Dos como nosotros Capítulo 55
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Capítulo 55

L a gente comienza a moverse y nos vemos envueltos pronto en una marabunta de personas que buscan llegar a su casa lo antes posible, mientras que nosotros nos hemos quedado petrificados en el mismo sitio. No sé por dónde empezar, no encuentro las palabras.

¿Qué va a pensar de mí?

―¿Por esto estabas mal? ―Sus ojos están llenos de preocupación y de rabia―. Mia, ¿quién te lo ha hecho? ¿Cómo has podido callarte algo así?

Intento encontrar mi lengua y mi boca para hablar a causa del estado de estupor que me invade.

―No me apetece contarlo ahora mismo.

―Pero, Mia. Esto no es normal.

―Lo sé, es que es una historia complicada y me da mucha vergüenza. ―Trago saliva, avergonzada. Pero sé que no voy a poder ocultarlo por más que lo intente, y más después de que él lo ha descubierto―. Un rodaje se fue un poco de las manos...

―¿Qué tipo de rodaje?

―Me mintieron ―confieso intentando aguantar las lágrimas.

Adam me toma de la mano con delicadeza y a la vez con decisión.

Me arrastra a través de las personas y, recordando el camino por el que nos llevó aquel hombre, lo desandamos y no para hasta que llegamos a la cabina de Aurora y Raven de nuevo.

Para entonces, apenas puedo contener las lágrimas por la angustia y la vergüenza.

No sé ni por dónde empezar. Pero, sin mediar palabra, Aurora nos pide que nos veamos en una hora en su mansión de Hollywood Hills para hablar del asunto en privado.

Adam me lleva también en su coche hasta allí.

―No te voy a exigir que me lo cuentes, Mia, si no estás lista para ello. Háblalo con Aurora, háblalo con tus compañeros de piso, con tu madre o con la tía Ava, pero hazlo con alguien, deja que te ayudemos.

Agradezco enormemente que me dé mi lugar.

Aun así, decido mantener silencio todo el camino hasta la famosa colina de mansiones de ricos y famosos.

Una de las trabajadoras del servicio nos recibe y ya me tiene preparada una gran tetera con algo de tila en la mesa baja del gran y lujoso salón de Aurora.

Esperamos en silencio a que ellos lleguen; tan solo Adam recargando mi taza es el sonido que nos acompaña.

¿Por dónde empiezo? ¿Qué debería contarles y qué no? No quiero exponerme ni parecer que hago un berrinche por una estupidez. Hacer algo en contra de esas personas... ¿Sería echarme tierra en mi propio tejado? Los ojos me vuelven a escocer. Estoy ahogada con todo esto.

Adam se acerca, envuelve un brazo sobre mí y su mano me acaricia. Mientras, vuelve a examinar los moratones de mis muñecas y maldice por lo bajo.

―Tranquila, Mia, te vamos a ayudar.

―He sido una estúpida...

Él aprieta aún más su agarre sobre mí, infundiéndome protección. Pero no vuelve a abrir la boca, me sigue respetando incluso la casi hora entera más que tarda Aurora en volver a casa.

En cuanto lo hace, se apresura hasta mi posición y se agacha para observar mi estado. Cuando me toma de las manos, se da cuenta también de las heridas que llenan mi cuerpo y una mueca de horror cubre su rostro. Pero, como ella sabe de sobra en qué mundillo estamos, me habla con bastante firmeza.

―Te han engañado en algún casting, ¿cierto? ―Se levanta, enfadada, para sentarse justo en la butaca a mi lado y tenderme de nuevo la taza de tila―. El mismo truco usado con muchas; menudos gilipollas. ¿Quién ha sido?

Los miro a ambos de hito en hito y cojo fuerzas para sincerarme del todo.

―David Hoover ―susurro.

Sus reacciones no se hacen esperar. Ambos hacen una mueca de fastidio y rabia contenida.

―¿Ese tío que vimos en la cola del partido de los Lakers? ―Adam no puede ocultar su indignación―. Estabas nerviosa, Mia, y él te miraba como si te pudiese devorar. ¿Por qué no me dijiste nada?

―¿Por qué no me sorprende? ―Aurora se cruza de brazos sobre la butaca―.

Conmigo intentó hacer lo mismo cuando llegué hace ya bastantes años.

Se cree invencible porque tiene mucho poder sobre la industria y el descubrimiento de nuevos talentos, pero todos sabemos de sobra que sus métodos no son los correctos, y nadie hace nada porque sus carreras se irían a pique si lo exponen.

―Me ofreció un papel en una película de bajo presupuesto. Me prometió que esos días de casting interminables, donde me decían que no, acabarían. Tan solo tenía que aceptar un papel novedoso e impactante.

―Y te dio algún papel donde te sexualizaban a más no poder para poder usarlo en tu contra como chantaje, ¿cierto?

La observo impresionada de que sepa exactamente cuál es la historia.

―Mia... ―Adam me mira horrorizado, sin quitar su abrazo de mis hombros; aprieta aún más, con rabia contenida.

―Me pidió interpretar el papel de una prostituta y ellos...

se aprovecharon de mí. ―Las lágrimas ruedan por mis mejillas―.

Anoche tuvimos que filmar la escena de una agresión sexual, tenía a tres actores encima y yo quería parar, pero nadie me escuchaba ni me quería ayudar y me sujetaron con tanta fuerza que...

Señalo mis magulladuras.

―No pararon por más que les supliqué. Tuve que estrellarle en la cabeza una botella para que me dejasen en paz. Y eché a correr. ―Ambos me escuchan con atención―. Hoover me amenazó con subir ese contenido a páginas para adultos si en algún momento yo decía algo o abandonaba el rodaje.

―Hijo de puta... ―suelta Adam furioso.

―Llegué a casa en albornoz y desnuda. Descalza. Me siento tan estúpida. ―No puedo contener las lágrimas en absoluto―. Pero llevo muchísimos años luchando por un hueco en la industria, pensé que quizá podría manejarlo y sería una puerta abierta, porque todas las demás están muy cerradas.

―Mia, esta profesión es un chute en todos los sentidos, pero también tiene un lado muy cruel, que casi nunca se muestra.

Y la verdad, empiezo a estar cansada de que nadie exponga a todos esos indecentes y aprovechados solo por miedo.

―Aurora habla con firmeza―. Pero, esta vez, no van a quedar impunes.

―Aurora, no sé qué hacer. Si mi familia llega a ver esos vídeos...

―No los verán, porque yo te voy a ayudar.

―Pero no quiero que te repercuta; es algo mío, es mi problema.

―Tú has luchado por tu sueño, no te culpes; todas habríamos hecho lo mismo que tú en esta lucha por el estrellato que nunca tiene fin.

―Se incorpora y me vuelve a agarrar de las manos―.

¿Sabes? Muchas veces me he preguntado si realmente merece la pena.

Y cada vez estoy más segura de que no quiero formar parte de esto si se siguen permitiendo este tipo de cosas.

Quizá no cambie el mundo, pero una pequeña ayuda a la justicia siempre es más que nada.

―Aurora...

―Voy a llamar a mi abogado. Y los vamos a denunciar. ―Firme, toma su teléfono, pero la detengo.

―No quiero que te expongas, en serio. Tiene que haber otra forma.

Ella fija sus ojos oscuros y bien maquillados en mí. Y me resulta aún más familiar que el primer día que la conocí.

―Las Navidades están a la vuelta de la esquina.

Ve a tu pueblo, descansa, recupérate con el amor de los tuyos.

Te doy vacaciones. Deja que me encargue de todo esto.

Y regresa en enero para hacer el mejor casting de tu vida en el Pantages con aquel director de la otra noche.

No sé por qué me da que volver a tu esencia es el empujón que necesitas.

―Me aprieta las manos―. Hazme caso. A veces el destino de uno no está donde uno pensó que estaría.

Mírame a mí, después de ser repudiada, en todos los sentidos, he llegado muy lejos sin esperarlo.

Le sonrío entre lágrimas muy agradecida mientras ella me tiende un pañuelo para secarlas y me infunde ánimo.

―Descansa, de verdad. Te espero a la vuelta.

Yo me encargo de todo. A ese Hoover se le va a caer el peluquín que lleva en la cabeza.

―Nos acompaña a la puerta y, cuando Adam sale, ella me detiene acercando su boca a mi oreja―.

Yo no te di las entradas para el concierto.

Adam las compró para ti. De ese asunto tendrás que encargarte tú.

Y, después de soltar esa bomba, sonríe y me insta a marcharnos y descansar, como si pudiese hacer eso ahora que tengo el corazón más desbocado aún.

Adam me lleva de vuelta al apartamento y, cuando llegamos, todo vuelve a estar en penumbra. Mis compañeros ya están en la cama. A pesar de que insisto en que se marche, se queda a ayudarme a curar mis heridas de los pies.

Sentada en el filo de la bañera, miro con qué dedicación Moscardón es menos moscardón que nunca.

Me quedo en trance observándolo, siendo muy consciente de cómo su mirada se pierde, concentrada en mi anatomía, curando mis heridas más visibles y cómo su roce hace que me arda más la piel que el antiséptico que está utilizando.

Me ha regalado las entradas, ha mentido para que no sospechara de nada. ¿Por qué razón? Creo que nunca lograré desentrañar el misterio que supone este chico para mí. Cómo me quitó casi la vida durante gran parte de ella, pero a la vez también me la daba. De un modo que ni yo sé identificar.

―Ya está. ―Se yergue y su voz me saca de mis pensamientos―. Será mejor que descanses. Nos esperan unos días intensos en Santa Clarita. Tienes que coger fuerzas para escuchar a la tía Ava y a mi padre cantar su repertorio navideño.

―Gracias, Adam ―sonrío un poco ruborizada―. Gracias por todo.