Capítulo 2
Gabriel
Llevaba años diciéndome que Victoria Sinclair era solo una rival profesional.
Una rival brillante. Molesta. Obstinada. Implacable en los tribunales y capaz de desmontar una defensa con la precisión de un cirujano. Insoportablemente atractiva, si era honesto conmigo mismo, aunque esa parte intentaba ignorarla con la misma determinación con la que ella conseguía sus condenas.
Pero solo una rival. Una colega con la que compartía espacio geográfico y poco más. Una mujer cuyos ojos verdes eran meros detalles biológicos sin importancia, cuya voz autoritaria me irritaba profesionalmente y nada más.
Aquella mentira había funcionado durante bastante tiempo. Seis años, para ser exactos. Seis años de enfrentamientos judiciales, de réplicas afiladas, de miradas de odio que, si me permitía el lujo de la verdad, contenían más electricidad que todos los generadores de Manhattan juntos.
Hasta que dejó de funcionar.
Desde el enorme ventanal de mi despacho en el piso cuarenta y dos, contemplé la ciudad mientras giraba un vaso de agua entre los dedos.
El hielo chocaba contra el cristal con un sonido seco que me resultaba extrañamente reconfortante.
Había perdido el juicio. Otra vez. Victoria había conseguido que el jurado declarara culpable a mi cliente con una eficacia que rozaba lo artístico.
Y lo peor, o lo mejor, según cómo se mirase, era que, lejos de enfadarme, aquello me resultaba estimulante.
Excitante incluso. Porque Victoria era la única persona capaz de obligarme a dar el doscientos por ciento.
La única. Con ella no valían los atajos, ni la brillantez improvisada, ni la reputación de abogado estrella que me precedía como una sombra alargada.
Con ella tenía que ser real. Tenía que esforzarme. Y esa sensación de desafío genuino era algo que no experimentaba desde hacía demasiado tiempo.
—Tienes esa cara otra vez.
Levanté la vista del vaso. Connor Hayes acababa de entrar en el despacho sin llamar, como siempre. Mi mejor amigo desde la Facultad de Derecho de Harvard, socio en el bufete y el único ser humano sobre la faz de la Tierra que se atrevía a irrumpir en mi santuario sin anunciarlo previamente.
—¿Qué cara? —pregunté, adoptando el tono neutro que usaba cuando no quería revelar nada.
—La de hombre que está metiéndose en problemas —dijo Connor, dejándose caer en una de las butacas de cuero frente a mi escritorio—. La misma que tenías cuando decidiste invertir en aquella empresa de biotecnología que casi nos arruina.
—No sé de qué hablas.
Connor soltó una carcajada que resonó contra los cristales del ventanal.
Era alto, moreno, con ese aire de despreocupación que tanto contrastaba con mi propia intensidad.
Llevaba el mismo traje que yo —Brioni, a medida—, pero en él parecía ropa de dormir, mientras que yo parecía un político en campaña.
—Claro que lo sabes —insistió, cruzando las piernas con una comodidad insultante—. Es ella, ¿verdad?
—¿Quién?
—No me tomes por idiota, Gabriel. ¿Era contra Sinclair?
Suspiré. Connor me conocía demasiado bien. Demasiados años compartiendo apartamentos de estudiantes, demasiadas noches de whisky y confesiones, demasiados juicios en los que había tenido que disimular mi reacción cada vez que ella aparecía.
—Sí —admití finalmente—. Era contra Sinclair.
—¿Y perdió usted, señor abogado estrella? —Su tono era burlón, pero no cruel.
—Por muy poco. Su testigo de la contabilidad era imparable.
—Eso significa que estás encantado.
No respondí. Pero mi silencio era más elocuente que cualquier palabra.
Connor me observó con esa mirada suya de hermano mayor que tanto detestaba y necesitaba a partes iguales. Durante unos segundos permanecimos en silencio, con el ruido lejano de la ciudad filtrándose a través de los cristales como una respiración constante.
Entonces Connor dijo aquello que nadie más se atrevía a decir en voz alta.
—Te gusta.
Apoyé la espalda en la silla de cuero, sintiendo cómo la resistencia se me escapaba de las manos.
—Es una gran fiscal —respondí, y mi voz sonó incluso a mí mismo como una excusa pobre.
—No me refiero a eso.
—Connor...
—Te gusta, Gabriel. Deja de negarlo.
Observé la ciudad extendida bajo mis pies. Los rascacielos brillaban bajo el sol de julio y, por un momento, me permití imaginar cómo sería no estar solo en ese despacho. Cómo sería tener a alguien con quien compartir esa vista. A alguien que no fuera un recuerdo.
La respuesta llegó sola, arrastrada por la verdad que ya no podía contener.
—Tal vez.
—Dios mío —suspiró Connor, llevándose una mano a la frente en un gesto teatral—. Lo sabía. Llevaba meses viéndolo. La forma en que te pones cuando te enfrentas a ella. Esa mezcla de pánico y excitación que ni siquiera intentas disimular.
—No exageres.
—¿Exagerar? Gabriel, has estado seis años sin mirar a ninguna mujer. Seis años desde...
Se interrumpió. No hizo falta que terminara la frase.
Seis años. Seis años desde que Emily había muerto.
Aún recordaba el hospital con una claridad que me despertaba en mitad de la noche empapado en sudor.
La habitación 342 del Memorial Sloan Kettering.
El olor a desinfectante que intentaba disimular la enfermedad, pero solo la hacía más evidente.
Su mano entre las mías, cada vez más frágil, más liviana, como si el cáncer se la fuese llevando poco a poco, célula a célula.
Emily había sido el amor de mi vida. Lo sabía desde el primer momento en que la vi en aquella librería de Greenwich Village , buscando un ejemplar de Cumbres Borrascosas con el lomo gastado. Sonreía mientras leía la contraportada, y esa sonrisa me destruyó y me reconstruyó en el mismo segundo.
Éramos jóvenes. Yo acababa de terminar la carrera, ella estudiaba periodismo.
Nos casamos dos años después, en una ceremonia íntima en el jardín de sus padres en Connecticut.
Prometimos amarnos hasta que la muerte nos separase, sin saber que esa muerte llegaría tan pronto, tan cruel y tan injusta como lo había hecho.
El diagnóstico llegó cuando llevábamos cuatro años de matrimonio. Cáncer de páncreas. Etapa cuatro. Palabras que destruyen mundos. Palabras que convierten el futuro en cenizas.
Pasé dos años luchando junto a ella. Dos años de quimioterapias, de esperanzas falsas, de noches en vela sosteniéndola mientras vomitaba, de mañanas en las que ella intentaba sonreírme desde la cama para que yo no me derrumbara.
Dos años en los que dejé de ser el abogado estrella para convertirme en el cuidador, en el acompañante, en el hombre que observaba cómo se consumía el único amor verdadero que había conocido.
Y luego llegó el final. La habitación 342. Su mano entre las mías. La promesa que me extrajo de labios que ya no podían hablar, solo susurrar: «Sigue adelante. Encuentra a alguien. Sé feliz».
La promesa que nunca había cumplido.
Durante seis años había sobrevivido. Esa era la palabra exacta.
Sobrevivido a través del trabajo, de los juicios, de las victorias que dejaban un sabor amargo porque no había con quién compartirlas.
Había convertido mi ático frente a Central Park en un mausoleo moderno donde solo habitaban el recuerdo de Emily y el mío.
Mi terraza acristalada, con su piscina climatizada y su jardín urbano, se había convertido en el único lugar donde seguía hablando con ella.
Donde le contaba mis casos, mis miedos, mi soledad que crecía como enredadera silvestre.
Mis padres, Helen y Robert Knight, vivían en Boston y me llamaban cada domingo con la misma pregunta: «¿Has salido con alguien?
» Mi madre, profesora de literatura, con su voz suave y su preocupación disimulada.
Mi padre, juez jubilado, con su silencio comprensivo que decía más que mil palabras.
Les decía que estaba bien, que me centraba en mi carrera, que no necesitaba nada más.
Mentira. Porque, por primera vez en mucho tiempo, había una mujer capaz de despertar algo dentro de mí. Algo que creía muerto, sepultado bajo seis años de luto. Algo que me aterraba y excitaba con la misma intensidad.
Y esa mujer era precisamente la fiscal más inaccesible, más controladora y más herida de todo Nueva York.
Connor silbó, sacándome de mis recuerdos.
—Estás acabado —dijo, y su voz tenía un deje de preocupación genuina bajo la broma.
—No lo estoy —mentí.
—Lo estás. Y lo peor es que ella ni siquiera te soporta. Cada vez que os veo juntos, parecéis dos gladiadores a punto de mataros.
—Eso es exagerar.
—¿Lo es? —Connor se inclinó hacia adelante—. Gabriel, te conozco desde hace veinte años. Sé cuándo una mujer te afecta. Y Victoria Sinclair te afecta. Te afecta mucho.
Negué con la cabeza, pero mi negativa carecía de convicción.
—Ni siquiera me soporta —repetí, y esta vez sonó más a constatación que a queja.
—Eso no ha detenido a nadie en una comedia romántica —bromeó Connor, aunque sus ojos seguían serios.
Lancé un bolígrafo hacia él con una precisión que habría envidiado cualquier lanzador de béisbol. Connor lo esquivó riendo, levantando las manos en señal de rendición.
—Estoy solo diciendo la verdad. Llevas seis años sin sentir nada por nadie. Y ahora, de repente, tu mayor rival te tiene así. —Hizo un gesto vago en mi dirección—. Sonrojado, distraído, mirando al infinito como un adolescente enamorado.
—No estoy sonrojado.
—Gabriel, tienes el tono de un tomate maduro.
Me llevé las manos a las mejillas. Maldición. Tenía razón.
Esa noche, después de que Connor se marchara a cenar con su última conquista, una modelo de pasarela que, según él, era profunda y sensible, lo que, traducido al lenguaje de Connor, significaba que le duraría dos semanas, me quedé solo en el despacho.
La ciudad brillaba bajo mis pies, indiferente a mis dilemas.
Saqué del cajón el archivo del caso que había perdido ese día.
No porque necesitara revisarlo, puesto que ya lo había hecho tres veces, sino porque quería ver su nombre en los documentos oficiales.
«Fiscal del Distrito: Victoria Sinclair».
Su firma, firme y elegante, al pie de las mociones.
Era patético. Lo sabía. Pero durante seis años había sido un muerto en vida, y ahora sentir algo, aunque fuera frustración, atracción o el deseo de discutir con ella durante horas, me hacía sentir vivo.
Mi secretaria, Mia Sullivan, apareció en la puerta. Llevaba veinte años trabajando conmigo, desde que era un abogado novato con ambición y poco más. Era eficiente, maternal y observadora de una manera que a veces me inquietaba.
—Señor Knight, ¿necesita algo antes de que me vaya?
—No, Mia. Gracias. Buenas noches.
Ella dudó en el umbral. Esa duda que significaba que tenía algo que decir y no sabía si debía.
—¿Ocurre algo? —pregunté.
—No es asunto mío, señor —respondió, aunque su tono decía lo contrario—. Pero he visto que ha estado revisando el caso Sinclair. Otra vez.
—Solo estudio mis derrotas —mentí—. Para aprender.
Mia sonrió. Era una sonrisa de quien ha visto demasiado y guarda demasiados secretos.
—La fiscal Sinclair es una mujer inteligente —dijo, como si estuviera comentando el tiempo—. Y, si me permite, creo que usted la ve como algo más que una rival profesional.
No respondí. No podía. Mia llevaba décadas interpretando mis silencios.
—Solo digo —continuó, recogiendo su bolso— que la vida es corta, señor Knight.
Demasiado corta para desperdiciarla fingiendo que no sentimos lo que sí sentimos.
La señora Knight —se detuvo, porque rara vez mencionaba a Emily— quería que usted fuera feliz.
No que usted la recordara y estuviera siempre triste.
Y se marchó, dejándome con la verdad resonando en la habitación vacía.
Volví a mirar el archivo. Victoria Sinclair.
Treinta y dos años. Hija única. Padre fallecido hace dos años.
Madre viuda. Primas que eran como hermanas.
Y una historia de amor que había terminado mal hacía seis años, según los rumores que circulaban por los pasillos de la Fiscalía.
Un ex que la había traicionado. Un corazón que había cerrado herméticamente.
Seis años. El mismo tiempo que llevaba yo sin Emily.
La coincidencia me golpeó con la fuerza de una revelación. Ambos heridos. Ambos construyendo muros impenetrables. Ambos fingiendo que el amor era una debilidad que no podían permitirse.
Y, sin embargo, cuando estábamos juntos en un tribunal, cuando nuestros argumentos chocaban como espadas, cuando sus ojos verdes se encontraban con los míos desafiándome a dar lo mejor de mí mismo, en esos momentos sentía algo que no había sentido desde Emily.
Me sentía vivo y peligrosamente cerca de la felicidad.
Connor tenía razón. Estaba acabado. Pero no de la forma en que él pensaba. No era Victoria quien me destruiría. Era la posibilidad de que nada sucediera entre nosotros lo que me consumía.
Porque por primera vez en seis años, quería algo más que sobrevivir. Quería vivir. Y quería que ella formara parte de esa vida.
Miré el teléfono. Mañana tendría que verla de nuevo. Otro caso, otro enfrentamiento, otra oportunidad de demostrarle que yo era más que su rival. Que podía ser... algo más.
No sabía cómo. No sabía si ella sentiría siquiera una fracción de lo que yo sentía. Pero Connor tenía razón en una cosa: no podía seguir así. No podía seguir fingiendo que Victoria Sinclair era solo una colega molesta.
Era el despertar de seis años de letargo. Y estaba dispuesto a luchar por ello.