Dos semanas para enamorarte Capítulo 8
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Capítulo 8

Gabriel

—Primera cita —dijo, cambiando de tema—. ¿Dónde?

—El restaurante italiano de la Tercera Avenida. Ese al que siempre vas después de los juicios que ganas.

Me miró sorprendida.

—¿Cómo sabes que voy ahí?

—Te he seguido —admití sin rubor—. Después de nuestro primer juicio juntos. Quería saber dónde celebraba la victoria la gran Victoria Sinclair.

—Eso es... es...

—¿Acoso? —sugerí—. ¿Obsesión? ¿Interés legítimo en mi rival más formidable?

—Es espeluznante —dijo, pero no parecía realmente enfadada. Curiosa, quizás. O halagada.

—Tú elegiste el restaurante —continué—. Yo te seguí. Te vi sentarte en la barra, pedir un vino caro, sonreír para tus adentros. Y entonces me acerqué.

—¿Y qué dijiste?

—Dije: «Deberías compartir esa botella con quien te la ha hecho ganar».

Victoria se rio. Fue breve, casi involuntaria, pero fue una risa. La primera que le arrancaba desde que habíamos subido a ese barco maldito.

—Eso suena horrible —dijo.

—Funcionó —me encogí de hombros—. Te reíste. Me invitaste a sentarme. Y empezamos a hablar. De trabajo al principio, luego de otras cosas. Descubrimos que ambos éramos viudos emocionales. Que ambos habíamos construido muros impenetrables. Que ambos...

—Basta —interrumpió, y su voz había perdido la dureza—. Eso es demasiado... demasiado real.

—¿Demasiado real para qué?

—Para una mentira —susurró, y por un momento vi vulnerabilidad en sus ojos. Veo miedo.

Pero luego parpadeó, y volvió a ser la fiscal. La mujer de hielo. La inexpugnable Victoria Sinclair.

—Restaurante favorito —dijo, volviendo a la libreta—. ¿El italiano?

—El italiano —confirmé—. Película favorita: «La propuesta». Porque le gusta la comedia romántica aunque niegue verla. Porque la protagonista le recuerda a ella misma. Porque...

—¿Cómo sabes eso? —interrumpió, mirándome fijamente.

—Charlotte me lo dijo —admití—. Tu mejor amiga habla mucho cuando bebe gin-tonics.

—Voy a matarla.

—No antes de que terminemos esta lista —sonreí—. Mascotas inexistentes: un perro Golden retriever llamado Abogado. Porque tienes sentido del humor aunque no lo demuestres.

—Eso es ridículo.

—Eso es perfecto.

Durante dos horas construimos una historia completa.

Anécdotas inventadas, momentos compartidos que nunca existieron, recuerdos falsos que empezaban a sentirse extrañamente reales.

Hablamos de nuestra primera discusión como pareja (sobre política, por supuesto), de cómo me reconcilié con ella (flores blancas, su debilidad), de nuestros planes para el futuro (un viaje a París, ella siempre quiso ir).

Cuando terminamos, parecíamos conocernos mejor que muchas parejas reales.

Y eso empezó a resultar inquietante.

Porque mientras ella hablaba, mientras discutíamos detalles y fechas y nombres, me descubrí queriendo que fuera verdad.

Queriendo haber estado allí, en ese restaurante italiano.

Queriendo haberle regalado esas flores blancas.

Queriendo haberla besado por primera vez en algún apartamento de Manhattan, no en la cubierta de un crucero lleno de familiares.

Y eso era peligroso. Muy peligroso.

Porque yo había perdido a mi esposa hacía seis años.

Seis años de soledad, de duelo, de convencerme de que no volvería a amar.

Y ahora, sentado en aquella cama con la mujer que había sido mi enemiga durante años, sentía algo que no sentía desde antes del cáncer.

Algo que me aterraba y me excitaba por igual.

—Hay una cosa más —dije, rompiendo el silencio que se había instalado entre nosotros.

Victoria levantó la vista. Sus ojos verdes me estudiaron con recelo.

—¿Qué?

Señalé su mano. La que sostenía el bolígrafo. La que había estado a punto de tocarme hacía unos minutos, antes de que el beso lo interrumpiera todo.

—Las parejas se tocan —dije—. Se toman de la mano. Se acarician. Se...

—Ya sé lo que hacen las parejas —interrumpió, pero su voz sonó aguda, nerviosa.

Sonreí lentamente. Esa sonrisa que sabía que la ponía nerviosa.

—¿Estás sugiriendo contacto físico? —pregunté, acercándome un poco más.

Victoria tragó saliva. Lo vi. El movimiento de su garganta, el latido acelerado en su cuello, el modo en que sus dedos se cerraron con fuerza sobre la libreta.

—Estoy diciendo que tendremos que practicar —respondió, y su voz salió más ronca de lo que pretendía—. Si mi familia nos ve, tiene que parecer natural. Tiene que parecer... real.

—Este día mejora por momentos —dije, y no estaba fingiendo.

Victoria suspiró. Ese suspiro exagerado que significaba que estaba perdiendo la paciencia, pero que, curiosamente, también significaba que estaba cediendo.

—Eres imposible —dijo.

—Y tú, preciosa cuando te enfadas —respondí, y lo dije en serio.

Por primera vez en mucho tiempo, Victoria se quedó sin respuesta. Solo me miró, con esos ojos verdes que eran como un océano en el que estaba dispuesto a ahogarme, y no dijo nada.

Y en ese silencio, en ese momento suspendido entre la ficción y la realidad, casi me atreví a decirle la verdad.

Casi me atreví a confesarle que no estaba fingiendo.

Que llevaba años sintiendo algo por ella que no sabía nombrar.

Que cada juicio, cada discusión, cada enfrentamiento en los tribunales había sido mi forma de estar cerca de ella, de sentirla viva, de convencerme de que todavía existía algo en el mundo que mereciera la pena.

Pero no lo hice.

Porque ella no estaba preparada para oírlo. Porque yo tampoco estaba preparado para decirlo. Y porque, en el fondo, tenía miedo. Miedo de que ella no sintiera lo mismo. Miedo de que mi confesión destruyera el delicado equilibrio que estábamos construyendo.

Así que guardé silencio. Y ella también.

—No voy a dormir contigo —dijo Victoria de repente, rompiendo la magia del momento.

Miró hacia la cama King size, luego hacia el sofá que había en un rincón del camarote. Un sofá de cuero crema que parecía cómodo para leer, pero terrible para dormir.

—El sofá se ve comodísimo —dijo, señalándolo—. Espero que te acostumbres.

Miré el sofá. Luego la miré a ella.

—La cama es grande —respondí, levantándome y acercándome a ella con paso deliberado—. Para los dos. Y te prometo que no te enterarás de que estoy ahí.

—Imposible —siseó, retrocediendo hasta que sus piernas chocaron contra el borde de la cama—. Eres... eres...

—¿Soy qué, Victoria?

—Eres demasiado —dijo, y su voz salió casi como un suspiro—. Demasiado grande. Demasiado presente. Demasiado todo.

Sonreí. No podía evitarlo. Me encantaba verla así, desmoronada, fuera de control, vulnerable.

—Soy exactamente lo que necesitas —dije, y mi voz salió más grave de lo que pretendía—. Lo que necesitas desde hace seis años. Alguien que no se deje intimidar por ti. Alguien que te desafíe. Alguien que...

—Que me besuquee en público —interrumpió, pero no sonaba enfadada. Sonaba... derrotada.

—Que te haga sentir viva —corregí.

El silencio que siguió fue denso, cargado de electricidad. Victoria me miró, y en sus ojos vi mil emociones luchando por salir a la superficie. Miedo. Deseo. Rabia. Curiosidad. Y algo más. Algo que parecía esperanza.

—No voy a dormir contigo —repitió, pero su voz carecía de convicción.

—Veremos —dije, encogiéndome de hombros con una calma que no sentía.

Victoria resopló. Ese resoplido exasperado que ya empezaba a conocer. Luego se giró, abrió su maleta, y empezó a sacar ropa para la cena de gala.

Yo la observé. Observé cómo se movía con esa eficiencia que la caracterizaba, cómo doblaba cada prenda con precisión milimétrica, cómo intentaba ignorar mi presencia a pesar de que sabía que no podía.

Y sonreí.

Porque estaba allí. En un camarote de crucero, con la mujer que había sido mi enemiga durante años, fingiendo ser su novio, construyendo una historia falsa que empezaba a sentirse más real que cualquier otra cosa en mi vida.

Y por primera vez desde que Claire murió, sentí que estaba exactamente donde debía estar.

Más tarde, cuando Victoria se encerró en el baño para ducharse antes de la cena, me quedé solo en el camarote. Caminé hasta la ventana, miré el océano oscuro que se extendía hasta el horizonte, y dejé que mis pensamientos vagaran libres.

Había sido un tonto al aceptar esto. Connor tenía razón. Esto solo podía terminar mal. O bien, dependía de cómo se mirara.

Porque el problema no era fingir ser su novio. El problema era que no estaba fingiendo.

Llevaba años enamorado de Victoria Sinclair. Desde antes de que Claire muriera, quizás. Desde aquel primer juicio en el que la había visto destruir a un testigo con la precisión de un cirujano, hermosa y terrible como una diosa de la guerra.

Ella me había fascinado desde el principio. Su inteligencia. Su fuerza. Su vulnerabilidad oculta que solo yo parecía ver. Y ahora, aquí, en este camarote, tenía la oportunidad de estar cerca de ella. De conocerla de verdad. De quizás, solo quizás, lograr que me viera como algo más que un rival.

Pero había riesgos. Grandes riesgos.

Victoria estaba herida. Profundamente herida.

El idiota de Ethan le había roto el corazón de una manera que ella no había superado, a pesar de los seis años transcurridos.

Y ahora estaba aquí, en este crucero, fingiendo una felicidad que no sentía para demostrarle a su ex que había seguido adelante.

Era un plan condenado al fracaso. Porque no se puede fingir la felicidad indefinidamente.

Tarde o temprano, la máscara cae. Y cuando eso ocurriera, cuando Victoria se diera cuenta de que su actuación no la protegía del dolor, estaría ahí yo.

Para recoger los pedazos. Para demostrarle que el amor no tenía por qué ser una debilidad. Que podía ser una fortaleza.

Escuché el agua de la ducha detenerse. Imaginé a Victoria detrás de esa puerta, desnuda, vulnerable, intentando reconstruir las murallas que yo había logrado resquebrajar.

Y sentí algo que no había sentido en años.

Esperanza.

Esperanza de que quizás, entre toda esta mentira, pudiera surgir algo real.

Esperanza de que Victoria Sinclair, la mujer de hielo, la fiscal más temida de Manhattan, pudiera derretirse para mí.

Esperanza de que, después de seis años de soledad, de duelo, de convencerme de que no volvería a amar, pudiera encontrar en ella lo que había perdido con Claire.

No una sustituta. No una segunda opción.

Sino un nuevo comienzo.

Escuché la puerta del baño abrirse. Victoria salió envuelta en una bata de seda, el cabello mojado cayendo sobre sus hombros, la piel sonrojada por el agua caliente.

Me miró. Y por un segundo, un segundo fugaz, vi algo en sus ojos que me dio alas.

—¿Qué miras? —preguntó, a la defensiva como siempre.

—El futuro —respondí, y no estaba mintiendo.

Ella frunció el ceño, confundida. Luego negó con la cabeza y se dirigió a la maleta en busca de su vestido de gala.

Yo la observé. Observé cómo se transformaba de nuevo en la fiscal, en la mujer impenetrable, en la reina del hielo.

Y sonreí.

Porque ya no me engañaba. Porque sabía que debajo de esa armadura había una mujer que quería ser amada. Que merecía ser amada. Y porque estaba dispuesto a demostrárselo, aunque me costara cada centímetro de terreno ganado.

—Nos vemos en la cena —dijo Victoria, desapareciendo detrás del biombo para vestirse.

—Nos vemos —respondí, aunque mi mente ya estaba en la noche que vendría.

En la cena de gala. En el baile. En la forma en que la tomaría en mis brazos y fingiría que era solo parte del espectáculo, cuando en realidad sería el momento más verdadero de mi vida.

Porque Victoria Sinclair podía pensar que esto era un juego. Una farsa. Una mentira temporal.

Pero yo sabía la verdad.

Esto era el principio de todo.

Y no pensaba dejarla escapar.