Capítulo 34
Gabriel
No debería haber estado allí.
Lo sabía con la certeza absoluta que precede a los errores irrevocables.
Había dejado a Victoria hacía apenas veinte minutos en la terraza de la villa, prometiendo reunirme con ella tras revisar unos últimos documentos en la habitación que compartíamos.
Pero el aire de Santorini, denso y cargado de sal, me había resultado de repente asfixiante entre aquellas paredes blancas.
Necesitaba moverme, alejar mi cuerpo del espacio donde su olor aún permanecía impregnado en las sábanas, donde cada rincón gritaba su nombre en silencio.
Caminé sin rumbo por los pasillos laterales del hotel, esos corredores de mármol pulimentado que serpenteaban entre los jardines colgantes, alejados del bullicio principal.
El sol de la tarde caía oblicuo sobre el Egeo, pintando el agua de un tono cobrizo que anunciaba el crepúsculo.
Llevaba puesto el reloj que Victoria me había regalado días atrás —un gesto improvisado en una tienda de Mykonos que entonces me había parecido prometedor— y el peso del metal contra mi muñeca me resultaba ahora una ironía cruel.
Fue entonces cuando las escuché.
La voz de Victoria llegó primero, modulada, controlada, esa entonación profesional que utilizaba cuando se sentía acorralada.
Me detuve junto a un arco de piedra cubierto de buganvillas, oculto por la vegetación exuberante.
No pretendía espiar. El instinto me gritó que siguiera caminando, que no escuchara, que respetara el espacio que ella claramente necesitaba.
Pero mis pies se clavaron en el suelo de baldosas griegas como si las raíces de las plantas me hubieran atrapado.
—No puedo seguir con esto —decía ella.
Mi corazón dio un vuelco violento en mi pecho. Me quedé inmóvil, con la espalda pegada a la pared fría, conteniendo la respiración.
Un silencio. Luego una risa suave, femenina, que reconocí como la de Charlotte Bennett, la mejor amiga de Victoria.
—Gabriel es… complicado —añadió Victoria.
Aquello me tensó el pecho hasta el punto del dolor físico.
No era la palabra en sí. Era el tono. Demasiado controlado.
Demasiado distante. Como si estuviera catalogando un mueble defectuoso o un caso jurídico problemático, no al hombre con el que había compartido mi cama durante noches enteras, cuyo cuerpo había memorizado cada curva, cada respuesta, cada gemido.
—Pero funciona —continuó ella, y pude imaginar el gesto vago de su mano, ese movimiento que hacía cuando intentaba minimizar algo importante—. Ha sido útil.
Útil. La palabra cayó sobre mí como una sentencia de muerte pronunciada en lengua extranjera. Útil. Como una herramienta. Como un medio para un fin. Como el escudo perfecto que ella necesitaba contra su ex, contra su familia, contra la soledad que tanto temía.
La voz de Charlotte dijo algo que el viento se llevó, una pregunta inaudible que hizo que Victoria suspirara. Me acerqué un centímetro, arriesgándome a ser descubierto, necesitando escuchar el final de la frase como quien necesita saber si la herida es mortal.
—Cuando termine la boda, esto se acabará —respondió Victoria.
El mundo se detuvo. El sonido de las olas lejanas, el canto de los grillos, el latido de mi propio corazón, todo se silenció bajo el peso de aquellas palabras.
Después, con una claridad que me cortó el aliento:
—Nunca fue real.
No esperé más. Me di la vuelta con una precisión mecánica, como si mi cuerpo hubiera decidido protegerse antes de que mi mente pudiera procesar la devastación.
Caminé alejándome sin hacer ruido, con los zapatos de suela de goma amortiguando mis pasos sobre la piedra.
No miré atrás. No quería ver si ella salía, si Charlotte la abrazaba, si reían juntas de la ingenuidad del abogado que se había creído protagonista de una historia de amor cuando en realidad era un extraño contratado para un papel secundario.
Llegué al borde del acantilado antes de darme cuenta.
El viento golpeó mi rostro con una violencia que me devolvió la consciencia.
Me quedé mirando el vacío azul del mar, con las manos apoyadas en la barandilla de hierro forjado, sintiendo cómo algo se rompía dentro de mi pecho.
Algo que había empezado a reconstruirse tras años de ruina, algo que Victoria había despertado con su sarcasmo y su pasión y su vulnerabilidad escondida.
«Útil.» «Complicado.» «Nunca fue real.»
Las palabras resonaban en mi cráneo como campanas de iglesia anunciando un funeral.
Y yo era el único asistente, el único doliente, el único idiota que había permitido que el pasado se repitiera.
Porque esto era exactamente lo que había temido desde el principio.
Desde que Emily murió, desde que prometí no volver a entregar mi corazón.
Había roto mi propia promesa por una mujer que aún estaba atrapada en el recuerdo de su ex, que utilizaba a los hombres como escudos emocionales y luego los descartaba cuando ya no eran necesarios.
Cerré los ojos. El sol calentaba mi piel, pero por dentro sentía un frío absoluto, el hielo de la realidad volviendo a reclamar su territorio.
Lo supe en el momento en que la vi.
Victoria salía del pasillo lateral con una expresión relajada que contrastaba con la tormenta que yo llevaba dentro. Victoria me devolvió el gesto con una naturalidad que me resultó obscena.
Pero cuando sus ojos se encontraron con los míos, algo cambió.
Su sonrisa se desvaneció. No había sarcasmo en su mirada, ni esa complicidad íntima que habíamos compartido horas antes en la oscuridad de la habitación.
Solo distancia. Fría. Cortante. Como si ya hubiera empezado a despedirse de mí en silencio, a borrarme de su vida antes de que yo pudiera siquiera exigir explicaciones.
—Tenemos que hablar —dije.
Mi voz salió más baja de lo habitual, más controlada. El tono que utilizaba en los tribunales cuando sabía que tenía un caso perdido, pero necesitaba mantener la dignidad hasta el final.
Victoria asintió lentamente. El rubor que subió a sus mejillas por culpa o tal vez por miedo, confirmó que se acababa de dar cuenta de que yo había escuchado algo de esa conversación.
Nos alejamos hacia una zona apartada del jardín del hotel, lejos de las miradas de los invitados que paseaban entre los geranios. El mar se extendía al fondo, gris oscuro bajo la luz menguante, y el viento soplaba más fuerte que antes, agitando el vestido de Victoria y despeinando mi cabello.
—He oído tu conversación —dije sin rodeos.
No había espacio para la cortesía, para los preámbulos que suavizaran el golpe. Necesitaba la verdad desnuda, por dolorosa que fuera.
Victoria se quedó inmóvil. El color abandonó su rostro rápidamente.
—¿Qué conversación? —preguntó, pero el temblor en su voz delataba que ya lo sabía.
—La de hoy. Con Charlotte por teléfono. En el pasillo.
El silencio entre nosotros se extendió, denso y pesado, lleno de palabras no dichas. Una gaviota cruzó el cielo sobre nosotros, chillando, y el sonido pareció venir de muy lejos.
—No era lo que piensas —dijo Victoria finalmente, dando un paso hacia mí.
Retrocedí. El gesto fue involuntario, instintivo, como apartarme de una llama que quema.
—Ah, ¿no? —Mi tono era más duro de lo habitual, más frío.
Me escuchaba a mí mismo y oía a un extraño, al abogado defensor que destruía testigos en los tribunales, no al hombre que había susurrado promesas contra la piel desnuda de esa mujer apenas horas antes—.
¿No dijiste que soy útil? ¿Que cuando termine la boda esto se acabará? ¿Que nunca fue real?
Victoria cerró los ojos un segundo, como si cada palabra fuera un golpe físico. Cuando los abrió, había una desesperación en su mirada que no quise interpretar.
—Estabas fuera de contexto —dijo ella.
—Siempre lo estoy, según tú. —Solté una risa breve, sin humor, que sonó amarga incluso a mis propios oídos—.
Siempre soy el segundo plato, ¿verdad? El abogado conveniente que aparece en el momento justo para hacer de escudo contra tu ex.
El idiota que se ofrece voluntario para una farsa y termina creyendo que es verdad.
—No sabes lo que estaba diciendo —insistió ella, y su voz se quebró apenas.
—Sé lo que escuché, Victoria. Y sé lo que sentí.
—Me pasé una mano por el rostro, sintiendo el cansancio de días sin dormir, de la tensión acumulada, del amor no correspondido que me pesaba como plomo en las venas—.
Sé que para ti esto fue un arreglo. Un contrato verbal.
Dos semanas de actuación y luego volver a ser enemigos en los tribunales.
Pero yo... —hice una pausa, tragando la emoción que amenazaba con traicionarme—.
Yo cometí el error de olvidar el guion y el papel que me tocaba interpretar.
Victoria dio otro paso hacia mí, y esta vez no retrocedí. Estaba demasiado cerca, lo suficiente como para oler su perfume, a jazmín y algo cítrico, y sentir el calor de su cuerpo que contrastaba con el frío del viento marino.
—Esto empezó siendo un acuerdo —dijo ella, y su voz era más suave, casi un susurro.
—Lo sé —respondí, mirándola fijamente, buscando en sus ojos verdes alguna señal de que también ella había caído, de que también sentía que el suelo se desvanecía bajo sus pies.
—Y se complicó.
—También lo sé.
—Pero no ha sido una mentira. —Victoria levantó la mano, tentativamente, como si quisiera tocarme pero temiera el rechazo—. Gabriel, cuando dije que eras útil... no me refería a ti. Me refería a la situación. A tener que fingir cuando lo único que quería era...
—¿Qué? —la interrumpí, y mi voz salió más dura de lo que pretendía—. ¿Qué querías, Victoria? ¿Que te protegiera de Ethan? ¿Que hiciera de escudo para que tu familia dejara de compadecerte? ¿Que te calentara la cama mientras durara el viaje?
—¡No! —El grito de ella resonó contra las paredes blancas del hotel, ahuyentando a una bandada de pájaros que descansaba en los olivos cercanos.
El silencio que siguió fue sepulcral.
Victoria respiraba con dificultad, con las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes. La observaba, inmóvil, con el corazón martilleándome en el pecho, esperando que dijera algo que me salvase, que reconstruyera el puente que yo acababa de quemar.
—No todo fue mentira —dijo ella finalmente, mucho más bajo, casi inaudible contra el viento.
Pero ya era tarde. Porque yo ya había decidido alejarme. Había visto esa película antes. Conocía el final. Sabía cómo terminaban estas historias: conmigo destrozado, con mi corazón hecho añicos en el suelo, mientras ella se lavaba las manos y decía que nunca había prometido nada.
Me acordé de Emily. De su promesa en el lecho de muerte. De cómo me había suplicado que siguiera adelante, que encontrara a alguien, que no me cerrara al amor. Y había intentado cumplirla. Había intentado ser valiente. Pero el precio era demasiado alto.
—Se acabó, Victoria —dije.
La frase cayó definitiva entre nosotros. Sin gritos. Sin drama. Peor: con calma. Con la certeza absoluta de quien sabe que no hay vuelta atrás.
Victoria no respondió. Se quedó allí, con la mano aún levantada a mitad de camino entre ambos, como una estatua de sal hecha de carne y hueso. Vi cómo se le humedecían los ojos, cómo sus labios se separaban ligeramente buscando palabras que no llegaban.
—No tienes que fingir más —continué, y mi voz se suavizó imperceptiblemente, traicionando la ternura que aún sentía y que odiaba con toda mi alma—. La boda es mañana. Cumpliré mi parte. Protegeré a Isabelle. Pero después... después no existo para ti. Y tú no existes para mí.
Me di la vuelta.
El gesto me costó más de lo que había anticipado.
Cada fibra de mi ser gritaba que me detuviera, que la abrazara, que le diera la oportunidad de explicarse.
Pero el miedo era más fuerte. El miedo a volver a ser el hombre que había sido durante seis años: un fantasma, un recipiente vacío, alguien que sobrevivía pero no vivía.
—Gabriel —susurró ella detrás de mí.
Su nombre en sus labios sonó como una despedida. Como un lamento. Como el final de algo que podría haber sido extraordinario y que ahora se desvanecía en el aire salado de Santorini.
No me giré.
Caminé hacia el hotel con pasos firmes, con la espalda recta, con la mirada fija en un punto invisible del horizonte.
No miré atrás. No podía. Porque si veía una sola lágrima en los ojos de Victoria Sinclair, si veía que ella también se desmoronaba, sabía que mi resolución se desharía como arena entre los dedos.
Llegué a la habitación y cerré la puerta con llave.
El sonido del cerrojo resonó en el silencio con una finalidad que me resultó reconfortante.
Me apoyé contra la madera fría, permitiendo que mi máscara se resquebrara finalmente.
La mandíbula que había mantenido tensa durante todo el enfrentamiento se relajó, y sentí cómo los músculos de mi rostro se contraían en una mueca de dolor que no pude controlar.
Me deslicé por la puerta hasta quedar sentado en el suelo, con las rodillas dobladas contra el pecho, una posición que no recordaba haber adoptado desde la infancia.
El reloj que Victoria me había regalado seguía en mi muñeca, marcando las horas con una indiferencia que me pareció obscena.
Me lo quité de golpe, dejándolo caer sobre la alfombra con un ruido sordo.
Útil. La palabra volvía una y otra vez, como una espina clavada en lo más profundo de mi orgullo.
Había sido útil para ella. Un accesorio conveniente.
Un escudo emocional contra su pasado. Y yo, como un maldito estúpido, había creído que era algo más.
Había creído que cuando me miraba con esos ojos verdes, cuando gemía mi nombre en la oscuridad, cuando discutíamos sobre leyes y precedentes durante horas sin darnos cuenta del tiempo, estaba viendo algo real.
Me reí. Una risa amarga, ahogada, que sonó más a sollozo que a humor.
Mañana sería la boda. Mañana enfrentaríamos al asesino que amenazaba a Isabelle. Y mañana, cuando todo terminara, yo volvería a ser el hombre que había sido antes de conocer a Victoria: un abogado brillante, un viudo emocional, una fortaleza de piedra donde nadie pudiera entrar.
Nunca más me ofrecería voluntario para el dolor. Nunca más confiaría en una mentira. Y nunca más, bajo ninguna circunstancia, volvería a creer en finales felices.
Me quedé sentado en el suelo hasta que las piernas se me durmieron, mirando fijamente la pared blanca frente a mí, vacío por dentro, muerto por fuera. Esperando a que llegara la mañana y con ella, la certeza de que había hecho lo correcto.
Aunque cada fibra de mi ser gritara que me equivocaba.