Capítulo 65
H e tenido un par de días para calmarme y asentarme, en todos los sentidos, pero todo el trabajo realizado se va al garete cuando toco el timbre de la lujosa mansión de Aurora Bellerose en Hollywood Hills.
La puerta no tarda demasiado en abrirse y una de sus empleadas me hace pasar y me indica que ella está en su despacho, poniéndose al día con nuevos papeles.
Mientras camino en esa dirección sabiéndome ya de memoria su casa, intento pensar cómo sería la mejor manera de abordar esto.
¿Se enfadará si sabe que me he dado cuenta?
¿Seguiremos trabajando juntas? Trago saliva cuando quedo ante la gran puerta de madera maciza y, antes de que me dé tiempo a llamar, su voz se adelanta desde la habitación.
―Pasa, Mia.
Suena calmada. Abro la puerta y la veo tumbada en su gran sofá de piel de melocotón, color hueso, con la cabellera pasada por encima del reposabrazos y colgando en una cascada castaña al vacío. La rodea, literalmente, una pila de papeles. Y yo agobiada por las diez hojas del casting para Wicked.
―Hola, Au... ―¿Debería llamarla Audrey o Aurora? Me decanto mejor por lo segundo―. Aurora. No quería molestarte, pero venía a hablar contigo de un asunto.
Ella se levanta, colocando cuidadosamente a su lado el guion que sostiene en la mano. Su bata de satén color marrón cae también hacia sus pies como si fuese la más pura agua. Luego me indica que tome asiento en otro sillón orejero y se sienta enfrente de mí en uno exactamente igual.
―Sé que lo sabes ―va directa al grano―. He salido en toda cadena existente de este planeta. Discreto lo que se dice discreto , no ha sido.
Ella sonríe, pero yo me siento muy mal por todo. Por este secreto que no sé cómo gestionar y por exponerla a ella de ese modo, tan solo por sacarme a mí las castañas del fuego.
―Siento muchísimo todo esto y haber perdido los papeles aquella noche, pero no sabía a quién recurrir o quién podría ayudarme y...
―Mia, en serio. No pidas disculpas siendo una víctima. Me da exactamente igual. Prefiero que mi imagen se asocie a una denuncia contra un asqueroso abusador que a cualquier otra tontería. ―Toma aire y me mira―. Desde hace tiempo no puedo soportar las injusticias.
Sé que se refiere a su adolescencia, a esos abusos sádicos a la que la sometían sin nadie quien le defendiera.
―Considéralo un favor que te estoy devolviendo.
Fuiste de las pocas personas que me ayudó en el instituto.
Incluso, al graduarnos, la única que se acercó a mí a desearme una buena vida.
A pesar de que por aquel entonces estaba muy enfadada con el mundo, no sabes lo hondo que me calaron esas palabras.
―Hubiese hecho lo mismo por cualquiera.
―Lo sé, eres muy buena, aunque seas un poco cascarrabias ―sonríe―. Pero me tocó a mí. No sabes de qué manera ayudaste a una adolescente mexicana tan solo con esas acciones que, para otros, podrían ser nada. Pero, para mí, fue todo. Y desde ese momento decidí que nadie más me volvería a pisotear.
―Pero todo esto es demasiado, Aurora.
―Tú me puedes llamar Audrey o Bree, como me llaman también ―informa con cariño mientras se acerca un poquito más a mí.
―Un trabajo, una demanda, un casting... Todos los sitios que me has dado el regalo de conocer, porque, sinceramente, esto no se ha sentido para nada un trabajo de verdad ―sonrío.
―Era tan solo una tapadera, lo confieso. No soy tan diva como para necesitar a alguien conmigo las veinticuatro horas. Al menos por ahora ―ríe―. Pero, cuando supe de ti mediante Liam, yo... sentí que necesitaba encontrarte de nuevo.
Me conmueven sus palabras y ella agarra mi mano con un gesto de cariño.
―Pero no he logrado nada por mí misma.
―Si no hubieses hecho eso en tu pasado y no hubieses sido una adolescente tan justa y apasionada, no creo que estuviésemos aquí juntas hoy. «Cosechas lo que siembras», dicen. Bueno, pues tú hiciste un muy buen sembrado.
―No te puedo negar que por poco me desplomo cuando vi tu imagen y tu nombre en la televisión, pero también me alegré muchísimo. Te merecías una buena vida. Qué bonito ver que lo has logrado.
―Tú también lo harás, estoy segura. Encantaste a ese director. El papel será tuyo. Y ese asqueroso de Hoover se pudrirá en la cárcel; tengo muchos años por delante y mucho dinero para seguir haciéndole la vida imposible.
―Aurora, digo, Audrey, de verdad, no hace falta que...
―No hay nada subido a las redes, mandé a destrozar literalmente su móvil y, sí, ya se ha vuelto algo personal, porque conozco a mucha otra gente a la que le hizo lo mismo, incluida yo.
Pero, por aquel entonces, no tenía la posición que tengo ahora.
Voy a convertirme en su peor pesadilla y encima voy a protagonizar una peli de James Cameron.
No hay algo de lo que pueda alegrarme más, Mia.
No ha pasado nada. Se ha hecho justicia y se seguirá haciendo.
Le devuelvo el apretón de manos.
―No sé cómo pagarte todo esto.
―Sal ahí fuera y cómete el mundo del espectáculo. Y ponte un vestido bonito para cuando compartamos alfombra roja.
Sonrío entre lágrimas y la abrazo. Ella me envuelve en sus brazos con cariño y comprensión.
―Y no dejes ir a ese chico. Ha hecho cosas increíbles por ti. Incluso cuando no tenías ni idea de ello en el instituto.
Niego con la cabeza mientras nos quedamos así durante un buen rato más. Me da curiosidad lo que me pueda contar del Adam adolescente, pero tenemos tiempo para ir descubriéndolo poco a poco, cuando todo esto se apacigüe y pase el casting.
Después, y aunque insisto en que no hace falta y que cogeré un taxi de camino al Pantages Theatre, ella da las indicaciones a Vincent para que me lleve directa.
Antes de subirme al lujoso coche negro, me abraza de nuevo y me susurra al oído las mismas palabras que yo le dije aquel día cuando nos despedimos del instituto:
―Recuerda que siempre tendrás una amiga en Los Ángeles.
En el coche, me sudan las manos mientras repaso el guion una y otra vez de manera compulsiva. Quiero hacerlo bien. Necesito hacerlo bien. Que Audrey crea tanto en mí no es sinónimo de que vaya a tener éxito. Cierro los ojos e intento concentrarme.
―Saldrá bien, señorita Brooks. ―Hasta Vincent, que casi nunca abre la boca, me anima y, la verdad, lo aprecio bastante.
―Gracias, Vincent. Oye, una cosa... ¿Por qué apenas hablas?
Él ríe y me devuelve la mirada por el espejo retrovisor.
―Cuando trabajas en este mundo y con una gran estrella es mejor ver, oír y callar, por el bien de todos.
―¡Qué misterioso! ―río, aunque entiendo el punto. El Pantages se levanta grande y luminoso frente a mí y el corazón me da un vuelco―. Ya estamos aquí.
―Ha sido un placer trabajar con usted. ―El coche frena para dejarme bajar en la acera.
―El gusto ha sido mío, Vincent.
Pongo mi mano en su hombro como gesto de despedida y me bajo del vehículo. Incluso, me doy unos minutos libres para intentar templar los nervios y ver cómo el coche desaparece. Supongo que es el fin de una etapa.
¿Estoy dispuesta a empezar una nueva?
Me concentro en el letrero del Pantages, que anuncia la representación que se está llevando a cabo: Wicked . Hasta que un golpecito en el hombro me hace girar. Adam me sonríe.
―Me vas a preguntar qué estoy haciendo aquí, ¿verdad? ―ríe mientras repite mi famosa pregunta siempre que él aparecía―. No pensarías que iba a dejarte venir sola, sin al menos un abrazo de ánimo.
Me envuelve en sus amplios brazos y yo paso los míos por su espalda, cerrando los ojos, respirando su aroma y en cierto modo eso me calma los nervios que no he sabido del todo controlar.
―Lo harás genial. Lo sé porque ya lo he visto. ―Me toma la cara con ambas manos―. Cuando te subas ahí arriba, piensa que estás en Santa Clarita y que yo soy tu público. Piensa en todos los sueños que siempre has tenido y lo fuerte que has luchado por ellos.
Asiento emocionada.
―Piensa en esa niña que bailaba y cantaba en su cuarto mientras soñaba con un día estar aquí. Encuéntrala. Y disfruta.
―Gracias, Adam.
Le doy un beso rápido en los labios y él me insta a entrar.
―Estaré esperándote en el observatorio Griffith cuando termines.
―¿Por qué allí?
―Porque es el lugar más cerca de las estrellas. Y tú te vas a convertir en una.