Dos semanas para enamorarte Capítulo 5
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Capítulo 5

Victoria

El crucero era obsceno. Esa fue la única palabra que se me ocurrió cuando vi la embarcación por primera vez.

Un monstruo blanco de cinco cubiertas que brillaba bajo el sol de julio como un insulto a la modestia.

Alexander, el prometido de Isabelle, no había escatimado en gastos.

Y yo, que había pasado los últimos seis años convenciéndome de que no necesitaba lujos ni romanticismos baratos, me sentí de repente abrumada por la magnitud de aquel espectáculo.

Gabriel caminaba a mi lado con una naturalidad que me resultaba irritante. Su mano descansaba en la parte baja de mi espalda, demasiado baja, a decir verdad, con una familiaridad que no habíamos acordado, pero que no me atrevía a rechazar delante de mi familia.

—Respira, Sinclair —murmuró cuando estábamos a punto de subir la pasarela—. Parece que vas al cadalso.

—Prefiero el cadalso —susurré entre dientes—. Al menos allí sé cómo termina.

Él rio. Esa risa profunda y calmada que me ponía de los nervios.

Y entonces nos vieron.

Olivia fue la primera. Estaba en la cubierta principal, vestida de blanco y con una pamela que hacía juego con el pelo pelirrojo de su hija Emma. Sus ojos se abrieron como platos cuando me vieron llegar acompañada. Luego sonrió. Esa sonrisa de hermana mayor que conocía demasiado bien.

—¡Vicky! —exclamó, abrazándome con fuerza—. No me digas que...

—Olivia, te presento a Gabriel Knight —dije, interrumpiéndola antes de que pudiera hacer preguntas incómodas—. Mi… acompañante.

—Novio —corrigió Gabriel, extendiendo la mano con esa sonrisa peligrosa suya—. Encantado de conocerla. He oído hablar mucho de usted.

Olivia miró mi mano entrelazada con la suya, luego miró a Gabriel, después volvió a mirarme. Su expresión era un poema de sorpresa, curiosidad y sospecha.

—El abogado —dijo, reconociéndolo inmediatamente—. El que siempre...

—El que siempre pierde contra ella en los tribunales —terminó Gabriel, encogiéndose de hombros con humildad teatral—. Pero, como suele decirse, de las batallas más feroces suelen surgir las mejores historias de amor.

Quise estrangularlo. Allí mismo, en la cubierta del crucero, ante la familia Hart y medio Manhattan social. Pero mantuve la sonrisa congelada en el rostro mientras Olivia nos miraba alternativamente.

—No me lo puedo creer —dijo, y su voz tenía un toque de risa contenida—. Victoria Sinclair, la mujer que no ha presentado a un hombre en seis años, aparece junto a Gabriel Knight. El abogado más temido de...

—Después de ella —intervino Nathan, el marido de Olivia, acercándose con su habitual aire divertido—. Hola, Vicky. Y hola, Gabriel. Nos conocemos por aquel caso de hace dos años.

—Nathan —saludó Gabriel, estrechándole la mano con firmeza—. Es bueno ver el mar otra vez.

—Espera hasta que veas Santorini —dijo Nathan, y luego me miró con una mezcla de ternura y preocupación que me hizo querer desaparecer—. Me alegro de que hayas venido, Vicky. Y me alegro de que no estés sola.

Antes de que pudiera responder, antes de que pudiera decir que no necesitaba que se alegraran por mí, que no necesitaba compañía, que estaba perfectamente bien sola, apareció Isabelle.

Mi prima pequeña. La novia. La razón por la que estábamos todos allí, atrapados en ese barco flotante de pesadilla.

Llevaba un vestido amarillo que hacía juego con su sonrisa radiante, y a su lado iba Alexander Callahan, el magnate hotelero que la había conquistado con una determinación que solo podía calificarse de obsesiva romántica.

—¡Victoria! —gritó Isabelle, corriendo hacia mí con los brazos abiertos—. ¡Has venido!

—Por supuesto que he venido —dije, abrazándola—. No me perdería tu boda ni loca.

Isabelle se separó y me miró a los ojos con esa intensidad suya de hermana pequeña que siempre había tenido derecho a preocuparse por mí.

—Estás preciosa —dijo, y luego sus ojos se desviaron hacia Gabriel—. Y tú debes ser...

—Gabriel Knight —dijo él, tomando la mano de Isabelle y besándola con una galantería que parecía sacada de otra época—. El afortunado que ha logrado convencer a esta mujer de que merezco una oportunidad.

Isabelle se rio. Esa risa clara y cristalina que siempre había envidiado.

—Dios mío —dijo, mirándonos alternativamente—. El abogado con el que siempre discutes. La familia entera ha oído hablar de tus batallas en los tribunales. ¿Y ahora resulta que estáis...?

—Juntos —terminó Gabriel, y su voz sonó tan segura, tan convincente, que por un segundo casi me lo creí yo misma—. Resulta que detrás de todas esas discusiones legales, había algo más. Algo que ninguno de los dos quería admitir. Pero el corazón, ya se sabe, tiene sus propios argumentos.

Isabelle suspiró. Literalmente suspiró, como si estuviera viendo una película romántica.

—Es la cosa más romántica que he oído en mi vida —dijo, y luego se volvió hacia Alexander—. ¿Verdad que es romántico, cariño?

Alexander, que hasta ese momento había observado la escena con la sonrisa reservada de quien ha visto demasiados negocios turbios como para sorprenderse por nada, asintió.

—Muy romántico —dijo, y extendió la mano hacia Gabriel—. Alexander Callahan. Bienvenido a bordo. Espero que disfrutéis del viaje.

—Estoy seguro de que lo haré —respondió Gabriel, y su mano se cerró sobre la de Alexander con una firmeza que noté incluso desde mi posición.

Mi madre apareció cuando ya estábamos en cubierta, tomando champán de bienvenida y fingiendo que éramos una pareja normal. Llevaba un vestido de seda color lavanda que realzaba su elegancia natural, y sus ojos —ojos verdes idénticos a los míos— se iluminaron cuando me vio.

—Victoria —dijo, acercándose con los brazos abiertos—. Cariño.

—Mamá —la abracé, inhalando su perfume familiar, esa mezcla de lavanda y algo dulce que me transportaba a la infancia.

Y entonces vio a Gabriel.

Su expresión cambió. Pasó de la ternura materna a la sorpresa, luego a la curiosidad y, finalmente, a una alegría tan intensa que me hizo sentir culpable.

Porque yo sabía que esta alegría se basaba en una mentira.

En un acuerdo de conveniencia. En una actuación que Gabriel llevaba a cabo con una perfección que me resultaba sospechosa.

—Tú debes de ser... —Empezó mi madre.

—Gabriel Knight, señora Sinclair —dijo él, tomando la mano de mi madre y besándola con reverencia—. Es un honor conocerla. Victoria me ha hablado maravillas de usted.

—¿De verdad? —Mi madre me miró y su sonrisa se amplió—. Victoria nunca habla de nadie. Ni siquiera nos había dicho que estaba saliendo con alguien.

—Prefiero mantener mi vida privada lejos de los tribunales —intervine, intentando recuperar el control de la situación—. Ya sabéis cómo es el mundo legal. Los rumores vuelan.

—Pero ahora estamos aquí —dijo Gabriel, rodeándome la cintura con un brazo y atrayéndome hacia él con una naturalidad que me dejó sin aliento—. Y puedo presumir de tener a mi lado a la mujer más brillante, más hermosa y más temida de Manhattan.

Mi madre suspiró. Olivia suspiró. Isabelle suspiró. Incluso Nathan pareció emocionado.

Y yo quería matarlo.

Quería girarme, mirar a Gabriel a los ojos y decirle que se pasaba de la raya. Que esto no era lo que habíamos acordado. Que no necesitaba que inventara una historia de amor idílica, sino que solo necesitaba que apareciera, sonriera de vez en cuando y me dejara en paz.

Pero no podía. Porque allí estaban todos, mirándonos con esperanza, con alegría, con esa necesidad de verme feliz que había convertido en mi carga más pesada durante los últimos seis años.

—Es tan romántico —dijo mi madre, tomando mi mano entre las suyas—. Veros juntos. Parecéis hechos el uno para el otro.

—Mamá… —Intenté interrumpirla.

—No me interrumpas, cariño. Solo quiero decir que me hace feliz verte así. Con alguien que te mira como si fueras el centro de su universo.

Miré a Gabriel. Él me miraba. Y por un segundo, un segundo peligroso, casi creí que la expresión de sus ojos era real. Que realmente me veía de esa forma. Que realmente...

No. Era parte de la actuación. Tenía que serlo.

—Gabriel —dijo Olivia, acercándose con una copa de champán en la mano—. Cuéntanos cómo empezó esto. ¿Fue amor a primera vista? ¿Os odiasteis primero?

—Oh, nos odiamos —respondió Gabriel, y su voz adquirió un tono de nostalgia que me resultó insoportablemente convincente—.

Durante años, Victoria y yo fuimos enemigos acérrimos.

Cada juicio era una guerra. Cada argumento, una batalla.

Pero un día, después de perder un caso especialmente importante contra ella, me di cuenta de algo.

—¿De qué? —preguntó Isabelle, bebiendo cada palabra.

—Que la admiraba. Que la respetaba. Que no había nadie en el mundo con quien preferiría discutir. Y que, si me permitía ser honesto, no había nadie en el mundo por quien sintiera más atracción.