Capítulo 57
L a tía Ava no deja de reír cuando le cuento la historia de cómo Adam volvió a mi vida sin aviso ni anestesia y, la verdad, la contagia la risa a mi madre.
No entiendo muy bien de qué se ríen y, aunque notan mi crispación e intentan aguantarse, lo único que logran en poner muecas que las hacen parecer mujeres desquiciadas a las que parece que les está dando una embolia.
En parte lo comprendo, desde fuera, querer huir de aquí para perder de vista a tu enemigo jurado de la infancia y coincidir con él de nuevo al cabo de tantos años no podía ser otra cosa más que una broma pesada del destino.
También las pongo al día de mi vida en Los Ángeles ―aparte de todo el tema de Adam― y les hablo ilusionada sobre mi nueva audición en el mundo teatral.
Después, nos marchamos las tres a hacer las compras para la cena de Nochevieja y ultimamos algunos regalos que nos queremos intercambiar cada una comprando por su lado en el centro comercial.
Le compro a mamá un bonito pañuelo y a la tía Ava una manta calentita para combatir el frío. También un póster de Derek Montague que veo en una tienda. Como buena amante de la belleza masculina desde años inmemoriales, seguramente apreciará más este regalo que el primero.
Después cenamos juntas y seguimos charlando sin parar entre risas con las ocurrencias de tía Ava y las historias de pretendientes que han estado rondando a mi madre a lo largo de este tiempo.
La verdad, aunque ella espante a todos, algunas veces, por razones muy de peso, me alegra saber que todavía sigue teniendo su público. Se merece ser feliz.
Después de una ducha calentita, subo a mi cuarto con Jiggly para estudiar un rato mi personaje para la audición: Glinda, la bruja buena del cuento del Mago de Oz.
Un personaje a primera vista superficial, pero que, tras sus capas, oculta una complejidad que, la verdad, me gusta cada vez más.
Memorizo sus canciones e intento comprender cada matiz, muy concentrada, mientras Jiggly muerde una ardilla de peluche en su rinconcito, feliz y tranquilo por tenerme de vuelta.
Todo maravilloso hasta que una luz que se enciende y la capto por el rabillo del ojo me hace salir de mi burbuja.
Adam está en su cuarto, cambiándose de ropa. Y no puedo apartar mis ojos de ese punto. Muerdo el bolígrafo que sujeto en la mano mientras me deleito en cada músculo de su torso desnudo, y eso que lo tengo algo lejos, pero gracias a Dios nunca he tenido mala vista.
Algo me dice que lo está haciendo a cosa hecha.
Sabe perfectamente que lo estoy viendo y yo he caído en su juego como una adolescente tonta y desesperada por ver un trozo de carne de un chico guapo.
Se agacha a su escritorio y escribe algo.
Luego, se dirige a la ventana y hace contacto visual conmigo, aún sin nada puesto encima.
Me muestra una libreta con letras grandes y negras.
No te vayas a llenar la boca de tinta como la última vez.
Siento que la cara me arde. ¿Se acordaba de eso? Mejor dicho, ¿había notado eso? No podía dejarme en evidencia, así que yo también escribo algo y se lo muestro.
No eres Jacob, de Crepúsculo, para andar todo el rato sin camiseta. Ponte algo y déjame estudiar.
Él se ríe. Y vuelve a mostrarme la libreta después de escribir algo más.
No sabía que te desconcentrara verme desnudo.
No tenía remedio, no lo tenía. Cierro las cortinas dando por terminada la conversación; necesitaba concentrarme. Y desacelerar el ritmo de mi corazón.
―Los años cambian, pero los vicios no.
Suelto un chillido que hace que el perro corra asustado. Si quería relajarme, mi tía Ava logra exactamente lo opuesto. En la puerta, sostiene un vaso de leche con miel, que imagino que me trae como solía hacer para darme las buenas noches.
―Me había olvidado de estos infartos que me provocabas.
Ella ríe y, tras recorrer algunos metros, deja el vasito humeante que huele dulzón y a gloria delante de mí. Le cuesta algo más andar, pero el sigilo no se lo quita nadie.
―Gracias, tía ―le digo con cariño mientras le acaricio el brazo―. Me vendrá genial para concentrarme otro ratito más.
―Supuse que estarías desconcentrada... ―Su voz juguetona hace que sepa perfectamente lo que está pensando―. ¿Me dejas mirar?
Hace el amago de abrir un poco las cortinas.
―¿Mirar qué? ―Me hago la tonta―. En la calle no hay nada a estas horas y con estas temperaturas.
―Ya, pero en la casa de enfrente hay cosas más calientes que harán subir esos grados.
―¡Tía! ―Ella me ignora y, muy poco disimulada, silba cuando descorre parte de la cortina.
Me levanto y tiro levemente de ella para que la suelte y deje de mirar a Adam a hurtadillas.
―Ahora sé por qué le pusieron ese nombre... Haría morder la manzana a cualquiera. ―Otra igual que Stella.
―Tía ―disimulo una risita, porque tiene salidas para todo―, necesito estudiar y concentrarme.
Ella asiente comprendiendo y con gesto de pena, tras echar un último vistazo, comienza a encaminarse hacia la puerta.
―Lo entiendo, de verdad. No es fácil volver a tu vida normal después de ver esa tableta. Ni Toblerone se atrevió a tanto.
La observo frunciendo el ceño para que me deje tranquila.
―Ya lo pillo, vale. Estudia mucho ―antes de cerrar la puerta me vuelve a mirar―, que mañana tendrás otras distracciones.
Hago el amago de lanzarle el cojín, justo como solía hacer, pero ella tiene aprendida la lección y se marcha con un portazo antes de que yo logre lanzar el misil. No tenía remedio. Era así de provocadora.
Y muy lista.
Al amanecer del día treinta y uno de diciembre, decido dar un paseo escuchando con mi teléfono móvil algunas de las canciones más famosas de Glinda en el musical Wicked .
Caminar por las calles que me vieron crecer mientras recuerdo la noche que vi esa obra en vivo se siente irreal.
Y, pensar que podría estar en una de esas representaciones, más aún.
Casi nunca he cantado. Sé que no lo hago mal, pero estaba tan decidida a ser una actriz «normal» que nunca me planteé trabajar mi voz más allá, aparte de las clases que tuvimos en la universidad.
Quizá porque recuerdo aquellos tiempos, mis pies acaban llevándome al instituto Tesoro del Valle.
Una ola de sentimientos me traspasa cuando camino directa hacia sus grandes puertas.
Sé que no hay clases, que todos los estudiantes estarán de vacaciones de invierno, pero lo que sí hay es un guarda, apostado en una pequeña casita que cuida el lugar.
―Señorita, no puede estar aquí. El centro está cerrado ―me informa de manera educada.
―Lo sé, lo siento ―intento ser sincera y convencerlo con mi charla―. Es solo que fui estudiante y hacía muchos años que no venía. Me pudo la nostalgia.
―Serías la única, todo el mundo quiere marcharse de aquí.
―También fui una de ellas ―confieso metiéndome las manos en los bolsillos de mi abrigo―. Pero tuve que alejarme para comprender que quizá todo lo que dejaba atrás no estaba tan mal, al fin y al cabo.
―La Navidad pone tontillas a las personas.
Me río por la forma que tiene de expresarse. Y juego mi siguiente carta.
―Sé que le estoy molestando, pero... ¿sería posible entrar unos minutos?
Pongo mi mejor cara de chica desamparada que necesita ese favor.
―Señorita, no puedo perder el tiempo en...
―Por favor ―junto mis manos a modo de súplica―, unos minutos y salgo. Tan solo quiero volver a recorrer los pasillos una vez más.
Él me mira debatiéndose entre el deber o hacerle un favor a una tía loca que se ha plantado allí para fastidiarle la mañana de Fin de Año.
―Por favor... ―insisto, creo que lo tengo a punto de caramelo.
Entra en la caseta y estoy segura de que me va a dar con la puerta en las narices, pero vuelve a salir al cabo de unos segundos, con un manojo de llaves en la mano, y me pide que le siga. Tengo ganas de chillar de emoción.
Abre una de las grandes puertas por las que solíamos entrar y salir de nuestras clases y me mira fijamente.
―Te doy quince minutos. Y te estaré vigilando por las cámaras.
No me tomo a mal su desconfianza, es su trabajo, y le agradezco el gesto. Camino con ganas al interior y la puerta se cierra detrás de mí con un ruido sordo.