Dos semanas para enamorarte Capítulo 12
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Capítulo 12

Victoria

Estaba de pie en el otro extremo de la cubierta, apoyado contra una de las columnas que sostenían la estructura del barco, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión que podría haber helado el océano entero.

Sus ojos estaban fijos en nosotras, o más específicamente, en Rebecca. La miraba con una intensidad amenazante, una advertencia silenciosa que no necesitaba palabras para transmitirse. Era la mirada de un hombre dispuesto a proteger lo suyo, aunque yo no fuera realmente suya.

Por primera vez en todo el día, sentí que algo dentro de mí se iluminaba. Una chispa de calor que empezaba a derretir el hielo que había acumulado durante años.

—Parece bastante... posesivo —comentó Rebecca, y por primera vez hubo algo genuino en su voz, quizás incluso un atisbo de envidia.

—No es mi novio —respondí automáticamente, aunque las palabras sonaron huecas incluso para mí.

Rebecca me miró con una ceja levantada, y por un instante vi algo de la mujer astuta y calculadora que había imaginado durante años.

—Claro —dijo, y su tono dejaba claro que no me creía—. Por eso te mira como si fueras el último diamante del mundo y todos los demás fueran simples vidrios.

No supe qué responder. Mi mirada volvió a Gabriel, y esta vez nuestros ojos se encontraron a través de la distancia. Incluso desde lejos, pude ver cómo su expresión cambiaba, cómo el hielo se derretía para dejar paso a algo más suave, más cálido, más peligroso.

Sentí que el corazón me daba un vuelco en el pecho, una sacudida eléctrica que me recorrió la espina dorsal.

—Debería volver con los demás —dijo Rebecca, interrumpiendo el momento—. Los niños...

—Claro —respondí, todavía absorta en la mirada de Gabriel.

Rebecca dio un paso atrás, y luego otro. Pero antes de irse, se detuvo.

—Victoria —dijo, y su voz había cambiado, ahora era más suave, más humana.

La miré.

—Ten cuidado —dijo—. Con él. Con todo esto. El corazón es más frágil de lo que parece, y algunas heridas nunca sanan del todo.

No supe si se refería a Ethan, a Gabriel, o a sí misma. Quizás a las tres cosas a la vez.

—Lo tendré —respondí, aunque no estaba segura de estar en condiciones de prometer nada.

Rebecca asintió una última vez y se alejó, sus tacones resonando contra la madera de la cubierta hasta que se perdieron en la distancia.

Me quedé sola de nuevo, pero esta vez el silencio no me pesaba tanto.

Me levanté de la tumbona y caminé hasta la barandilla, agarrándome con fuerza al frío metal.

El viento marino agitaba mi vestido y deshacía por completo el peinado que había tardado media hora en preparar, pero por primera vez en la noche no me importaba mi apariencia.

Gabriel seguía en su posición, inmóvil como una estatua, vigilante como un centinela. No se acercaba, no intervenía, simplemente estaba ahí. Presente. Disponible.

Algo se movió en mi interior, algo que había mantenido dormido durante mucho tiempo. Una sensación de... ¿protección? ¿Cuidado? ¿Deseo?

No, no podía ser deseo. No podía permitirme desear a Gabriel Knight. Él era una complicación, un error potencial, una distracción peligrosa en un momento en el que necesitaba mantener la cabeza fría.

Pero mientras lo observaba, mientras veía cómo sus ojos seguían cada uno de mis movimientos con una atención que me hacía sentir viva, deseada, valorada, sentí que mis defensas se resquebrajaban.

Caminé hacia él. No lo planeé, no lo pensé, simplemente mis pies me llevaron en su dirección. Cada paso sobre la cubierta resonaba como un tambor en mi cabeza, marcando el ritmo de mi corazón acelerado.

Gabriel se enderezó cuando me vio acercarme. Sus brazos cruzados cayeron a los costados, y su postura se relajó ligeramente, aunque sus ojos seguían alertas, evaluando, preguntando.

—¿Estás bien? —preguntó cuando estuve lo suficientemente cerca como para oír su voz sin que el viento se la llevara.

—No —respondí honestamente—. Pero lo estaré.

Una esquina de su boca se elevó en una sonrisa triste.

—Esa es la Victoria Sinclair que conozco. La que nunca se rinde.

—¿Me estabas espiando? —pregunté, cambiando de tema antes de que la conversación se volviera demasiado íntima.

—Cuidando —corrigió, sin inmutarse—. Hay diferencia.

—¿Y cuál es la diferencia?

—El espionaje implica obtener información secreta —respondió, y su voz bajó un tono, volviéndose más grave, más íntima—. El cuidado implica proteger algo valioso.

El corazón me dio otro vuelco. Me detuve a un metro de él, manteniendo una distancia que me parecía necesaria para mi supervivencia emocional.

—No necesito que me cuides, Gabriel —dije, aunque las palabras carecían de la firmeza que habría deseado.

—Lo sé —respondió—. Pero quizás necesito hacerlo.

Nos miramos en silencio. La tensión entre nosotros era palpable, una corriente eléctrica que vibraba en el aire salado. Podía ver la lucha en sus ojos, el deseo de acercarse, de tocar, de cruzar la línea que ambos habíamos trazado con tanta cautela.

—Rebecca me ha dicho... —empecé, pero no supe cómo continuar.

—¿Qué?

—Que tú parecías dispuesto a lanzar a Ethan por la borda.

Gabriel sonrió, pero fue una expresión peligrosa, llena de promesas no verbalizadas.

—Solo si te hubiera hecho daño —dijo simplemente—. Si hubiera intentado tocarte, si hubiera dicho algo que te hiciera llorar más de lo que ya lo habías hecho...

Se interrumpió, y vi que su mandíbula se tensaba, los músculos trabajando bajo la piel.

—¿Cómo sabes que he llorado? —pregunté, sorprendida.

Me miró directamente a los ojos, y en su mirada vi una honestidad que me desarmó.

—Porque te conozco, Victoria —dijo suavemente—.

Sé cómo te pones cuando intentas ser fuerte.

Sé cómo se te contraen los hombros cuando estás conteniendo el dolor.

Y sé que has estado llorando porque tus ojos tienen ese brillo particular, el que intentas disimular con rabia pero que delata que has estado rompiéndote en pedazos.

Las palabras me golpearon con una fuerza física. Nadie, en seis años, había visto tanto. Nadie había prestado tanta atención, nadie se había molestado en conocerme lo suficiente como para reconocer mis señales.

—Eres peligroso —dije, y mi voz salió como un susurro.

—¿Por qué?

—Porque ves demasiado. Porque escuchas demasiado. Porque... —hice una pausa, tragando saliva—. Porque haces que quiera cosas que no debería querer.

Gabriel dio un paso hacia mí. Luego otro. Hasta que estuvimos a escasos centímetros de distancia, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, podía oler de nuevo ese aroma amaderado que me volvía loca.

—¿Qué es lo que quieres, Victoria? —preguntó, y su voz era un ronco susurro que vibraba contra mi piel.

Quería responder. Quería decirle que quería que se fuera, que quería que me dejara sola, que quería mantener mi corazón a salvo en la fortaleza de hielo que había construido.

Pero mis labios se negaron a formar esas mentiras.

—Quiero... —empecé, y mi voz se quebró.

—Dime —insistió, y su mano se levantó, rozando mi mejilla con una ternura que me hizo cerrar los ojos—. Dime qué quieres, y si está en mi mano dártelo, lo haré.

Abrí los ojos y lo miré. Realmente lo miré, sin máscaras, sin defensas, sin el escudo de la fiscal más temida de Manhattan.

Y vi a un hombre que también estaba roto. Que también había perdido. Que también tenía miedo.

—Quiero que sea real —susurré, y las palabras salieron de algún lugar profundo, vulnerable, que no reconocía como mío—. Solo por esta noche. Solo por unas horas. Quiero fingir que eres mío de verdad. Que esto es real. Que podemos...

No pude terminar la frase. No necesité hacerlo.

Gabriel inclinó la cabeza y sus labios se posaron sobre los míos.

Fue un beso suave al principio, casi tentativo, como si temiera que pudiera romperme. Sus labios eran cálidos, firmes, perfectos. Sentí su mano deslizarse hasta la nuca, sus dedos entrelazándose en mi cabello deshecho, y me estremecí.

Luego, lentamente, el beso cambió. Se hizo más profundo, más urgente, más demandante. Sus labios se separaron ligeramente y sentí el roce de su lengua contra la mía, una invitación que acepté sin dudar.

El mundo desapareció. El océano, el barco, Ethan, Rebecca, todo se desvaneció hasta que solo quedamos él y yo, dos cuerpos buscándose en la oscuridad, dos almas que habían encontrado algo inesperado en el otro.

Cuando nos separamos, ambos estábamos jadeando. Mi corazón latía con una fuerza que me parecía imposible, y mis manos se habían aferrado a su chaqueta sin que yo recordara haberlas movido.

Gabriel apoyó su frente contra la mía, y sus ojos, oscuros y brillantes, me miraron con una intensidad que me asustó y excitó por igual.

—Esto es real —dijo, y su voz era firme, absoluta—. Quizás no debería serlo, quizás estemos cometiendo un error, pero esto que siento cuando te toco, cuando te beso, esto es tan real como el océano que nos rodea.

Quise discutir, quise poner distancia, quise recordarle que teníamos un acuerdo, que éramos enemigos, que nada de esto tenía sentido.

Pero en lugar de eso, me quedé quieta en sus brazos, permitiéndome un momento de debilidad que sabía que me costaría caro.

—Vamos a arruinar todo —dije, y mi voz sonó más calmada de lo que me sentía.

—Probablemente —accedió, y sonrió—. Pero al menos será divertido.

Me aparté ligeramente, lo suficiente como para poder pensar con claridad, aunque sus manos siguieron en mi cintura, anclándome a él.

—Necesito que entiendas algo, Gabriel —dije, y mi tono se volvió serio—. No estoy lista para esto. No sé si alguna vez lo estaré. Mi ex... lo que hizo... me destrozó de una forma que no sé si podré reparar algún día.

Gabriel asintió, y en sus ojos vi comprensión, no piedad.

—No te pido que estés lista —dijo—. Te pido que estés presente. Que me permitas intentarlo. Que me des la oportunidad de demostrarte que no todos los hombres son Ethan Brooks.

—Y si fallas?

—Entonces me iré —respondió simplemente—. Pero al menos habré intentado. Y tú habrás intentado. Y quizás, solo quizás, eso sea suficiente.

Lo miré, este hombre que había pasado de ser mi rival en los tribunales a ser la única persona en la que podía pensar. Este hombre que había visto mis lágrimas, que había escuchado mi silencio, que me había besado como si mi boca fuera el único oxígeno que necesitaba.

—Estás loco —dije, pero había un atisbo de sonrisa en mis labios.

—Por ti —respondió, y devolvió la sonrisa—. Definitivamente.

Sacudí la cabeza, intentando recuperar algo de cordura.

—Deberíamos volver —dije—. Mi familia debe estar preguntándose dónde estamos.

—Que se pregunten —respondió, pero sus manos se deslizaron hasta las mías, entrelazando nuestros dedos—. Prefiero quedarme aquí contigo.

—Gabriel...

—Un minuto más —suplicó, y la vulnerabilidad en su voz me detuvo—. Solo un minuto más antes de volver a fingir. Antes de volver a ser la fiscal y el abogado. Antes de volver a ser los enemigos que fingen ser amantes.

Suspiré, pero no me aparté.

—Somos enemigos que fingen ser amantes —recordé—. No olvides eso.

—Nunca —dijo, y besó mi mano, un gesto tierno que me desarmó por completo—. Pero quizás también seamos algo más. Algo que aún no tiene nombre.

No respondí. No podía. Porque mientras permanecíamos allí, en la cubierta de un crucero rumbo a Santorini, sentí que algo dentro de mí estaba cambiando. Que las paredes que había construido con tanto cuidado estaban empezando a mostrar grietas.

Y lo más aterrador era que no estaba segura de querer repararlas.