Dos semanas para enamorarte Capítulo 7
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Capítulo 7

Gabriel

El pasillo del crucero era un túnel de espejos y luces tenues que olía a sal marina y a perfume caro.

Caminaba detrás de Victoria, observando cómo su cabello castaño oscuro se balanceaba con cada paso furioso que daba, cómo sus hombros se tensaban bajo aquel vestido de seda que parecía haber sido diseñado específicamente para volverme loco.

Llevaba veinte minutos intentando no mirarle el trasero. Veinte minutos de tortura pura mientras ella murmuraba improperios entre dientes que habrían sonrojado a un marinero.

—Esto es un error —dijo por enésima vez, deteniéndose frente a una puerta con el número ochocientos cuarenta y siete grabado en latón—. Un error monumental. Catastrófico. De proporciones bíblicas.

—Tranquila, fiscal —respondí, apoyándome contra la pared del pasillo con la calma que sabía que la sacaba de quicio—. Es solo un camarote. No la celda de la muerte.

Me miró con desdén por encima del hombro con esos ojos verdes que podían helar el infierno.

—Para ti es fácil decirlo. Tú no tienes que...

—No tengo que qué —la interrumpí, acercándome hasta que pude oler su perfume. Algo cítrico y amaderado que se había convertido en mi obsesión desde aquella tarde en el aparcamiento del juzgado—. ¿Tienes miedo de compartir espacio conmigo, Sinclair?

—No tengo miedo de nada —siseó, introduciendo la tarjeta magnética en la ranura—. Pero esto no estaba en el acuerdo.

La puerta se abrió con un pitido electrónico. Victoria entró primero, y yo la seguí, cerrando la puerta tras nosotros con un chasquido que resonó demasiado fuerte en el silencio del camarote.

El espacio era... íntimo. Esa era la palabra que usaría un caballero.

Un mentiroso. Porque la realidad era que el camarote era pequeño, lujoso y dominado por una cama King size que ocupaba la mayor parte del espacio.

Una cama con sábanas blancas, almohadas de plumas y un edredón que parecía invitar al pecado.

Victoria se quedó inmóvil en el centro de la habitación, mirando aquella cama como si fuera un animal salvaje a punto de atacarla.

—No —dijo simplemente.

—¿No qué? —pregunté, dejando mi maleta junto a la cómoda de caoba.

—No voy a dormir contigo. No voy a compartir cama. No voy a...

Se interrumpió cuando la puerta se abrió de golpe. Eleanor Sinclair entró con su elegancia habitual, seguida de Olivia, que llevaba a Emma de la mano.

—Cariño —dijo Eleanor, mirando alrededor del camarote con una sonrisa satisfecha—. Qué habitación más bonita. Alexander realmente no ha escatimado en gastos.

—Mamá —Victoria se giró hacia su madre con una expresión que intentaba ser calmada, pero fallaba estrepitosamente—. Hay un problema.

—¿Qué problema, querida?

—Hay una sola cama.

Eleanor arqueó una ceja plateada.

—Sí, ya veo. Una cama muy grande, por cierto. Hija, con la edad que tenéis, imagino que todos asumimos que compartís... habitación.

—Mamá, por favor —Victoria se sonrojó y aquel rubor me fascinó. La fiscal de hielo, la mujer que había visto destrozar testigos sin pestañear, estaba colorada como una colegiala—. Quería dos camarotes. Separados.

Olivia se rio. Esa risa cristalina que tanto había oído mencionar.

—Vicky, tienes treinta y dos años. No eres una adolescente. Y Gabriel es tu... —Hizo una pausa— novio. Por supuesto que la familia asume que compartís cama. Y no precisamente para dormir, si me permitís la expresión.

—¡Olivia! —exclamó Victoria.

—Es la verdad —intervino Emma, la niña de siete años, con una inocencia que solo los niños pueden permitirse—. Mamá dice que los novios se besan mucho y que a veces hacen ruidos raros por la noche.

—Emma —siseó Olivia, aunque sus ojos brillaban de diversión—. Eso es información confidencial.

Victoria se llevó las manos a la cara. Yo, por mi parte, disfrutaba de cada segundo. Había algo absolutamente delicioso en verla perder el control, en ver aquella máquina perfecta de litigios desmoronarse ante la perspectiva de compartir almohada conmigo.

—Mamá —dijo Victoria, bajando las manos y mirando a Eleanor con una mezcla de súplica y determinación—. No puedo dormir con él. No estando toda la familia cerca. Es inapropiado.

—¿Inapropiado? —Eleanor frunció el ceño—.

Cariño, llevas seis años sin presentarnos a nadie.

Seis años viéndote sola, amargada, cerrada al amor.

Y ahora apareces con este hombre maravilloso que te mira como si fueras la octava maravilla del mundo, y te preocupa lo que pueda pensar la familia por compartir habitación.

—Pero...

—No hay peros —Eleanor se acercó a su hija y le tomó las manos—. Te quiero, Victoria. Y quiero verte feliz. Si ese hombre te hace feliz, entonces no me importa si compartís cama, sofá o el suelo del pasillo. Solo quiero que dejes de tener miedo.

Victoria abrió la boca para protestar, pero Eleanor ya se había girado hacia mí.

—Gabriel, cariño —dijo, y en su voz había una advertencia maternal disfrazada de dulzura—. Cuídala. Es más frágil de lo que parece.

—Mamá, no soy frágil —murmuró Victoria.

—Por supuesto que la cuidaré —respondí, y en mi voz no había ni rastro de fingimiento—. Es lo más importante que he hecho nunca.

Eleanor me estudió durante varios minutos, luego asintió satisfecha.

—Bien. Nos vemos en la cena. Vestido de gala, ¿recordáis? Alexander quiere hacerlo todo con pompa y circunstancia.

Salieron. Olivia guiñándome un ojo, Emma saludando con la manita, Eleanor con esa sonrisa de mujer que sabe más de lo que dice.

La puerta se cerró.

El silencio que siguió fue denso, cargado de electricidad y de algo más que no me atrevía a nombrar.

Victoria se giró hacia mí. Sus ojos verdes ardían de furia.

—¿Es lo más importante que has hecho nunca? —siseó—. ¿De verdad tenías que ponerle tanto dramatismo?

Me encogí de hombros y me acerqué a ella con paso lento y deliberado.

—Tu madre quería sinceridad. Yo le he dado sinceridad.

—Eso no era sinceridad. Era... era...

—¿Era qué, Victoria?

Estaba cerca. Demasiado cerca. Podía ver la forma de sus pestañas, el pequeño lunar cerca de su labio inferior, la forma en que su respiración se aceleraba cuando me tenía a escasos centímetros.

—Era innecesario —dijo, pero su voz había perdido fuerza.

Levanté la mano. La deslicé por su mejilla, sintiendo la suavidad de su piel, el calor que emanaba de ella. Victoria se quedó inmóvil, paralizada, como un ciervo ante los faros.

—¿Innecesario? —murmuré, inclinándome hasta que nuestros labios casi se rozaban—. ¿Como esto?

La besé.

No fue como el beso de antes, el beso teatral frente a su familia. Este fue diferente. Este fue lento, deliberado, una exploración de su boca que me dejó sin aliento. Sabía a champán y a algo amargo, como café o rabia contenida.

Cuando me aparté, sus ojos estaban vidriosos, confusos. Durante un segundo, una fracción de segundo, vi algo más que furia en su mirada. Vi deseo. Vi curiosidad. Vi a la mujer que llevaba seis años escondiéndose detrás de armaduras de hielo.

Luego parpadeó. Y volvió.

—Te lo advertí —dijo, retrocediendo hasta que su espalda chocó contra la pared—. Te dije que nada de besos. Y me has besado. Dos veces.

—Es lo que hacen las parejas —respondí, intentando que mi voz sonara calmada aunque mi corazón martilleaba contra mis costillas—. Nos besamos. Nos tocamos. Nos...

—¡Nosotros no somos una pareja! —exclamó, señalándome con un dedo tembloroso—. Somos... somos colegas. Rivales. Enemigos.

—Enemigos que se besan —corregí, sonriendo—. Eso es nuevo.

—Esto no es gracioso, Gabriel. Esto es... es...

—¿Es qué?

—Es un desastre —suspiró, pasándose las manos por el rostro—. Un desastre total.

Se apartó de la pared y caminó hasta su maleta. La abrió con brusquedad, rebuscando entre la ropa perfectamente doblada. Por un momento pensé que iba a sacar alguna arma, algún objeto contundente con el que golpearme.

En cambio, sacó una libreta.

Una libreta pequeña, de cuero negro, con un bolígrafo plateado sujeto por un elástico.

La colocó sobre la cama. La abrió. Y empezó a escribir.

Observé aquello con una mezcla de fascinación y horror.

—¿Qué es eso? —pregunté.

—Las normas —respondió sin mirarme.

—¿Has hecho una lista?

—Por supuesto.

—Dios mío.

Victoria ignoró mi comentario, concentrada en su escritura. Su letra era precisa, angular, igual que ella. Cada palabra parecía medida, calculada, dispuesta a dejar espacio para la interpretación.

—Primero —dijo, levantando la vista—: necesitamos una historia creíble.

Me acerqué a la cama. Me senté en el borde, demasiado cerca de ella, disfrutando de cómo se tensaba ante mi proximidad.

—De acuerdo —dije—. ¿Dónde nos conocimos?

—En un juicio.

—Demasiado obvio.

—Nosotros somos demasiado obvios.

—No somos nada —corregí, y mi voz salió más suave de lo que pretendía.

Victoria me miró. Por un segundo, algo cruzó su rostro. Algo que parecía dolor.

—Claro —dijo, volviendo a la libreta—. No somos nada.

—¿Cuánto llevamos juntos? —preguntó, tocando el papel con la punta del bolígrafo.

—Tres meses —respondí.

—¿Por qué tres?

—Porque seis parecería mentira. Somos demasiado... intensos para llevar solo seis meses sin que tu familia lo supiera. Pero tres... tres es el tiempo perfecto. Lo suficiente para ser serios, no lo suficiente para haber tenido que presentarme en Navidad.

Victoria me miró con una expresión que no supe interpretar.

—¿Y tres no parece mentira?

—Tres permite justificar que todavía no conozca a toda tu familia —expliqué, inclinándome hacia ella—. Tres meses significa que estamos en esa fase de enamoramiento intenso, de no poder separarnos, de querer estar juntos cada segundo.

—Eso suena agotador.

—Eso suena a nosotros en los tribunales —sonreí—. Siempre encima del otro, siempre discutiendo, siempre...

—Siempre enfadados —terminó ella.

—Siempre vivos —corregí.

Victoria tuvo que admitir que aquello tenía sentido. Lo vi en sus ojos, en la forma en que asintió casi imperceptiblemente antes de volver a escribir.

Lo cual fue irritante. Para ella, claro. Para mí, fue una victoria.