Capítulo 3 — Mateo
La noticia sobre la beca de Rehberg & Asociados se extendió rápidamente entre los estudiantes de último curso de la ETSAM, generando un ambiente de competencia que se palpaba en cada pasillo y en cada conversación de cafetería durante aquellas semanas de octubre.
Entre los candidatos que empezaron a surgir, uno en particular llamó mi atención de inmediato: Fernando Ochoa, un compañero de clase con quien apenas había coincidido en proyectos anteriores, pero cuyo apellido reconocí de inmediato por pertenecer a una de las familias más influyentes del sector de la construcción en Madrid.
—¿Sabías que el padre de Fernando es socio fundador de una de las constructoras más grandes de España? —me comentó un compañero, durante una pausa entre clases—. Y su tío trabajó, hace años, directamente con Rehberg en un proyecto conjunto en Alemania.
Aquella información, aunque no representaba necesariamente una ventaja injusta por sí misma, me generó cierta inquietud sobre las dinámicas reales que podían influir en un proceso de selección que, en teoría, debía basarse exclusivamente en el mérito y en la calidad del trabajo presentado.
—No dejes que eso te afecte, Mateo —me aconsejó Iris Moreno, cuando le comenté mis preocupaciones—. Tu trabajo habla por sí solo. Los contactos pueden abrir puertas, pero no pueden sostener una entrevista técnica ni defender un portafolio débil ante un jurado experimentado como el de Rehberg.
Sus palabras me tranquilizaron parcialmente, aunque no consiguieron eliminar del todo la inquietud que había empezado a instalarse en mi interior desde que conocí la existencia de Fernando Ochoa como principal competidor por aquella beca tan codiciada.
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El primer encuentro directo con Fernando llegó durante una sesión informativa organizada por el departamento sobre el proceso de selección, donde ambos coincidimos en la misma mesa de trabajo grupal, obligados por la dinámica de la sesión a colaborar temporalmente en un ejercicio conjunto.
—Así que tú eres el famoso Mateo Rueda, el de Sierra Gorda —me dijo, con una cordialidad que no terminaba de sonar del todo genuina—. He oído hablar mucho de tu proyecto. Impresionante, la verdad, para alguien sin muchos recursos de partida.
El comentario, envuelto en una capa de cortesía superficial, contenía una condescendencia apenas disimulada que reconocí de inmediato, similar a la que había experimentado en ocasiones anteriores por parte de otros miembros del círculo social de Valentina.
—Gracias. He trabajado muy duro en ese proyecto, la verdad.
—Seguro que sí. Yo también estoy preparando mi candidatura para Rehberg, aunque en mi caso cuento con la ventaja de conocer ya personalmente a algunos de los socios principales, gracias a los contactos de mi familia en el sector.
Lo dijo con una naturalidad que sugería que consideraba aquella ventaja como algo completamente normal y aceptable, sin ningún atisbo de incomodidad por reconocer abiertamente que su candidatura se apoyaría, al menos en parte, en relaciones familiares en lugar de exclusivamente en mérito propio.
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Se lo comenté a Bruno esa misma tarde, mientras trabajábamos juntos en el taller en los últimos detalles de mi maqueta para el portafolio.
—Típico de esa gente, tío —comentó Bruno, con su franqueza habitual—. Creen que sus contactos son simplemente "cualidades" más, como si hubieran currado por ellas de la misma manera que tú has currado por tu propio mérito.
—Me preocupa que, al final, esos contactos pesen más que la calidad real del trabajo presentado.
—Puede que pesen, sí. El mundo no siempre es justo, Mateo, y menos en según qué círculos.
Pero también he visto, a lo largo de mi vida, a mucha gente con contactos y sin talento real fracasar estrepitosamente cuando llega el momento de demostrar resultados concretos.
Tú tienes ambas cosas: mérito real y, cada vez más, también una red de apoyo genuina a tu alrededor. Eso tiene que contar para algo.
Las palabras de Bruno, combinadas con el apoyo constante de Valentina y de Iris Moreno durante aquellas semanas de preparación intensiva, me ayudaron a mantener la concentración necesaria en mi propio trabajo, aunque la sombra de Fernando Ochoa y sus contactos privilegiados seguiría rondando mis pensamientos, con una inquietud creciente, durante todo el proceso de selección que se extendería a lo largo de los meses siguientes.
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Iris Moreno, al notar mi preocupación creciente sobre la ventaja de contactos de Fernando Ochoa, me citó en su despacho para ofrecerme una perspectiva que necesitaba desesperadamente en aquel momento de inseguridad profesional acumulada.
—Mateo, llevo veinte años en este departamento, y he visto pasar por aquí a decenas de estudiantes con apellidos importantes y contactos privilegiados —me dijo, con la autoridad que le daban tantos años de experiencia académica—.
Algunos han tenido éxito, es cierto. Pero muchos otros han fracasado estrepitosamente en cuanto la responsabilidad real ha recaído sobre sus propios hombros, sin la red de seguridad de sus familias sosteniéndolos constantemente.
—Pero al menos tienen la oportunidad de intentarlo, profesora. Yo tengo que demostrar el doble de mérito solo para conseguir la mitad de consideración.
—Tienes razón en eso, y sería deshonesto negarlo.
El sistema no es justo, Mateo, y sería absurdo pretender lo contrario.
Pero precisamente por eso, cuando alguien como tú consigue destacar genuinamente en un entorno tan desigual, ese logro tiene un valor mucho más profundo y mucho más sólido que el de cualquiera que simplemente haya heredado sus oportunidades sin ningún esfuerzo real de por medio.
Aquellas palabras, sumadas al apoyo constante de Bruno y de Valentina, me ayudaron a recuperar cierta perspectiva durante aquellas semanas de competencia desigual con Fernando Ochoa, recordándome que, independientemente del resultado final del proceso de selección, el camino recorrido hasta ese punto ya representaba, por sí mismo, un logro considerable que ningún contacto familiar podría jamás igualar en términos de mérito genuino y de superación personal.
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La rivalidad con Fernando Ochoa se intensificó todavía más cuando, durante una presentación conjunta de proyectos en la asignatura de Diseño Urbano, ambos coincidimos en el mismo grupo de trabajo, obligados por la dinámica del curso a colaborar directamente en un ejercicio que, dadas las circunstancias, se convirtió en un terreno adicional de competencia silenciosa entre nosotros.
—Deberíamos dividir el trabajo de manera equitativa —propuso Fernando, durante la primera reunión del grupo, con un tono que sugería más control que verdadera colaboración—.
Yo me encargo de la parte de gestión de stakeholders y relaciones institucionales, dado mi...
digamos, mi experiencia previa en ese ámbito a través de contactos familiares.
Tú puedes encargarte de los aspectos más técnicos del diseño.
La propuesta, presentada con una naturalidad que asumía implícitamente que mi papel debía limitarse a lo estrictamente técnico mientras él se reservaba las tareas de mayor visibilidad y prestigio, generó una tensión inmediata entre nosotros que el resto del grupo, formado por dos compañeras que observaban la dinámica con cierta incomodidad evidente, no supo cómo mediar adecuadamente.
—Prefiero que dividamos las tareas según las fortalezas reales de cada uno, no según presunciones sobre quién debería encargarse de qué basándonos en contactos familiares —respondí, con una firmeza que sorprendió tanto a Fernando como a las otras dos compañeras del grupo—.
Mi experiencia en Sierra Gorda incluye tanto gestión de stakeholders como diseño técnico, así que no hay ninguna razón para asumir que debo limitarme a un aspecto concreto del proyecto.
Fernando, visiblemente descolocado por mi respuesta directa, terminó accediendo a una distribución de tareas más equilibrada, aunque la tensión subyacente entre nosotros persistió durante todo el desarrollo del proyecto conjunto, manifestándose en pequeños desacuerdos constantes sobre decisiones de diseño y sobre la manera de presentar el trabajo final ante el resto de la clase.
Aquella experiencia de colaboración forzada con Fernando, aunque tensa y desgastante en muchos aspectos, terminó fortaleciendo mi propia confianza en mi capacidad de defender mi posición y mi criterio profesional, incluso ante alguien que contaba con ventajas circunstanciales que yo mismo jamás podría igualar completamente.
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La situación con Fernando Ochoa se complicó todavía más cuando, durante la presentación final del proyecto conjunto de Diseño Urbano, el profesor responsable de la asignatura felicitó explícitamente la calidad del trabajo, pero atribuyó, erróneamente, la mayor parte del mérito a la "gestión de relaciones institucionales" que Fernando había liderado, ignorando por completo el trabajo técnico sustancial que yo mismo había desarrollado como base fundamental del proyecto.
—Fernando ha demostrado un talento excepcional para articular las necesidades de los distintos stakeholders del proyecto —comentó el profesor, ante toda la clase, durante la evaluación final—.
Ese tipo de habilidad, combinada con contactos sólidos en el sector, os va a resultar extraordinariamente valiosa en vuestra futura carrera profesional.
Sentí una frustración considerable ante aquel reconocimiento desequilibrado, que parecía validar precisamente la dinámica de privilegio que Fernando había intentado establecer desde el principio de nuestra colaboración forzada, pero decidí no protestar públicamente durante la propia clase, reservando mi frustración para compartirla después con las dos compañeras que habían trabajado también en el proyecto.