Dos como nosotros Capítulo 59
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Capítulo 59

C harlamos, reímos, hacemos karaoke entre lágrimas por la risa que nos provoca los desafines de la familia, y comemos, prácticamente, hasta reventar.

Adam se sienta lejos de mí en la mesa y agradezco no tener justo enfrente sus ojos, que hacen que se me aflojen las piernas.

Está más que guapo con su jersey rojo oscuro, que resalta aún más sus rasgos ya de por sí bendecidos.

Aun así, me mira demasiadas veces, de forma disimulada, y sé que no le ha pasado desapercibido el colgante.

Lo conozco, sabe que es una declaración de intenciones, en cierto modo.

―¡Qué lástima que Liam no llegue hasta mañana! ―comenta Claire, nombrando a su hijo―. Me hubiese encantado que compartiese esta noche especial con todos.

―Él siempre será especial para nosotros; mañana tenemos la excusa para volver a celebrar con él ―propone amablemente mi madre mientras da un sorbo a su cava.

―Es lo que tiene ser una gran estrella ―digo con cariño―. Pero mañana no se nos escapa.

Adam permanece en silencio mientras hablamos de él y tan solo abre la boca cuando recibimos el año nuevo y todos nos damos las correspondientes felicitaciones.

Mamá le quita el matasuegras de la boca a la tía Ava, porque nos está dejando sordos con tanta efusividad, y nos dejamos envolver en los brazos de los demás.

Cuando llego a Adam, me siento cohibida, pero él muestra una normalidad inquietante cuando también me envuelve en sus brazos, ambos de manera contenida.

Mi nariz roza su hombro, y su aroma, como siempre, me abraza el corazón.

Siento tantas ganas de seguir subiendo la cabeza, hacia su clavícula, su cuello y su mandíbula...

Él parece sentirse raro también, ya que inclina la suya hacia abajo y los dos quedamos muy cerca el uno del otro, de una manera algo peligrosa; mira mis labios y luego el collar.

Pero nos separamos de repente, volviendo a la realidad y rezando porque nadie de nuestra familia se hubiese dado cuenta.

―¡Que este año esté lleno de salud, sonrisas y momentos preciosos! ―exclama Oliver mientras nos insta a todos a coger nuestras copas de champán―. Y muchas sorpresas bonitas.

―¡Salud!

Brindamos y bebemos, felices de estar todos juntos y con muchas esperanzas puestas en el inicio de año. Adam me sigue fulminando con la mirada mientras bebe, lo que hace que casi me atragante.

―¡Hora de abrir los regalos! ―Ahora es Ethan el que propone la nueva actividad.

Y todos aceptamos contentos hasta que caemos en que los regalos no están aquí.

―¿Te los has dejado en casa? ―pregunta Ethan a Oliver con fastidio―. Mira que te dije que los cogieras.

Él hace un gesto para señalar su atuendo.

―Estaba muy ocupado en hacer esta magia, no puedo estar en todo.

Reímos ante su eterna forma de ser tan particular y divertida. La tía Ava me dirige otra mirada perversa, como cuando un niño se prepara a hacer una travesura.

―La juventud puede ir a por ellos ―sugiere llena de intenciones―. Los mayores podemos tomar otra copa, mientras.

Ethan se frota las manos y asiente recargando las bebidas de nuevo.

―Creo que estaban en tu cuarto, Adam... o en el armario debajo de la escalera... No logro recordarlo bien.

―¿No estaban en el mueble del salón? ―pregunta Oliver extrañado.

―Yo qué sé, ya me has liado.

Los miro suplicante y haciéndome la disimulada mientras Adam se pone de pie sucumbiendo a sus tretas.

―Si Adam sabe dónde están, ¿por qué tengo que ir también yo? ―Bebo otro poco de champán, pero lo dejo en la mesa rápidamente cuando recuerdo lo mal que lo pasé y cómo acabó todo cuando me emborraché sin quererlo en esa fiesta lujosa.

―Son bastantes ―comenta él y me estremezco―. No sé si podré con todos.

Nos sostenemos la mirada unos segundos, unos en los que todos guardan silencio. No soy tonta, sé que es una treta familiar que me huelo. Lo olería aun estando en Los Ángeles. Conozco a mi familia, son demasiado obvios. Adam es el único que no me acaba de cuadrar en esa ecuación.

Puede ser que esté sacando todo de contexto. Decido levantarme e ir. Quizá necesite de verdad ayuda con los regalos; no creo que él sucumba al intento de nuestra familia por juntarnos.

―Está bien. Me merezco otro regalo por esto.

―Lo mismo lo tienes... ―La tía Ava es como un pequeño demonio en el hombro.

―Bebe un poco más, tía, se te va a quedar sequito el gañote de tanto hablar.

Suelta una carcajada mientras todos nos observan marcharnos en un silencio casi absoluto. Cuando salimos a la calle, el frío de diciembre nos abraza; menos mal que es un trayecto muy corto, porque se me cala en los huesos.

―De verdad que son peores que niños ―expreso para liberar un poco de tensión.

―Es parte de su encanto ―comenta él divertido mientras introduce las llaves en la cerradura y abre la puerta.

―Y encima tú les sigues el juego ―le reprocho―. Está claro que se traen algo entre manos desde que nos vieron llegar en el coche. Venir a recoger juntos los regalos, ¡qué casualidad! Hasta en las pelis románticas está más que visto eso.

―¿Tanto te molesta acompañarme?

Me quedo callada unos segundos sin saber muy bien qué contestar mientras sigo a Adam por la casa como un perrito.

Él rebusca primero en el mueble del comedor, luego en varios muebles más de la cocina, en el estudio de sus padres y abre la puerta del armario, abriendo también la caja de recuerdos de mi memoria.

Ese estúpido juego de los no sé cuántos segundos de gloria... y Adam tan cerca de mí. Observo su espalda mientras rebusca, sin atreverme a entrar ni ayudarle nada en la búsqueda.

―No es por eso ―contesto con sinceridad mientras él sigue rebuscando. Me acerco un poco más al umbral―. Es solo que... me apetece estar tranquila.

Me he acercado demasiado, porque cuando se gira para salir lo tengo a escasos palmos de mi cara. Mi cuerpo tiembla y me cuesta cada vez más manejarlo o contenerme. Él traga saliva y con sus brazos me guía unos pasitos para atrás, jugando. Sale y cierra la puerta.

―¿Y yo te pongo nerviosa?

―Adam...

―Te has puesto el colgante ―indica―. Lo último que pienso es que quieras pasar una noche tranquila con tal gesto.

―Lo tenía en el joyero, es bonito ―intento disimular mientras él se acerca y hace que me falte la respiración.

Pero pasa de largo y se encamina hacia las escaleras; vuelvo a seguirle con el corazón desbocado mientras subimos a la segunda planta.

―No soy la única que hace cosas sin sentido ―comienzo a defenderme de nuevo mientras recorro los pasillos tras él―.

Tú me regalaste esas entradas y me mentiste.

Lo sé. Como el venir al piso para llegar a Santa Clarita, el protegerme de balones asesinos, el cuidar de mí aquella noche que perdí el control con la bebida...

Entra en su habitación en silencio, la puerta rebota en la pared y yo le sigo. Abre su armario y rebusca, pero sé que su mente está en otro lado ahora mismo. Evita mis ojos y se afana en rebuscar, revolviendo toda su ropa.

―¿Fue realmente una casualidad el que me encontrases en Los Ángeles, Adam?

Se detiene. Y yo me pongo cada vez más nerviosa al expresar algo que lleva tiempo rumiando en mi interior. Se gira para mirarme; tan solo la luz de las farolas de la calle se cuela en su habitación y nos hace vernos en penumbra. Demasiado tenso.

Demasiado íntimo.

―Tú me besaste, Mia. ―Su voz me da escalofríos―. Primero en aquella obra del instituto, luego borracha el otro día.

Su sinceridad me deja atónita. Siento que se me sube el calor a las mejillas.

―Bueno, creo que fui presa de las circunstancias...

―No fue casualidad ―confiesa de repente acercándose un poco a mí―. De cierto modo y aunque suene raro, un día me desperté en esa vida neoyorquina con la que cualquiera soñaría y no me sentía feliz. Siempre sentí que durante esos años me faltaba algo.

―Me contaste que no era la vida que querías.

―No lo era. Porque no estabas tú.

Trago saliva y el vello se me pone de punta.

―Adam, no bromees, no soy esa adolescente ya... No voy a entrar al trapo.

―Liam me ayudó a encontrarte, me hizo un enorme favor ―continúa sincerándose―.

Y siempre le estaré agradecido. A pesar de que sé que vuestra relación es especial.

Quería al menos verte una vez más. ¡Ni siquiera sé qué demonios es esto!

Pero es como si... como si no pudiese vivir mi vida si tú me faltas.

―Ninguno de esos besos fue un error ―confieso yo también, con la poca valentía que me queda―. Tampoco sé lo que me pasa. Quizá seamos unos tóxicos y el tener esa adrenalina es lo que nos hace pegarnos como un imán.

―O quizá haya algo ahí desde siempre que ninguno de los dos ha querido aceptar.

Se acerca aún más a mí y se queda a un escaso metro. Quiero salir corriendo en este momento, pero no tengo claro si hacia mi casa o hacia sus brazos. Decido ser cobarde y decantarme por lo primero, pero Adam es listo y, agarrándome del brazo, me detiene y cierra la puerta, dejándome pegada a ella.

Está muy cerca de mí. Y en sus ojos puedo ver que va a perder ese control que tantos años le ha costado construir.

―No te vayas, Mia. Ahora no, por favor ―suplica―. Si supieras lo mucho que me costó irme la otra noche.

Acerca su nariz a mi mejilla, inhalando con disimulo mi piel y respirando algo agitado.

―Pero no podía, no podía aprovecharme de ti. Y pensaba en Liam y...

―Nunca he sentido nada por él aparte de una grandísima amistad ―susurro contra sus labios―. Pero no te quieres acabar de enterar.

Me atraviesa con sus ojos azules.

―No te acabas de enterar de nada.

Me aprisiona más contra la puerta. Ambos con los nervios y la tensión a flor de piel. Nunca me he sentido perdiendo el control de esta manera.

―Nuestras familias nos estarán esperando, tenemos que regresar ―comento nerviosa, fuera de lugar.

―Ni siquiera están aquí los regalos ―susurra―. Me temo que nos han engañado―. Y tú no te vas a ninguna parte. Esta vez no.

Para sorpresa de nadie. Estaba claro.

―¿Qué pensabas la última vez que estuviste aquí para cargarte por completo un bolígrafo con tu boca? ―pregunta entre susurros mientras presiona su cuerpo contra el mío y me besa suavemente en la sien y en la mejilla. No me resisto. Y mi cuerpo se estremece ante su deseado contacto.

―He estado muchas veces en este cuarto, nada del otro mundo ―le pico, juguetona, mientras yo también me dejo llevar por primera vez con él.

―Se te da fatal mentir. Espero que cuando seas actriz lo hagas mejor. ―Sus labios cambian a mi cuello y hacen que se me erice todo el vello del cuerpo ante su olor y la humedad que deja a su paso―. Yo sí pensaba cosas.

―¿Ah, sí? ¿Qué pensaba el gran Adam Sullivan?

Con una fuerza sorprendente, Adam me sube hacia arriba y hace que pase mis piernas por su cintura. Aprisionando mi espalda contra la puerta.

―Que un día te iba a hacer ver esta habitación de otro modo.