Capítulo 60
S us labios se unen al fin a los míos, con cuidado, con delicadeza y con hambre contenida. Estoy besando a Adam Sullivan y me está gustando mil veces más de lo que pensaba. Lo necesito ahora mismo al mismo nivel que respirar.
El primero beso es tímido y varias veces nos separamos después de besos cortitos para ver si el otro está cómodo y si se abre la veda para seguir adelante.
Efectivamente, la respuesta es un sí como una catedral.
Ambos nos hemos estado reprimiendo durante muchísimos años y somos presas del deseo y de no saber qué nos está pasando.
Pero, por esta noche, lo quiero a él, completo, quiero besarle hasta que se me borren mis labios.
Lo quiero en todas partes, lo quiero solo para mí.
Pone sus manos en mi cabeza e intensifica sus besos haciéndolos más profundos, más intensos y pasionales. Y yo siento que voy a explotar. Él también respira agitado mientras borra todo el mal recuerdo que me dejaron esos asquerosos hombres que tanto daño me hicieron.
―No te vayas, Mia.
Se mantiene ahí, esperando, torturándome con esos besos y palabras que me hacen combustionar. Entonces saco otro poquito de valentía y pongo la mano en su cuello.
―No me voy a ninguna parte, Adam. ―Lo acerco a mí para que acabe con lo que ha empezado.
Y así es como él me enseña que nunca realmente antes he estado enamorada de verdad. Y que, como decía Grace, mi compañera de teatro en el instituto, las primeras veces, sí, son impactantes, pero no son las más importantes ni mucho menos.
La más importantes vienen cuando te das cuenta de que esa persona, sea el primero, el quinto o el décimo, te hace sentir como nunca has experimentado antes.
Camina conmigo en brazos y nos deja caer a ambos en la cama.
Luego, se yergue para quitarse el jersey y no puedo evitar poner mis manos en ese abdomen fuerte que tanto había deseado a través de la ventana.
Su piel está en llamas. Supongo que sí que me iba a quemar, después de todo, como bien predijo la tía Ava.
Suave y caliente y gloriosa. Me deleito en acariciarle unos minutos hasta que yo también me pongo bocabajo en la cama para que me ayude a quitarme el vestido poco a poco; y, con cierta inseguridad, me quedo en ropa interior delante de él, perdiendo todo rastro de cordura.
Sé que tal visión también provoca cosas en él y puedo leer en su rostro el deseo sin que diga nada.
Así que lo acerco a mí de nuevo y pronto somos una maraña de besos, de manos, de brazos y piernas enredados en una clase de magia extraña que nos envuelve a ambos.
La ropa sale volando por completo; él se encarga de hacerme sentir cómoda, aunque los dos estamos ansiosos y torpes. Sobrepasados por el momento.
Cuando siento a Adam fundido conmigo al fin, se siente como volver a respirar, como si esa grandísima losa que me oprimía el pecho hubiese desaparecido después de tantos años.
Es como si llevásemos haciendo esto toda la vida juntos; es intenso, erótico, cálido, tímido y delirante, todo al mismo tiempo. Y quiero más.
No puedo tener suficiente de él; mis manos quieren acercarle más, mi boca no se cansa de la suya en cada rincón de mi cuerpo.
Cuando ambos estallamos juntos, una grandísima sonrisa se instala en nuestra cara y respiramos agitados aún sin saber muy bien qué decir.
Permanecemos en la cama unos momentos iluminados por la luz de la luna.
―Nunca nada fue un error, Moscardón .
Él sonríe ante su mote y luego baja su boca a mis labios para besarme de nuevo.
―Siempre te he querido, Pelopaja .
Escuchar eso en ese instante me hace sentir la mujer más feliz del mundo y a la vez en una ensoñación, porque todo esto... ¿Qué ha ocurrido?
―También yo ―sonrío y comienzo a sentir una vergüenza atroz cuando me doy cuenta de que estamos totalmente desnudos.
Me cubro con las sábanas, echándolo a un lado. Él ríe y me mira incrédulo y divertido.
―Ya lo he visto todo. ¿A qué viene taparse ahora? ―comenta despanzurrado sobre el colchón y con el torso invitándome a no salir de esta cama en cinco días mínimo.
―Ha pasado ya un buen rato. ―Me levanto envuelta en las sábanas a modo de vestido y recojo por el suelo mi ropa―. Se van a extrañar de que no llevemos los regalos...
―Sabían perfectamente que no había ninguno; todo era tan solo una...
―¡Chicos! ¿Dónde estáis? Los regalos estaban en el...
La puerta se abre de repente y, cuando veo que varios pares de ojos nos observan desorbitados, los gritos por ambas partes hacen acto de presencia.
Me agacho en el suelo mientras chillo como una loca y Adam se tapa corriendo con la almohada sus partes pudendas. La puerta se vuelve a cerrar de un portazo, pero los alaridos no cesan y la vergüenza que nos invade es inmensurable.
Miro a Adam horrorizada mientras no dejo de gritar sin poder creerlo.
Él tiene la cara blanca.
―Esto no puede estar pasando ―comenta antes de romper a reír.
Desde fuera, se escucha a la tía Ava también disfrutar del momento.
―¡Aquí están tus sorpresas de Año Nuevo, Oliver! ―chilla divertida.
A los diez minutos de la catástrofe que por siempre marcaría mi vida y mi dignidad, nos sentamos en el salón de la casa de los Sullivan, como lo hacíamos de niños al ser regañados.
Sudo frío cuando todos los miembros de la familia, menos Claire, que se ha quedado guardando mi casa, nos observan sin saber muy bien por dónde empezar. El silencio es arrollador.
―Yo... ―comienzo intentando romperlo, pero no tengo ni idea de qué decir. Nos han pillado desnudos en su cuarto, por el amor de Cristo. ¿Qué se dice en esas situaciones?―. Nosotros...
Adam entonces, notando lo mal que lo estoy pasando, pone su mano sobre la mía y la acaricia sutilmente para demostrarme que no estoy sola. Que él está ahí. Me mira con calidez y luego los mira a ellos, que siguen guardando silencio con unas expresiones que nadie sabría descifrar.
―Nos ha costado más de media vida darnos cuenta, pero sí ―confiesa directo y sin rodeos―. Quiero a Mia. Y siento que hayáis presenciado eso.
Sus caras de póker son un cuadro. Aunque las nuestras lo son aún más, cuando de repente comienzan a pegar brincos abrazándose los unos a los otros y la tía Ava vuelve a la carga con el matasuegras. No entendemos nada. Incluso Oliver está... ¿llorando?
Se abrazan y celebran como si su equipo favorito hubiese ganado una liga.
―¡Por fin! ―chilla Ethan mientras salta abrazando a su marido―. Dios santo, tener que aguantarlos tantos años... Nos deberían haber dado una paga.
―Siempre lo han dicho: «los que se pelean se desean» ―comenta mamá mientras se acerca a ellos, también feliz.
―Y no hay más ciego que el que no quiere ver, y estos dos eran estatuas de escayola, Señor... ¡Hasta en España podrían verlo!
―¡Quiero mi dinero! ¡He ganado! ―reclama la tía cuando libera su boca de ese cacharro estridente.
―¿Habéis hecho apuestas con nosotros? ―pregunto incrédula.
―Hombre, por supuesto ―comenta la tía sin miramientos―. Encima os íbamos a aguantar sin tener ganancias por algún lado.
Estoy estupefacta, al igual que Adam; aun así, nos contagian su felicidad y, de cierta forma, también echamos a reír, avergonzados y sintiendo que todo esto es una burbuja que en algún momento va a explotar.
No puedo dejar de tener esa sensación, como si mi mente hubiese abandonado mi cuerpo y todo esto me pareciese un sueño y, dentro de nada, me despertaría en mi habitación de Los Ángeles lista para ir a otro casting, donde obtendría, por supuesto, un no .
Adam me mira. No ha quitado su mano sobre la mía ni un minuto. En sus ojos hay una calidez que nunca había visto antes. Está a punto de decirme algo, pero los más adultos nos interrumpen.
―Nos alegramos tanto por vosotros. ―Oliver se seca las lágrimas―. Pensábamos que este día nunca llegaría...
―Es el mayor regalo que nos habéis podido dar ―comenta mamá.
―¿No os estáis viendo demasiado arriba? ―Adam los vuelve a mirar a ellos.
―¡Sabemos de sobra lo que hemos visto! ―Ethan lo mira intensamente.
―¿Y no podemos olvidarlo? ―suplica Adam.
―Me temo que sería imposible.
―Esto va a ser siempre un gran trauma... ―Me llevo las manos a la cabeza.
―¡Pues sigamos celebrándolo con la apertura de los regalos!
Nos han pillado juntos, desnudos y catatónicos, y plantan los regalos en la mesa, que al final sí que estaban aquí en la casa, y actúan como si acabasen de ganar la lotería.
Desde luego, esta familia no tenía remedio. Primero desenvuelvo uno de los regalos de la tía y mi cara es un cuadro cuando sujeto en alto la gran caja de preservativos extragrandes. Todos echan a reír. Y yo la miro poniendo los ojos en blanco.
Pero ese caos y locura, a ambos, nos encantaba.