Dos como nosotros Epílogo
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Epílogo

No muchas personas creen en los finales felices. Porque, al final, también son una utopía y la vida, una constante montaña rusa que nos hace vivir de todo. Pero, por ahora, yo sí que disfruto del mío, dure lo que dure.

Desde que aquel día de enero que me convertí en Glinda y fue tal el éxito que no dejé de hacer musicales en Hollywood y entrevistas por todo el país, creo un poquito más en ellos.

Y en las personas milagro también. Esas que siempre están ahí y nunca te sueltan.

Esas que te sacan de tus casillas con tal de estar a tu lado y te acaban llevando a un lugar para acercarte a las estrellas.

Tardamos un año en mudarnos de nuevo a Santa Clarita.

A una casita que vendían por muy buen precio cerca de nuestras familias.

El volver siempre me cambió, como a Glinda, para bien.

Juntos decidimos construir algo bonito sobre los cimientos que ya teníamos para hacer todo aún más grande si cabía.

Liam también lo hizo; se reencontró con Caroline, esa chica que tanto lo amó en el instituto y también formaron una bonita pareja, con nidito de amor en la capital.

Stella vivía a caballo entre Estados Unidos e Inglaterra, disfrutando de su éxito, y Tony se mudó a otra ciudad; cansado de probar suerte, decidió dedicarse al fitness .

Adam siguió estando en todos los mejores momentos de mi vida, como la celebración de cumpleaños del centenario de la tía Ava, recogidas de premios importantes y, cuando llegó esa propuesta tan deseada de que Wicked pegaba el salto a la gran pantalla y seguían contando conmigo para el papel y con Stella, pensé que podría explotar de felicidad.

La foto de la premier de la película, posando junto a Audrey, era una de mis fotografías preferidas.

Adam me acompañó durante muchos años. Vivió mi sueño y dejó toda su vida a un lado y ya era hora de que también él viviese el suyo.

Fundó una cadena de academias especializadas en matemáticas y contabilidad, Moscardón ―sí, le puso su horrible mote con todo el cariño del mundo y a la gente le hizo mucha gracia―, que pronto tuvieron bastante éxito tanto en Santa Clarita como en Los Ángeles, por lo que decidimos establecernos en nuestro pueblo natal; él trabajando como profesor y yo yendo y viniendo de Los Ángeles como una actriz reconocida.

Es increíble cómo la gran ciudad me llegó a asfixiar.

Y cómo, ahora, respiro mejor que nunca en mi hogar.

La boda llegó hace dos años y, poco después, vino la pequeña Ava a completar nuestra familia.

Una preciosa niña terremoto que había heredado los preciosos ojos azules de su padre y mi pelo y mi carácter peleón.

―¿Qué estás haciendo? ―pregunta Adam mientras se coloca tras de mí al lado de la ventana y Pikachu, un perrito que adoptamos cuando hace algunos años Jiggly dejó un vacío difícil de llenar, nos lame las manos a los dos.

Yo permanezco levemente asomada sujetando la cortina para que Ava no me viese. Le gustaba jugar sola en el pequeño jardín frente a la casa, donde habíamos preparado diversos juegos para que se pudiese entretener.

Pero las voces me sobresaltaron y fui a ver qué pasaba.

―¿Crees que deberíamos salir y detenerlos? ―comento mientras veo cómo no deja de discutir con el hijo de los nuevos vecinos, los Beauford.

Él pasa los brazos por mi cintura y se acerca a mi oreja.

―Es que no dejan de pelear. De verdad entiendo a nuestros padres más que nunca.

―¿Qué hubiese pasado si nos hubiesen separado, Mia? ―Siento su aliento en mi oreja y su risa.

―¿Pero y si le pasa algo? ―Me pongo en modo madre protectora.

Él asiente y me pasa un mechón de pelo por detrás de la oreja.

―Entonces, tengo la solución perfecta.

Frunzo el ceño, pero quiero saber más de lo que tiene para proponerme.

―Tú y yo la recogemos de ahí fuera en un ratito y le hacemos un hermanito que la proteja.

Río soltándome de su agarre.

―Seguramente un bebé pueda pelear contra un niño de cinco años... ¡Ataque de las babas!

Él sonríe mientras me mira con brillo en los ojos, que admiraría por esta vida entera y por cinco más.

―¿Es en serio? ¿Quieres tener otro bebé?

―Dos como nosotros se merecen una familia grande y llena de amor. ―Va acercándose cada vez más a mí―. Empecemos por el número dos. Ese número siempre me gustó.

Fin