Dos mundos: Lo que escondemos (Dos mundos 2) Capítulo 1 — Mateo #2
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Capítulo 1 — Mateo #2

Charlamos brevemente sobre los años transcurridos desde que su familia se había mudado, poniéndonos al día de manera superficial pero cordial, sin que en ningún momento sintiera que aquel reencuentro despertara en mí ningún interés más allá de la curiosidad natural por saber cómo le había ido la vida a alguien que había sido importante en mi adolescencia.

Se lo mencioné a Valentina esa misma noche, más por transparencia que por darle mayor importancia de la que realmente tenía.

—Me he encontrado hoy con Carla, mi ex del instituto —le comenté, casi de pasada, mientras cenábamos juntos en su casa, aprovechando que sus padres habían salido esa noche—. Coincidimos en un grupo de trabajo de una optativa.

Valentina levantó la vista de su plato, con una expresión que combinaba curiosidad genuina y una pizca de inseguridad que no intentó disimular del todo.

—¿Y qué tal? ¿Ha sido raro?

—Un poco raro, sí, pero nada más que eso. Fue hace mucho tiempo, y las cosas terminaron bien entre nosotros, sin dramas. Pero no siento nada más que aprecio pasado por ella, si es lo que te preocupa.

—No es que me preocupe exactamente —admitió, con una sinceridad que agradecí—. Es solo que, con todo lo que estamos pasando este año, cualquier elemento nuevo me pone un poco nerviosa, aunque sea completamente inofensivo.

Entendía perfectamente su reacción, considerando el contexto de presión constante en el que vivíamos ambos, y aquella conversación, resuelta con una honestidad tranquila por ambas partes, terminó reforzando, una vez más, la importancia de mantener una comunicación abierta entre nosotros, incluso sobre temas aparentemente triviales como un reencuentro casual con una ex pareja de instituto.

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A finales de septiembre, mi hermana Lucía cumplió quince años, un acontecimiento que en mi familia se celebraba con más entusiasmo del habitual porque suponía, según la tradición no escrita que había heredado de mi abuela, "la mitad del camino hacia la vida adulta".

Valentina, sin que nadie se lo pidiera, se implicó en los preparativos de la fiesta con un entusiasmo que sorprendió gratamente a toda mi familia.

—He estado pensando en el regalo perfecto para Lucía —me comentó, unos días antes de la celebración—.

Sé que quiere ser médico algún día. ¿Qué te parece si le regalo una suscripción a una plataforma de preparación para la selectividad, con acceso a clases particulares de las asignaturas de ciencias?

—Eso sería un regalo increíble, Valentina, pero es un gasto considerable. No hace falta que hagas algo tan grande.

—Quiero hacerlo. Lucía me cae genial, y creo firmemente en invertir en la gente con potencial real, independientemente de los recursos que tenga su familia para apoyarla.

El regalo, entregado el día de la fiesta con una discreción que evitó cualquier sensación de ostentación innecesaria, provocó en mi hermana una alegría genuina que se tradujo en un abrazo efusivo hacia Valentina y en una relación de cariño mutuo entre ambas que se consolidaría, con el paso de los meses, en una de las dinámicas familiares más entrañables de toda aquella etapa de nuestra relación.

Mi madre, observando la escena desde la cocina mientras terminaba de preparar la tarta, se acercó a mí con una expresión reflexiva.

—Esa chica tiene un corazón mucho más grande que su apellido, Mateo —me dijo, repitiendo casi textualmente las palabras que yo mismo había pensado meses atrás—. Cuídala bien, hijo. Y deja que ella también te cuide a ti, que buena falta te hace después de todo lo que cargas encima.

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Aquel mismo mes de septiembre, recibí también una noticia que llevaba tiempo esperando con cierta ansiedad: el resultado de mi solicitud para una beca de colaboración remunerada con el departamento de Iris Moreno, que me permitiría trabajar, unas horas a la semana durante todo el curso, como ayudante en su taller de proyectos sociales, con una pequeña retribución económica que aliviaría parte de la presión financiera acumulada.

—Te la han concedido, Mateo —me confirmó la propia Iris Moreno, con una sonrisa que reflejaba genuina satisfacción por mi logro—. Tu experiencia en Sierra Gorda ha pesado mucho a tu favor frente al resto de candidatos.

La noticia me llenó de un alivio considerable, sabiendo que aquella pequeña retribución adicional, sumada a mis turnos en el café y a mis tutorías ya reorganizadas, me daría un margen económico algo más desahogado de cara a un curso que ya se anticipaba especialmente exigente en todos los frentes.

Se lo conté esa misma noche a Valentina, con un entusiasmo genuino que contrastaba con la cautela habitual con la que solía compartir noticias relacionadas con el dinero.

—Mateo, esto es una noticia estupenda —me dijo, con una alegría genuina—. Además de la retribución, imagina lo que esto puede aportar a tu currículum de cara al futuro, trabajando codo con codo con una de las profesoras más respetadas del departamento.

—Es verdad. La verdad es que últimamente parece que las cosas empiezan a encajar un poco mejor, a pesar de todas las dificultades que seguimos teniendo con tu familia.

—Encajan porque nos lo hemos ganado a base de esfuerzo, los dos —contestó ella, con una convicción que resumía bien el espíritu con el que ambos afrontábamos, cada vez con mayor confianza mutua, todos los retos que aquel segundo año de universidad nos iba planteando semana tras semana.

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Una tarde de principios de octubre, mientras esperaba a que terminara mi turno en el café, Sole me preguntó, con la naturalidad de quien lleva años observando de cerca mi vida, sobre cómo estaba llevando Valentina la presión constante de su familia.

—Se la ve fuerte, la verdad, cada vez que viene por aquí —comentó Sole, mientras limpiaba la máquina de café al final del turno—. Pero también se le nota el cansancio acumulado en los ojos, como a ti.

—Los dos estamos aprendiendo a base de golpes lo que significa sostener una relación bajo este nivel de presión constante.

—Eso forja el carácter, Mateo, aunque no lo parezca en el momento. Mi marido y yo pasamos por algo parecido, aunque con matices distintos, y hoy en día no cambiaríamos ni un solo momento de aquella dificultad por la solidez que nos ha dado con el paso de los años.

Aquella conversación con Sole, breve pero significativa, se sumó a la creciente lista de voces de experiencia que, a lo largo de aquel segundo año tan intenso, iban ofreciéndonos perspectivas valiosas sobre cómo navegar las dificultades presentes con la mirada puesta en un futuro compartido que, cada vez con mayor claridad, ambos estábamos decididos a construir juntos, pasara lo que pasara con la oposición familiar que todavía teníamos que enfrentar.

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