Dos como nosotros Capítulo 66
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Capítulo 66

H ay varias candidatas esperando en las butacas.

No tantas como imaginé, pero las suficientes como para pensar en subirme ahí y ser juzgada por cuatro de las personas más importantes del mundo de los musicales mientras ellas me observan deseando el papel; no es el casting más cómodo del mundo, aun así, intento disfrutar mientras miro cómo lo hacen los demás.

Todas son más que válidas e impresionantes.

Y estoy a punto de hundirme en la miseria hasta que recuerdo los ánimos de todos los míos.

Y recuerdo mi yo de ocho años frente al espejo y cómo miraba mis pósteres de Kate Winslet y los Back Street Boys con ese deseo tan grande de un día ser yo la que estuviese colgada en el cuarto de un niño o una niña, sirviendo de inspiración para alcanzar sus sueños.

Soy más consciente que nunca de que el destino casi nunca te lleva por los caminos que esperas o planeas. Y eso es muy frustrante. Pero quizá hay que detenerse y ver todo con otra lente. Quizá la vida, en cada rechazo, te esté redirigiendo de una forma que ni tú te esperas.

Y hay muchas formas de alcanzar un sueño.

―¿Mia Brooks? Eres la siguiente.

La voz del director de casting resuena por los altavoces y me pongo en pie, dejando en la butaca todas mis pertenencias y mis miedos.

Nerviosa, pero con paso firme, camino hasta que llego al centro del escenario y decenas de ojos clavan su mirada en mí.

A pesar de todo el temblor, el pisar estas centenarias tablas siempre me da un poder que ni yo misma sé que tengo en mi interior.

―Mi nombre es Mia Brooks y soy de Santa Clarita, California. Audiciono para el papel de Glinda y he elegido la canción For good.

Eso parece gustarles, ya que casi todas las otras candidatas habían escogido la famosísima Popular.

―¿Por qué has escogido esa entre todas las demás? ―pregunta uno de los jueces.

―El mensaje que transmite es muy poderoso y humano.

De cómo alguien llega a nuestra vida y la cambia para bien.

Me siento identificada. Y pienso que uno de los momentos claves del musical es cuando Glinda y Elphaba realmente se dejan sorprender por cuán lejos han llegado con sus sentimientos, sin darse ni cuenta ―sonrío y tomo aire para terminar de soltar el nerviosismo―.

También fue la primera canción que canté con público.

Recuerdo a Adam sentado en la butaca solo para mí.

―Pues escuchémosla. Adelante.

Cierro los ojos para concentrarme y la música comienza a fluir de mi garganta con más facilidad de la que en un principio pensaba.

Parece gustarles, ya que asienten y hacen anotaciones.

Y con esos gestos me infunden más seguridad, guiándome con confianza hasta las últimas notas.

No noto que estoy llorando hasta que no termino la canción y las lágrimas alcanzan mi boca.

Me cojan o no, ha sido uno de los momentos más mágicos de mi vida y esto me gusta muchísimo más de lo que pensaba.

Volver a los orígenes nunca está nada mal. Me dan las gracias y aplauden todos los presentes. Después me siento hasta que todas terminamos de cantar y actuar y los jueces van a dar su veredicto. Para ello, han habilitado una sala contigua, donde nos van llamando de una en una por orden.

Algunas chicas salen con expresión neutral; otras con una que conozco demasiado bien y durante años fue mi gran compañera, la frustración; y otras incluso llorando.

Y, aunque cada chica que se iba eliminando me acercaba más a mi sueño, también pedía porque ellas un día también cosecharan lo sembrado.

―Mia Brooks ―me llama una de las juezas en la puerta.

Asiento y me encamino hacia la respuesta a mi futuro.

Los algo más de quince minutos que tarda el taxi en llegar a Griffith Park y al impresionante observatorio Griffith se me hacen eternos.

Cuando la cúpula oscura del edificio blanco como una perla y enorme asoma por la ventana, con la puesta de sol muy baja a su espalda y la ciudad de Los Ángeles a sus pies comenzando a iluminarse, mi corazón se acelera.

Pago al taxista y, mientras me bajo y recorro el lugar en busca de Adam, una misión bastante complicada por la cantidad de personas que hay aquí disfrutando del anochecer y de uno de los mejores miradores de la ciudad, Stella me devuelve por fin una de las cinco llamadas que yo le hice hace un rato.

Camino con premura buscando a mi exvecino.

―Estaba cantando y no podía cogértelo. Me has asustado, ¿ha pasado algo? ―pregunta preocupada.

―¿Cómo te viene hacer de Elphaba en la próxima temporada?

―¿Qué? ―pregunta incrédula.

―Creo que vamos a compartir grandes momentos juntas, Stella.

Y entonces, como sacado de una ensoñación, justo en el centro de los caminos ajardinados que conducen a la gran mole que es el observatorio, está él plantado. Me mira sonriendo. Y entre cientos de personas es al único que veo. Igual que me ha pasado siempre.

Sin pararme a despedirme de mi amiga y dejándola descolocada, guardo el móvil y echo a correr hacia Adam.

Que, con su ya común y característica pose con las manos metidas en los bolsillos de un vaquero oscuro, me sonríe de la manera más bonita que le he visto nunca.

Cuando llego a colocarme justo enfrente de él, este mirador y las estrellas que comienzan a asomar por el cielo despejado me dan igual, porque sus ojos opacan absolutamente todo.

Y no puedo mirar nada más.

―Me han cogido, Adam ―comienzo a llorar de la emoción―. Me han elegido. A mí.

Alza la mano para retirar con su dedo pulgar algunas de mis lágrimas mientras sonríe y ríe también, feliz por mí.

―A la chica que nunca pensó que podrían elegirla en primer lugar. Me han elegido, Adam..., a mí.

Pone sus dos manos sobre mi cara, acunándola y acercándose más. Y antes de darme lo que sé de antemano que va a ser un beso de película susurra en mi oído:

―Y yo también te elijo a ti, Mia, siempre.

―«Mi único amor, nacido de mi único odio...» ―cito la famosa frase de la obra de Shakespeare que cambió nuestra historia.

―Porque dos como nosotros nunca podrían estar juntos... ―Une sus labios con los míos―. Pero tampoco jamás separados.