Dos mundos: Lo que escondemos (Dos mundos 2) Capítulo 1 — Mateo #3
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Capítulo 1 — Mateo #3

Aquel primer mes de curso terminó con una pequeña pero significativa tradición que Valentina y yo decidimos instaurar: una cena mensual con Bruno y, cuando su disponibilidad lo permitía, con Renata también, alternando entre lugares de mi barrio y del centro de Madrid, buscando deliberadamente que ninguno de nuestros dos mundos se convirtiera en el escenario exclusivo de nuestros encuentros sociales compartidos.

—Esto de las cenas rotativas es buena idea —comentó Bruno, durante la primera de aquellas cenas, celebrada en un pequeño restaurante de Vallecas que él mismo había recomendado—. Así nadie se siente completamente fuera de su terreno todo el rato.

Renata, que había insistido en acompañarnos a pesar de su agenda social habitualmente cargada, se mostró encantada con la propuesta, congeniando con Bruno de una manera que ninguno de los cuatro había anticipado del todo.

—Tenéis que enseñarme más sitios como este —le dijo a Bruno, mientras probaba con genuino entusiasmo un plato de callos que nunca antes había probado en su vida—. Esto es mil veces mejor que cualquier restaurante de moda del centro.

Aquella primera cena conjunta, repetida con distintas variaciones a lo largo de los meses siguientes, se convirtió en un pequeño ritual reconfortante que ayudaba a mantener viva la conexión entre los cuatro, ofreciendo un espacio de normalidad y de disfrute compartido en medio de todas las dificultades y tensiones que, inevitablemente, seguían acompañando el resto de nuestras vidas durante aquel segundo año tan intenso.

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Iris Moreno, además de ofrecerme la beca de colaboración, insistió también en presentarme formalmente a un pequeño grupo de antiguos alumnos suyos que ahora trabajaban en distintos estudios de arquitectura especializados en proyectos sociales, organizando un encuentro informal en su propio despacho que resultó ser mucho más valioso de lo que había anticipado inicialmente.

—Quiero que conozcas a gente que ya está haciendo, profesionalmente, el tipo de trabajo al que aspiras dedicarte —me explicó, mientras me presentaba a cada uno de los antiguos alumnos presentes—. Nunca está de más construir una red de contactos genuina desde estas etapas tempranas de tu formación.

Aquel encuentro, breve pero significativo, me permitió vislumbrar con mayor claridad las distintas trayectorias profesionales posibles dentro del campo de la arquitectura social, desde estudios pequeños especializados en proyectos comunitarios hasta departamentos de responsabilidad social dentro de grandes constructoras, ampliando considerablemente mi perspectiva sobre las opciones reales que tendría disponibles una vez terminara la carrera.

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Aquel encuentro con los antiguos alumnos de Iris Moreno también me sirvió para conocer, de primera mano, testimonios de otras parejas que habían conseguido, a pesar de diferencias sociales importantes, construir carreras y vidas conjuntas exitosas, ejemplos concretos que me ofrecieron una perspectiva esperanzadora sobre nuestro propio futuro con Valentina, más allá de las dificultades presentes que todavía teníamos que superar aquel curso.

—No sois los primeros en este camino, ni seréis los últimos —me dijo uno de aquellos antiguos alumnos, un arquitecto llamado Javier que había vivido, años atrás, una situación bastante similar a la nuestra con su propia esposa—.

Da miedo al principio, pero con el tiempo, con esfuerzo, y con la determinación adecuada, se puede construir algo realmente sólido y duradero.

Aquel testimonio, sumado a la propia experiencia acumulada durante nuestro primer año y medio de relación, se convirtió en una fuente adicional de esperanza y de perspectiva a largo plazo que necesitaba desesperadamente en medio de tantas dificultades cotidianas.

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Aquella red de apoyo comunitario que Bruno representaba tan bien se manifestó también, de manera colectiva, unas semanas antes de la boda, cuando varios vecinos del edificio de Sierra Gorda, al enterarse a través de doña Pilar de la importancia del evento que se avecinaba, insistieron en organizar una pequeña merienda de despedida en mi honor, como gesto de cariño y de buenos deseos antes de aquel encuentro tan significativo con la familia de Valentina.

—Vas a representarnos bien a todos, ¿verdad, hijo? —me preguntó doña Pilar, mientras las vecinas preparaban dulces caseros para la ocasión—. Vallecas entero va contigo a esa boda, aunque sea en espíritu solamente.

Aquel gesto colectivo, cargado de un cariño comunitario que trascendía ampliamente la simple relación personal entre Valentina y yo, me recordó una vez más la importancia fundamental de las raíces y de la comunidad de origen en la construcción de cualquier identidad sólida, independientemente de los nuevos mundos y las nuevas oportunidades que la vida decidiera ofrecerme por el camino.

Aquella merienda comunitaria organizada en mi honor por los vecinos de Sierra Gorda, sumada a todos los demás gestos de apoyo recibidos durante aquel curso, confirmaba una vez más que el camino que Valentina y yo habíamos decidido recorrer juntos, por difícil que resultara en ocasiones, contaba con cimientos mucho más sólidos de lo que cualquier obstáculo familiar o social pudiera llegar a comprometer seriamente.