Capítulo 3
Victoria
La invitación permaneció tres días sobre la encimera de mármol de mi cocina.
Tres días durante los cuales intenté fingir que no existía, que no era más que un objeto decorativo sin importancia, como el jarrón de cerámica que mi madre me había regalado y que nunca había llenado de flores.
Pasaba junto a ella cada mañana de camino al café, la miraba de reojo, sentía cómo mi estómago se contraía y seguía adelante con la determinación de quien ignora un problema, esperando que desaparezca por arte de magia.
No funcionó. Por supuesto que no funcionó. Los problemas no desaparecen, se multiplican. Y ese sobre dorado, con su elegante caligrafía y su sello de cera, se convirtió en el epicentro de una tormenta que llevaba seis años gestándose en mi interior.
Aquella noche estaba sentada en la terraza acristalada de mi ático, observando las luces del Hudson danzar sobre el agua como si fueran estrellas caídas.
Tenía una copa de vino tinto en la mano, la tercera de la noche, si era honesta conmigo misma, y la mente demasiado ocupada como para permitirme el lujo del sueño.
La ciudad brillaba indiferente a mis dilemas, y yo me sentía ridículamente sola en mi torre de cristal de diseño minimalista.
Sonó el teléfono. El tono personalizado de Olivia. Suspiré antes de responder.
—No me digas que todavía no has confirmado asistencia —dijo sin siquiera saludar.
Cerré los ojos y dejé que la voz de mi prima me envolviera. Olivia, la mayor, la organizada, la que llevaba la cuenta de cada cumpleaños, cada aniversario, cada drama familiar como si fuera su trabajo de medio tiempo.
—Hola para ti también —respondí, intentando sonar casual.
—Victoria.
—Estoy pensando.
—No hay nada que pensar. Isabelle está deseando que estés allí. Será el día más importante de su vida y quiere a su familia cerca.
—Ya lo sé.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
Guardé silencio. Las dos sabíamos exactamente de quién estábamos hablando. No hacía falta pronunciar su nombre para que el fantasma de Ethan Brooks se materializara entre nosotras, flotando en la línea telefónica como una amenaza invisible.
—Él irá —dije finalmente, y mi voz sonó más pequeña de lo que me hubiera gustado.
—Lo sé.
—Y tú también deberías ir —continuó Olivia, suavizando el tono—. No puedes evitarlo eternamente, Vicky. Eventualmente tendrás que verlo de nuevo. Es familia política, por mucho que nos duela.
Apoyé la cabeza en el respaldo del sofá blanco y miré al techo de cristal. Las estrellas parecían lejanas, inalcanzables, como todo lo que una vez había deseado.
—No tengo ganas de pasar dos semanas fingiendo que todo está bien —confesé, y la honestidad me supo amarga en la boca.
—No tienes que fingir nada.
—Claro que sí. Tendré que sonreír, aceptar abrazos y conversar sobre el tiempo y el vino mientras él está al otro lado de la sala con su mujer y sus hijos. Mientras todo el mundo me mira con lástima porque la pobre Victoria sigue soltera y él tiene la vida perfecta.
—Han pasado seis años —dijo Olivia, y su voz contenía esa paciencia infinita que tanto me exasperaba y agradecía.
Solté una risa amarga que no tenía ni un ápice de humor.
—Eso no cambia lo que hizo. No cambia que me dejara esperando en un restaurante lleno de rosas rojas, pensando que iba a pedirme matrimonio, para luego decirme que se había enamorado de otra.
Que llevaba un año acostándose con ella.
Que lo sentía mucho —la voz me tembló y lo odié por ello—.
Seis años, Olivia. Y todavía me despierto algunas noches con la sensación de que caigo al vacío.
Olivia guardó silencio. Sabía. Toda la familia lo sabía.
La noche en la que Ethan debía pedirme matrimonio había terminado conmigo destruida en el baño de un restaurante de cinco estrellas, mientras afuera la gente celebraba San Valentín.
Había terminado con mi corazón hecho añicos en el suelo de mármol, recogiendo los pedazos de una ilusión que nunca debí permitirme.
—Lo sé —suspiró Olivia—. Pero Isabelle te necesita. Y yo también. No dejes que ese idiota te robe un día más de felicidad, Vicky. No se lo des.
Me quedé callada, observando el reflejo de Manhattan en el cristal de la terraza. Olivia tenía razón, como siempre. No podía permitir que Ethan, con su traición pasada y su vida perfecta en la actualidad, me robara la boda de mi prima. No podía darle ese poder.
—No voy a permitir que ese idiota arruine la boda de Isabelle —dije, y esta vez mi voz sonó firme, decidida.
—Entonces ven.
—Lo haré.
Olivia sonrió al otro lado del teléfono. Lo supe sin verla.
—Perfecto.
—Pero si alguien intenta sentarme junto a él durante una cena familiar, habrá víctimas —advertí, solo medio en broma.
—Eso sí que me lo creo.
Cuando colgué, me quedé sola con el silencio de la ciudad.
Durante unos segundos observé el reflejo de las luces en el cristal y, por primera vez desde que recibí la invitación, sentí algo parecido al miedo.
No miedo a Ethan, exactamente. Sino miedo a descubrir que una parte de mí, una parte que yo creía enterrada bajo capas de trabajo y sarcasmo, todavía no había superado aquella traición.
Que todavía le importaba. Que todavía dolía.
Esa noche dormí mal, como siempre que el pasado decidía visitarme sin avisar.
En mis sueños volví a aquella noche. La noche del 14 de febrero, hacía seis años.
Ethan y yo llevábamos cinco años juntos.
Cinco años de relación estable, de planes compartidos, de «algún día tendremos».
Él era el primo del marido de Olivia, Nathan, y nos habíamos conocido en una barbacoa familiar en Connecticut.
Me había perseguido durante meses con una determinación que entonces me pareció romántica, y ahora reconocía como obsesión.
Era guapo, claro que lo era. Cabello castaño, ojos azules, esa sonrisa encantadora que funcionaba con todo el mundo. Era abogado corporativo, exitoso, ambicioso. Mi madre adoraba. Olivia decía que éramos la pareja perfecta. Y yo, estúpida de mí, creía que lo conocía.
Llevaba meses esperando que me pidiera matrimonio.
Las señales estaban allí: hablaba de nuestro futuro juntos, de comprar una casa, de tener hijos.
Había elegido el restaurante más caro de la ciudad para la cena de San Valentín.
Me había dicho que llevara el vestido azul, el que más le gustaba.
Había reservado una mesa privada, decorada con rosas rojas y velas.
Yo llegué primero. Eso siempre me torturó. Llegué primero, me senté, sonreí al camarero, pensando que esa noche cambiaría mi vida. Que por fin, después de años de ser la hija fuerte, la fiscal ambiciosa, la mujer que no necesitaba a nadie, podría ser también la novia, la futura esposa, la madre.
Y entonces llegó él. Con esa cara que yo conocía tan bien, pero que esa noche parecía la de un extraño. Sentado frente a mí, tomando una copa de champán que no me ofreció, hablando del clima, del trabajo, de cualquier cosa menos de lo que yo esperaba.
Hasta que, después del postre, cuando yo ya no podía más con la tensión, me miró a los ojos y dijo: «Vicky, lo siento mucho. Pero no puedo hacer esto. Me he enamorado de otra persona».
El mundo se detuvo. Literalmente. Recuerdo el sonido de la música de fondo, algo de jazz suave, que de repente pareció ensordecedor. Recuerdo el color de la servilleta blanca sobre mis piernas, arrugada por mis dedos nerviosos.
—¿Qué? —Fue todo lo que pude decir.
— Llevo un año viéndome con Rebecca —continuó, y su voz sonaba extrañamente aliviada, como si descargar su culpa le aligerara la carga—. Lo siento. No quería hacerte daño. Pero la amo. Y ella me ama. Y… estoy esperando un hijo.
Las palabras cayeron como golpes. Uno tras otro. «Llevo un año». «La amo». «Estoy esperando un hijo».
Me levanté. Recuerdo eso. Recuerdo que mis piernas funcionaban, aunque el resto de mí estuviera en estado de shock. Recuerdo haber ido al baño, haber cerrado la puerta y haberme mirado en el espejo. La mujer que me devolvió la mirada era irreconocible. Pálida, destruida y humillada.
No lloré, eso llegó después. En ese momento solo sentí un frío absoluto, un vacío que me atravesaba de lado a lado.
Ethan se casó con Rebecca cuatro meses después. Tuvieron dos hijos, Noah y Lily, y una vida perfecta construida sobre los escombros de mi corazón.
Y yo, la estúpida, la ingenua, la que había creído en el amor, me convertí en la fiscal más temida de Manhattan. En la mujer de hielo. En la que no necesitaba a nadie.
Desperté sobresaltada, con el corazón acelerado y las sábanas empapadas. El reloj marcaba las cuatro de la mañana. Me levanté, fui a la cocina y miré la invitación.
Esta vez no la ignoré. La abrí. Leí cada palabra. Y supe que necesitaba un plan.
Charlotte apareció en mi oficina al día siguiente sin avisar, como era su costumbre. Traía café, donuts y una expresión de conspiradora que me puso de los nervios de inmediato.
—Tengo la solución —anunció, dejando el café sobre mi escritorio.
—¿Para qué?
—Para todo. Para Ethan. Para la boda. Para que no tengas que aparecer sola y darle la satisfacción de verte vulnerable.
Suspiré. Charlotte y sus planes. Diez años de amistad me habían enseñado que cuando tenía esa mirada, lo mejor era escuchar y luego ignorarla.
—Escúchame —dijo, sentándose frente a mí y cruzando las piernas con elegancia—. He estado pensando. Necesitas un escudo. Alguien que te proteja de Ethan y de toda la curiosidad malsana de la familia. Alguien que haga que ese imbécil se arrepienta de haber nacido.
—Charlotte...
—Un falso novio —soltó, como si acabara de revelar la cura para el cáncer.
La miré en silencio durante unos segundos.
—¿Te has vuelto loca?
—¡Es brillante! Contratas a un actor, alguien guapísimo, exitoso, que te trate como a una reina delante de todo el mundo. Imagina la cara de Ethan cuando vea que has rehecho tu vida con un dios griego. Imagina cómo se sentirá al verte feliz, radiante, amada...