Dos mundos: La cena de los Cross (Dos mundos 3) Capítulo 3 — Mateo #2
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Capítulo 3 — Mateo #2

—Esto no es justo, Mateo —me dijo una de ellas, Carmen, después de clase—.

Tú has hecho la mayor parte del trabajo técnico real, y encima has tenido que lidiar con la actitud condescendiente de Fernando durante todo el proceso.

El profesor ni siquiera se ha molestado en preguntar cómo se dividió realmente el trabajo entre todos nosotros.

Aquel reconocimiento de mis propias compañeras, aunque no cambiara la evaluación oficial del profesor, me proporcionó cierto consuelo, confirmando que la injusticia que había percibido no era simplemente una proyección de mi propia inseguridad, sino una realidad objetiva reconocida también por observadores externos a mi propia perspectiva personal.

Decidí, finalmente, hablar directamente con el profesor sobre el tema, no tanto buscando cambiar la evaluación ya emitida, sino asegurándome de que quedara constancia oficial de mi contribución técnica real al proyecto, de cara a futuras referencias académicas o profesionales.

—Aprecio que se haya reconocido el valor del proyecto en general, profesor —le dije, durante una breve conversación después de clase—.

Pero me gustaría dejar constancia de que la propuesta técnica central del diseño urbano, incluyendo la solución de movilidad sostenible que ha sido destacada en la evaluación, fue desarrollada principalmente por mí, no por Fernando.

El profesor, aunque inicialmente sorprendido por mi intervención directa, terminó reconociendo, tras revisar con más detalle la documentación del proyecto, que efectivamente mi contribución técnica había sido sustancial, y se comprometió a corregir esa impresión en cualquier referencia futura sobre el proyecto que pudiera surgir en el contexto académico.

Aquella pequeña victoria, conseguida a través de la defensa activa de mi propio mérito en lugar de aceptar pasivamente una narrativa injusta, se convirtió en un precedente valioso que aplicaría, con mayor confianza todavía, durante el resto del proceso de competencia con Fernando Ochoa por la beca de Rehberg & Asociados.

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Bruno, al enterarse de todos los detalles sobre la dinámica desigual con Fernando Ochoa y sobre el reconocimiento sesgado del profesor de Diseño Urbano, no pudo evitar comentar, con su franqueza habitual, lo mucho que aquella situación reflejaba patrones más amplios que él mismo había observado a lo largo de su propia vida trabajando en el taller familiar.

—Esto me recuerda a cuando mi padre compite por contratos de reparación con talleres más grandes que tienen contactos directos con las aseguradoras —comentó, mientras me ayudaba con los últimos ajustes de mi maqueta para el portafolio de Rehberg—.

No importa que hagamos mejor trabajo por menos dinero.

Si no tienes el contacto adecuado, siempre vas a estar un escalón por debajo en la consideración inicial, aunque al final termines demostrando que tu trabajo es superior.

—¿Y cómo lo gestiona tu padre, esa desventaja constante?

—Currando el doble, básicamente. Y construyendo, poco a poco, una reputación tan sólida a base de resultados reales que, con el tiempo, la gente empieza a buscarte directamente a ti, sin necesidad de que ningún contacto privilegiado te abra la puerta.

Es un camino más lento y más duro, pero al final es mucho más sólido que cualquier ventaja heredada.

Aquella reflexión de Bruno, basada en la experiencia práctica de toda una vida observando las dinámicas de desigualdad estructural en el mundo de los pequeños negocios familiares, se convirtió en una fuente adicional de perspectiva durante aquellas semanas de competencia desigual con Fernando Ochoa, recordándome que, aunque el camino resultara más difícil y más lento sin los contactos privilegiados de mi rival, el tipo de reputación y de mérito genuino que estaba construyendo a través de mi propio esfuerzo tenía el potencial de resultar mucho más sólido y duradero a largo plazo.

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Doña Pilar, al enterarse durante una de mis visitas periódicas sobre la rivalidad desigual con Fernando Ochoa por la beca de Rehberg, ofreció su propia perspectiva sobre el tema, basada en décadas de experiencia observando cómo las dinámicas de privilegio afectaban a los jóvenes de su propio barrio a lo largo de los años.

—Hijo, en este barrio hemos visto a mucha gente con talento real quedarse en el camino porque no tenían quién les abriera la puerta adecuada —me dijo, mientras compartíamos el café habitual de nuestras visitas—.

Pero también hemos visto, con el tiempo, cómo algunos consiguen abrirse camino a base de pura terquedad y de trabajo bien hecho, cuando la puerta no se abre por sí sola.

—A veces me pregunto si ese esfuerzo adicional vale la pena, doña Pilar, cuando veo a gente como Fernando avanzando con tanta facilidad gracias a sus contactos.

—Vale la pena, hijo, aunque no siempre lo parezca en el momento. Porque lo que consigues con esfuerzo propio nadie te lo puede quitar después, ni cuestionar su legitimidad. Lo que consigues solo gracias a contactos, en cambio, siempre lleva la sombra de la duda sobre si de verdad lo merecías o no.

Aquella reflexión de doña Pilar, sencilla pero profundamente sabia, se sumó a las palabras similares de Bruno y de Iris Moreno durante aquellas mismas semanas, construyendo una perspectiva cada vez más sólida sobre el valor genuino y duradero del mérito propio frente a cualquier ventaja circunstancial de contactos privilegiados, una perspectiva que resultaría fundamental para sostener mi confianza durante los momentos más difíciles de la competencia con Fernando Ochoa que todavía estaban por llegar.

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Andrea y Lucía, las antiguas compañeras del proyecto original de Sierra Gorda que seguían manteniendo contacto ocasional conmigo a lo largo de los años, se enteraron de la rivalidad con Fernando Ochoa a través de comentarios comunes en la facultad, y decidieron organizarme una pequeña muestra de apoyo que reflejaba bien la solidaridad genuina que habíamos construido durante aquel primer proyecto compartido, casi tres años atrás.

—Hemos hablado con varios profesores del departamento sobre lo que está pasando con la evaluación sesgada de tu trabajo frente al de Fernando —me comentó Andrea, durante un encuentro casual en la cafetería de ICADE—.

Y varios de ellos han reconocido, en privado, que el sistema de evaluación actual favorece injustamente a estudiantes con contactos previos en los estudios de destino.

Aquel apoyo inesperado, viniendo de compañeras que apenas mantenían contacto regular conmigo desde el proyecto original, confirmó una vez más el impacto duradero que aquella primera colaboración en Sierra Gorda había tenido, generando una red de solidaridad que trascendía ampliamente el ámbito estrictamente académico de nuestro primer año de universidad juntos.

Valentina, al enterarse de aquel gesto de apoyo por parte de Andrea y Lucía, decidió también contactar con ellas para coordinar, junto con Iris Moreno, una propuesta formal dirigida al departamento sobre la necesidad de revisar los criterios de evaluación de proyectos grupales, asegurándose de que el mérito individual real quedara adecuadamente reconocido independientemente de las dinámicas de poder o de contactos previos que pudieran influir en la percepción general del trabajo de cada estudiante.

Aquella iniciativa colectiva, surgida directamente de mi propia experiencia de injusticia con Fernando Ochoa, terminaría materializándose, meses después, en una revisión formal de los protocolos de evaluación de proyectos grupales dentro de la ETSAM, un cambio institucional que beneficiaría a futuras generaciones de estudiantes en situaciones similares a la que yo mismo había atravesado durante aquel tercer curso tan exigente.

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