Dos como nosotros Capítulo 56
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Capítulo 56

P aso una noche tranquila, de las más pacíficas que recuerdo.

El sueño me lleva pronto y, en prácticamente lo que se siente unos segundos, el sol baña mi cara.

Fuera, escucho a Stella y a Tony charlar y hacer bastante ruido, así que me apresuro en ver qué pasa.

Cuando abro la puerta, encuentro que ambos están de aquí para allá, preparando sus respectivas maletas.

Ahora sí que ha llegado la Navidad oficialmente.

―¡Buenos días, compi! ―saluda Stella con su habitual buen humor―.Te va a pillar el toro para hacer tu maleta, son ya más de las doce.

―¿Os marcháis? ―Una pregunta muy tonta cuando estaban armando tal jaleo y era más que obvio.

―¡Es Nochebuena! Claro que nos vamos con la familia.

―¿Te marchas a Inglaterra? No me puedes dar más envidia... ―confieso mientras salto las maletas abiertas y macutos que llenan el estrecho pasillo y el comedor, y me preparo un café calentito en la cocina.

―Yo le he insistido en que me lleve, pero tampoco me deja ―comenta Tony para picarla mientras ella pone los ojos en blanco.

―Que no voy a cruzar el charco, os lo he dicho ya. Me marcho a Aspen, mi familia ha alquilado una maravillosa cabaña a los pies de las montañas Rocosas.

―Bueno es mil veces mejor que regresar a Deadwood, Dakota del Sur, donde estamos los vecinos y nosotros solamente.

―Oh, pobre Tony... ―Su vocecita denota sarcasmo―. ¿A quién te llevarás a tu cuarto allí? ¿A los renos?

Miro a Stella con curiosidad mientras ellos se lanzan pullas igual que hacen siempre entre bromas y risas. Inglaterra, Aspen... No cualquiera se podría permitir ni ese vuelo ni pasar unas Navidades blancas en uno de los sitios más cotizados en Navidad de América.

―Stella, ¿hay algo que no me has contado sobre ti y tu familia? ―pregunto con curiosidad.

―El mismo algo de lo que te ocurrió a ti la otra noche ―su sonrisa es de picardía, obviamente me está ocultando algo. Ya que nunca me ha hablado de ello.

―Prometo contártelo todo a la vuelta ―me sincero y ella parece satisfecha.

―Trato hecho ―sonríe.

Al cabo de un rato, yo también me pongo manos a la obra con mi maleta y a intentar arreglar el desastre que es mi cara. Mientras, mamá me llama y me comenta las enormes ganas que tiene de al fin pasar unos días conmigo.

Hace algunos años que no paso las Navidades con ellas. Y me arrepiento demasiado de haberme metido en esa burbuja de tristeza, castings, lucha y desgana, dejando atrás lo que más me importa.

En veinte minutos lo tengo todo listo y, tras comprobar que el piso se queda bien cerrado y a buen recaudo, me encamino escaleras abajo, rumbo a la estación de autobuses. Aunque, al abrir el portal, me encuentro a Adam, ataviado con un abrigo oscuro y con un gorro del mismo tono.

―¿Qué haces aquí? Pensaba que te irías anoche a casa.

Él se mete las manos en los bolsillos, fingiendo casualidad y despreocupación.

―Pensé que quizá te vendría bien un taxi.

Aguanto una sonrisa por su descaro. No le voy a dar ese gusto.

―¿Y qué te hacía pensar eso? ―pregunto mientras saco mi maleta a la calle y me pongo frente a él.

―Que vamos hacia el mismo lado.

―Ya.

Nos sostenemos la mirada durante unos segundos, pero yo soy la que la aparto primero, presa del nerviosismo que me provocan esos dos trozos de cielo.

―Bueno. ―Me hago la despreocupada también. Como si pensar en regresar con Adam a Santa Clarita no pusiese mi corazón a mil por hora―. Supongo que aprovecharé. Más cómodo que un bus y más rápido. Aunque tenga que estar contigo una hora dentro de un coche.

Decide seguirme el juego. Nuestras pullas habituales, pero esta vez nuestros tonos son diferentes y creo que ambos notamos que algo ha cambiado.

―El placer es mutuo ―comenta con tanta ironía como pretende mientras me indica el camino a seguir hasta su coche.

Me quita la maleta de las manos en un gesto caballeroso que indica justo lo contrario a lo que acaba de decir. Al final, la hora se me acaba haciendo hasta corta.

La emisora pone buenas canciones y no dejamos de parlotear sobre nuestros antiguos compañeros de clase y cómo los ha tratado la vida.

Intento sonsacar si alguna vez llegó a tener algo con Lily una vez que nos marchamos, esa eterna chica que era su misma sombra.

Él me cuenta que también se mudó a Nueva York y va por su tercer hijo, de tres padres distintos. Impactante.

Desde luego, no ha perdido el tiempo. Paul juega en algún equipo de segunda de Chicago y, por lo visto, no sabemos si habrá recibido su merecido después de lo que me hizo. El karma está claro que no existe para algunos. De la malvada Kira y los otros, no ha vuelto a saber nada más.

―Tuve algo de contacto con ellos al terminar el instituto, pero poco más ―confiesa mientras atraviesa el cartel que anuncia que estamos en nuestra pequeña ciudad―. Pero siempre existe Facebook para seguir enterándome del chisme.

―No te hacía por un cotilla ―le pincho.

―Yo a ti tampoco, pero bien que llevas una hora preguntando.

Hago una mueca de fastidio, porque me ha pillado, mientras recorremos las más que familiares calles hasta nuestros hogares.

―Si me hubiesen dicho que volvería a Santa Clarita contigo y en tu coche tantos años después, me hubiese tronchado de la risa ―me sincero. En parte tiene algo de surreal toda esta situación―. ¿Qué hubiesen dicho nuestros yos adolescentes?

―Seguramente, se hubiesen tirado del coche en marcha y hubiesen preferido que les rapasen la cabeza.

Río. Tiene bastante razón.

―Por supuesto, seguido de una ristra de frases ingeniosas por mi parte y algún que otro insulto sutil.

―Esas frases ingeniosas no existirían sin mi correspondiente aportación, y lo sabes.

―Una cosa es que lo sepa y otra que la acepte, Moscardón .

―Venir al pueblo te pone impertinente, Pelopaja .

Pienso en algo ingenioso que responderle mientras le observo conducir de manera fluida y muy masculina.

Su perfil me resulta de nuevo muy atrayente, su mandíbula se ha marcado muchísimo.

Y esa nariz... y esos ojos y pestañas. De repente, esa parte de su anatomía se posa en los míos.

Me está diciendo algo, pero estoy en trance.

Lo repite hasta que me hace salir de esa ensoñación.

―¿Vas a salir o piensas quedarte aquí todo el día?

Asiento, intentando reconducir mis pensamientos, mientras me quito el cinturón y ambos nos bajamos del coche.

Tía Ava y mamá ya me esperan en la puerta; las saludo, eufórica, con la mano y muy feliz de verlas.

Pero no me devuelven el saludo como espero, porque ahora las que están en trance son ellas.

Mientras saco la maleta y Adam me ayuda, también reparo en Ethan y Oliver, en su puerta, mirándonos también extrañados.

―¿Qué diantres les pasa? ―pregunto por lo bajini mientras él me tiende la maleta y estiro el asa para hacerla rodar hacia mi hogar.

―¿No te das cuenta? El shock de vernos llegar juntos ha sido demasiado para ellos, supongo.

¡Cielos! Es cierto, ellos no están al tanto de nada. Jiggly es el único que sale de ese trance y corre hasta nuestra posición para darnos un húmedo saludo entre saltos.

―¡Jiggly, bonito! ―exclamo feliz mientras no deja de saltar de la emoción y me llena de babas―. ¿Cómo estás? ¡Vamos a casa! ¡Vamos!

―Deberías haberle puesto Pikachu, pobre perro, se va a traumatizar sabiendo que lleva el nombre del peor Pokémon de la historia ―deja caer él mientras cruza la calle en dirección a su casa, soltando la referencia a nuestra pelea de niños.

―¿De verdad vas a empezar con eso otra vez?

Me dice adiós con la mano mientras se encamina hacia Oliver y Ethan, que lo reciben con los brazos abiertos, abrazando a su hijo cuando él llega a su posición; solo entonces también me saludan a mí, saliendo de su estupor.

Yo hago lo mismo con los míos, corro a los brazos de mi madre y de la tía Ava.

―Mira que llevo la tela de años viendo cosas impactantes, pero esta es una de las que más me ha dejado el culo torcido ―comenta la tía Ava divertida―. Pero me preocupa una cosa, ¿el coche ha sufrido daños?

Río poniendo los ojos en blanco.

―Es una historia muy larga.

―Pues tenemos varios días para que nos la cuentes.