Dos semanas para enamorarte Capítulo 13
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Capítulo 13

Gabriel

El sabor de su piel permaneció en mis labios mucho después de haberme alejado.

Esa mejilla suave, templada, donde una lágrima solitaria había quedado atrapada antes de que yo pudiera secarla con mi beso.

Victoria Sinclair estaba rota, aunque ella jamás lo admitiría ante nadie.

Y yo, maldito sea mi corazón, estaba empezando a querer recoger cada uno de esos pedazos y reconstruirla, aunque eso significara cortarme en el proceso.

Me alejé de ella con pasos lentos, deliberados, fingiendo una tranquilidad que no sentía.

Cada fibra de mi ser gritaba que volviera, que la abrazara, que le dijera que todo estaría bien.

Pero conocía a Victoria. Sabía que necesitaba espacio, que mi presencia en ese momento sería una invasión a su duelo privado.

Así que hice lo único que podía hacer: me convertí en su guardián invisible.

Encontré un rincón oscuro entre dos columnas de la cubierta superior, un lugar estratégico desde donde podía verla sin ser visto.

La luz de la luna iluminaba su figura con una claridad cruel, y desde mi atalaya pude observar cómo su compostura se desmoronaba poco a poco.

Primero fueron los hombros, que cayeron hacia delante como si soportaran un peso demasiado grande.

Luego la cabeza, que se inclinó hacia abajo, ocultando su rostro entre las manos.

Y entonces vi que su cuerpo se sacudía. Silenciosamente, controladamente, pero con una violencia que me habló de años de dolor reprimido. Victoria estaba llorando. Llorando de verdad, con esa desesperación que solo conoce quien ha perdido algo irreemplazable.

Apreté los puños con tanta fuerza que las uñas se clavaron en mis palmas.

Quería bajar corriendo, tomarla entre mis brazos, protegerla del mundo entero.

Pero me obligué a quedarme quieto, recordando que ella no me había pedido consuelo, que mi intervención podía ser más dañina que útil en ese momento.

—Maldito seas, Ethan Brooks —susurré al viento, y el océano se tragó mi maldición.

Nunca había odiado a nadie con la intensidad que sentía en ese momento hacia ese hombre.

No lo conocía personalmente, pero sabía suficiente.

Sabía que había tenido a la mujer más extraordinaria del mundo entre sus manos y la había dejado escapar por cobardía.

Que había elegido la seguridad de una mentira en lugar del riesgo de la verdad.

Que había destruido algo hermoso y ahora, seis años después, tenía la desfachatez de intentar recuperarla cuando ya no la merecía.

Victoria se secó las lágrimas con rabia, con ese orgullo que la caracterizaba.

Incluso sola, sin testigos, intentaba mantener la dignidad.

Esa mezcla de fortaleza y vulnerabilidad me atraía como un imán.

La deseaba con una intensidad que me asustaba, que me recordaba a sentimientos que creía enterrados hacía seis años junto con mi esposa.

Y entonces, sin que pudiera evitarlo, mi mente me traicionó y me llevó de regreso a otro momento de dolor, otro momento de despedida.

Hacía seis años. El hospital. Esa habitación blanca donde el olor a desinfección intentaba, en vano, ocultar la realidad de la muerte. Sarah, mi esposa, mi compañera, mi mejor amiga desde la universidad, yacía en esa cama con una fragilidad que rompía mi corazón cada vez que la miraba.

El cáncer se la había llevado poco a poco, devorándola por dentro durante meses de agonía silenciosa. Yo había intentado ser fuerte para ella, había intentado no derrumbarme delante de sus ojos, pero esa noche, esa última noche, ella me había obligado a sentarme a su lado y a mirarla de verdad.

—Gabriel —había dicho, y su voz era apenas un susurro, un hilo de sonido que se perdía entre el pitido de las máquinas—. Ven aquí.

Me había acercado, tomando su mano entre las mías. Estaba tan fría, tan delgada, tan diferente de la mujer llena de vida que había conocido.

—Escúchame —había insistido, y sus ojos, aunque hundidos en su rostro demacrado, conservaban esa chispa de determinación que siempre la había caracterizado—. No quiero que te cierres.

—Sarah, por favor...

—No —me había interrumpido con una débil sonrisa—. No me interrumpas. No tenemos mucho tiempo y necesito que me prometas algo.

Asentí, con el nudo en la garganta impidiéndome hablar.

—Prométeme que no vas a convertirte en un amargado. Que no vas a usar mi muerte como excusa para dejar de vivir. Que no vas a cerrar tu corazón para siempre.

—Sarah...

—Prométemelo, Gabriel —su voz se había quebrado, y una lágrima había rodado por su mejilla—. Tú eres el hombre más amoroso que he conocido. Tienes tanto que dar. No desperdicies eso por mí. No dejes que mi muerte te convierta en alguien frío.

Había sollozado entonces, sin pudor, sin vergüenza. Había apoyado mi cabeza en su pecho, escuchando los latidos débiles de su corazón, sabiendo que cada uno podía ser el último.

—Quiero que seas feliz —había susurrado ella, acariciando mi cabello con una mano temblorosa—. Quiero que encuentres a alguien que te ame como tú mereces ser amado. Alguien a quien cuidar, a quien proteger, a quien dar todo ese amor que tienes guardado.

—No hay nadie más, Sarah. Solo tú.

—Ahora soy yo —había respondido, y había intentado sonreír—. Pero habrá alguien más. Algún día. Y cuando la encuentres, no la dejes escapar. No dejes que el miedo te paralice. Prométeme que serás valiente, Gabriel. Que volverás a amar.

La había mirado, esa mujer que estaba a punto de dejarme para siempre, y había visto en sus ojos una sabiduría que trascendía el dolor físico.

—Te prometo que intentaré —había dicho finalmente, porque no podía negarle nada, ni siquiera en su lecho de muerte.

—Eso es suficiente —había susurrado ella—. Eso es todo lo que pido.

Y luego se había dormido, y ya no había despertado.

Un sonido me devolvió al presente. Tacones contra la madera de la cubierta, un ritmo elegante y firme que se acercaba hacia donde Victoria seguía sentada.

Me enderecé, alerta, observando. Una mujer rubia emergió de las sombras, elegante y segura, aunque algo en su porte sugería cansancio. La reconocí inmediatamente: Rebecca Brooks, la esposa de Ethan. La otra.

Mi mandíbula se tensó. No sabía qué intenciones tenía esa mujer, pero no estaba dispuesto a perderla de vista.

Observé cómo se acercaba a Victoria, cómo iniciaban una conversación que parecía tensa pero civilizada.

Desde mi posición no podía oír lo que decían, pero podía leer el lenguaje corporal.

Rebecca hablaba con gestos abiertos, casi conciliadores, mientras Victoria mantenía una postura defensiva, aunque no hostil.

Sin darme cuenta, me fui moviendo. Paso a paso, manteniéndome en las sombras, me acerqué hasta estar lo suficientemente cerca como para ver sus rostros, para intervenir si era necesario.

No las perdí de vista ni un segundo. Si Rebecca intentaba hacer daño a Victoria, si decía algo que la hiciera llorar de nuevo, estaría allí en cuestión de segundos.

Pero algo extraño ocurrió. La conversación pareció suavizarse. Vi a Rebecca sonreír, aunque fuera una sonrisa triste, y luego vi que señalaba en mi dirección. Victoria giró la cabeza, y nuestros ojos se encontraron a través de la distancia.

El mundo se detuvo.

Sus ojos verdes, brillantes por las lágrimas recientes, me buscaron y me encontraron. Y en ese instante, sentí que Sarah estaba allí conmigo, susurrándome al oído: «No dejes que el miedo te paralice. Sé valiente».

Victoria se levantó y caminó hacia mí. Cada paso que daba resonaba en mi pecho como un tambor. Rebecca se había ido, desapareciendo entre las sombras, dejándonos solos de nuevo.

Cuando estuvo frente a mí, la miré. Realmente la miré, viendo más allá de la fachada de fiscal implacable, viendo a la mujer herida pero valiente que había detrás.

—¿Estás bien? —pregunté, aunque sabía la respuesta.

—No —respondió—. Pero lo estaré.

Y entonces dijo algo que me desarmó por completo. Algo sobre querer que fuera real, solo por esa noche. Sobre necesitar fingir que éramos de verdad.

No pude resistirme. No quería resistirme. Incliné la cabeza y besé sus labios.

Fue un beso suave al principio, casi reverente. Pero cuando ella respondió, cuando sentí que sus manos se aferraban a mi chaqueta y que su cuerpo se inclinaba hacia el mío, el beso cambió. Se volvió profundo, urgente, necesitado.

Cuando nos separamos, ambos jadeábamos. Sus ojos buscaban los míos, confundidos, deseosos, asustados. Y yo sabía exactamente lo que sentía, porque lo mismo me ocurría a mí.

—Esto es real —dije, porque necesitaba que lo supiera, que lo entendiera—. Quizás no debería serlo, pero lo es.

Quiso discutir, quiso poner distancia. Habló de arruinarlo todo, de no estar lista. Pero yo vi algo más en sus ojos. Vi deseo. Vi necesidad. Vi a una mujer que había estado sola demasiado tiempo y que, aunque tuviera miedo, quería sentirse viva de nuevo.

Me acerqué de nuevo, dando un paso que acortaba la distancia entre nosotros hasta que casi nos tocábamos. Sabía que podía recibir una bofetada. Sabía que estaba cruzando una línea peligrosa. Pero el recuerdo de Sarah resonaba en mi mente: «No dejes que el miedo te paralice».

Incliné la cabeza y volví a besarla.

Esta vez no hubo suavidad. Esta vez fue un choque de necesidades contenidas, de deseos reprimidos durante años.

Sus labios se abrieron para mí y mi lengua encontró la suya en un baile salvaje que nos robaba el aliento.

Sus manos subieron por mi pecho, agarrando mi chaqueta con fuerza, mientras las mías encontraron su cintura y la atraían hacia mí.

—Gabriel —gimió contra mi boca, y el sonido de mi nombre en sus labios fue la música más dulce que había escuchado en seis años.

Mis manos recorrieron su espalda, bajando por la curva de su cintura, acariciando cada centímetro de tela que separaba mi piel de la suya. Quería tocarla, sentirla, memorizar cada curva, cada gemido, cada reacción.

La giré suavemente hasta que su espalda quedó contra la columna que había sido mi escondite momentos antes. Mis caderas se presionaron contra las suyas, y sentí su jadeo contra mi cuello cuando notó mi erección.

—Dios, Victoria —gruñí, besando su cuello, su mandíbula, cualquier centímetro de piel que pudiera alcanzar—. Te deseo tanto...

Ella arqueó la espalda, ofreciéndose a mí, y sus manos se enredaron en mi cabello, tirando con una urgencia que me volvía loco. El beso se volvió más profundo, más desesperado, mientras nuestras manos exploraban con una voracidad que no podíamos controlar.

La agarré por la cintura con ambas manos y, sin separar mis labios de los suyos, la levanté. Ella entendió la invitación inmediatamente. Sus piernas se enrollaron alrededor de mi cintura, y la senté sobre mi regazo, a horcajadas, mientras yo me apoyaba contra la columna para sostenernos.

El contacto fue eléctrico. Ella gimió al sentir mi dureza contra su centro, un sonido bajo y gutural que despertó algo primitivo en mí. Yo gruñí al beberme ese gemido, al sentir su calor a través de las telas que nos separaban.

—Maldita sea —susurró ella, moviendo las caderas en un vaivén que nos volvía locos a ambos.

Mis manos agarraron sus muslos, ayudándola a moverse, guiando ese ritmo que nos acercaba a la locura. Cada roce, cada fricción, era una tortura deliciosa. Podía sentirla tensarse, podía oír su respiración entrecortada contra mi oído.

—Gabriel —suspiró, y su voz era puro deseo—. No pares. Por favor, no pares.

No tenía intención de hacerlo. Besé su cuello, mordisqueando la piel suave, saboreando el perfume de su piel mezclado con el olor salado del mar. Sus manos recorrían mi espalda, mi pecho, bajando hasta mi cintura, cada caricia encendiendo nuevas llamas.

Nos movíamos juntos, encontrando un ritmo perfecto, una sincronía que parecía imposible para dos personas que se suponía que eran enemigas. Pero en ese momento, no éramos fiscales ni abogados. Éramos un hombre y una mujer que se deseaban con una intensidad que trascendía cualquier etiqueta.

Ella se apartó ligeramente, lo suficiente como para mirarme a los ojos. Sus pupilas estaban dilatadas, su cabello deshecho, sus labios hinchados por mis besos. Nunca había visto nada más hermoso.

Y entonces dijo las palabras que cambiaron todo.

Me cogió de la mano, entrelazando nuestros dedos con una fuerza que hablaba de vulnerabilidad y valentía a la vez. Sus ojos verdes, brillantes bajo la luz de la luna, no se apartaron de los míos.

—Sé que mañana me arrepentiré de esto —dijo, y su voz tembló apenas—. Pero ahora mismo necesito que me ayudes a olvidar, Knight.

Arqueé una ceja, sorprendido por la petición, por la confesión, por la entrega que implicaban esas palabras.

Necesitaba que entendiera que no se trataba de un simple olvido, de una noche de pasión sin consecuencias.

Esto era algo más. Algo que yo había estado esperando durante seis años, aunque no lo supiera.

La miré, realmente la miré, y vi a la mujer que podía amar. La mujer que ya estaba empezando a amar, aunque fuera demasiado pronto para decirlo en voz alta.

—Será un placer, Sinclair —respondí, y mi voz salió ronca, cargada de emociones que no podía nombrar.

Sonreí, una sonrisa que nació desde lo más profundo de mi ser, desde esa parte que Sarah me había pedido que no cerrara.

—Y si está en mi mano —continué, acercándome hasta que nuestras frentes se rozaron—. Te aseguro que no te arrepentirás, ni mañana, ni nunca.

Ella jadeó ante mis palabras, ante la promesa implícita en ellas. No solo una noche. No solo un olvido. Sino algo más. Algo permanente.

La atraje hacia mí con fuerza y la besé con toda la pasión, toda la ternura y todo el amor que había guardado durante seis años. Ella respondió con la misma desesperación, con la misma necesidad, con la misma esperanza.

Cuando nos separamos, ambos estábamos sin aliento. La miré una última vez, asegurándome de que supiera lo que esto significaba para mí, de que entendiera que no se trataba de un juego.

Luego, sin decir una palabra más, la cogí en brazos. Ella soltó un pequeño grito de sorpresa, pero enseguida rodeó mi cuello con sus brazos, apoyando su cabeza en mi hombro.

—Mi camarote —susurré contra su cabello—. O el tuyo. No me importa mientras estés conmigo.

—El tuyo —respondió ella, y su voz sonó pequeña, vulnerable, perfecta—. El tuyo está más lejos de todo.

Asentí y comencé a caminar, llevándola en brazos a través de la cubierta desierta. El océano nos observaba, las estrellas nos guiaban, y el fantasma de Sarah, dondequiera que estuviera, sonreía.

Porque finalmente, seis años después de su muerte, estaba cumpliendo mi promesa. Finalmente estaba siendo valiente. Finalmente estaba volviendo a amar.

Y mientras caminaba hacia mi camarote con Victoria Sinclair en brazos, supe con una certeza absoluta que mi vida nunca volvería a ser la misma.