Dos como nosotros Capítulo 53
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Capítulo 53

L legar al piso me parece una auténtica odisea. Estoy cansada, humillada, magullada y desnuda bajo este albornoz. Sí, en una ciudad como esta pasaría bastante desapercibida y, aun así, la gente me fotografía como si fuese un mono de feria, para sentirme peor.

Cierro con fuerza la prenda sobre mi cuerpo, que no ha dejado de temblar desde que pasó esta pesadilla hace una hora.

Y ni siquiera el hombre que me recogió haciendo autostop, un camionero con pinta de cansado de la vida, se dignó a llevarme a casa.

Me ha soltado en unas de las calles más concurridas, a apañármelas como pueda.

Mientras camino descalza por las aceras atestadas de gente, y paso un frío que me hiela, no puedo dejar de pensar en el lío en que me he metido.

Y no dejo de llorar hasta que llego al piso, más de cuarenta minutos después.

Nadie me pregunta si estoy bien, a nadie le preocupa mi estado.

Simplemente, se limitan a mirarme como a un bicho raro del que hay que huir lo antes posible para que no les contagie nada.

Por primera vez, odio esta ciudad con todas mis fuerzas y este mundillo también.

Cuando llego al portal, maldigo mi suerte.

No llevo ninguna de mis pertenencias encima.

Esos desalmados me quitaron la ropa y el bolso con mis llaves, mi dinero y mis documentos.

En absoluto pensaba regresar a por ellas.

Ya volvería a sacármelos en alguna oficina gubernamental cuando todo esto se calmase un poco.

Doy gracias de que apenas llevaba dinero encima.

Pero maldigo de nuevo cuando tengo que llamar al porterillo.

―¿Sí? ―contesta Tony con voz de haber estado en el quinto sueño. Es normal, son más de las tres de la mañana.

―Soy yo ―contesto intentando poner una voz jovial y normal. Como si no me hubiesen maltratado y casi violado―. Perdona que te haya despertado, pero me dejé las llaves en casa antes de irme al rodaje.

No dice nada más, el ruido eléctrico de la puerta para que la abra es lo único que resuena en la calle y yo la empujo a todo correr. Por suerte, cuando subo, él ya ha regresado a la cama, imagino que no de muy buen humor, pero me ha dejado la puerta del piso entornada para que entre.

Gracias al cielo, porque esta noche no tengo fuerzas ni ganas en absoluto de dar explicaciones.

Me muevo por la oscuridad del pequeño apartamento hasta llegar al cuarto de baño.

Me ducho con agua ardiendo durante más de veinte minutos y limpio mi cuerpo a consciencia, dejando que el agua se vuelva a llevar los restos de lágrimas y de la sangre de mis pies a causa de la caminata descalza.

Siento que algo me aprieta por dentro, la angustia me devora sin poder evitarlo y sigo llorando y llorando en la cama, durante la noche, hasta que amanece.

¿Cómo voy a parar esto? El agotamiento es el único que me arrastra a la inconsciencia, y ese es el poco alivio que consigo tener ese día.

***

―Abre la puerta, Mía.

La voz de Stella me despierta cuando ya el sol está entrando a raudales por la gran ventana de mi cuarto y pegando contra parte de la cama. Anoche eché el cerrojo para que nadie me molestara ni me viese en ese estado.

―Sé que estás despierta. Son más de las cuatro de la tarde. ¿Te encuentras bien? ―pregunta preocupada―. Nunca has echado el pestillo en todos estos años.

Me incorporo en la cama y es entonces cuando soy más consciente aún del gran daño que me hicieron esos orangutanes. Tengo moratones en las muñecas, enormes. También alguno en el cuello, y en la cintura, en las piernas. Y siento el cuerpo como si me lo hubiese arrollado un tren.

―Mia, como no abras, voy a llamar a alguien. No sé, a la policía, al casero..., a la ambulancia.

―No hace falta llamar a nadie. ―Mi voz suena raspada, también siento la garganta adolorida―. Estoy bien. Anoche llegué tarde y quería descansar.

Silencio al otro lado, no creo que mi compañera esté muy convencida.

Me levanto, con consciencia me tapo todas las magulladuras con el pijama para que Stella no pueda verlas, y abro la puerta.

Su ceño está fruncido y mira al interior de mi cuarto intentando buscar una explicación.

Sonrío para desviar la atención del asunto.

―¿Cómo fue tu casting? ―le pregunto para cambiar de tema mientras sigo echada contra la puerta.

―Eso ahora no importa ―responde seca―. Hay alguien que quiere verte. Te está esperando en el salón.

―¿A mí? ―No finjo mi cara de sorpresa. Aunque a la vez me angustia.

―Es ese chico tan guapo de la otra noche.

―¿Adam? ―Ahora sí que entro en pánico.

―Así que se llama así... Le pega. Es como Adán, incitándote a morder la manzana...

Le doy un manotazo con cariño para que deje la tontería, ella ríe y señala con la cabeza el comedor.

―Ponte algo mejor para recibirle, lleva esperándote horas. El pobre ha estado aguantando las charlas de Tony todo este rato. Creo que ya se sabe de sobra las tablas de sus entrenamientos de tanto que se los ha recomendado.

―¿Por qué está él aquí? ―pregunto aún en trance por la sorpresa.

―Si nunca sales de tu zulo, nunca lo descubrirás.

Asiento y vuelvo a cerrar la puerta para cambiarme. Me pongo la ropa más tupida que encuentro y que me pueda tapar absolutamente todo. Cuando abro, me asusta ver que Stella sigue ahí como un poste, donde la dejé.

―Y luego me vas a explicar de dónde han salido esas huellas de sangre que anoche dejaste por todo el piso ―vuelve a comentar preocupada―. Si has escondido un cadáver, puedes contármelo...

Trago saliva. Joder, la sangre... No caí en limpiarla. Asiento, porque sé que nada de lo que pueda decir evitará que sea sincera. Pero, por ahora, caminamos hacia el comedor juntas y la visión de Adam sentado en mi sofá hace que me olvide un poquito de toda la desgracia de la noche anterior.

―Adam, ¿qué haces aquí? ―le pregunto directamente quedándome de pie a unos metros de él. Él también se levanta y puedo escuchar a Stella, con Tony en la pequeña cocina, suspirando. Estaba claro que Adam no dejaba indiferente a nadie.

―Soy un mandado de Aurora, no te asustes. ―Se saca algo del bolsillo trasero del pantalón―. Tenemos un último trabajo. Y creo que te va a encantar. Quería verte personalmente la cara cuando lo vieses.

No le presto mucha atención a los trozos de papel que tiene en las manos, imagino que será cualquier otro evento de los que solemos ir y, aunque son increíbles, yo no me siento con mucho ánimo. Me observa atentamente y extrañado por mi seriedad.

―No me encuentro demasiado bien hoy ―confieso―. Le pediré a Aurora la tarde libre.

―¿De verdad no quieres echar un vistazo? ―Sacude las entradas acercándose a mí un poco más, apenas estamos a un metro de distancia. Su cara cambia―. ¿Estás bien, Mia?

―Te lo acabo de decir, no me encuentro nada bien ―contesto con sequedad mientras le evito la mirada―. He pasado una noche bastante mala y no me apetece ir a ningún lado.

Puedo notar cierta decepción en su cara. Pero no se rinde. Me toma de las manos y me coloca las entradas en ellas.

―Si esto no puede hacer que te animes un poco más, no tengo ni idea de qué podría hacerlo en el mundo.

Bajo la vista. Y la sorpresa me inunda cuando veo que son entradas ¡para los Back Street Boys! Esta noche, a las ocho.

Él sonríe al verme mostrar al fin algo más que tristeza y desgana.

―Es en el SoFi Stadium. Además, nos han reservado entradas en la zona VIP y una estupenda comida en una de sus cabinas exclusivas. ―Me mira con intensidad―. No me dejes solo. Ya sabes que no me gustan esos pandilleros... Al menos deja que me ría cuando te vea cantar al unísono.

Siento un pellizco en el corazón.

―Pero Aurora y Raven ya no nos necesitan, no entiendo el por qué. ―Aprieto las entradas en mis manos, sin querer soltarlas.

―Es su forma de decirnos adiós, imagino, y el modo de agradecer nuestra compañía, supongo. Hemos sido los asistentes con menos trabajo del mundo.

Me hace sonreír levemente. Stella se acerca.

―Mia, ¡es tu sueño! ―Señala las entradas―. No lo desaproveches. Sea lo que sea lo que te pase...

Mira a Adam y me pone las manos en los hombros para sacudirme un poco.

―Porque algo le pasa ―le comenta a Adam―. No se va a solucionar quedándote en la cama llorando.

Está soltando más información de la que Adam necesita oír. Y, obviamente, soy una nefasta actriz, porque no sé ni disimular ni con mis compañeros ni con Adam.

―Imagínate cuando le mandes a tu madre y a tu tía una foto con el grupo detrás de ti, van a alucinar ―me vuelve a animar él.

Y sí, en parte ambos tienen razón y, a fuerzas, tengo que disimular un poco mientras ideo un plan para evitar que dentro de nada esté en todas las páginas para adultos a nivel mundial―.

Estos no son los cuatros chicos de bachiller que cantaron en tu fiesta de cumpleaños cuando éramos pequeños...

―Me creí enterita la mentira..., pero lo disfruté muchísimo ―suspiro dejándolos ganar. Aunque con la emoción de poder verlos a ellos―. Está bien. Iré a cambiarme.

Stella grita un sí por todo lo alto y Adam choca las manos con ella. ¿Desde cuándo se han hecho tan amigos?

Me empuja a mi habitación como una madre orgullosa de que su hija por fin salga de su cueva.

Y en un cuarto de hora estoy abajo con Adam sorprendida por no ver el coche de Vincent por ninguna parte.

En su lugar, él me conduce a un vehículo que reconozco bastante bien.

Soñé con subirme a él aquella noche del baile.

Y años después me lleva al concierto de mis Back Streets Boys.

―¿Aún conservas esta chatarrita? ―bromeo.

―Si adoras una cosa, no la cambies.

Me abre la puerta para que me suba, pero me quedo plantada en la acera sin acabar de entenderlo.