Capítulo 3 #2
—Es absurdo —corté, aunque una parte de mí, la parte que todavía guardaba rencor, la parte que quería venganza emocional, empezó a considerarlo.
—Es estrategia pura —insistió Charlotte—. Tú, mejor que nadie, deberías entender eso. Es como un juicio. Necesitas presentar un caso convincente. Y el caso es: Victoria Sinclair ha superado a su ex y tiene una vida increíble.
Negué con la cabeza, pero más débilmente esta vez.
—No voy a contratar a un desconocido para que finja quererme.
—¿Por qué no? La gente lo hace todo el tiempo. Además, no tiene que ser para siempre. Solo dos semanas. El crucero y Santorini. Después dices que no funcionó, que descubriste que era un idiota, lo que sea. Y listo.
—Es una locura.
—Es perfecto.
Charlotte se quedó un rato más intentando convencerme, pero mantuve mi posición. No iba a hacer algo tan ridículo, tan desesperado. Yo no necesitaba un hombre para sentirme completa, y mucho menos uno de alquiler.
Cuando se marchó, me quedé mirando el caso que tenía sobre la mesa. Un fraude fiscal complejo que requería toda mi atención. Intenté concentrarme, pero mi mente volvía una y otra vez a la boda, a Ethan, a la idea de aparecer sola ante él.
Esa noche, después de trabajar hasta tarde, decidí tomar una copa en un bar cerca de la oficina. Necesitaba despejarme, alejar la cabeza de Ethan y de falsos novios y de bodas familiares que prometían ser un campo de batalla emocional.
El bar estaba medio vacío. Me senté en la barra, pedí un gin-tonic y saqué el móvil para revisar correos. Fue entonces cuando Zoe, mi asistente, apareció junto a mí.
—Fiscal Sinclair —dijo, sorprendida—. No sabía que venía aquí.
—Zoe. —Intenté sonar amable, aunque en realidad quería estar sola—. ¿Todo bien?
—Sí, solo... estaba quedando con unas amigas, pero se han retrasado. ¿Le importa si me siento?
—Adelante.
Se sentó a mi lado y pedí otra copa para ella. Zoe era eficiente, curiosa y tenía esa cualidad de hacer preguntas sin filtro que a veces resultaba refrescante.
—¿Está bien? —preguntó, observándome con atención—. Parece... preocupada.
—Solo estoy cansada —mentí.
—¿Por lo de la boda? —Se mordió el labio—. Lo siento, es que escuché a la señorita Bennett hablando de ello antes. Sobre lo de contratar un... —Dudó—. Bueno, ya sabe.
Suspiré. Charlotte y su boca grande.
—Mi amiga tiene ideas… creativas —dije, tomando un sorbo de mi copa—. Quiere que contrate a un actor para que finja ser mi novio durante la boda de mi prima. Para que mi ex no piense que sigo soltera y desgraciada.
Zoe abrió los ojos.
—Eso es… —Dudó—. Bueno, es una opción.
—Es absurdo —corregí—. No voy a hacerlo. Soy una adulta. Puedo soportar ver a mi ex con su familia perfecta sin necesidad de recurrir a esos trucos baratos.
—Claro —asintió Zoe, aunque su expresión decía lo contrario.
Estábamos en medio de esa conversación cuando lo sentí. Una presencia detrás de mí. Algo cambió en el aire, en la temperatura, en la electricidad del lugar. Zoe miró por encima de mi hombro y sus ojos se abrieron como platos.
—Buenas noches, señoritas —dijo una voz profunda, familiar y absolutamente fuera de lugar en ese bar.
Me giré lentamente, con la certeza horrible de que sabía exactamente a quién pertenecía esa voz.
Gabriel Knight estaba detrás de mí, con una sonrisa peligrosa y un traje que parecía haber sido diseñado para hacerme sentir incómoda. Llevaba la corbata aflojada, las mangas remangadas y una expresión de diversión que me puso de los nervios de inmediato.
—Knight —dije, y mi voz salió más aguda de lo que me hubiera gustado—. ¿Qué haces aquí?
—Tomar una copa —respondió, sentándose en el taburete a mi lado sin pedir permiso—. ¿O es territorio privado de la fiscalía?
—No, pero...
—Me he enterado de algo interesante —dijo, interrumpiéndome con esa costumbre suya de hacerse con la conversación—. Parece que necesitas un acompañante para un evento familiar.
El mundo se detuvo. Sentí cómo el calor subía a mis mejillas, una mezcla de vergüenza y furia que me dejó sin palabras.
—¿Estabas espiándome? —Logré articular.
—Estaba en la barra —señaló hacia el otro extremo, sonriendo—. Y tengo oídos excelentes. Además, hablas más alto de lo que crees cuando estás nerviosa, Sinclair.
Quise matarlo. Quise levantarme y marcharme y dejarlo allí con su sonrisa arrogante. Pero algo me mantuvo clavada al taburete. Tal vez la curiosidad. Tal vez el pánico.
—En fin —continuó Gabriel, tomando un sorbo de su whisky—. Me ofrezco.
—¿Perdón?
—Me ofrezco —repitió, y sus ojos azul oscuro se clavaron en los míos con una intensidad que me resultó perturbadora—. Fingiré ser tu novio durante la boda. Dos semanas. Crucero y Santorini. Todo el paquete.
Zoe dejó escapar un jadeo que sonó estruendoso en el silencio que siguió.
—Te has vuelto loco —dije, y mi voz sonó convincente, aunque por dentro algo extraño se removió.
—Probablemente —admitió, encogiéndose de hombros—.
Pero escucha la lógica. Necesitas a alguien.
Yo necesito... —Dudó un segundo—. Un descanso.
De la rutina. De todo. Además, soy convincente.
He ganado juicios que eran imposibles. Seguro que puedo convencer a tu familia de que estoy locamente enamorado de ti.
La forma en que dijo esas últimas palabras, locamente enamorado de ti, me hizo sentir un escalofrío que no quise analizar.
—Imposible —dije, levantándome y dejando dinero sobre la barra—. Ni se te ocurra volver a mencionarlo.
—¿Por qué? —preguntó, y su voz me siguió mientras me alejaba—. ¿Tienes miedo de que funcione demasiado bien, Sinclair?
No me giré. No podía. Porque en ese momento, con la rabia y la vergüenza mezclándose en mi pecho, supe que tenía razón.
No tenía miedo de que funcionara mal.
Tenía miedo de que funcionara demasiado bien.
Y esa noche, cuando llegué a casa y mi madre llamó para preguntarme si iría acompañada a la boda, escuché mi propia voz diciendo que sí, que iría con alguien, que no se preocupara.
Y supe que al día siguiente tendría que llamar a Gabriel Knight y cometer la mayor locura de mi vida.