola hacia mí, sentí que algo dentro de mí se agitaba. Una certeza, una sospecha, una esperanza.

Tal vez esto era un error. Tal vez solo duraría estas dos semanas de crucero y boda. Tal vez ella volvería a ser la fiscal de hielo y yo volvería a ser el abogado rival, y nuestros caminos se separarían como si nada hubiera pasado.

Pero mientras la sentía dormirse en mis brazos, mientras acariciaba su cabello y escuchaba su respiración calmarse, supe una cosa con absoluta certeza.

Si ella sentía siquiera una fracción de lo que yo estaba empezando a sentir por ella, tenía exactamente dos semanas para enamorarla. Para hacerla ver que esto podía ser real, que podía ser permanente, que podía ser el comienzo de algo que ninguno de los dos había previsto.

Dos semanas para convencer a la mujer más terca de Manhattan de que el amor no era una debilidad, sino la mayor fuerza del mundo.

La besé suavemente en la frente, y mientras el océano nos mecía hacia Santorini, cerré los ojos con una sonrisa en los labios.

Que comenzara el juego.