Capítulo 58
V olver a recorrer los largos pasillos sin el bullicio de los estudiantes y siendo una persona diferente a la que era cuando aún no había descubierto el mundo ahí fuera se siente nostálgico, bonito y extraño al mismo tiempo.
Paso la mano por encima de la superficie metálica de la que fue mi taquilla antaño y sonrío.
Después camino hacia la zona de premios y orlas.
Las hazañas de nuestros Golden Eagles, realmente, fueron históricas y aquí se exponen con orgullo; recuerdo con cariño todos esos partidos animando a Liam y me siento feliz de nuevo de saber que eso le llevó a donde está hoy.
Busco nuestras caras en las orlas. Y, aunque tardo en dar con la de nuestra promoción, me hace mucha gracia vernos con diecisiete y dieciocho años y me pregunto qué habrá sido de algunos.
Recuerdo a la pobre Audrey al ver su cara triste en la orla.
Espero que ser víctima de bullying no le haya afectado demasiado su vida.
Luego voy hacia el salón de actos y no puedo evitar subirme al escenario y recorrer el camino hasta el centro mientras mis pisadas resuenan contra la madera y retumban por todo el patio de butacas. Las observo, ahora vacías, y siento un pellizquito el corazón.
Recuerdo también todas esas obras que interpreté aquí, lo feliz que me hicieron sentir y, por primera vez, tengo más ganas que nunca de que me cojan en ese casting.
El teatro me hace feliz. Siempre lo ha hecho y nunca pensé en esa vía.
La conexión con el público, sus aplausos y poder ver en sus caras, en directo, toda la emoción que quiero transmitirles.
La Mia que se plantaba aquí de pie soñaba en grande y pensaba que el mundo sería un lugar increíble en que todos los sueños se cumplían si realmente los trabajabas; la de hoy es mucho más consciente de la realidad y de que hay mucho desencanto e injusticias.
Pero estar aquí parada, de cierta forma, me devuelve parte de las fuerzas que creía perdidas.
Y de ese sentimiento que me nace, sin apenas darme cuenta, y por tomar algo de soltura para mi audición comienzo a cantar en voz alta For good , una de las canciones con las que voy a hacer la audición para el papel de Glinda, y una de las canciones con las que más empatizo.
―«Oí decir... que a veces alguien, sin querer, nos enseña cosas que hay que aprender... y que, al crecer, también tenemos la ocasión de entregarle a ese alguien nuestro amor...». ― Tomo aire y mi voz resuena con fuerza en el espacio vacío.
Aunque me callo cuando la puerta del auditorio se abre de repente y me sobresalta. Veo caminar a Adam a través del pasillo central, como salido de una ensoñación. Pero es bastante real cuando se acerca y se planta en una de las butacas cercanas mirándome.
―¿Qué haces tú aquí? ―le pregunto aún pensando que es fruto de mi imaginación.
―Me levanté nostálgico como tú. Enfadé un poquito más al guardia, como ya habías hecho tú también.
Y recorriendo los pasillos escuché una voz sumamente bonita que procedía de aquí ―me señala con la mano―.
Sigue, no te cortes, estaba quedando muy bien.
Y el guarda solo nos ha dado cinco minutos más antes de venir a echarnos a patadas literalmente.
Se ríe y se recuesta en la butaca, expectante. Me corta mucho tenerlo aquí, pero tengo que superar ese nerviosismo y centrarme en lo que me toca. Quiero coger soltura. Quiero volver a mis orígenes.
―«No sé si esto es verdad o no... Pero yo, al conocerte, vi cambiar mi interior...
―De repente, siendo más consciente que nunca de la letra, se siente cada vez más personal―.
Como el brillo de un cometa, de lo más especial...
Como cada otoño el bosque cambia de color...
Cuando te encontré cambié para siempre... ».
Tomo aire mientras me pierdo en la intensidad de su mirada. Apoya los dedos en su mejilla concentrado. Y siento mil cosas en mi interior que me remueve la canción.
―«Fue un cambio bueno ―tomo aire intentando contener las lágrimas por la emoción―, que me hizo ser... mejor».
Siento un nudo en la garganta mientras me callo de nuevo. Hasta aquí puedo llegar sin que me sobrepase lo abrumada que me siento por esto que estoy sintiendo. Adam se levanta y aplaude, y eso también me llega aún más al corazón. Y, en ese justo momento, soy consciente de todo.
De todo lo que no he querido aceptar nunca. Ni siquiera sé cuándo empezó. Si el odio se convirtió en amor o si nunca lo fue y tan solo fue una frustración de que él no me hiciese caso como yo quería o el miedo a que me hiciese daño como hizo mi padre con mi madre.
Pero sé que siempre estuvo ahí. Amo a Adam y ni siquiera sé cuándo pasó.
Pero sé que mi vida no hubiese sido la misma sin él.
Y sé que mi vida no sería la misma si me faltara.
Creo que eso es una gran señal. Supongo que es cierto lo que dice la canción, que hay ciertas personas que, cuando las encuentras, nos hacen cambiar para siempre.
―Te pega el estar ahí arriba, Mia, brillas con una luz increíble ―comenta orgulloso―. El papel será tuyo, estoy seguro.
Bajo del escenario sonriendo con timidez y camino hasta llegar a su posición.
Pongo la mano en su brazo y le doy las gracias de corazón mientras me estremezco por tocarle.
La bajo rápido, pero de algún modo nuestros cuerpos hablan por nosotros y nuestras extremidades se rozan, recreándose levemente la una en la otra hasta retirarlas poco después.
―Será mejor que volvamos antes de que el guarda nos eche ―comento nerviosa caminando hacia la salida.
Por la tarde, la casa se convierte en una de locos.
Ethan, Oliver, mamá, la tía Ava e incluso Claire, la madre de Liam, se afanan en preparar la mejor cena de Fin de Año de la historia, como cada Navidad.
Es una tradición entre nuestra familia y la vecindad, aunque los padres de Adam siempre han sido unos padres para mí y él ha encontrado en mi madre y tía también esa figura materna que por dentro tanto ansiaba.
Aún no sabemos en qué casa degustaremos tales manjares; entre ellos, los famosos macarrones con queso, de Oliver, pero, por ahora, ensuciamos la cocina de mamá a en un tiempo récord.
―Este pudin no ha salido con la textura que quería... ―se queja Oliver.
―Está más que bien; seguro que está rico, aunque tenga ese aspecto tan... peculiar ―lo calma su marido con cariño.
―Y, si no, siempre podrá servirnos para tapar agujeros en la pared ―comenta como siempre mordaz tía Ava y nos hace reír a todos.
―Si sobra, guárdame un poco; tengo un compañero que lleva años poniendo a prueba la estructura de nuestro piso y ha hecho un agujero del tamaño de una cabeza de dinosaurio, igual me vale ―continúo con la broma mientras, junto a Adam, relleno el pavo para meterlo en el horno.
De vez en cuando, él me pasa los ingredientes y aprovecha para rozar mis dedos de un modo que para nada es casual.
También se apega de más para ayudarme a rellenar y colocar bien el pavo en la bandeja del horno.
A nuestra familia le pasa desapercibido, menos a la tía Ava, que, a pesar de que pela patatas, clava su mirada en nosotros de un modo que da incluso miedo.
Intento disimular al máximo, pero ya estoy más que condenada.
―Mia, cielo, pon las hierbas abajo, mejor; no quiero que se quemen en el horno.
―El peligro de combustión está en otro lado... ―susurra la tía mirándome con segundas.
―Nadie va a quemar nada ―le contesto clavando mis ojos en ella, imitando a mi madre―. Cuidado con el cuchillo, que te vas a cortar.
Capta mi indirecta y ríe por lo bajini, mostrando sus dientes blanquísimos de dentadura debajo de esos característicos labios rojos.
―¡Estoy tan emocionado! ―chilla Oliver―. Todos juntos de nuevo como en los viejos tiempos. ¿Cuántos años hacía que no nos reuníamos así?
―Y Adam y Mia no se están matando... ―puntualiza Ethan mientras realiza una ensaladilla vaciando atún de varias latas―. Eso sí que es un milagro navideño.
―¿Más que verlos aparecer juntos en el coche? ―Mamá ríe―. En serio, aún no me recupero del impacto.
―Pues id preparándoos para otro más ―comenta por lo bajini la tía Ava mientras no quita la vista de sus patatas.
Toso para obligarla a parar. Gracias a Dios los otros no la escuchan, entre caceroladas y golpes de muebles y cubiertos. Nos lleva horas tenerlo todo listo, pero cuando completamos la tarea nos sentimos muy orgullosos de nuestras creaciones y la casa entera huele deliciosa con la mezcla de olores.
A pesar de que teníamos planeado cenar en casa de los Sullivan, al final decidimos quedarnos en la nuestra y, tras descansar un ratito de tanta cocina y arreglarnos, todos nos volvemos a ver vestidos con mejores galas para montar la mesa, encender las velas y disfrutar de esta velada única que hacía tanto que no se repetía.
Para esta noche elijo un vestido negro de manga larga y vuelo, con unas medias calentitas y unas botas que me hacen estar cómoda.
Decido llevar el pelo en un semirrecogido con un moñito y maquillarme de manera sutil.
Y, por primera vez en muchos años, al abrir el joyero que guardo en casa desde adolescente, me coloco la bonita mariposa que me regaló Adam en mi noveno cumpleaños.
Ahora sí que la tía Ava iba a hablar con motivo.