Dos mundos: Lo que escondemos (Dos mundos 2) Capítulo 1 — Mateo
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Dos mundos: Lo que escondemos (Dos mundos 2)

Dos mundos: Lo que escondemos (Dos mundos 2)

Por Alba Montellano

© inepub.com

Capítulo 1 — Mateo

El verano terminó de una manera extraña, con esa sensación agridulce de quien ha sobrevivido a algo sin saber todavía si ha ganado o solo ha aplazado la derrota.

Valentina y yo habíamos conseguido, contra todo pronóstico, mantener la relación viva a distancia: dos meses de llamadas nocturnas, de fotos enviadas a deshora, de una visita suya a Madrid a mediados de agosto que duró apenas cuarenta y ocho horas robadas a la vigilancia de su familia en La Moraleja, con la excusa de "un cumpleaños de Renata" que ni siquiera existía.

Pero sobrevivir no es lo mismo que estar bien, y los dos lo sabíamos, aunque ninguno lo dijera en voz alta durante aquellas llamadas nocturnas en las que fingíamos que todo iba mejor de lo que en realidad iba.

—¿Estás nervioso por empezar el curso? —me preguntó Bruno, mientras montábamos juntos unas estanterías nuevas en el taller de su padre, la primera semana de septiembre, con el calor todavía pegajoso de un verano que se resistía a marcharse.

—Nervioso por las clases no. Nervioso por todo lo demás, sí.

—¿Sigue su padre tan cabezón?

—Según Valentina, más todavía. Por lo visto ha estado toda la comida de mediados de agosto con el mismo argumento: que esto es una fase, que se le va a pasar, que soy "una distracción propia de la edad".

Bruno soltó una risa seca, sin humor real detrás.

—Qué generoso, llamarte distracción y no directamente "el chico ese".

—Al menos eso, supongo.

Terminamos la estantería en silencio, ese silencio cómodo que solo se da entre amigos de toda la vida, hasta que Bruno, limpiándose las manos en el trapo de siempre, sacó el tema que sabía que llevaba días rondándome la cabeza sin que yo lo mencionara.

—¿Y tú cómo estás llevando todo esto, de verdad? No lo que le cuentas a ella para que no se sienta culpable. Lo que sientes tú.

Me quedé callado un momento, sopesando la pregunta con la seriedad que merecía.

—Cansado —admití, al final—. No de ella. De la sensación constante de estar librando una batalla que no elegí, contra gente que ni siquiera me conoce, solo por el hecho de haberme enamorado de la persona equivocada según sus reglas.

—¿Y crees que merece la pena seguir librándola?

—Cada día más.

Bruno asintió, sin necesidad de decir nada más, y aquella tarde, mientras recogíamos las herramientas del taller, sentí una determinación renovada instalarse en mi pecho: fuera lo que fuera lo que la familia Cross tuviera preparado para intentar separarnos ese curso, no pensaba ceder sin pelear.

· · ·

Las clases del segundo año en la ETSAM empezaron con una carga de trabajo que superaba con creces la del año anterior: proyectos más complejos, profesores más exigentes, y una sensación general, compartida por todos mis compañeros, de que aquel curso era donde de verdad "se separaba el grano de la paja", como le gustaba repetir a uno de nuestros profesores más temidos.

A eso había que sumarle mis turnos habituales en el café de Sole, las tutorías de los fines de semana —que ya se habían consolidado en una pequeña red estable de cuatro alumnos distintos, entre Vallecas y algunos contactos del entorno de Valentina—, y el tiempo, cada vez más escaso, que intentaba reservar para verla a ella, ya fuera en persona cuando su apretada agenda social se lo permitía, ya fuera a través de mensajes que se habían convertido en la forma principal de mantener viva la relación durante las semanas más ocupadas.

—Te veo agotado —me dijo mi madre, una noche, mientras cenábamos los cuatro juntos, algo cada vez menos frecuente dado lo apretado de mi horario—. ¿Seguro que puedes con todo esto?

—Tengo que poder, mamá.

—Eso no es lo que te he preguntado.

No supe qué contestarle, porque en el fondo compartía la misma preocupación que ella, aunque llevara semanas evitando examinarla demasiado de cerca: la sensación de estar sosteniendo demasiadas cosas a la vez —la carrera, el trabajo, la relación, la presión constante de demostrar que merecía cada una de esas cosas—, con un margen de error que se estrechaba cada semana un poco más.

· · ·

Valentina volvió a Madrid la segunda semana de septiembre, con un bronceado que delataba semanas enteras de piscina en La Moraleja y una expresión, en cuanto nos vimos en persona por primera vez desde agosto, que combinaba alivio y agotamiento a partes iguales.

—No sabes las ganas que tenía de esto —me dijo, abrazándome con una fuerza que hablaba más que cualquier palabra, en el mismo banco del Retiro donde tantas cosas importantes habían pasado entre nosotros el año anterior.

—¿Qué tal el verano, de verdad?

—Agotador. Mi padre ha estado especialmente insistente este año, como si hubiera decidido que la mejor estrategia es el desgaste por repetición. Cada comida familiar terminaba, de una manera u otra, con algún comentario sobre "gente más adecuada" o sobre "el futuro que me merezco".

—¿Y tu madre?

—Más sutil, pero constante también. El otro día me dejó, "por casualidad", un artículo sobre parejas de distinto nivel socioeconómico y las estadísticas de divorcio asociadas. Como si una estadística fuera a cambiar algo de lo que siento.

Me reí, a pesar de la seriedad del tema, porque la imagen de la madre de Valentina dejando artículos estratégicamente colocados tenía un punto absurdo que aliviaba, aunque fuera momentáneamente, la tensión del relato.

—Al menos son creativos —comenté.

—Creativos y agotadores. —Se apoyó en mi hombro, con un suspiro cansado—. Pero aquí sigo. Aquí seguimos.

—Aquí seguimos —confirmé, besándole la frente con una ternura que llevaba dos meses conteniendo—. Pase lo que pase este curso.

Ninguno de los dos sabía, en ese momento, cuánta razón tenía esa frase, ni cuánto pondría a prueba aquel segundo año la determinación con la que ambos habíamos vuelto de las vacaciones.

· · ·

Doña Pilar, a la que fui a visitar esa misma semana para ver cómo iba adaptándose al nuevo sistema eléctrico ya instalado en el edificio de Sierra Gorda, me recibió con el cariño de siempre y una pregunta directa que no me esperaba.

—¿Y esa chica tuya? ¿Sigue en pie lo vuestro, después del verano?

—Sigue en pie, doña Pilar. Aunque no sin dificultades.

—Las dificultades son normales, hijo. Lo raro sería que no las hubiera.

—Me sirvió una taza de café que no había pedido, como cada vez que la visitaba—.

Lo importante es que, cuando las cosas se pongan feas de verdad, no dejéis que el orgullo de los demás decida por vosotros lo que sentís el uno por el otro.

No sabía, en ese momento de principios de curso, cuánta falta me iba a hacer recordar aquel consejo en las semanas que estaban por venir, cuando la presión combinada de mis estudios, mi trabajo, y la oposición cada vez más organizada de la familia Cross empezara a poner a prueba, de maneras que todavía no podía anticipar, la solidez de todo lo que Valentina y yo habíamos construido juntos el año anterior.

· · ·

La primera semana de clases coincidió, además, con una noticia que había estado circulando entre los estudiantes de la ETSAM durante el verano: la escuela había decidido lanzar un concurso interno de proyectos de arquitectura social, en colaboración con varios ayuntamientos de la Comunidad de Madrid, ofreciendo como premio una beca de prácticas remuneradas en un estudio de referencia internacional especializado en vivienda pública.

—Tienes que presentarte —me dijo la profesora Iris Moreno, en cuanto me crucé con ella en el pasillo del departamento—. Con la experiencia que tienes ya del proyecto de Sierra Gorda, partes con ventaja sobre la mayoría de tus compañeros.

—No sé si voy a tener tiempo de preparar algo a la altura, con todo lo demás que tengo entre manos este curso.

—Encuentra el tiempo, Mateo. Este tipo de oportunidades no aparecen todos los años, y menos para alguien en tu situación económica. Una beca remunerada de prácticas en un estudio internacional podría cambiarte la vida entera.

Aquella conversación se me quedó rondando la cabeza durante días, sumándose a la ya larga lista de responsabilidades y de decisiones importantes que aquel segundo curso parecía empeñado en ponerme por delante desde el primer momento.

Decidí, finalmente, presentarme al concurso, convencido de que la oportunidad, por exigente que resultara en términos de tiempo, merecía la pena el esfuerzo adicional.

Se lo comenté a Valentina esa misma noche, por teléfono, y su reacción fue de un entusiasmo inmediato que contrastaba con mis propias dudas sobre si sería capaz de compaginarlo todo.

—Esto es una oportunidad increíble, Mateo. Tienes que presentarte, sin ninguna duda.

—Me preocupa no tener tiempo suficiente para hacerlo bien, con todo lo demás.

—Pues cuenta conmigo para lo que necesites. Puedo ayudarte con la parte de financiación del proyecto que presentes, como hicimos con Sierra Gorda. Formamos un buen equipo, ¿recuerdas?

Su ofrecimiento, hecho con la misma generosidad genuina que había mostrado durante todo nuestro primer año juntos, terminó de convencerme de que, con su apoyo, quizás sí sería capaz de sumar aquel reto adicional a un curso que ya se presentaba, desde sus primeras semanas, como uno de los más exigentes de toda mi vida académica hasta la fecha.

· · ·

Aquella primera semana de curso, además, trajo consigo un reencuentro inesperado: Carla, la antigua compañera de instituto con la que había salido brevemente años atrás, apareció matriculada en una asignatura optativa compartida entre la ETSAM y otra facultad, coincidiendo conmigo en un grupo de trabajo para un ejercicio puntual de la asignatura de Historia de la Arquitectura Contemporánea.

—Cuánto tiempo, Mateo —me saludó, con una sonrisa sincera que no ocultaba cierta sorpresa por el reencuentro—. No sabía que seguías estudiando Arquitectura. Te veo genial, la verdad.

—Tú también tienes buen aspecto, Carla. ¿Qué tal te ha ido todo este tiempo?