Dos semanas para enamorarte Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Quería sentirlo. Quería saborear su liberación, quería que perdiera el control completamente. Aumenté el ritmo, moviéndome sobre él con una urgencia que reflejaba la suya, y cuando sentí que se tensaba, que sus manos se aferraban a mi cabello con una fuerza casi dolorosa, lo tomé más profundo.

Gritó. Un sonido ronco, animal, que resonó en la habitación mientras se vaciaba en mi boca, mientras su cuerpo se convulsionaba bajo mí en espasmos de placer incontrolable.

Cuando terminó, me aparté lentamente, lamiendo mis labios con una satisfacción que no intenté disimular. Gabriel me miró con ojos vidriosos, aturdidos, completamente devastado.

—Eres increíble —jadeó, y su voz sonó rasposa, usada—. Ven aquí.

Me arrastré por su cuerpo hasta quedar a la altura de su rostro. Me besó con una ternura que me sorprendió, sabiéndome a él mismo, a mí, a nosotros. Sus manos recorrieron mi espalda, mi cintura, mis caderas, reavivando el fuego que creía momentáneamente saciado.

—Necesito estar dentro de ti —murmuró contra mis labios—. Necesito sentirte. Dime que quieres esto.

—Quiero esto —respondí, sin dudar—. Te quiero dentro de mí, Gabriel. Ahora.

No necesitó más. En un movimiento fluido, me giró hasta quedar yo debajo de él. Separó mis piernas con sus rodillas y se posicionó entre ellas. Sentí su erección, ya recuperada y dura como el acero, presionando contra mi entrada.

—Mírame —ordenó, y sus ojos se clavaron en los míos—. Mírame mientras te follo. Quiero ver tu cara cuando te haga mía.

Y entonces me penetró.

El grito que escapó de mi garganta fue estrangulado por la intensidad de la sensación.

Era grande, más grande de lo que esperaba, y me llenó completamente, estirándome de la manera más deliciosa posible.

Nos quedamos quietos un momento, adaptándonos el uno al otro, respirando el mismo aire, compartiendo el mismo latido.

—Estás perfecta —jadeó Gabriel, su frente apoyada contra la mía—. Tan apretada, tan caliente, tan jodidamente perfecta.

—Muévete —supliqué, clavando las uñas en su espalda—. Por favor, muévete.

Obedeció. Comenzó con embestidas lentas, profundas, que me hacían sentir cada centímetro de su paso. Cada vez que entraba, golpeaba ese punto dentro de mí que me hacía ver estrellas, y cada vez que salía, sentía la pérdida como una tortura.

—Más rápido —gemí, mis caderas moviéndose para encontrar su ritmo—. Más fuerte, Gabriel. No me trates con cuidado. Fóllame como si me odiaras.

Sus ojos se oscurecieron, y algo salvaje se desató en él. Agarró mis muñecas y las inmovilizó sobre mi cabeza, sujetándome con una fuerza que me excitó más de lo que podía imaginar.

—No te odio —gruñó, aumentando el ritmo hasta volverse frenético—. Te deseo. Te necesito. Te voy a follar hasta que no recuerdes quién eres, hasta que solo seas mía.

Sus embestidas se volvieron duras, profundas, casi violentas en su intensidad. La cama golpeaba contra la pared con un ritmo constante, y los gemidos que escapaban de mi garganta eran salvajes, sin control, completamente entregados al placer.

—Joder, sí, así, Gabriel, así...

—Tócate —ordenó, soltando una de mis muñecas—. Quiero verte tocarte mientras te follo.

Obedecí sin pensar. Mi mano bajó entre nosotros, encontrando mi clítoris hinchado y sensible. El contacto, combinado con sus embestidas, fue eléctrico. Sentí que el segundo orgasmo se acercaba, una ola imparable que crecía con cada golpe de sus caderas contra las mías.

—Vas a correrte conmigo —gruñó Gabriel, sintiendo mi tensión—. Espera, aguanta...

—No puedo... —jadeé, mi cuerpo traicionándome, acercándome al borde.

—Sí puedes —insistió, su ritmo volviéndose desesperado, errático—. Aguanta un poco más, princesa. Espera a que te llene...

Y entonces sentí que se tensaba, que su cuerpo se endurecía sobre mí, que su respiración se volvía entrecortada.

—Ahora, Victoria —gritó—. Córrete ahora.

El orgasmo nos golpeó simultáneamente, una explosión de placer cegador que nos unió en una convulsión compartida.

Sentí cómo se vaciaba dentro de mí, caliente, profundo, mientras mi propio placer me desgarraba en espasmos interminables.

Gritamos juntos, nuestros cuerpos unidos en la liberación más intensa que jamás había experimentado.

Cuando volvimos a la realidad, Gabriel se desplomó sobre mí, su peso reconfortante y familiar. Nos quedamos así durante largos minutos, respirando con dificultad, nuestros cuerpos todavía unidos, nuestros corazones latiendo al unísono.

—Joder —susurró finalmente, rodando hacia un lado pero sin soltarme—. Eso ha sido...

—Increíble —terminé por él, mi voz ronca por los gritos.

—Eso ni siquiera empieza a describirlo —murmuró, besando mi hombro sudoroso—. Eso ha sido... transformador.

Me giré para mirarlo, y encontré sus ojos brillando con una emoción que no me atrevía a nombrar. Había algo vulnerable en su expresión, algo que me recordaba que éramos dos extraños que acababan de compartir la intimidad más profunda.

—No me arrepiento —dije, y la verdad de mis palabras me sorprendió—. Pensé que lo haría, pero no me arrepiento.

Gabriel sonrió, esa sonrisa lenta y peligrosa que me había conquistado desde el principio.

—Yo tampoco —dijo, acercándome más a él—. Y si me dejas, lo haré de nuevo. Y otra vez. Hasta que estés tan agotada que no puedas caminar.

—Promesas, promesas —bromeé, aunque mi cuerpo ya respondía a la idea.

—No son promesas —murmuró, besando mi frente—. Son amenazas.

Me quedé en sus brazos, escuchando su corazón calmándose poco a poco, sintiendo el vaivén del barco bajo nosotros. El océano brillaba a través de los ventanales, testigo silencioso de nuestro abandono.

Y por primera vez en seis años, no pensé en Ethan. No pensé en el pasado, ni en el futuro, ni en las consecuencias de lo que acabábamos de hacer.

Solo existí en el momento. En sus brazos. En esta noche que sabía que cambiaría todo.