Capítulo 11
Victoria
Gabriel me observó durante unos segundos que se me hicieron eternos. La luz de la luna dibujaba sombras sobre su rostro, resaltando la línea firme de su mandíbula y esa boca que, a pesar de mis advertencias, estaba empezando a resultarme demasiado fascinante.
—¿Estás lista para volver con los demás? —preguntó finalmente, y su voz sonó más suave de lo habitual, casi como si temiera quebrar el fragilísimo equilibrio que acabábamos de establecer.
Negué con la cabeza antes de que mi mente pudiera intervenir. No estaba lista. No estaba preparada para volver a sonreír, para volver a fingir, para volver a ser la Victoria Sinclair que todos esperaban ver.
—No —dije, y mi voz salió más ronca de lo que habría deseado—. Quiero estar sola unos minutos.
Gabriel asintió. No intentó convencerme de lo contrario, no hizo preguntas innecesarias, no intentó arreglar lo que no tenía arreglo. Simplemente aceptó mi necesidad de espacio con una elegancia que me resultó desconcertante.
Se puso en pie y se ajustó la chaqueta del esmoquin. Durante un instante, su silueta se recortó contra el cielo estrellado, imponente y etérea, como una promesa de algo que no me atrevía a nombrar.
—Si me necesitas, estoy a una llamada —dijo, y luego se inclinó.
Sentí su aliento cálido contra mi mejilla un segundo antes de que sus labios rozaran mi piel. Fue un beso breve, casi imperceptible, pero el contacto me quemó como si hubiera tocado una llama viva.
Me giré hacia él con el ceño fruncido, dispuesta a regañarle por tomarse libertades que no le había concedido, pero él ya se estaba apartando con esa sonrisa suya, esa que me volvía loca y me desarmaba por igual.
—Ha sido en la mejilla —dijo, levantando las manos en señal de rendición—. Así que no me asesines en el próximo juicio.
Quise responder con algo mordaz, algo que pusiera las cosas en su lugar, algo que reafirmara los límites de nuestro acuerdo. Pero en lugar de eso, sentí que las comisuras de mis labios se elevaban en una sonrisa que no podía controlar.
—Eres un idiota —dije, pero sin convicción.
—Y tú sonríes —respondió, y había algo de victoria en su tono—. Eso ya vale la pena.
Se dio la vuelta y caminó hacia las luces del comedor, dejándome sola con el océano y mis pensamientos. Observé su espalda hasta que desapareció entre las sombras, y solo entonces permití que mi máscara se resquebrajara.
El silencio de la noche me envolvió como una manta pesada. El sonido de las olas contra el casco del barco creaba una melodía hipnótica, un vaivén constante que me recordaba lo insignificante que era mi dolor comparado con la inmensidad del mar.
Me recosté contra la tumbona, dejando que mi mirada se perdiera en el horizonte oscuro. Las estrellas brillaban con una crueldad indiferente, hermosas y distantes, como todos los sueños que había enterrado a lo largo de los años.
Y entonces, sin que pudiera evitarlo, mi mente traicionera me llevó de regreso a Ethan.
No al Ethan de hace unos minutos, con sus disculpas tardías y sus ojos llorosos. No al Ethan que había destruido mi vida con una frase. Sino al Ethan que había conocido, al que había amado, al que había creído que sería mi para siempre.
Recordé la primera vez que nos vimos. Era una fiesta de Navidad en casa de Olivia, hacía ya más de once años.
Yo tenía veintiún años, recién licenciada en Derecho, llena de ambición y de certezas.
Él era el primo del marido de mi prima, un arquitecto prometedor de treinta años que irradiaba una confianza tranquila que me resultó irresistible.
Me había servido una copa de vino tinto y me había dicho, sin rodeos, que tenía los ojos más verdes que había visto en su vida. Yo, que ya me consideraba una feminista empoderada, había sentido que las piernas me flaqueaban como si fuera una adolescente enamorada.
Cerré los ojos y dejé que los recuerdos me inundaran. No quería recordar, pero mi corazón, traicionero y obstinado, insistía en revivir cada momento.
Recordé nuestro primer beso, en la puerta de mi antiguo apartamento, bajo la nieve que caía suavemente sobre Manhattan. Sus manos temblaban ligeramente cuando me agarró la cara, y yo había pensado que era el momento más romántico de mi vida.
Recordé cómo me preparaba el desayuno los domingos, con esos pancakes horribles que siempre se le quemaban, pero que yo comía con entusiasmo porque él los había hecho pensando en mí.
Recordé la noche en que mi padre murió. Ethan había atravesado la ciudad en plena tormenta de nieve para estar a mi lado. Me había abrazado durante horas mientras yo lloraba, sin decir nada, simplemente presente, simplemente ahí.
Y recordé, sobre todo, la última Navidad que pasamos juntos, seis años atrás.
Había organizado una cena íntima en su apartamento, con velas y música suave.
Yo estaba convencida de que iba a pedirme matrimonio.
Llevaba cinco años esperando ese momento, cinco años construyendo mi vida alrededor de la idea de nosotros.
Me había regalado un collar de perlas. Precioso, elegante, perfecto. Y luego, mientras yo intentaba disimular mi decepción, me había tomado las manos y me había dicho que me quería, que siempre me querría, que éramos el uno para el otro.
Había creído cada palabra. Cada maldita palabra.
Una lágrima escapó de mi ojo derecho, deslizándose por mi mejilla hasta perderse en el collar de mi vestido. La ignoré. Otra siguió el mismo camino, y luego otra, hasta que sentí que mi rostro se contraía en una mueca de dolor que no podía controlar.
No quería llorar. Odiaba llorar. Las lágrimas eran una debilidad que no me podía permitir, un lujo para gente que no tenía que mantenerse fuerte ante el mundo.
Pero esa noche, sola en la cubierta de un crucero que me alejaba de todo lo conocido, permití que el duelo que había reprimido durante seis años finalmente me alcanzara.
Lloré por la chica ingenua que había sido, por los sueños que habían sido destrozados, por la confianza que nunca recuperaría del todo.
Lloré en silencio, con los ojos cerrados y las manos apretadas en puños, mientras el viento salado secaba mis lágrimas casi antes de que cayeran.
—Hola.
La voz me sobresaltó tanto que casi me caigo de la tumbona. Me incorporé bruscamente, frotándome las mejillas con rabia, intentando borrar cualquier rastro de mi vulnerabilidad.
Alcé la vista y la vi.
Rebecca Brooks estaba de pie frente a mí, iluminada por la luz de la luna, con un vestido de cóctel color vino que realzaba su figura esbelta.
Su cabello rubio caía en ondas perfectas sobre sus hombros, y su rostro, aunque maquillado con esmero, mostraba signos de cansancio que no lograba disimular.
Me tensé instantáneamente. Todos los músculos de mi cuerpo se contrajeron en una reacción defensiva que había perfeccionado durante años. Durante seis años, esta mujer había sido la villana de mi historia personal, la otra, la que había destruido mi vida.
—Hola —respondí, y mi voz salió áspera, todavía afectada por el llanto que acababa de reprimir.
Rebecca dio un paso más cerca, pero mantuvo una distancia prudente. Se apoyó en la barandilla, mirando hacia el agua oscura, y por un momento pareció tan perdida como yo me sentía.
—Supongo que esto es incómodo —dijo finalmente, sin mirarme.
—Un poco —concedí, porque no veía sentido en negarlo.
Soltó una pequeña risa, breve y sin alegría.
—Estoy bastante segura de que para mí también.
No respondí. No sabía qué decir, qué protocolo seguir cuando te encuentras a solas con la mujer que se acostó con tu novio durante un año mientras él te juraba amor eterno.
Durante años había odiado a Rebecca Brooks con una intensidad que me asustaba.
La había imaginado como una femme fatale calculadora, una seductora sin escrúpulos que había visto a Ethan como un trofeo que arrebatar.
Aunque racionalmente sabía que la verdadera culpa era de Ethan, que él había sido quien me había traicionado, mi corazón necesitaba un objetivo para su rabia, y ella había encajado perfectamente en ese papel.
Pero ahora, mirándola en la penumbra de la cubierta, vi algo que no esperaba. Vi a una mujer cansada. A una mujer derrotada.
Rebecca observó el mar durante un largo momento, como si las respuestas que buscaba estuvieran ocultas en las olas.
—Nunca quiso hacerte daño —dijo finalmente, y su voz era tan baja que casi no la oí.
Casi me atraganté con la incredulidad. Esa frase, saliendo de su boca, sonaba tan absurda, tan insultante, que por un segundo pensé que había oído mal.
—Esa es una frase curiosa —dije, y no pude evitar que mi tono se volviera cortante.
—Lo sé —respondió, girándose hacia mí por primera vez—. Creo que lo sé mejor que nadie.
—Porque lo hizo —añadí, y ahora era yo quien miraba al mar, incapaz de sostener su mirada—. Me hizo daño. Mucho daño. Y tú... tú fuiste cómplice de ese daño.
Rebecca asintió lentamente. Sus ojos, de un azul frío que contrastaba con el calor de su cabello, se llenaron de una tristeza que me resultó desconcertante.
—Sí —admitió—. Fui cómplice. No hay excusa para lo que hicimos. Para la forma en que lo hicimos.
Por primera vez desde que la conocía, vi algo más allá de la fachada de mujer segura y elegante que siempre proyectaba. Parecía cansada. Muy cansada. Como si llevara años luchando una batalla que ya había perdido.
—Nuestro matrimonio terminó hace mucho tiempo —dijo, y las palabras cayeron entre nosotras como piedras en el agua.
La miré, sorprendida por la confesión. No esperaba honestidad, no esperaba vulnerabilidad, no esperaba nada que no fuera hostilidad o indiferencia.
—¿Y por qué seguís juntos? —pregunté, y mi curiosidad pudo más que mi orgullo herido.
Rebecca sonrió, pero fue una expresión vacía, desprovista de alegría.
—Por los niños —respondió, y esas dos palabras contenían más tristeza de la que habría creído posible.
Aquella respuesta me golpeó con una fuerza inesperada.
Había olvidado que detrás de la traición, detrás del dolor, había dos niños inocentes cuyas vidas habían sido construidas sobre los escombros de mi corazón roto.
Noah, de diez años, y Lily, de ocho. Los había visto en la cena, sentados junto a su padre, sonrientes y despreocupados, ignorantes del daño colateral que su existencia representaba para mí.
Durante unos segundos permanecimos en silencio, dos mujeres unidas por el mismo hombre, dos víctimas de las mismas mentiras, dos enemigas que de repente parecían compartir un territorio común de arrepentimiento y resignación.
—No te pido que me perdones —dijo Rebecca finalmente, rompiendo el silencio—. No merezco tu perdón. Pero quería que supieras... quería que entendieras que no fue fácil para nadie. Ni siquiera para mí.
Quise responder con sarcasmo, con la crueldad que había cultivado durante años como escudo. Quise decirle que su sufrimiento no se comparaba con el mío, que ella había elegido su papel en esa tragedia, mientras que yo había sido simplemente la ingenua que creía en los cuentos de hadas.
Pero algo en su voz, algo en la forma en que sus hombros se habían hundido bajo el peso de una verdad que llevaba años cargando, me hizo contener mis palabras.
—No sé qué decir —admití finalmente, y fue la verdad más honesta que había pronunciado en mucho tiempo.
Rebecca se encogió de hombros, un gesto resignado.
—No tienes que decir nada. Solo quería... —hizo una pausa, buscando las palabras—. Solo quería mirarte a los ojos y reconocer lo que hicimos. Lo que él hizo. Sin excusas, sin justificaciones.
Asentí, aunque no estaba segura de haber entendido completamente sus intenciones. La situación era demasiado surrealista, demasiado cargada de emociones contradictorias como para procesarla en ese momento.
Rebecca se enderezó, pareciendo recobrar algo de su compostura habitual. Su mirada se desvió hacia algo detrás de mí, y una expresión inesperada cruzó su rostro. Parecía... divertida.
—Por cierto —dijo, y había un deje de ironía en su voz.
—¿Sí?
—Tu novio parece dispuesto a lanzar a Ethan por la borda.
Parpadeé, confundida por el cambio de tema. Seguí su mirada y giré la cabeza hacia la dirección que indicaba.
Y allí estaba Gabriel.