Dos semanas para enamorarte Capítulo 6
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Capítulo 6

Victoria

Las mujeres de mi familia suspiraron al unísono. Incluso Emma y Sophie, las gemelas de siete años que hasta ese momento habían estado jugando con sus muñecas, nos miraban con ojos brillantes.

—Y un día —continuó Gabriel, bajando la voz para crear suspense—, después de un juicio particularmente intenso, nos encontramos en el aparcamiento.

Estábamos agotados, enfadados, dispuestos a matarnos el uno al otro.

Y de repente, sin saber cómo, estábamos discutiendo sobre nuestra vida personal.

Sobre lo solos que estábamos. Sobre lo difícil que era encontrar a alguien que entendiera nuestra dedicación al trabajo.

—¿Y? —preguntó mi madre, completamente absorta.

—Y me di cuenta de que ella ya me entendía. Que llevaba años entendiéndome, aunque no quisiéramos admitirlo. Así que le propuse cenar. Para discutir el caso, dije. Para resolver nuestras diferencias.

—¿Y ella aceptó? —preguntó Olivia.

—Después de insultarme durante quince minutos —confirmó Gabriel, sonriendo—. Pero aceptó. Y esa cena se convirtió en otra, y esa en otra, y un día me di cuenta de que no podía imaginar mi vida sin ella.

Mentira. Todo era mentira. Pero qué mentira tan perfecta. Qué historia tan romántica, tan convincente, tan... nosotros.

Mi madre tenía lágrimas en los ojos, Olivia me abrazó e Isabelle declaró que era la historia más bonita que había escuchado nunca.

Y yo estaba furiosa. Furiosa porque funcionaba. Furiosa porque mi familia creía cada palabra. Furiosa porque durante un segundo una parte estúpida y traicionera de mí también quería creerla.

—Es un error —pensé, mirando a Gabriel mientras aceptaba las felicitaciones de mi familia—. No debería estar aquí. No debería haber aceptado esto. Esto solo puede terminar mal.

Pero ya era demasiado tarde.

Fue Nathan quien lo dijo.

Estábamos allí, en medio de la felicidad forzada, cuando su expresión cambió. Miró hacia la pasarela de embarque y su sonrisa se tensó, casi incómoda.

—Vicky —dijo, acercándose a mí y bajando la voz—. Ethan acaba de llegar.

El mundo se detuvo. Literalmente. Sentí cómo el tiempo se ralentizaba, cómo los sonidos se volvían distantes, cómo el champán se volvía ácido en mi estómago.

Durante un segundo, una fracción de segundo, consideré la posibilidad de correr. De subir a un bote salvavidas, de nadar hasta la orilla, de desaparecer.

Pero no lo hice. Porque yo era Victoria Sinclair. Y Victoria Sinclair no huía.

Me giré lentamente. Y allí estaba Ethan.

Seis años. Seis años desde la última vez que le había visto en persona, aunque su imagen me había perseguido en pesadillas y en momentos de debilidad. Y ahora, al mirarlo, vi que el tiempo le había tratado bien. Demasiado bien.

Llevaba el pelo más corto, más canoso en las sienes.

Su traje era impecable, de un azul marino que realzaba sus ojos.

Parecía más maduro, más seguro, más... feliz.

A su lado estaba Rebecca, elegante y rubia, con una sonrisa tranquila que me hizo sentir enferma.

Y delante de ellos, caminando con la energía de la infancia, estaban sus hijos.

Noah, de cinco años, con el mismo cabello castaño de su padre.

Lily, de cuatro años, con los ojos azules de su madre.

Una familia perfecta. La familia que él me había prometido a mí. La vida que había construido con otra, sobre los cimientos de mi corazón destrozado.

Y entonces ocurrió.

Los recuerdos llegaron como una oleada. No la noche del desastre, no la traición, no el dolor. Sino los buenos momentos. Los momentos que había enterrado tan profundamente que creía haberlos olvidado.

Ethan en la playa de Cape Cod, riendo mientras intentaba enseñarme a surfear. Ethan en mi apartamento, preparando el desayuno los domingos con la camisa desabrochada. Ethan susurrándome al oído que me amaba, que era el amor de su vida, que nunca me dejaría.

«Eres mi todo, Vicky. Mi presente, mi pasado, mi futuro. Te quiero tanto que me asusta».

Sus palabras. Sus promesas. Sus mentiras.

Sentí que flaqueaba. Que las rodillas me temblaban. Que el pasado me absorbía, me arrastraba, me convertía de nuevo en esa mujer de veintiséis años que creía en el amor eterno.

Y entonces sentí una mano en mi cintura. Una mano firme, cálida y real.

Me estremecí. Giré la cabeza hacia la derecha y allí estaba Gabriel.

Su brazo me rodeaba con una posesividad protectora que no habíamos acordado, pero que en ese momento necesitaba como el aire.

Sonreía, pero sus ojos no me miraban a mí.

Estaban fijos en Ethan, y en esa sonrisa había algo que no supe identificar. Determinación, quizás. O advertencia.

Se inclinó hacia mí. Su aliento rozó mi oreja, y su voz, profunda y segura, me atravesó como un ancla en medio de la tormenta.

—Te tengo, preciosa —susurró—. Y no te voy a dejar caer.

Tragué saliva. Sentí cómo el pánico retrocedía, cómo el pasado perdía fuerza, cómo volvía a ser yo. Victoria Sinclair. La fiscal de hielo. La mujer que no se dejaba vencer.

Gabriel se apartó un poco, lo suficiente como para mirarme a los ojos. Su mano subió hasta mi mejilla, acariciándola con una ternura que me desarmó.

—La fiscal de hielo también tiene corazón, ¿eh? —dijo, y su sonrisa era suave, casi cariñosa.

Le di un manotazo en el pecho. No fue fuerte, pero lo suficiente como para que se apartara con una risa sorprendida.

—No me llames así —dije, y mi voz sonó más firme de lo que me sentía—. No soy de hielo. Soy... cautelosa.

—Así me gusta —respondió, y su expresión se volvió seria—. No te dejes achantar por nadie, Sinclair. Sigue siendo tú. La dura, la implacable, la mujer que conozco de los tribunales. Esa mujer no teme a nadie.

Asentí, respiré hondo, y cuando volví a mirar hacia donde estaba Ethan, lo vi de otra manera. No como el amor perdido. No como la traición que me había definido. Sino como un hombre. Un hombre que había hecho una elección y que ahora tenía que vivir con ella.

Mientras yo tenía a Gabriel Knight a mi lado, fingiendo ser mi novio, protegiéndome de fantasmas que él ni siquiera conocía.

Nathan fue el primero en saludar a Ethan. Lo hizo con la cordialidad forzada de quien es familia, pero no amigo, y debe mantener las apariencias, aunque por dentro esté incómodo.

—Ethan —dijo, estrechándole la mano—. Bienvenido. ¿Cómo va todo?

—Bien, Nathan. Muy bien. Gracias por preguntar.

La voz de Ethan me golpeó como un puñetazo en el estómago. La reconocería en cualquier parte. Esa cadencia, ese tono, esa forma de hacer que cada palabra sonara a promesa.

Fue entonces cuando mi madre, bendita ignorancia o maldita coincidencia, decidió unirse a la conversación.

—Ethan, cariño —dijo, acercándose con su sonrisa social—. Qué alegría verte. Han pasado años.

—Señora Sinclair —respondió Ethan, besándole la mano—. Está usted radiante.

—Gracias, querido. Y déjame presentarte a... —Mi madre se giró hacia nosotros, hacia Gabriel y hacia mí, y su sonrisa se volvió triunfal—. A Gabriel. El novio de Victoria.

El silencio que siguió fue denso, casi podía tocarse. Vi cómo el ceño de Ethan se frunció, cómo sus ojos pasaron de mi madre a mí y luego a Gabriel. Cómo se tensaba su mandíbula, casi imperceptiblemente.

—¿Novio? —Repitió, y en esa sola palabra hubo más emociones de las que quería identificar.

—Así es —dijo Gabriel, y su voz sonó profunda, segura, absolutamente imperturbable.

Se acercó a Ethan con una confianza que me dejó sin aliento. Extendió la mano y, cuando Ethan la tomó, vi cómo los nudillos de Gabriel se blanqueaban. No era un apretón de manos amistoso. Era una declaración de guerra disfrazada de cortesía.

—Ya tenía ganas de conocerte —dijo Gabriel, y su sonrisa no llegó a sus ojos.

—Ah, ¿sí? —Ethan recuperó la compostura, aunque su voz sonó más aguda de lo normal—. ¿Por qué?

Gabriel hizo una pausa. Una pausa teatral, perfecta, absolutamente devastadora. Luego sonrió, y esa sonrisa era pura arrogancia, pura posesión, pura victoria.

—Porque al dejar libre a esta preciosa mujer —dijo, girándose hacia mí y cogiendo mi mano—, ahora soy yo quien la tiene. Y no pienso dejarla escapar. Un diamante como ella solo se encuentra una vez en la vida, ¿verdad? Y como suele decirse... un diamante es para siempre.

Tenía los ojos muy abiertos. Podía sentirlo. Podía sentir cómo mi corazón martilleaba contra mis costillas, cómo el aire se había vuelto irrespirable, cómo todo el mundo nos miraba.

Gabriel me miró. Y en sus ojos había algo que no supe interpretar. Desafío, quizás. O promesa. O simple locura.

—Y ya se sabe —continuó, volviéndose hacia mi madre y hacia el resto de la familia reunida— que, de una boda, sale otra boda.

Me guiñó un ojo. Y entonces, antes de que pudiera reaccionar, antes de que pudiera detenerlo, antes de que siquiera pudiera procesar lo que estaba pasando, se inclinó y me besó.

No en la mejilla, no, ni en la mano. Me besó en los labios.

Fue rápido. Un instante, un segundo, un latido. Pero fue suficiente para que sintiera su sabor, whisky y algo dulce, su calor y la firmeza de sus labios contra los míos.

Cuando se apartó, estaba aturdida. Paralizada. Furiosa y confundida, y otra cosa que no quería nombrar.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó mi madre, llevándose las manos al pecho—. ¡Es tan romántico!

—Ojalá sea Victoria la próxima en casarse —dijo Olivia, con la voz emocionada—. Y con un hombre como él, que se ve que la quiere de verdad.

Gabriel sonrió a mi familia, aceptando sus felicitaciones y sus comentarios sobre lo guapo que era, lo bien que parecíamos juntos y lo pronto que deberíamos casarnos nosotros también.

Y yo solo podía mirarlo. Pensando en que, cuando tuviera oportunidad, iba a sacarle los ojos al jodido abogado.

Aunque, si era honesta conmigo misma, una parte estúpida y traicionera de mí no dejaba de repetir el sabor de su boca.

Y eso me aterraba más que cualquier otra cosa.