Dos semanas para enamorarte Capítulo 14
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Capítulo 14

Victoria

Gabriel cruzó la puerta de su camarote sin soltarme de sus brazos, como si temiera que cambiara de opinión si mis pies tocaban el suelo.

No estaba equivocado. Una parte de mí, la parte racional y controladora que me había mantenido a salvo durante seis años, gritaba que esto era un error, que debía bajar de inmediato, que nada bueno podía salir de entregar mi cuerpo a un hombre que era, en teoría, mi enemigo.

Pero otra parte, una parte más antigua y más salvaje que creía enterrada bajo capas de hielo y sarcasmo, simplemente quería sentir. Quería ser tocada, deseada, consumida. Quería olvidar quién era, quién debía ser, y simplemente existir en el momento.

El camarote era más grande de lo que esperaba. Una suite de lujo con ventanales que daban al océano oscuro, una cama King size con sábanas blancas que parecían invitar al pecado, y una iluminación tenue que creaba sombras íntimas en cada rincón.

Gabriel me dejó sobre la cama con una suavidad que contrastaba con la urgencia que sentía entre nosotros. El colchón me recibió como una nube, y por un segundo me quedé quieta, mirándolo mientras él se apartaba para cerrar la puerta con llave.

El clic del cerrojo resonó en la habitación como una sentencia. Estábamos solos. Realmente solos. Sin testigos, sin excusas, sin vuelta atrás.

—Última oportunidad para arrepentirte —dijo Gabriel, girándose hacia mí. Su voz era ronca, cargada de deseo contenido, y sus ojos brillaban con una intensidad que me hizo estremecer.

Me incorporé sobre los codos, dejando que mis piernas colgaran por el borde de la cama. El vestido de seda se había subido hasta medio muslo, y vi cómo su mirada se posaba allí, hambrienta, casi violenta en su necesidad.

—Cierra la boca y ven aquí —respondí, y mi voz salió más gutural de lo que pretendía.

No necesitó más invitación.

Cruzó la habitación en tres zancadas y se detuvo frente a mí, inmenso, dominante, completamente fuera de sí mismo. Me tomó de la muñeca y me obligó a ponerme de pie, nuestros cuerpos quedando a escasos centímetros de distancia.

—¿Sabes cuánto tiempo he deseado esto? —murmuró contra mi cuello, sus labios rozando mi piel con una ternura que contrastaba con la crudeza de sus palabras—.

Cada vez que te veía en los tribunales, cada vez que discutíamos, cada vez que me mirabas con ese desprecio...

quería tirarte sobre la mesa y follarte hasta que olvidaras tu propio nombre.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Nunca nadie me había hablado así. Nunca nadie se había atrevido a ser tan crudo, tan honesto, tan desesperadamente sexual conmigo.

—Entonces deja de hablar y hazlo —desafié, agarrando su corbata y tirando de él para acercar su boca a la mía.

El beso fue explosivo. Nuestras lenguas se encontraron en un baile salvaje, mientras sus manos bajaban por mi espalda en busca de la cremallera de mi vestido. La bajó con una lentitud torturante, centímetro a centímetro, hasta que la seda se deslizó por mi cuerpo y quedó en un charco a mis pies.

Quedé en ropa interior frente a él, con mi sujetador negro de encaje y las bragas a juego que Charlotte me había obligado a comprar por si acaso. Nunca imaginé que el por si acaso terminaría así.

Gabriel se apartó para mirarme, y la expresión de su rostro me hizo sentir más deseada de lo que nunca me había sentido. Sus ojos recorrieron cada centímetro de mi piel expuesta, devorándome con la mirada, memorizando cada curva.

—Joder, Victoria —susurró, y su voz se quebró—. Eres perfecta.

—Tú llevas demasiada ropa —respondí, y mis manos fueron a su chaqueta, empujándola por sus hombros.

Me ayudó a desvestirlo con una urgencia frenética.

La chaqueta cayó, seguida de la camisa, que perdimos varios botones en el proceso.

Cuando su torso quedó expuesto, tuve que contener el aliento.

Era esculpido, definido, con músculos que pedían ser tocados y una cicatriz blanca cerca del ombligo que me intrigó.

—Cáncer de apéndice, hace años —murmuró al notar mi mirada—. Te lo contaré luego. Ahora quiero que me toques.

No necesitó pedírmelo dos veces. Mis manos recorrieron su pecho, sus hombros, su abdomen, sintiendo la piel cálida y tensa bajo mis dedos. Él se estremeció bajo mi tacto, y esa reacción, ese poder que tenía sobre él, me excitó más de lo que quería admitir.

Bajé las manos hasta su cinturón y lo desabroché con dedos torpes de deseo. Su pantalón cayó, y él lo apartó de una patada, quedando solo en boxers negros que dejaba poco a la imaginación.

—Dios —susurré, mirando la evidente erección que tensaba la tela.

—Tu culpa —gruñó, acercándose de nuevo—. Siempre ha sido tu culpa.

Me empujó suavemente hasta que volví a caer sobre la cama, y esta vez se subió encima de mí, apoyándose sobre sus antebrazos para no aplastarme. Sentí su dureza contra mi vientre y gemí involuntariamente, arqueando la espalda para buscar más contacto.

—Impaciente —murmuró contra mi cuello, besándome, mordisqueándome, dejando un rastro de fuego sobre mi piel.

—Gabriel, por favor...

—¿Por favor, qué? —Se apartó para mirarme a los ojos, una sonrisa perversa curvando sus labios—. Dime exactamente qué quieres, Victoria. Quiero oírtelo decir.

Tragué saliva. No estaba acostumbrada a pedir. Estaba acostumbrada a tomar, a exigir, a controlar. Pero con él, en esa cama, sentí que podía soltar las riendas.

—Quiero que me comas —dije, y las palabras salieron más fuertes de lo que esperaba—. Quiero sentir tu lengua en mí. Quiero que me hagas olvidar todo excepto tu nombre.

Sus ojos se oscurecieron hasta volverse casi negros. Un gruñido bajo escapó de su garganta, y antes de que pudiera reaccionar, se deslizó hacia abajo, arrastrando mi cuerpo hasta que quedé completamente bajo él.

Me quitó el sujetador de un tirón hábil, liberando mis pechos. Los tomó en sus manos, amasándolos con una fuerza perfecta, ni demasiado suave ni demasiado brusca, y luego bajó la cabeza para capturar un pezón entre sus labios.

Grité. Literalmente grité cuando succionó con fuerza, cuando su lengua dibujó círculos alrededor de la sensible punta, cuando sus dientes rozaron la piel con una presión que rozaba el dolor pero que se mantenía justo en el lado correcto del placer.

—Gabriel, Dios, Gabriel...

—Shhh —murmuró contra mi piel, cambiando al otro pecho—. Déjame saborearte. He esperado demasiado para apresurarme ahora.

Sus manos bajaron hasta mis bragas, y las bajó lentamente, besando cada centímetro de piel que iba descubriendo. Cuando quedé completamente desnuda ante él, se apartó para mirarme, y la expresión de reverencia en su rostro me hizo sentir como una diosa.

—Preciosa —susurró, y luego separó mis piernas con sus manos.

Cuando su lengua encontró mi centro, pensé que moriría. El contacto fue eléctrico, una descarga de placer que me hizo arquear la espalda hasta casi despegarla de la cama. Era experto, diabólicamente experto, moviéndose con una precisión que me volvía loca.

Lamió, succionó, penetró con su lengua, alternando entre mi clítoris y mi entrada con una destreza que me robaba el aliento. Mis manos se aferraron a las sábanas, rasgándolas en mi desesperación, mientras él me consumía con una devoción que nunca había experimentado.

—Más fuerte —gemí, sin reconocer mi propia voz—. Por favor, más fuerte.

Obedeció. Aumentó la presión, introdujo dos dedos en mi interior mientras su lengua seguía trabajando mi clítoris, y sentí que me deshacía. El placer se acumulaba en mi vientre, una tensión insoportable que pedía liberación.

—Córrete para mí, cariño —ordenó contra mi piel, y sus palabras vibraron contra mí—. Quiero saborearlo. Quiero sentir cómo te deshaces en mi boca.

Y entonces me liberé. El orgasmo me golpeó con la fuerza de un tsunami, arrastrándome en una ola de placer cegador que me hizo gritar su nombre una y otra vez, hasta que quedé sin voz, sin aliento, sin nada excepto la sensación de su lengua prolongando mi éxtasis.

Cuando volví a la realidad, Gabriel estaba sobre mí, besando mi cuello, mi mandíbula, mis labios. Podía saborearme en su boca, una intimidad que debería haberme avergonzado pero que solo me excitó más.

—Tu turno —susurré contra sus labios, y lo empujé para que se diera la vuelta.

Se dejó caer sobre la cama, y yo me puse a horcajadas sobre él, sintiendo su erección contra mi vientre. Pero antes de dejar que me penetrara, quería devolverle el favor. Quería saborearlo, poseerlo, hacerle perder el control como él había hecho conmigo.

Bajé por su cuerpo, besando cada centímetro de piel, deteniéndome en sus caderas, en el vello que descendía desde su ombligo. Cuando llegué a sus boxers, los bajé con los dientes, arrancándole una maldición ronca.

Quedó expuesto ante mí, erecto, imponente, perfecto. Lo tomé en mi mano, sintiendo el calor, la dureza, la pulsación de su deseo. Gabriel jadeó cuando apreté suavemente, moviendo mi mano arriba y abajo en un ritmo lento, torturante.

—Joder, Victoria —gruñó, sus manos aferrándose a las sábanas—. Si no haces algo pronto, voy a explotar.

—Todavía no —murmuré, y luego lo tomé en mi boca.

El sabor de su piel me intoxicó. Era salado, masculino, únicamente suyo.

Lo recorrí con la lengua desde la base hasta la punta, saboreando cada centímetro, cada gemido que arrancaba de su garganta.

Cuando lo tomé completamente en mi boca, hasta casi llegar a la garganta, él gritó mi nombre con una desesperación que me hizo sentir poderosa.

—Dios, así, justo así... —jadeó, sus caderas moviéndose involuntariamente, buscando más fricción—. No pares, por favor, no pares.

No tenía intención de parar. Lo succioné con fuerza, usando mi lengua para dibujar círculos alrededor de la sensible punta, alternando entre succión profunda y lamidas largas y deliberadas. Mis manos acariciaban su base, sus muslos, cualquier parte de él que pudiera alcanzar.

—Victoria, voy a... —Intentó advertirme, pero lo ignoré.