Dos semanas para enamorarte
© inepub.com
Capítulo 1
Victoria
La fiscal más temida de Manhattan no creía en las segundas oportunidades. Mucho menos en el amor.
Esa mañana comenzó exactamente igual que todas las demás.
Café negro tan intenso que parecía querer despertarme a hostias, una agenda imposible que se extendía como un campo de batalla sobre mi escritorio y la certeza absoluta de que el mundo estaba dividido entre quienes controlaban su destino y quienes se dejaban arrastrar por él.
Yo pertenecía al primer grupo. Siempre.
Observé mi reflejo en el cristal del ascensor privado que ascendía directamente a la planta donde se encontraba la Fiscalía del Distrito de Manhattan.
Treinta y dos años. Fiscal estrella con una tasa de condenas que provocaba pesadillas a más de un abogado defensor.
Y, sobre todo, un corazón completamente blindado que llevaba seis años funcionando en modo supervivencia.
Mi traje azul marino de Alexander McQueen parecía una armadura.
En cierto modo lo era. Lo había elegido esa mañana pensando precisamente en eso: en la batalla que se avecinaba.
Porque si había algo que había aprendido tras tres décadas y pico de existencia, era que la vida no perdonaba debilidades.
Y yo no tenía intención de mostrar ninguna.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron, el bullicio habitual del pasillo se detuvo. Varias conversaciones quedaron truncadas de golpe. Asistentes juveniles que apenas habían dejado de ser becarios me miraron con una mezcla de reverencia y pánico contenidos.
—Buenos días, fiscal Sinclair.
—Buenos días.
Nadie se atrevía a tutearme. Ni siquiera algunos compañeros que llevaban años compartiendo edificio conmigo.
No era que fuera especialmente desagradable, quizás un poco agradable, pero había algo en mi reputación que hacía que la gente mantuviera las distancias.
Y yo lo prefería así. Mucho más fácil. Mucho más seguro.
Caminé hacia mi despacho sin reducir el ritmo.
Los tacones repiqueteaban contra el mármol con una cadencia que parecía marcar el tempo de mi propia determinación.
Aquella mañana tenía un juicio especialmente importante: un caso de fraude financiero de alto nivel que llevaba meses preparando.
Y, para completar el panorama, el abogado de la defensa era exactamente la persona que menos soportaba en el universo profesional.
Gabriel Knight.
Arrogante. Brillante. Insoportablemente atractivo con ese aire de depredador que parecía haberse graduado en Harvard solo para irritarme.
Y lo peor de todo: demasiado bueno en su trabajo.
Cada vez que coincidíamos en un tribunal, parecíamos dos generales entrando en una guerra de trincheras en la que no existían las rendiciones.
Mi asistente, Zoe Parker, me esperaba frente a mi despacho con una carpeta gruesa entre las manos y esa expresión de eficiencia contenida que tanto me gustaba de ella.
—El señor Knight ya está en el juzgado —anunció, intentando mantener la neutralidad profesional.
Solté un suspiro que quise que sonara a resignación, aunque en realidad contuviera algo más complejo.
—¡Qué sorpresa! Debe haberse levantado antes del amanecer solo para sentarse en primera fila y ponerme de los nervios.
—También ha sonreído cuando ha sabido que usted llevaba el caso —añadió Zoe, y vi cómo le costaba reprimir una sonrisa.
—Eso demuestra que necesita terapia urgente —murmuré mientras tomaba la carpeta—. ¿Algo más?
—Su madre ha llamado. Dice que es importante.
—Le devolveré la llamada en cuanto termine el juicio.
Guardé el teléfono en el bolsillo de la chaqueta y me dirigí al tribunal.
Y allí estaba él, apoyado contra una de las mesas de madera oscura, con las piernas cruzadas y esa postura relajada que tanto odiaba porque sabía que era pura estrategia.
Alto. Impecable en su traje a medida que realzaba unos hombros anchos que parecían diseñados para llevar el peso del mundo.
Con esa maldita sonrisa ladeada que parecía haber sido creada expresamente para irritarme.
Gabriel me vio acercarme. Sus ojos azul oscuro, de ese tono que recordaba al mar en plena tormenta, recorrieron mi figura con una lentitud deliberada que sentí como un roce físico.
—Buenos días, Sinclair.
—Knight —respondí con el mismo tono glacial que usaba para declaraciones ante el jurado.
—Te veo encantadora como siempre. Ese azul te sienta bien. Hace juego con el hielo de tus venas.
—Y yo a ti igual de insoportable —repliqué, ajustándome la solapa de la chaqueta—. ¿Nunca has considerado la posibilidad de que tu encanto barato necesite una revisión?
—Entonces, todo está en orden —dijo, y su sonrisa se amplió.
Algunas personas de alrededor rieron disimuladamente.
Aquellos dos llevábamos años protagonizando enfrentamientos legendarios que ya formaban parte del folclore jurídico de Manhattan.
Lo que nadie sabía, lo que yo misma me negaba a reconocer siquiera en mis momentos más débiles, era que, detrás de cada discusión, de cada réplica afilada, existía una tensión que resultaba peligrosamente difícil de ignorar.
Y yo me negaba en redondo a pensar en ello.
El juicio comenzó puntual, como todo en mi vida.
Durante horas, Gabriel y yo intercambiamos argumentos con la precisión de cirujanos.
Objeciones. Réplicas. Ataques estratégicos disfrazados de preguntas inocentes.
Era como presenciar una partida de ajedrez jugada a ciegas entre dos personas absolutamente incapaces de rendirse.
Finalmente, el juez emitió su decisión. Victoria Sinclair: uno. Gabriel Knight: cero. Otra vez.
Al terminar la sesión, mientras recogía mis papeles con movimientos ágiles, sentí su presencia antes de verle. Ese aroma a madera, especias y algo indefiniblemente masculino que parecía aferrarse a mi memoria con terquedad.
—Felicidades —dijo, y su voz sonó genuina, lo cual me desconcertó.
—¿Estás enfermo? —Inquirí, arqueando una ceja—. ¿O es algún tipo de nuevo truco psicológico?
—No. Solo reconozco una buena victoria cuando la veo. Has estado impecable con el testigo de la contabilidad.
—Eso sí que es nuevo viniendo de ti.
—No tanto como crees, Victoria.
Por un segundo se produjo un silencio extraño. Uno de esos silencios cargados de electricidad estática que parecían contener demasiadas cosas no dichas. Sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad que me hizo querer dar un paso atrás. O quizás adelante. No estaba segura, y eso me enfurecía.
Fui la primera en romper el contacto.
—Nos vemos en el próximo juicio, Knight.
—Estoy deseándolo, Sinclair. De verdad.
—Claro que sí.
Y me marché con la espalda recta y la cabeza alta, como había aprendido a hacerlo desde que era una niña.
Sin embargo, mientras abandonaba el edificio y el aire cálido de julio me golpeaba en el rostro, una sensación incómoda comenzó a instalarse en mi pecho.
No tenía nada que ver con Gabriel Knight.
O al menos eso me repetí mientras caminaba hacia la oficina.
El motivo real de aquella inquietud llegó una hora más tarde, cuando ya había olvidado momentáneamente al abogado insoportable.
Un sobre dorado con ribetes en relieve esperaba sobre mi mesa, destacando entre los informes policiales y las solicitudes de condena.
Reconocí de inmediato la caligrafía perfecta del remitente.
Mi prima Isabelle.
Con una sonrisa que aún no sabía que se convertiría en una pesadilla, abrí la invitación.
Papel artesanal, tinta dorada, el sello de los Hart.
Todo indicaba una boda espectacular. Isabelle, la prima pequeña, la soñadora, la romántica empedernida, se casaba finalmente con Alexander Callahan, ese magnate hotelero que parecía sacado de una novela y que la adoraba con una intensidad que me resultaba casi sospechosa.
Sonreí al principio. Me alegraba por ella. Después de todo, alguien merecía un final feliz en esta familia.
Hasta que leí la lista de invitados adjunta.
Entonces el corazón se me congeló. Literalmente. Sentí cómo la sangre abandonaba mi rostro mientras mis ojos se posaban en un nombre que llevaba seis años intentando borrar de mi memoria con alcohol, trabajo y terapia carísima.
Ethan Brooks.
El hombre que había destruido mi vida con la misma facilidad con la que otros rompían un papel.
El hombre que una noche, cuando el restaurante estaba lleno de rosas rojas y yo llevaba un vestido nuevo que había comprado pensando que sería nuestra noche, me prometió amarme para siempre.
Y que tiempo después terminó confesando, con esa voz que yo había amado, que llevaba un año acostándose con otra mujer. Que se había enamorado. Que se iba.
Que lo sentía.
Cerré los ojos y dejé que el sobre cayera sobre la mesa. De repente, el juicio más difícil de mi vida ya no estaba en ningún tribunal. Estaba en esa lista de invitados, en ese nombre que aún me provocaba náuseas seis años después.
La boda familiar se celebraría en apenas unas semanas. Un crucero de lujo por el Mediterráneo, una semana entera en Santorini, todo pagado por el generoso Alexander. Y Ethan estaría allí. Con su nueva esposa. Con sus hijos. Con esa vida que había construido sobre los escombros de mi corazón.
Por primera vez en años, sentí que había una batalla para la que no estaba preparada.
Necesitaba hablar con alguien. Y esa persona solo podía ser una.
Charlotte Bennett apareció en mi despacho a las seis de la tarde, sin avisar, como solía hacer.
Su rubia melena, perfectamente peinada, contrastaba con su chaqueta de cuero rojo que gritaba: «Soy abogada, pero también sé divertirme».
Llevaba dos copas de Starbucks en las manos y una expresión de preocupación que intentaba disimular con humor.
—He oído que has destrozado a Knight en el juzgado —dijo, dejando una de las bebidas sobre mi mesa—. ¿Otra vez? Ese pobre hombre debe tener complejo de masoquista contigo.
—No empieces, Char.
—¿Qué pasa? —Su tono cambió inmediatamente. Diez años de amistad nos habían enseñado a leernos el uno al otro con la precisión de un radar emocional.
Le mostré la invitación. La hojeó, vio el nombre y su rostro se transformó en una mezcla de furia y compasión que solo Charlotte podía conjugar así.
—Ese hijo de puta —susurró—. ¿Cómo se atreve?
—Es familia política —respondí con una voz que sonó extrañamente plana en mis propios oídos—. Mi prima se casa con otro primo del marido de Olivia. Somos una telenovela andante, ¿recuerdas?
—Vicky, no puedes ir sola —dijo Charlotte, y vi cómo su mente empezaba a trabajar a velocidad de crucero—. Necesitas un escudo. Alguien que haga que ese desgraciado se arrepienta de haber nacido.
—Iré sola. Soy una adulta. Puedo soportar ver a mi ex con su mujer y sus mocosos.
—Mentira —cortó ella—. Lo que necesitas es un falso novio. Alguien espectacular. Alguien que haga que Ethan se pregunte por qué demonios te perdió. Alguien que...
—¿Te has vuelto loca? —interrumpí, aunque una parte de mí —esa parte que Charlotte conocía mejor que yo misma— empezó a considerarlo.
—¡Es brillante! —exclamó ella, cada vez más excitada—. Contratas a un actor guapísimo, alguien que parezca exitoso, que te trate como a una reina delante de toda tu familia. Imagina la cara de Ethan cuando vea que has rehecho tu vida con un dios griego. Imagina...
—Es absurdo —dije, aunque la idea empezaba a tomar forma en mi cabeza de manera peligrosa.
—Es estrategia pura. Tú, mejor que nadie, deberías entender eso.
Negué con la cabeza, pero Charlotte ya no me escuchaba. Estaba planeando el casting de mi falso romance con más entusiasmo del que ponía en sus casos corporativos.
Esa noche, en mi ático de Tribeca, contemplé Manhattan desde mi terraza acristalada. El río Hudson brillaba bajo las luces de la ciudad y, por un momento, permití que la vulnerabilidad me invadiera.
Pensé en mi padre, fallecido hacía dos años por un aneurisma fulminante.
En mi madre, Eleanor, que decía que él había sido su gran amor y que no pensaba rehacer su vida.
En mis primas Olivia e Isabelle, que eran más hermanas que primas porque yo era hija única.
Porque mi madre se había quedado embarazada después de tenerme, pero el embarazo se complicó, perdió al bebé y, como consecuencia, nunca más pudo quedarse embarazada.
Yo crecí sola, pero nunca me sentí sola.
Tenía a Charlotte, que me conocía desde la universidad.
Tenía a mi madre, fuerte y protectora, aunque a veces demasiado preocupada por mi soledad.
Y tenía a mis primas, especialmente a Olivia, cuyas hijas gemelas de siete años, Emma y Sophie, me adoraban con una devoción que me hacía sentir que quizás, solo quizás, merecía algo de cariño.
Pero el amor romántico... eso lo había eliminado de mi vocabulario hacía seis años. Desde Ethan. Desde esa noche en la que aprendí que entregar tu corazón era el error más costoso que podías cometer.
Mi teléfono sonó y vi que era mi madre.
—¿Irás acompañada a la boda, cariño? —preguntó sin preámbulos.
Tragué saliva. Charlotte tenía razón. No podía aparecer sola. No podía darle a Ethan la satisfacción de verme vulnerable, de ver que aún no había superado lo que me hizo.
—Sí, mamá —escuché decirme a mí misma—. Iré acompañada.
—¿Con quién? ¿Ese abogado tan guapo con el que siempre te peleas en los juicios? Zoe me contó que estuviste con él hoy...
—Mamá, eso es confidencial.
—Solo digo que tiene buena pinta. Y que te mira de una forma...
—Buenas noches, mamá.
Colgué y me quedé mirando el teléfono. La idea de Charlotte volvió a mi mente. Un falso novio. Un escudo. Alguien que me protegiera de Ethan y de sus ojos arrepentidos que aún conseguían ponerme nerviosa.
Pero no un actor. Eso era demasiado. Aunque, pensándolo bien, ¿qué otra opción tenía?
La boda se acercaba. Y por primera vez en seis años, yo, Victoria Sinclair, la mujer que controlaba cada aspecto de su vida, sentía que las piezas del tablero se me escapaban de las manos.