Dos mundos: Lo que escondemos (Dos mundos 2) Capítulo 2 — Valentina
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Capítulo 2 — Valentina

Mi madre tiene un talento especial para la vigilancia disfrazada de cariño.

Nunca me pregunta directamente si voy a ver a Mateo; en cambio, se las arregla para comentar, como quien no quiere la cosa, que le encantaría que la acompañara a una exposición el sábado por la tarde, justo cuando sabe, por algún canal de información que todavía no he conseguido identificar del todo, que tenía planes de verlo.

—Podríamos ir a ver la exposición de Sorolla en el Thyssen —me dijo, un jueves por la noche, mientras cenábamos las dos solas porque mi padre tenía una cena de negocios—. Hace siglos que no hacemos un plan juntas.

—Este sábado tengo cosas que hacer, mamá.

—¿Qué cosas?

—Cosas de la universidad.

Mi madre no insistió más esa noche, pero la manera en que me miró, con una mezcla de resignación y de tristeza calculada, me dejó claro que sabía perfectamente qué "cosas de la universidad" me ocupaban realmente los sábados por la tarde.

Renata, que se había convertido, desde el verano, en mi coartada oficial para prácticamente todas las salidas con Mateo, empezaba a mostrar signos de agotamiento con el papel.

—Val, no me malinterpretes, me encanta ayudarte —me dijo, un día, mientras tomábamos un café entre clases—, pero llevo mintiendo a tu madre desde julio con una consistencia que empieza a darme miedo.

Como se entere de la mitad de las cosas que le he dicho, no me va a volver a invitar a una cena de Navidad en su vida.

—Lo sé. Y te lo agradezco muchísimo.

—No es solo agradecimiento lo que necesito, Val. Necesito un plan. Porque esto de vivir escondiéndoos no puede ser sostenible para siempre, y cuanto más dure, peor va a ser cuando finalmente explote.

Renata tenía razón, como de costumbre, y aquella conversación se me quedó rondando la cabeza durante días, alimentando una inquietud que llevaba meses posponiendo examinar de frente: ¿cuánto tiempo más podíamos Mateo y yo seguir viviendo en esta especie de limbo, ni completamente escondidos ni completamente libres, sin que la tensión terminara por desgastar algo que ambos sabíamos que merecía mucho más que eso?

· · ·

La oportunidad de hablarlo abiertamente con Renata llegó antes de lo esperado, un viernes por la noche en que había quedado con ella en su casa con la excusa oficial de "estudiar juntas para el examen de Derecho Mercantil", una excusa que, esta vez, sí era parcialmente cierta, aunque la mayor parte de la noche terminó dedicada a otra cosa completamente distinta.

—¿Alguna vez te has planteado que quizás sería más fácil contárselo a tus padres tú misma, en tus propios términos, en lugar de esperar a que se enteren por casualidad, como pasó con tu tía Cecilia?

—me preguntó Renata, tumbada en su cama mientras yo fingía repasar apuntes que llevaba diez minutos sin leer realmente.

—Ya lo saben, Renata. Se lo conté yo misma, ¿recuerdas? El semestre pasado, después de lo de la puerta de casa.

—Lo saben, sí. Pero actúan como si fuera un secreto vergonzoso que hay que mantener contenido, no como una relación real que forma parte de tu vida. ¿No te cansa esa hipocresía?

Me quedé callada un momento, porque Renata había puesto el dedo exactamente en la llaga que más me dolía de toda la situación: no era tanto la oposición explícita de mis padres —con eso, de alguna manera, ya había aprendido a lidiar—, sino esa zona gris incómoda en la que vivíamos, donde la relación existía oficialmente pero nunca se mencionaba en voz alta delante de nadie del círculo familiar, como si fuera una enfermedad vergonzosa que era mejor no nombrar.

—No sé qué hacer con eso, la verdad —admití, al final—. No puedo obligar a mis padres a aceptarlo públicamente si no quieren. Y tampoco quiero forzar una confrontación que probablemente termine peor de lo que ya está.

—A veces las confrontaciones son necesarias, Val. Postergarlas no las hace desaparecer, solo las hace más grandes cuando finalmente llegan.

Aquella frase, dicha con la sencillez propia de quien lleva toda la vida siendo mi amiga y por tanto se permite decirme verdades que nadie más se atrevería a decirme con tanta claridad, se me quedó grabada durante semanas, resonando cada vez que la tensión en casa se volvía insoportable.

· · ·

El domingo siguiente, mi padre organizó una comida familiar más reducida de lo habitual, solo nosotros tres y mi abuela materna, en la que, para mi sorpresa, sacó el tema de Mateo directamente, sin rodeos, algo que no había hecho desde la confrontación inicial del semestre anterior.

—He estado pensando —dijo, mientras servía el vino con esa formalidad ceremoniosa que reservaba para las ocasiones importantes—, que quizás deberíamos conocer mejor a este chico.

Si va a seguir siendo parte de tu vida, al menos deberíamos saber con quién estamos tratando, más allá de los rumores de tu tía Cecilia.

Me quedé momentáneamente sin palabras, sorprendida por un giro que no esperaba en absoluto, mientras mi abuela, a mi lado, sonreía con una satisfacción discreta que sugería que quizás había tenido algo que ver en aquel cambio de actitud.

—¿Lo dices en serio, papá?

—Lo digo en serio. No prometo nada más allá de conocerlo, Valentina. Pero prefiero eso a seguir fingiendo que no existe, mientras tú sigues viéndolo a mis espaldas.

Mi madre, que hasta ese momento había permanecido en silencio, añadió, con una expresión que combinaba resignación y cierta curiosidad genuina:

—Podríamos invitarlo a comer el próximo domingo. Algo sencillo, sin más gente delante que pueda incomodar a nadie.

Acepté, con una mezcla de esperanza y de terror que no había sentido en mucho tiempo, consciente de que aquella comida, por sencilla que sonara en la propuesta de mi madre, iba a ser una de las pruebas más importantes de toda la relación con Mateo hasta la fecha.

Le escribí esa misma noche, con el corazón acelerado, contándole la propuesta.

"Mi padre quiere conocerte. Una comida el domingo que viene. No sé si alegrarme o aterrarme."

Su respuesta tardó unos minutos, minutos durante los cuales me imaginé todos los escenarios posibles, desde el desastre absoluto hasta un improbable final feliz.

"Las dos cosas a la vez, probablemente. Pero vamos a hacerlo. Ya era hora de dejar de escondernos a medias."

Aquellas palabras, "dejar de escondernos a medias", resonaron en mí durante toda la semana siguiente, con la certeza incómoda de que, fuera cual fuera el resultado de aquella comida, algo importante estaba a punto de cambiar de manera irreversible en la dinámica que Mateo y yo habíamos mantenido durante todo el año anterior.

· · ·

El concurso de arquitectura social que Mateo me había mencionado por teléfono se convirtió, en las semanas siguientes, en un proyecto compartido que llenó buena parte de nuestro tiempo juntos, aunque de una manera completamente distinta a como habíamos trabajado el año anterior en Sierra Gorda: esta vez, sin la estructura de una asignatura obligatoria de por medio, todo el esfuerzo dependía enteramente de nuestra propia motivación e iniciativa.

—He estado pensando en un posible enfoque —le dije, una tarde, mientras revisábamos juntos las bases del concurso en la biblioteca de la ETSAM—.

Algo relacionado con vivienda para jóvenes que salen del sistema de protección de menores, un colectivo que suele quedar completamente desatendido en este tipo de políticas.

Mateo se quedó pensativo un momento, con esa expresión de concentración absoluta que ponía cada vez que una idea empezaba a tomar forma en su cabeza.

—Es un enfoque muy potente, la verdad. Conozco un poco el tema porque Marisa, de la ONG, colabora también con un programa de acompañamiento a jóvenes extutelados. Podríamos contactar con ella para entender mejor las necesidades reales del colectivo.

Aquella colaboración con Marisa, retomada semanas después con un entusiasmo mutuo que reflejaba lo mucho que habíamos disfrutado trabajando juntos el año anterior, se convirtió en la base de un proyecto que, poco a poco, empezó a tomar una forma sólida y bien fundamentada, combinando de nuevo mi capacidad para estructurar la financiación con la visión técnica de Mateo sobre el diseño arquitectónico.

Mi madre, al enterarse de que estaba dedicando parte de mi tiempo libre a ayudar a Mateo con aquel proyecto, mostró una reacción ambivalente que resumía bien la complejidad de la situación en aquel momento.

—Me alegra que sigas implicada en este tipo de causas sociales, Valentina —me dijo, una noche, mientras cenábamos juntas—. Pero no puedo evitar preguntarme si esta implicación tan intensa tiene más que ver con la causa en sí o con el chico que la lidera.

—Puede que sea las dos cosas a la vez, mamá. ¿Tiene eso algo de malo?

Mi madre no contestó directamente a la pregunta, pero su silencio, cargado de una preocupación que no se molestó en disimular del todo, me confirmó que la tregua incómoda que habíamos alcanzado en casa seguía siendo exactamente eso: una tregua, no una aceptación real de la situación.

· · ·

Una tarde de finales de septiembre, mientras esperaba a Renata en una cafetería cerca de la facultad, me encontré por casualidad con Íñigo, el chico que había hecho aquel comentario condescendiente sobre "contactos" en la fiesta de cumpleaños del año anterior, ahora acompañado de un grupo de amigos comunes que reconocí vagamente de distintos eventos sociales.

—Valentina, cuánto tiempo —me saludó, con una cordialidad que no recordaba de nuestro anterior encuentro—. ¿Sigues con el chico aquel de la ETSAM? El de la sudadera y el proyecto social.

Había algo en el tono de la pregunta, una mezcla de curiosidad genuina y de burla apenas disimulada, que me hizo tensar la mandíbula antes de contestar.

—Se llama Mateo, y sí, seguimos juntos. Más fuertes que nunca, de hecho.

—Qué bien, qué bien. —Intercambió una mirada con uno de sus amigos que no me pasó desapercibida—. Es admirable, la verdad, que sigas apostando por... ese tipo de relaciones, a pesar de las dificultades obvias.