Dos mundos: Lo que escondemos (Dos mundos 2) Capítulo 9 — Mateo #2
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Capítulo 9 — Mateo #2

Aquel ofrecimiento, el primero de naturaleza estrictamente profesional que Ricardo Cross me hacía directamente, representó un paso adicional en la evolución de nuestra relación, todavía lejos de una aceptación completa y calurosa, pero cada vez más orientada hacia un respeto mutuo basado en el reconocimiento genuino de capacidades y de resultados concretos, más allá de cualquier prejuicio inicial relacionado con las diferencias económicas entre nuestras familias.

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La noche antes de la boda, mientras probaba por última vez el traje prestado de Alejandro en mi habitación, mi hermana Lucía entró sin llamar, como solía hacer, sentándose en el borde de mi cama con una expresión seria poco habitual en ella.

—¿Estás nervioso por lo de mañana? —me preguntó, observándome ajustar la corbata con una torpeza que delataba mi falta de práctica con ese tipo de prendas.

—Un poco, la verdad. Va a ser la primera vez que me presente oficialmente delante de toda la familia extendida de Valentina.

—Vas a estar genial, Mateo. —Se quedó pensativa un momento, antes de añadir algo que no esperaba de una chica de quince años—: ¿Sabes?

Cuando sea mayor, quiero encontrar a alguien que luche por mí de la manera en que tú luchas por Valentina, y que yo luche por él de la manera en que ella lucha por ti.

Da igual de dónde venga esa persona, ni cuánto dinero tenga su familia.

Aquellas palabras, pronunciadas con la sinceridad desarmante propia de la adolescencia, me conmovieron profundamente, revelando el impacto silencioso pero real que toda aquella historia de amor, vivida ante los ojos de mi familia entera durante el último año y medio, había tenido en la manera en que mi hermana pequeña empezaba a entender y a valorar el amor genuino, muy por encima de cualquier consideración material o social.

—Vas a encontrar a esa persona, Lucía. Estoy convencido de ello.

—Eso espero. Mientras tanto, ve a demostrarle a esa gente pija de mañana que el valor de una persona no se mide por su cuenta bancaria.

Su determinación, tan parecida a la que había ido desarrollando yo mismo a lo largo de aquel año de dificultades compartidas con Valentina, me llenó de una confianza renovada de cara al día siguiente, recordándome que, independientemente de cómo resultara la velada, ya había ganado algo mucho más importante que la aprobación social: el respeto y la admiración genuina de las personas que de verdad importaban en mi vida.

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Aquella misma semana previa a la boda, Marisa, la coordinadora de la ONG que había supervisado el proyecto original de Sierra Gorda, nos invitó a Valentina y a mí a una pequeña reunión de seguimiento con doña Pilar y algunas de las otras vecinas del edificio, para celebrar juntos el aniversario de la finalización de las obras, coincidiendo casualmente con los días finales de preparación para el gran evento social que se avecinaba.

—Qué contraste tan curioso —comentó Valentina, mientras caminábamos hacia el edificio de Sierra Gorda, todavía con la cabeza puesta en los últimos detalles logísticos de la boda—.

Esta semana estamos preparando una boda con cientos de invitados en una finca de lujo, y al mismo tiempo celebrando un aniversario mucho más modesto pero, en cierto sentido, igual de significativo, con la gente que nos vio empezar de verdad esta historia.

Doña Pilar, al enterarnos de los planes para la boda de Alejandro, se mostró encantada con la noticia, insistiendo en que le contáramos todos los detalles con el mismo entusiasmo que había mostrado siempre hacia cualquier avance importante en nuestra relación.

—Así que por fin vais a dejar de esconderos del todo, delante de toda esa gente importante —dijo, con una sonrisa orgullosa—. Ya era hora, hijos. El amor de verdad no debería tener que pedir permiso para existir a plena luz del día.

Aquellas palabras, pronunciadas con la sabiduría sencilla y directa que siempre había caracterizado a doña Pilar, resonaron con especial fuerza en aquellos días de nervios acumulados antes del gran evento, recordándonos, una vez más, el origen humilde pero profundamente significativo de una relación que estaba a punto de exponerse, por primera vez, ante la totalidad del círculo social más exigente y más tradicional de la familia Cross.

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Bruno, en los días finales previos a la boda, insistió en ayudarme con un último detalle práctico que no había considerado: la elección de unos zapatos adecuados para acompañar el traje prestado de Alejandro, un aspecto en el que mi propio guardarropa resultaba completamente insuficiente para las exigencias del evento.

—No puedes ir con tus zapatillas de siempre a una boda de esa categoría, tío —me dijo, con la practicidad directa que lo caracterizaba, mientras me acompañaba a una tienda de segunda mano de ropa formal donde solía encontrar gangas ocasionales—.

Vamos a encontrarte algo digno sin que tengas que gastarte un dineral que no tienes.

Encontramos, después de casi una hora de búsqueda paciente, unos zapatos de vestir en perfecto estado, apenas usados, a un precio que resultaba completamente asumible dentro de mi presupuesto ajustado, y Bruno, satisfecho con el hallazgo, insistió en invitarme a un café para celebrar la misión cumplida.

—¿Sabes lo que más me alucina de todo esto?

—me comentó, mientras tomábamos el café—.

Hace un año, cuando me contaste por primera vez lo de Valentina, pensé que aquello iba a durar, como mucho, un par de meses.

Y aquí estás, a punto de ir a la boda de su primo, con zapatos prestados y de segunda mano, pero con el corazón puesto de verdad en hacer que esto funcione a largo plazo.