Capítulo 64
―A sí que eres su vecino...
―Lo era, sí ―contesto yo mientras observo que Stella no le quita ojo a Adam.
Le acabamos de contar un poco por encima toda nuestra historia. Los detalles, algún otro día cuando estemos a solas. Adam puede escuchar ciertas cosas, pero no todas. Hay algunos secretos que una chica siempre debe guardar.
―¿Y cómo era ella como vecina? ―le pregunta divertida a él―. Mira que, como compañera, le costó mucho dejarse querer.
―Siempre ha sido un hueso duro de roer, la verdad.
―Oye, que tú tampoco has sido un santo, Moscardón .
― Tú has sido siempre la que me ha metido en problemas, Pelopaja .
Stella junta sus manos mirándonos anonadada y sonriendo.
―¡Hasta os habéis puesto motes de pareja! ¡Qué monos! Aunque, la verdad, no suenan muy románticos que digamos.
Reímos.
―Hay más historia detrás de la que ves ―confieso mientras doy un golpecito en la mesa―. Pero, mejor, cuéntanos tú ahora qué tal en Aspen.
―Sea como sea, me alegro de que hayas derribado la coraza de Mía. Pensaba que nunca iba a creer en el amor. Cuando ponía en la tele alguna serie romántica casi me pegaba con el mando.
―¡Qué exagerada! No desvíes la conversación.
―Ya me pondréis más al día. Y siento lo de antes ―continúa ella mirándolo solo a él.
―Se podría decir que estamos ya acostumbrados a ello.
Stella pone una mueca extraña y la entiendo. ¿A quién pillarían dando rienda suelta a la pasión dos veces? Pues parecía que al destino le gustaba demasiado dejarnos en ridículo.
―Por mi parte, genial. Mucha nieve, sitios lujosos y muchas tazas de chocolate caliente y champán. Una tiene que hidratar bien las cuerdas vocales ―bromea.
Saca su teléfono y nos muestra una foto de ella al pie de las preciosas montañas nevadas subida en unos esquís y con una copa en la mano. Sigo pensando que ese tipo de vacaciones no es para cualquiera y me hace sospechar que hay algo detrás que no me cuenta.
―Una chica que gana poco dinero vendiendo bolsos de lujo y que canta en la calle, pasando unas vacaciones de ensueño en Aspen y bebiendo champán para desayunar, no es algo que concuerde demasiado. ¿Qué no me estás contando, Stella?
Ella pone una mueca divertida y misteriosa.
―Te contaré tanto como tú me cuentes a mí.
―¡Pero si ya te hemos contado mucho, y nos has visto en pelotas!, ¿qué más quieres?
Ambos ríen. Y ella asiente dándome la razón antes de soltar una bomba.
―Vale. Mi familia es de la realeza británica.
Ahora es Adam el que por poco escupe su café. A mí, me deja atónita.
―Pero no quiero ser la típica niña de papá. Quiero ganarme realmente la vida con mi talento, desde cero. Si triunfo que sea por ello. Si no, siempre tendré tiempo de ser una duquesa en Leeds.
Me parece encomiable, pero, en vez de soltar algo coherente, lo único que me sale preguntar es si poseen algún castillo. Siempre soñé con viajar a Europa.
―Si te portas bien y me cuentas lo de aquella noche de la sangre, quizá algún día te invite y lo compruebes por ti misma. ―Se levanta de la mesa de forma alegre y vacilona y nos pregunta qué queremos comer. Como si ahora me entrase algo en el estómago.
Pasamos el resto del día juntos y me alegra ver a Adam y a Stella conociéndose un poco más. A eso de las cinco de la tarde, recibo un mensaje al móvil y sonrío. Es Liam.
Estoy abajo. ¿Me abres?
Me disculpo diciendo que voy al baño, pero en verdad camino disimuladamente hacia el porterillo y me quedo luego en el pasillo disimulando.
Hasta que calculo mentalmente lo que suelo tardar en alcanzar la puerta del piso y vuelvo a salir para abrir.
Solo entonces es cuando Adam y Stella me miran sorprendidos y a ella en especial se le desencajan los ojos.
―¡No! ―exclama contenta, no pudiéndose creer lo que ven sus ojos―. ¿Liam Garret, de los Lakers? ¡¿En la puerta de mi casa?!
Invito a Liam a pasar y Stella enseguida corre a sus brazos con toda la confianza del mundo y sin cortarse un pelo. Liam ríe y también le devuelve el abrazo.
―¿En serio erais tan amigos? ¡¿Quieres dejar de ocultarme cosas?!
―Y lo dice precisamente la encubierta duquesa de Leeds... ―contesto con sorna mientras cierro la puerta y camino hasta donde están ellos.
Ella me pone una mueca de fastidio durante unos segundos, pero luego vuelve a sucumbir a la cercanía de mi amigo.
―¡Dios, he sido muy fan tuya y de los Lakers, de verdad! Es que no me puedo creer que estés en mi salón y abrazándome.
―Tienes una compañera de piso que hace milagros.
―Lo que tengo es una que se ha criado demasiado bien rodeada y que me tiene que contar aún muchísimas cosas más, al parecer.
Pongo cara de inocencia.
―Pero me he portado muy bien... ¿o no?
Ella me mira durante unos segundos mientras deshace su abrazo de Liam.
―¡Demasiado bien!
La puerta se abre de repente de nuevo y ahora es Tony el que regresa a casa y, por poco, tira al suelo el burrito que se viene comiendo cuando ve a la estrella de los Lakers en su salón.
Después de una copiosa cena de nuestra cadena de comida china preferida y de compartir secretos, sueños, momentos vergonzosos y muchas, muchas firmas por parte de Liam, tanto él como Adam se marchan; el último ―asegurándose de que mi amigo ha desaparecido por las escaleras― me da un beso rápido pero intenso en los labios, que me deja, como siempre, con ganas de más, y prometemos vernos pronto cuando pase el casting que es en un par de días.
―La próxima vez que te vea podrías ser una superestrella ―me anima mientras me acaricia la mejilla.
―El amor te ha vuelto un exagerado ―le pico.
―No exagero, algo me dice que tu lugar está ahí.
―Ojalá ―y lo digo con sinceridad, el volver a pisar ese escenario de Santa Clarita significó más de lo que pensaba―. Pero también sé que mi lugar está donde tú estés.
―Yo un exagerado y tú una pastelosa... Me gusta esta faceta.
Le doy un manotazo cariñoso mientras vuelvo a robarle un rápido beso antes de entrar de nuevo con mis compañeros. Incluso cuando recogemos todo y nos marchamos cada uno a su cuarto aún siguen alucinados mirando con fervor sus camisetas firmadas.
Paso parte de la noche en mi escritorio, volviendo a repasar bien el papel de Glinda, mientras de vez en cuando miro por la pequeña ventana de mi cuarto la ciudad, llena de luces y gente en movimiento, que da la impresión de que nunca duerme, como otras grandes ciudades del país.
Por primera vez pienso que, en casa de mamá, tengo mejores vistas.
Pienso en Santa Clarita, en los días que hemos pasado, en el cambio interno que ha ocurrido en mí al volver a mi hogar.
En Liam y su confesión y esa alegría que sentí cuando vi que él no ha cambiado conmigo y se ofreció a hacerme el favor cuando se lo pedí.
Sé que no es cómodo para él y quizá querer seguir teniéndolo en mi vida es un poco egoísta de mi parte si le va a hacer sufrir.
Pero él tampoco quiere dejarme ir. Y yo me alegro infinitamente por ello.
Pienso también más que nunca en Adam y lo que me hace sentir. Esa rabia tan enorme que tenía... no dejaba de ser miedo y frustración, y lo comprendo más que nunca. Odiaba a Adam, pero no podía alejarme de él nunca. Incluso, cuando me alejé, no dejé de pensar en él ni un solo día.
Agradezco la valentía que tuvo de abandonar todo y buscarme cuando yo no fui capaz de hacer eso. Cuando tan solo me centré en mi sueño y no en darme cuenta de que, en gran parte, lo tuve siempre a mi lado dándome la tabarra como un enorme moscardón . Sonrío.
Ahora soy consciente: no hay persona a la que haya detestado más y a la vez amado tan intensamente como a mi molesto pero increíble vecino, Adam Sullivan.