Dos como nosotros Capítulo 63
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Capítulo 63

M e mira fijamente y yo hago lo mismo, bastante conmovida. Se me eriza la piel. El aprieta su mano sobre la mía. Hasta que un claxon suena y nos saca de nuestra pequeña burbuja, Adam había ralentizado tanto el coche que otros conductores enfadados ya se estaban poniendo nerviosos.

―Mejor que mires al frente, quiero que lleguemos de una pieza.

―¿Me incluyes a mí también?

―Si tu no llegas vivo, difícilmente voy a llegar yo ―bromeo.

Sigue sonriendo y no quita su mano de la mía.

Y ahora también nos tomamos de la mano en el coche. Dios, ¿cómo se gestiona esto?

―No estoy bromeando, Mia. No sé en qué momento pasó y estoy tan confundido como tú.

Bueno, quizá un poquito menos ―ríe―. Creo que lo dejé claro la noche del baile de graduación, pero tú, literalmente, huiste.

Y nunca quisiste aceptarlo. Lo tomé como un no, como una confusión momentánea y extraña que sentí por habernos criado juntos.

Ese tipo de amor que se desarrolla solo por pasar demasiado tiempo pegados y no porque sea real.

―Pero aquella noche...

―Espera, déjame hablar, porque si no lo suelto ahora no sé cuándo podría hacerlo.

Te podrías convertir en una superestrella y olvidarte de tu odioso vecino con el que tuviste un rápido escarceo una noche y conocer a alguien más interesante que yo ―sonríe, en parte broma, en parte verdad―.

Supongo que me acostumbré a tenerte siempre a mi alrededor.

A que me picaras para discutir, a que me mirases por la ventana cuando pensabas que no me daba cuenta...

―Espera, espera, ¿lo sabías? ―Me muero de la vergüenza y me tapo la cara con las manos.

―A tu favor diré que no sabía muy bien si me mirabas para pegarme un tiro al más puro estilo francotirador o por otras razones...

―Qué tonto eres ―le digo con cariño.

―Si hubieses sido consciente de cómo me mirabas a veces, no dirías eso.

―Me mira de reojo con esos ojos azules de cielo―.

Necesitaba encontrarte, ver por dónde me llevaba ese camino.

Siento si he parecido una especie de tío raro que investiga tu paradero, pero...

te quiero, Mia. Y creo que siempre lo he hecho.

―Yo también lo creo, Adam ―sonrío emocionada y cambio la posición de nuestras manos, ahora las mías acunando las suyas―.

Me sacas de mis casillas, pero tienes los ojos más bonitos que he visto en mi vida.

Y cuando estoy a tu lado siento que estoy en mi hogar.

No hay ningún otro sitio al que quiera ir que no sea a tu lado, Adam.

Creo que siempre lo he sabido. Creo que siempre te he querido.

―¿Y reconoces que has sido más terca que una mula?

Río sintiéndome plenamente feliz por primera vez en toda mi vida.

―Sí ―confirmo―. La verdad es que sí. Pero es parte de mi encanto y del pánico que me dio verte volver a mi vida.

No nos soltamos la mano hasta que no llegamos a la calle de mi edificio en Lincoln Heights; una vez allí, Adam me ayuda con la maleta y los bolsos. Aún no ha llegado ninguno de mis compañeros, me imagino que esta noche tendré el piso para mí sola.

―¿Qué ha pasado aquí? ¿Ha venido Hulk a pegar puñetazos o algo? ―Adam observa el hoyo en la pared que conecta con el dormitorio de Tony.

―Que tengo un compañero de piso de lo más cabezota, eso pasa.

Llevo la maleta y las bolsas hasta el sofá. Y después, aun respirando agitada por el esfuerzo y los nervios, miro a Adam, que se acerca a mí con las manos metidas en los bolsillos.

―Gracias, Adam. Supongo que nos vemos pronto, cuando todo esto pase.

Él me mira con intensidad y se acerca otro poco más a mí mientras mira alrededor y sé que algo se está cociendo en su mente. Mi mecanismo de defensa es no dejar de hablar.

―Imagino que también irás a hablar con Raven y poneros al día de todo.

Yo ni siquiera sé si seguiré con Aurora después de todo lo que ha ocurrido.

Mañana iré a verla, necesito también poner en orden los asuntos, y luego está todo lo del señor Hoover y el casting que me tiene muy nerviosa porque es de mis últimas bazas...

Él se apega más a mí y me pasa un brazo por la cintura para atraerme más a él, lo que corta mi perorata.

Es tenerlo al lado y pierdo totalmente el razonamiento y el control.

Su aroma es mucho mejor así, de cerca. Muchísimo más.

Y ahora que ya sé demasiado bien a lo que sabe su boca, tan solo quiero volver a probarla.

―Eso será mañana.

―Sí, mañana, claro...

Su mano libre se posa en mi mejilla y coloca su cara a escasos centímetros de la mía. Mi cerebro deja de pensar, solo se concentra en esa caricia llena de anhelo y de cariño.

―¿Estás sola esta noche? ―pregunta en un susurro mientras pega su frente con la mía.

―Parece que sí ―asiento entreabriendo los labios y acercando mi boca más a la suya―. ¿Por qué?

Ahora me agarra la cabeza con sus dos manos, de forma delicada, y acerca sus labios a los míos para sentenciarme.

―Porque no soportaría que te fueses ni un día más a la cama pensando que no eres lo suficientemente buena para ningún hombre.

Sus labios no me dejan responder. Mis lágrimas de felicidad y emoción tampoco.

Así que, como siempre que estoy con él, me olvido del resto del mundo y me pierdo en su beso, su cuerpo y su piel, mientras él hace lo mismo con el mío.

Caminamos sin dejar de besarnos por el pasillo, chocándonos contra toda pared que se nos pone de por medio, despojándonos de nuestra ropa con facilidad, como si llevásemos haciéndolo toda la vida y uno se anticipara al movimiento del otro; de alguna forma, es que así es.

Pensar en que podríamos llegar a hacer un agujero como el de Tony, me hace reír, pero cuando él me mira extrañado, yo lo vuelvo a atraer hacia mi boca mientras le quito el jersey.

No tardamos mucho en alcanzar la cama y ambos nos miramos recordando aquella noche donde los dos, de algún modo, perdimos los papeles.

Puedo ver en sus ojos que esta vez es distinto, esta vez nada nos contiene; los secretos ya se han esfumado.

Me acaricia la mejilla de nuevo mientras besa mi nariz y me mira con pasión y ternura a la vez.

―Eres más que suficiente, Mia. Lo eres todo para mí.

Nuestras bocas vuelven a colisionar y ponemos tanto la cama como la noche entera patas arriba usando el regalo de la tía abuela Ava. Pierdo la cuenta de cuántas veces nos perdemos el uno en el otro, hasta que acabamos rendidos poco antes del amanecer.

Abro los ojos lo que me parecen segundos después, en los brazos de Adam. Y lo observo dormir en paz; su pelo negro contra mi almohada, sus ojos y su boca muy relajados. Siento que me enamoro un poco más de él cuando lo veo así.

Quisiera detener el mundo en este instante. Para siempre.

Podría haber tenido una vida estupenda en Nueva York. Podría haber tenido a cualquier otra y, a pesar de ello, me vino a buscar. A pesar de mi mal humor, de mis ataques, de mi depresión, de mis sueños frustrados y miedos, él nunca se marchó.

Y esa es la mejor y más veraz muestra de amor. Porque quien quiere estar, simplemente, está. Acaricio su mejilla con devoción, besada también por los rayos del sol; recorro sus cejas y su pelo, enterrando mis dedos en él con cuidado de no despertarle.

Pero no lo consigo, ya que abre un poquito esos dos mares inmensos que tiene por ojos y me mira sonriendo.

Me acerco a él para besarle. Pero un grito inmenso nos hace pegar un salto de la cama a los dos.

Y por inercia taparnos aún más con el edredón, porque obviamente alguien nos ha abierto la puerta, y ese alguien está con la boca desencajada.

―¡Stella! ―grito muerta de vergüenza por segunda vez en pocos días―. ¿No estabas en Aspen? Dios mío, otra vez...

―¡Lo siento! ¡Lo siento! ―Cierra la puerta más rápido de lo que un ser humano podría hacerlo, disculpándose alterada―. No sabía si habías vuelto o no y te quería avisar de que ya estoy por aquí.

―Sin duda, lo ha hecho ―comenta Adam por lo bajini mientras se deja caer en la almohada riendo.

―Mensaje recibido ―comento sintiendo que aún me falta el aire.

―¡Luego hablamos! Seguid haciendo lo que... estéis haciendo, como si yo no estuviese..., de verdad, con toda la confianza del mundo... Yo estaré lejos, me pongo los cascos con música si hace falta...

―¡Para, Stella, por Dios! ¡Me muero de la vergüenza!