Capítulo 9
Victoria
Me miré al espejo y durante un segundo no me reconocí.
El vestido era de seda color esmeralda, un tono intenso que realzaba mis ojos verdes y contrastaba con mi piel clara.
Era sencillo pero perfecto: escote corazón, espalda descubierta, falda que caía en suaves pliegues hasta el suelo.
Charlotte lo había elegido personalmente durante nuestra última sesión de compras, insistiendo en que era el vestido para hacer que un hombre se arrodillara.
En ese momento, mientras contemplaba mi reflejo en el espejo del camarote, pensé que mi mejor amiga tenía un sentido del drama que en otras circunstancias habría encontrado exasperante, pero que ahora me resultaba útil.
Me recogí el cabello en un moño bajo, dejando algunos mechones sueltos para enmarcar el rostro. Los pendientes de diamantes que me había regalado mi madre colgaban de mis orejas, fríos y pesados, un recordatorio tangible de quién era yo. De quién debía ser.
Victoria Sinclair. La fiscal más temida de Manhattan. La mujer que no se dejaba vencer.
Pero cuando giré la cabeza y vi a Gabriel en el reflejo del espejo, sentí que esa mujer se resquebrajaba.
Estaba de pie junto a la ventana, ajustándose los gemelos de su esmoquin negro.
La luz del atardecer entraba en diagonal, iluminando su perfil de manera que parecía sacado de una película de Hollywood de las de antes.
Cabello negro perfectamente peinado. Mandíbula fuerte.
Hombros anchos que llenaban el traje con una elegancia que resultaba insultante.
Y entonces lo olí.
Nunca lo había tenido tan cerca durante tanto tiempo.
En los tribunales siempre manteníamos la distancia protocolaria, separados por mesas y argumentos legales.
Pero ahora, en ese camarote que de repente me parecía minúsculo, pude distinguirlo con claridad: un aroma amaderado con notas de cedro y algo cítrico, probablemente bergamota, mezclado con el olor único de su piel.
Era un perfume caro, sofisticado, masculino sin ser agresivo. El tipo de aroma que se quedaba en la ropa de cama y en la memoria mucho después de haberse ido quien lo llevaba.
Y me aterró lo mucho que me gustó.
—¿Todo bien? —preguntó, encontrando mis ojos en el reflejo.
Su voz me sobresaltó. Había estado tan absorta observándole que había olvidado que también podía verme.
—Perfecto —respondí, volviéndome hacia él con la compostura que había perfeccionado durante años—. Solo confirmaba que sigo siendo yo misma.
Gabriel sonrió. Esa sonrisa peligrosa que tenía el poder de desarmarme sin que yo lo admitiera.
—¿Y quién eres tú misma, Victoria Sinclair?
—Alguien que nunca debería haber aceptado esta locura —dije, recogiendo el pequeño bolso de satén negro—. Esto es una mala idea. Una idea terrible. Una catástrofe anunciada.
—¿Por qué?
—Porque —caminé hacia él, necesitando recuperar el terreno perdido, necesitando sentir que estaba en control— estamos atrapados en un barco.
En medio del océano. Sin escape posible.
Y tú... —Lo señalé con un dedo que esperaba que pareciera acusador y no tembloroso—.
Tú eres demasiado convincente. Esa actuación de novio enamorado, esos besos inesperados, esa forma de mirarme como si...
—¿Como si qué?
—Como si fuera real —solté, y luego deseé no haberlo dicho.
Gabriel me estudió durante un largo momento. Sus ojos azul oscuro recorrieron mi rostro, mi escote, la forma en que el vestido se ajustaba a mis curvas. Y cuando volvió a encontrar mis ojos, había algo allí que me hizo contener la respiración.
—Quizás —dijo suavemente— porque una parte de mí quiere que sea real.
No supe qué responder. No supe qué pensar. Así que hice lo que mejor se me daba: me puse a la defensiva.
—No juegues conmigo, Gabriel. No estoy de humor para tus juegos de seducción.
—¿Y si no es un juego?
—Todo es un juego para ti. Los tribunales, los juicios, las mujeres...
—¿Las mujeres? —arqueó una ceja—. ¿Crees que tengo una lista interminable de conquistas?
—No me importa si la tienes o no —mentí—. Solo quiero que recuerdes que esto es un acuerdo de negocios. Nada más.
Gabriel asintió lentamente, aunque su expresión decía que no me creía ni por un segundo.
—Un acuerdo de negocios —repitió—. Por supuesto. Entendido, fiscal.
Extendió el brazo, ofreciéndome el codo con la formalidad de un caballero de otra época.
—¿Lista para nuestra cena de negocios?
Puse mi mano en su brazo, sintiendo los músculos tensos bajo la tela de su chaqueta. Y mientras salíamos del camarote, intenté convencerme de que el escalofrío que recorrió mi espalda era por el aire acondicionado, y no por la proximidad de su cuerpo.
Mentira. Era todo mentira. Y lo peor era que empezaba a olvidar quién era la mentirosa.
El comedor principal del crucero era una maravilla de cristal y luz tenue. Mesas redondas cubiertas con manteles de lino blanco, centros de flores tropicales que desprendían un perfume embriagador, y ventanales que mostraban el océano oscuro salpicado de reflejos de luna.
Nuestra mesa estaba situada cerca de una de esas ventanas, lo que me permitía contemplar el agua mientras fingía escuchar las conversaciones de mi familia. Pero mi atención, traicionera e insistente, volvía una y otra vez al hombre sentado a mi derecha.
Gabriel se había instalado en el papel de novio perfecto con una facilidad que resultaba sospechosa.
Reía con Olivia, intercambiaba anécdotas legales con Nathan, hacía reír a las gemelas con historias de animales que hablaban, y todo ello sin perder de vista mi copa de vino, que rellenaba cada vez que bajaba de nivel.
—Así que eres el famoso Gabriel —dijo mi madre desde el otro lado de la mesa, observándole con esa mezcla de curiosidad maternal y evaluación forense que caracterizaba a Eleanor Sinclair—. El abogado que siempre le gana a mi hija.
—Perdía —corrigió Gabriel, sonriendo—. Antes de que nos conociéramos de verdad. Ahora preferimos ganar juntos.
Mi madre se rio, esa risa cristalina que tanto me había avergonzado de adolescente y que ahora me resultaba entrañable.
—Eso suena peligroso —dijo—. Dos abogados juntos. ¿Discuten mucho?
—Constantemente —respondió Gabriel, y su ojo encontró el mío—. Pero he descubierto que discutir con Victoria es mi forma favorita de comunicarme. Es apasionada. Intensa. Nunca aburrida.
—Dios, no —intervino Olivia, levantando su copa—. Aburrida es la última palabra que usaría para describir a nuestra Vicky. ¿Os acordáis cuando tenía dieciséis años y decidió que quería ser detective?
Sentí cómo el calor subía a mis mejillas.
—Olivia, no...
—¡Oh, debes contarnos! —exclamó Isabelle, inclinándose hacia delante con los ojos brillantes—. Nunca me habías contado eso.
—Porque es una historia estúpida —murmuré, clavando los ojos en mi plato.
—Estúpida y adorable —corrigió Olivia, ignorando mi advertencia—. Decidió que quería ser como Nancy Drew, así que se pasó todo un verano siguiendo a los vecinos sospechosos. Había uno, el señor Henderson, un anciano solitario que vivía al final de la calle...
—Olivia, te juro por Dios que...
—Victoria estaba convencida de que era un espía ruso —continuó mi hermana, disfrutando claramente de cada segundo—.
Lo seguía por todas partes con una libreta, tomando notas de sus horarios.
Un día lo siguió hasta el parque y se escondió detrás de un seto para espiarle mientras daba de comer a los patos.
Gabriel se estaba riendo. Esa risa profunda y genuina que hacía que algo dentro de mí se contrajera de placer.
—¿Y qué pasó? —preguntó.
—El señor Henderson la descubrió —respondió mi madre, tomando el relevo con una sonrisa nostálgica—. Y en lugar de enfadarse, le invitó a tomar helado y le explicó que había sido agente de la CIA en los sesenta. Le enseñó fotos de sus misiones y todo.
—¿Era verdad? —preguntó Isabelle.
—Nunca lo supimos —dije, finalmente uniéndome a la conversación con resignación—. Pero me regaló su medalla de la CIA cuando murió. Así que supongo que sí.
Gabriel me miró con una expresión que no supe interpretar. Era como si estuviera viendo a una Victoria diferente, una que yo había enterrado hacía mucho tiempo.
—Esa es la Victoria que yo quiero conocer —dijo suavemente—. La que se esconde detrás de setos y persigue espías rusos.
—Esa Victoria no existe ya —respondí, más brusca de lo que pretendía.
—Oh, existe —intervino mi madre, y su voz tenía un deje de tristeza—. Solo que se esconde. Desde que... —Hizo una pausa, mirándome con ojos preocupados—. Bueno, desde hace tiempo.
El silencio que siguió fue incómodo, cargado de cosas no dichas y heridas que nunca se habían curado del todo.
Fue Gabriel quien rompió el momento, levantando su copa con una sonrisa que intentaba ser ligera.
—A la Victoria que persigue espías —brindó—. Y a la que persigue justicia. Ambas merecen ser conocidas.
Brindamos. Y mientras el vino tinto bajaba por mi garganta, sentí que algo dentro de mí se resquebrajaba un poco más.
La cena transcurrió entre risas y anécdotas.
Alexander había organizado un banquete digno de reyes: langosta, caviar, vinos que costaban más que mi primer coche.
Y Gabriel estaba en su elemento, encantando a mi familia con historias de tribunales y gestas legales que hacían que nuestra profesión sonara casi heroica.
Pero yo no podía concentrarme.
Mi mirada vagaba constantemente hacia la otra mesa, donde Ethan estaba sentado con Rebecca y sus hijos. Parecían la familia perfecta, sonrientes y unidas, y cada vez que Ethan reía de algo que decía su hijo, sentía un pinchazo en el pecho que no quería reconocer como celos.
No podía ser celos. No después de seis años. No después de todo lo que había hecho.
—¿Estás bien? —murmuró Gabriel, inclinándose hacia mí.
Su aliento rozó mi oreja, y sentí un escalofrío que nada tenía que ver con el frío.
—Perfectamente —mentí.
—Mientes fatal —respondió, y su mano encontró la mía bajo la mesa, dándole un apretón breve que me dejó sin aliento—. Pero te dejaré fingir un poco más.
Terminé mi copa de vino de un trago. Necesitaba aire. Necesitaba espacio. Necesitaba salir de ese comedor antes de que las paredes se cerraran sobre mí.
—Voy al baño —dije, levantándome.
—¿Quieres compañía? —preguntó Gabriel.
—No necesito niñera.
Salí con la cabeza alta, atravesando el comedor con la seguridad que había aprendido a proyectar en los tribunales. Pero en cuanto crucé la puerta y el aire fresco del exterior me golpeó el rostro, sentí que las piernas me temblaban.