Capítulo 4
Gabriel
La noticia llegó de la forma más absurda posible. A través de Mia, mi secretaria. La mujer que prácticamente dirigía mi vida profesional con la eficiencia de un director de orquesta y la paciencia de una santa, aunque nunca admitiría esto último en voz alta.
—¿Conoce a la fiscal Sinclair fuera de los tribunales? —preguntó aquella mañana, dejando una pila de documentos sobre mi escritorio con ese aire de casualidad calculada que tanto me inquietaba.
Levanté la vista de la demanda que estaba revisando. Mia llevaba veinte años conmigo, lo cual significaba que conocía mis debilidades mejor que yo mismo, y que no hacía preguntas al azar.
—¿Por qué lo preguntas? —dije, adoptando el tono cauteloso que usaba cuando intuía que me estaban tendiendo una trampa emocional.
—Porque acaba de rechazar tres invitaciones para salir durante la misma semana —respondió Mia, organizando los documentos con movimientos precisos—. Tres hombres diferentes. Todos ellos, según mis fuentes, atractivos, exitosos y decentes.
—¿Y tú cómo sabes eso? —inquirí, arqueando una ceja.
—Tengo contactos —dijo, y su sonrisa maternal no llegó a sus ojos—. La red de secretarias de Manhattan es más eficiente que la CIA, señor Knight. Lo sabe todo sobre todo el mundo.
Decidí no preguntar, era más seguro. Algunos misterios de la vida profesional estaban mejor guardados en el olvido.
Mia dejó una carpeta sobre el escritorio. La abrí distraídamente mientras ella permanecía de pie frente a mí, con esa postura que indicaba que aún no había terminado.
—Esa mujer necesita divertirse —dijo, y su voz adquirió un deje de preocupación genuina que me sorprendió.
—Estoy seguro de que sobrevivirá —murmuré, intentando concentrarme en los números del informe fiscal—. Victoria Sinclair es una de las personas más capaces que conozco. No necesita que nadie le organice la vida sentimental.
—Eso mismo decían de usted —replicó Mia, y su tono fue suave pero impactante como un puñetazo bien colocado.
Suspiré. Cerré la carpeta. La miré.
—Mia.
—Solo digo que llevan años comportándose como dos adolescentes en el patio del recreo —continuó ella, imperturbable—. Se insultan, se provocan, se lanzan miradas que podrían derretir el hielo del Ártico. Es agotador para quienes tenemos que presenciarlo.
—No nos comportamos como adolescentes —protesté, aunque mi voz carecía de convicción.
—Ayer discutieron durante veinte minutos sobre una coma en un documento legal —recordó Mia, cruzando los brazos—. Veinte minutos, señor Knight. Usted defendió que debía ir antes del «pero», y ella insistió en que debía ir después. Al final, el juez tuvo que intervenir.
No pude rebatir aquello. Había sucedido exactamente así.
Y lo peor era que había disfrutado cada segundo de aquella discusión ridícula.
La forma en que Victoria se ruborizaba cuando se enfadaba, cómo sus ojos verdes brillaban con intensidad feroz, el modo en que mordisqueaba el lápiz mientras pensaba su próximo argumento.
Mia sonrió. Una sonrisa de victoria.
—Exactamente —dijo, como si hubiera leído mis pensamientos—. Ahora, si me disculpa, tengo que llamar al juzgado. Y usted debería pensar en por qué le interesa tanto la vida amorosa de la fiscal Sinclair.
Cuando ella salió del despacho, dejándome con la pregunta flotando en el aire como un perfume persistente, intenté volver al trabajo. O lo intenté. Porque una pregunta comenzó a rondarme la cabeza con la tenacidad de una melodía que no puedes olvidar.
¿Cómo sería Victoria fuera de un tribunal?
¿Reiría mucho? ¿Sería tan dura y controladora como en los juicios, o existiría otra versión de ella, una más relajada, más vulnerable, más humana? ¿Seguiría utilizando aquella mirada capaz de desarmar a cualquiera, o sería capaz de mirar a alguien sin que pareciera un interrogatorio?
No tenía respuestas. Y precisamente por eso quería conocerlas.
Miré el teléfono. En algún lugar de Manhattan, Victoria estaría tomando una decisión. Una decisión que, si era inteligente, y ella lo era más que nadie, la llevaría a llamarme. A aceptar mi oferta absurda. A permitirme entrar en su vida, aunque fuera bajo falsas pretensiones.
Y entonces sonó.
El teléfono tronó en el silencio de mi despacho como una detonación. Miré la pantalla. Número privado. Instintivamente supe quién era. Solo Victoria Sinclair tenía la capacidad de hacerme sentir nervioso con una simple llamada telefónica.
—Knight —respondí, intentando sonar casual.
Silencio al otro lado. Luego esa voz, firme y controlada, aunque detecté un deje de vacilación que me resultó entrañable.
—Soy yo. Victoria.
—Sinclair —dije, y no pude evitar que mi voz se suavizara—. Qué sorpresa.
—No te hagas el idiota —respondió ella, y casi pude verla poniendo los ojos en blanco—. Sabías que llamaría.
—Tenía esperanzas —admití—. ¿A qué debo el honor?
Otra pausa. Respiré hondo, esperando. Esta era la mujer que había rechazado tres citas en una semana. La mujer que había construido un muro de hielo alrededor de su corazón. La mujer que, según los rumores, no había llorado delante de nadie desde que su padre murió.
—Acepto —dijo finalmente, y las dos palabras resonaron como un veredicto en un tribunal—. Pero con condiciones.
—Te escucho.
—Primera: No te atrevas a besarme delante de nadie. Ni una vez. Ni de broma. Ni por accidente. Si tus labios tocan mi piel, te destruiré en el próximo juicio con tal brutalidad que necesitarás terapia durante años.
Sonreí. No pude evitarlo. Era perfecta. Incluso negociando un acuerdo absurdo, era la fiscal más temida de Manhattan.
—Entendido. Sin besos. ¿Algo más?
—Segunda: No compartimos habitación. Reservaré dos suites en el crucero y en el hotel de Santorini. Tú pagas la tuya, yo pago la mía. Esto no es una cita real, es un acuerdo de conveniencia mutua.
—Justo y equitativo —concedí—. Aunque tu familia podría sospechar si no compartimos espacio.
—Diremos que respetas mi espacio porque soy una mujer moderna e independiente. Lo cual es cierto.
—Tercera condición —continuó, y su voz se volvió más suave, más vulnerable—: No preguntes sobre Ethan. No hables de él. No intentes analizar mis sentimientos hacia él. Ese tema está cerrado. Muerto. Enterrado.
Esta vez mi sonrisa desapareció. Porque detrás de esa dureza, detecté algo que me rompió un poco el corazón. Dolor. Mucho dolor. El tipo de dolor que yo conocía demasiado bien. El tipo de dolor que te deja cicatrices invisibles pero permanentes.
—Entendido —dije, y esta vez mi voz fue genuina, sin rastro de broma—. No hablaré de él. Ni una palabra.
Silencio. Luego, casi en un susurro, volvió a hablar.
—¿Por qué lo haces, Gabriel? —preguntó ella—. Podrías estar pasando tus vacaciones en cualquier parte. ¿Por qué ofrecerte para esto?
Cerré los ojos. Porque quiero conocerte. Porque llevo seis años sintiendo que respiro bajo el agua y tú eres la primera persona que me hace querer salir a la superficie. Porque cuando discutimos sobre comas en documentos legales, soy más feliz que en cualquier otra parte de mi vida.
Pero no dije nada de eso.
—Necesito un descanso de la rutina —respondí—. Y me divierte la idea de fingir ser tu novio. Será como un juicio, pero con mejor vestuario y menos jurados.
Ella rio. Una carcajada breve, sorprendida, que me golpeó directamente en el pecho con la fuerza de un reconocimiento tardío. Ese era el sonido que quería escuchar más a menudo. Esa risa que ella guardaba celosamente, como un tesoro escondido.
—Eres un idiota, Knight —dijo, pero su voz sonaba casi amable.
—Lo sé. ¿Cuándo partimos?
—En una semana. Te enviaré los detalles del viaje. Y Gabriel...
—¿Sí?
—Si me traicionas, si me avergüenzas delante de mi familia, si haces que esto sea más difícil de lo que ya es... te juro que encontraré la forma de hacerte pagar.
—No lo dudo —respondí—. Descansa, Sinclair. Nos vemos pronto.
Colgué. Y me quedé mirando el teléfono durante largos minutos, sonriendo como un idiota, sintiendo algo que no había sentido desde Emily.
Esperanza.
Connor apareció en mi ático esa noche sin avisar, como era su costumbre. Llevaba una botella de whisky escocés de dieciocho años y una expresión de hermano mayor preocupado que me puso de los nervios antes de que abriera la boca.
—Lo has hecho —dijo, entrando en el salón y dejándose caer en el sofá sin ceremonias.
—¿El qué?
—Lo sabes perfectamente. Te has ofrecido como voluntario para el circo de la fiscal Sinclair.
Cerré la puerta del balcón, había estado contemplando Central Park al anochecer, pensando en Victoria, y me serví un vaso de whisky antes de responder.
—¿Cómo lo sabes?
—Mia me llamó —dijo Connor y sonrió ante mi expresión de sorpresa—. Tu secretaria me tiene en los contactos de emergencia. Considera esto una emergencia. Gabriel, ¿eres consciente de lo que estás haciendo?
Me senté frente a él, cruzando las piernas con la elegancia que me habían enseñado desde niño.
—Estoy ayudando a una colega —respondí, aunque ambos sabíamos que era una simplificación insultante.
—Estás metiéndote en un avispero emocional —corrigió Connor, inclinándose hacia adelante—.
Esa mujer está herida. Herida de verdad.
No es como tus conquistas de una noche, esas modelos superficiales con las que sales para fingir que sigues vivo.
Victoria Sinclair tiene un pasado oscuro, un ex que la destruyó y una reputación que defender.
Y tú vas a meterte en medio de su familia, de su drama, de sus dos semanas más vulnerables. ¿Has pensado en las consecuencias?
—Sí —admití, tomando un sorbo de whisky—. He pensado en ellas.
—¿Y?
—Y quiero hacerlo de todos modos.
Connor me observó durante largos segundos. Su expresión pasó de la preocupación a la resignación, pasando por algo parecido a la comprensión.
—Te gusta de verdad —dijo finalmente. No era una pregunta.
—No lo sé —respondí, siendo honesto por primera vez en voz alta—.
Sé que me atrae. Sé que me desafía de una forma que nadie más hace.
Sé que cuando estoy con ella, discutiendo sobre leyes y precedentes, me siento...
vivo. Realmente vivo. Después de seis años de simplemente existir, eso significa algo, Connor. Significa mucho.
—¿Y si te rompe el corazón?
Sonreí. Una sonrisa triste pero sincera.
—Entonces al menos sabré que sigue funcionando —dije—.
Emily me pidió que siguiera adelante. Que encontrara a alguien.
Que fuera feliz. He pasado seis años ignorando esa petición.
Seis años construyendo muros. Victoria los derriba sin siquiera intentarlo.
¿No crees que merece la pena averiguar qué hay al otro lado?
Connor suspiró. Se sirvió otro vaso de whisky.
—Estás acabado —dijo, pero esta vez sin broma.
—Probablemente —concedí—. Pero prefiero estar acabado por Victoria Sinclair que seguir siendo una sombra de lo que fui.
Brindamos. El sonido de los cristales resonó en el salón vacío.
—Solo prométeme una cosa —dijo Connor—. Si esto sale mal, si ella te destroza, vendrás a verme. No te encierres otra vez. No vuelvas a ser el hombre que eras hace unos años.
—Lo prometo.
La semana pasó con la velocidad de un tren exprés. Preparé mi equipaje con una precisión que sorprendió incluso a mí mismo. Elegí cada traje, cada camisa, cada corbata pensando en cómo me vería a su lado. En cómo querría que ella me viera.
Mia organizó la transferencia de mis casos a otros abogados del bufete. Mi madre llamó desde Boston para desearme buen viaje, y noté la esperanza contenida en su voz cuando le dije que iba con una amiga. No le di detalles. No quería explicar algo que ni yo mismo entendía del todo.
El día de la partida, llegué al muelle del crucero una hora antes de lo acordado. Necesitaba verla llegar. Necesitaba prepararme para el impacto que siempre me causaba su presencia.
Y entonces la vi.
Victoria bajó de un taxi negro con la elegancia de una reina llegando a su coronación. Llevaba un vestido blanco sencillo pero perfecto, gafas de sol de diseño y el pelo suelto ondeando sobre sus hombros. Parecía nerviosa. Sus manos temblaban ligeramente mientras pagaba al conductor.
Me acerqué antes de que pudiera arrepentirse.
—Sinclair —dije, y ella se giró con un sobresalto que intentó disimular.
—Knight —respondió, quitándose las gafas de sol—. Llegas pronto.
—Nunca he sido de los que llegan tarde —dije, tomando su maleta de mano antes de que pudiera protestar—. ¿Nerviosa?
—No —mintió, y ambos lo supimos.
—Tus manos están temblando.
—Es el café.
—No has tomado café en las últimas dos horas.
Me miró con furia contenida. Esa mirada que me encantaba.
—Deja de conocerme tan bien, Knight. Es irritante.
—Lo intentaré —sonreí, ofreciéndole el brazo—. ¿Lista para nuestra gran actuación, fiscal Sinclair?
Ella dudó un segundo. Luego, con un suspiro que parecía resignación mezclada con algo más complejo, entrelazó su brazo con el mío.
—Si me besas, te mato —susurró mientras caminábamos hacia la pasarela del crucero.
—Mensaje recibido —respondí, sintiendo el calor de su piel contra la mía—. Sin besos. Solo una actuación convincente de dos personas locamente enamoradas.
—Nadie diría que estamos locamente enamorados —observó ella, señalando con la cabeza a una pareja real que se besaba en la cubierta.
—Aún no —corregí, y nuestros ojos se encontraron durante un segundo que duró una eternidad—. Pero dame tiempo.
Ella abrió la boca para responder, pero en ese momento apareció su familia. Olivia, Nathan y las gemelas corrían hacia ella. Y detrás de ellos, observándonos con una mezcla de sorpresa y curiosidad, su madre, Eleanor.
—Vicky, cariño —dijo Eleanor, abrazando a su hija—. Qué alegría que vengas acompañada.
Victoria me miró. Yo le devolví la mirada. Y en ese instante, antes de que ella pudiera hablar, supe que estábamos realmente comprometidos con esta locura.
—Encantado de conocerla, señora Sinclair —dije, extendiendo la mano con mi mejor sonrisa de yerno perfecto—. Soy Gabriel Knight. El novio de Victoria.
La expresión de Eleanor pasó de la sorpresa a la alegría en cuestión de segundos.
—¡Novio! —exclamó, y su voz atrajo la atención de medio muelle—. ¡Victoria tiene novio!
Vi cómo Victoria cerraba los ojos, conteniendo el deseo de matarme allí mismo.
Y sonreí. Porque acabábamos de empezar. Y no había vuelta atrás.