Dos semanas para enamorarte Capítulo 10
26%

Capítulo 10

Victoria

Caminé hasta la barandilla, agarrándome con fuerza al frío metal. El océano se extendía hasta el infinito, oscuro y misterioso, reflejando la luz de la luna como miles de diamantes dispersos.

Cerré los ojos. Intenté respirar. Intenté recordar quién era yo, qué quería, por qué estaba allí.

—Vicky.

La voz me heló la sangre.

No necesitaba abrir los ojos para saber quién era. Ese tono, esa cadencia, esa forma de decir mi nombre que había sido mi canción favorita durante cinco años.

Me giré lentamente. Y allí estaba Ethan.

Estaba más guapo que en mis recuerdos más resentidos. El esmoquin le sentaba bien, realzando sus hombros y esa elegancia natural que siempre había tenido. Sus ojos azules me miraban con una mezcla de nerviosismo y algo más que no quería identificar.

—Ethan —dije, y mi voz salió firme, controlada, perfecta—. No sabía que fumabas.

—No fumo —respondió, acercándose un paso—. Te vi salir. Necesitaba hablar contigo.

—No tenemos nada de qué hablar.

—Por favor, Vicky —su voz se quebró, y por un segundo vi al chico de veinticinco años que había conocido en aquella fiesta de Navidad, el que me había mirado como si fuera la única mujer en el mundo—. Solo un minuto. Te lo debo.

No debería haber accedido. Debería haber entrado de nuevo, haber buscado a Gabriel, haber hecho cualquier otra cosa.

Pero algo en su voz, algo en esos ojos que una vez habían sido mi hogar, me hizo quedarme.

—Un minuto —dije, cruzándome de brazos—. Y deja de llamarme Vicky. Ese nombre murió hace seis años.

Ethan asintió, tragando saliva con dificultad.

—Tienes razón. Tienes toda la razón del mundo —se acercó otro paso, y yo retrocedí hasta que mi espalda chocó contra la barandilla—. Victoria, me equivoqué. Lo sé ahora. Lo supe entonces, pero fui demasiado cobarde para admitirlo.

—¿Cobarde? —repetí, y una risa amarga escapó de mi garganta—. No, Ethan. No fuiste cobarde. Fuiste cruel. Calculador. Elegiste enamorarte de otra mientras me mirabas a los ojos y me jurabas amor eterno.

—No fue así...

—¿Cómo fue entonces? —siseé, sintiendo que la rabia que creía enterrada resurgía con fuerza—. ¿Cómo explicas un año de mentiras? ¿Cómo explicas que me prepararas una cena para pedirme matrimonio cuando ya llevabas doce meses follando con otra?

Ethan palideció. Literalmente perdió el color de su rostro, y por un segundo sentí una satisfacción mezquina.

—No tenía que haberte engañado —dijo, y su voz salió ronca—. Eso fue lo peor. No el enamorarme de Rebecca, sino la forma en que lo hice. El no tener el valor de terminar contigo antes. El no querer perderte hasta estar seguro de que ella...

—Basta —interrumpí, levantando una mano temblorosa—. No quiero oírlo. No quiero saber los detalles de tu gran romance.

—No es un gran romance —dijo, y de repente se acercó demasiado.

Tan cerca que pude oler su colonia, aquella que había comprado para él durante años, la que ahora me resultaba ajena y repulsiva—.

Llevamos años mal, Victoria. Años. Rebecca y yo...

intentamos arreglarlo. Tuvimos a Lily para intentar salvar el matrimonio, pero...

—¿Qué? —parpadeé, procesando sus palabras—. ¿Dices que tu hija...?

—Fue un intento desesperado —admitió, y sus ojos se llenaron de lágrimas que no supe si eran reales—.

Un intento estúpido y egoísta de revivir algo que murió antes de empezar.

Pero no funcionó. Llevamos meses planteándonos el divorcio.

No lo hemos hecho aún porque no queríamos estropear la boda de Alexander.

Él está tan enamorado de tu prima, tan feliz...

—No te atrevas —siseé, sintiendo que la barandilla se clavaba en mi espalda—. No te atrevas a usar la felicidad de Isabelle para justificar tus mentiras.

—No es una justificación —se acercó más, y yo me tensé, agarrándome con fuerza al metal frío—.

Es la verdad. Y la verdad es que de lo que más me arrepiento, de todo lo que hice, es de haberte perdido.

De haberte dejado escapar. De haber elegido a alguien que nunca me hizo sentir ni la mitad de lo que sentía contigo.

Su mano se levantó. Quiso tocarme la mejilla. Y en ese momento, en ese segundo de vulnerabilidad absoluta, sentí que el mundo se detenía.

Porque una parte de mí, una parte pequeña y patética que no había logrado extinguir, quería dejarle. Quería cerrar los ojos y fingir que los últimos seis años no habían existido. Quería creer que podíamos volver atrás, arreglarlo, ser felices.

Pero otra parte, la parte que había construido muros de hielo y acero, sabía la verdad.

Ethan no me quería. Ethan quería lo que no podía tener. Ethan era un niño mimado que jugaba con los corazones como si fueran juguetes desechables.

—No —dije, retrocediendo aún más, sintiendo el vacío del océano detrás de mí—. No voy a ser tu segunda opción. No voy a ser el premio de consolación de tu matrimonio fracasado.

—Vicky, por favor...

—¡No me llames así! —exclamé, y mi voz se quebró—. Perdiste ese derecho. Lo perdiste todo.

—Si pudiera dar marcha atrás...

—¿Qué? —interrumpí, y ahora eran mis ojos los que se llenaban de lágrimas que odiaba—. ¿Qué harías diferente? ¿Terminarías conmigo antes de meterte en la cama con ella? ¿Serías más honesto mientras me destrozabas el corazón?

Ethan abrió la boca para responder, pero nunca llegó a hacerlo.

Porque en ese momento, una mano fuerte se posó en mi cintura, y una voz profunda y segura cortó la noche como un cuchillo caliente.

—¿Todo bien, amor?

Me giré. Y allí estaba Gabriel.

Su expresión era perfecta: preocupada, cariñosa, la de un novio atento que acaba de encontrar a su mujer en una situación incómoda. Pero sus ojos... sus ojos eran otra cosa. Oscuros, peligrosos, fijos en Ethan con una advertencia silenciosa que hizo que mi ex diera un paso atrás involuntariamente.

—Gabriel —dije, y mi voz salió como un suspiro de alivio.

Se inclinó y me besó en la mejilla. Un gesto tierno, íntimo, que duró un segundo más de lo necesario. Luego su mano subió hasta mi rostro, acariciándome con una ternura que me desarmó por completo.

—¿Estás bien? —preguntó, y en su voz había una pregunta más profunda—. ¿Necesitas más aire?

Asentí, porque no confiaba en mi voz.

—Quiero dar un paseo —dije, y supe que era cierto. Necesitaba alejarme de Ethan, de sus palabras, de los recuerdos que amenazaban con arrastrarme de nuevo a la oscuridad.

Gabriel sonrió, aunque la sonrisa no llegó a sus ojos cuando se volvió hacia Ethan.

—Discúlpanos —dijo, y no era una pregunta—. Vamos a buscar un lugar más tranquilo.

Y sin esperar respuesta, me tomó de la mano y me alejó de allí. De Ethan. Del pasado. De todo lo que había creído superado.

Caminamos en silencio durante unos minutos, alejándonos de las luces del comedor, adentrándonos en las zonas más oscuras y tranquilas del barco.

El viento marino agitaba mi vestido y deshacía los últimos mechones que habían resistido al moño, pero no me importaba.

De hecho, me gustaba. Me hacía sentir viva, presente, real.

Finalmente, llegamos a una zona de tumbonas situada en la proa, lejos de las miradas indiscretas. El océano se extendía ante nosotros infinito y oscuro, y las estrellas brillaban con una intensidad que nunca había visto en Manhattan.

Gabriel me soltó la mano y señaló una de las tumbonas.

—¿Te importa si nos sentamos?

Asentí, aunque mis piernas querían seguir caminando, querían alejarse de todo, querían correr hasta que el pasado dejara de perseguirme.

Nos sentamos. El silencio entre nosotros era cómodo, lo cual me sorprendió. Normalmente, los silencios me incomodaban, me hacían sentir obligada a llenarlos con palabras. Pero con Gabriel, el silencio parecía suficiente.

—No tenías que hacer eso —dije finalmente, mirando el horizonte oscuro—. No necesitaba que me rescataras.

—Lo sé —respondió, y su voz era suave—. Pero quería hacerlo.

—No soy una princesa en apuros, Gabriel. No soy una damisela que necesita que un caballero a lomos de un caballo blanco venga a salvarla.

Sonrió. Esa sonrisa lenta y peligrosa que hacía que mi estómago se contrajera.

—Te valoras muy poco, Victoria Sinclair —dijo, girándose hacia mí—. Eres una princesa. Solo que no a ojos de quien no te mira bien.

Lo miré. Realmente lo miré, quizás por primera vez desde que habíamos subido a ese barco. Y vi algo que me dejó sin aliento.

Vi a un hombre que me veía. Realmente me veía. No la fiscal, no la mujer de hielo, no la exnovia herida. Me veía a mí. Con todas mis contradicciones, mis miedos, mis armaduras. Y me aceptaba de todos modos.

—Ethan dijo... Empecé, pero no supe cómo continuar.

—Dime —animó Gabriel, y su mano encontró la mía sobre la tumbona, entrelazando nuestros dedos con una naturalidad que me resultó reconfortante.

—Dijo que se arrepiente. Que su matrimonio está acabado desde hace años. Que si pudiera dar marcha atrás...

—¿Crees que es verdad?

Lo pensé. Realmente lo pensé, analizando cada palabra de Ethan, cada gesto, cada lágrima que podría haber sido real o calculada.

—No sé —admití finalmente—. Una parte de mí quiere creerle. Quiere pensar que lo que tuvimos fue real, que valía la pena, que no fui una idiota durante cinco años.

—Nunca fuiste una idiota —dijo Gabriel, y su voz se volvió dura—. Él fue el idiota. Él fue quien no supo ver lo que tenía delante. Quien eligió la seguridad de una mentira en lugar del riesgo de la verdad.

—¿Y tú? —pregunté, sorprendiéndome a mí misma—. ¿Tú eliges la verdad?

Gabriel me miró durante un largo momento. El viento agitaba su cabello, despeinándolo de una manera que lo hacía parecer más humano, más accesible, más deseado.

—Intento —dijo finalmente—. Aunque a veces la verdad es más aterradora que cualquier mentira.

Asentí, entendiendo exactamente a qué se refería.

—Me dijo que están planteándose el divorcio —continué, sintiendo que necesitaba contárselo todo, necesitaba que alguien conociera la verdad—. Que tuvieron a su hija para intentar salvar el matrimonio, pero que no funcionó.

Gabriel apretó mi mano con fuerza.

—¿Y eso te hace sentir qué?

—¿Cómo?

—¿Te hace sentir aliviada? ¿Vengativa? ¿Triste?

Lo pensé. Realmente lo pensé.

—Me hace sentir... vacía —admití—. Como si todo ese dolor, todos esos años de rabia, hubieran sido por nada. Si su matrimonio era una farsa, si nunca fue feliz con ella, entonces... entonces ¿por qué me dejó? ¿Por qué me eligió a mí para destruir?

Gabriel se giró completamente hacia mí, tomando mi otra mano entre las suyas. Sus ojos azul oscuro brillaban con una intensidad que me hizo contener la respiración.

—No voy a dejar que ese hombre te borre la sonrisa otra vez —dijo, y su voz era baja, casi un susurro, pero llena de una determinación que me estremeció—. Aunque esa sonrisa sea difícil de ver, aunque esté escondida detrás de capas de hielo y sarcasmo. Voy a encontrarla. Y voy a protegerla.

Lo miré. Realmente lo miré.

Y por primera vez, permití que mi mente vagara por un camino peligroso.

Permití que me preguntara qué habría pasado si Gabriel y yo nos hubiéramos conocido en otras circunstancias.

Si no fuéramos enemigos en los tribunales, si no nos hubiéramos enfrentado en cientos de juicios, si hubiera sido capaz de verle como algo más que un rival.

¿Seríamos amigos? ¿Amantes? ¿Algo más profundo y permanente?

La pregunta me aterró. Porque implicaba admitir que sentía algo por él. Algo real. Algo que no podía controlar ni apagar.

—Gabriel —susurré, y mi voz salió ronca, vulnerable.

—¿Sí?

—Gracias —dije, y la palabra pareció insuficiente para todo lo que quería expresar—. Por esta noche. Por todo.

Sonrió, y esta vez la sonrisa llegó a sus ojos.

—No hay de qué, princesa.

—No me llames así —protesté débilmente.

—Demasiado tarde —respondió, acercándose hasta que nuestros hombros se rozaron—. Ya estás atrapada en mi cuento de hadas. Y esta vez, el final va a ser diferente.

No supe qué responder. Así que me quedé en silencio, mirando el océano oscuro, sintiendo el calor de su cuerpo junto al mío, y permitiéndome, solo por una noche, soñar con finales felices.